tristeza

Ahora

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Shadow hand

Hay líneas que en lugar de borrarlas es mejor no escribirlas.

Queda una historia en turno a la espera de canjear su significado.

Así sobrevivo en un cuarto sin ventanas para no ver como va la vida allá afuera sin ti.

Porque lo que hay dentro no alcanza para vida, pero tampoco roza la muerte, ahora.

Y el viento ya no dice nada, la luna ya no alumbra para ambos; todos los días son iguales.

Queda un alfabeto desconectado y una máquina que a veces hace ruido.

La lógica se convirtió en reproche, el tiempo en algo extraño y la distancia se ha hecho enorme, ahora.

El insomnio impera por las noches, mientras que en el día tus luces ciegan la razón.

¿Durante cuánto tiempo debo perseguir al olvido? ¿Cuántas lágrimas se necesitan para agotar el pasado?

Solo hay silencio y no respuestas, ahora.

Ahora hay una aterradora confusión entre el ser y el estar; entre el ir y venir; entre el vivir y morir.

Ya no hay verbos ni adjetivos, solo queda este maldito adverbio: ahora.

Y así es como me siento, perdido en un laberinto oscuro de emociones que mueren y renacen.

Con un pasado qué se niega a morir, un futuro que nunca fue y como único testigo de esta rabiosa soledad, el ahora.

Imagen: Carlos Quijano

Cartas

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Ella despertó sobresaltada, no tanto por el trueno que había partido en dos el silencio de la noche, sino por la pesada angustia que, de tajo, le había arrebatado el sueño. Se levantó para asomarse a la ventana. Miles de gotas se estrellaban contra el cristal y se fugaban como lágrimas en un rostro entristecido. Intentaba, a la distancia, vincular su sentimiento ahogado. Buscaba con la mirada ávida, repasaba lo oscuro del cielo y el relámpago le hacía eco de la tempestad, ahora también presente en el exterior. Rememoraba cada línea de la carta que le había escrito: repasaba cada palabra diciéndola como una suplicada oración. Había escrito la epístola escogiendo palabras que tuvieran fuerza, esperanza y, sobre todo, amor. Con el propósito de que él, al leerla, tuviese ese soporte, ese pequeño alivio que reconfortara durante unos momentos su alma y reafirmara su fe en esos soplos en que las convicciones y valores se tambalean bajo el fuego enemigo. Ella no lograba conectar a la distancia. No podía encontrar ni un rescoldo que pudiera utilizar para encender una llama de paz. La ansiedad la derrotaba y sentía que pedacitos de su alma se arrastraban para escapar por sus ojos. Dio un paso atrás y se dejó caer en la cama. Lloró con los ojos cerrados hasta que no le quedaron mas recuerdos que evocar. Se durmió con la imagen del rostro de su amado frente al de ella, mirándose a los ojos, buscando cada cual, el significado del amor en las pupilas del otro.

   A miles de kilómetros, al pie de la montaña, el día iniciaba en el campamento con el pase de lista y la entrega de la correspondencia. Hubo una carta que no se entregó a su destinatario. El soldado encargado de tal tarea, anotó con descuidada caligrafía, en la lista: «No entregada» y estampó en el reverso del sobre, «Devolver al remitente». Comparó con otra lista y siguiendo la columna con su dedo índice, corroboró los nombres. Puso una marca con su bolígrafo. Dispuso una hoja con membrete militar en el rodillo de la máquina de escribir y con aburrido gesto, comenzó a teclear, de memoria, la redacción de la notificación para los desaparecidos en acción.

Hora 25 — VI

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     El asteroide era una nave nodriza camuflada con materia de un planeta oscuro, ubicado más allá de donde telescopios e instrumentos pudiesen tener alcance para ser detectado. Durante las 24 horas posteriores a su detección en la exósfera terrestre, fue capaz de medir la velocidad de rotación para ir «sembrando» meteoritos que al impactarse en suelo terrestre, registraban la composición química del planeta para hacer de él el alimento a nivel molecular que les mantendría vivos y perpetuaría su existencia por encima de cualquier galaxia conocida. En el primer minuto, posterior al término de los últimos meteoritos impactados, comenzaría la invasión sistemática del planeta azul, una invasión crucial para ambas especies.

     El pelotón del ejército que custodiaba el fragmento caído en la procesadora de alimentos, se puso en alerta cuanto empezaron a oír un zumbido grave, algunas octavas abajo de lo que normalmente se puede escuchar, un sonido bajo que cesó con un sólido crujido, como cuando se pisa una hoja de cristal medianamente gruesa. Se colocaron en formación apuntando sus armas, dispuestos a disparar a la menor percepción de amenaza. No hubo tiempo para reaccionar, inmediato al crujido, una forma irregular semejante a una desmesurada ameba, ondulaba sobre el ambiente, de un color naranja encendido, casi fluorescente, dejó a los soldados atónitos, admirados de contemplar una forma de vida muy diferente a cualquiera de la que se haya tenido registro sobre la tierra. Los segundos posteriores a la desencapsulación, transcurrieron en profundo silencio. El estrépito de las detonaciones, hizo que se descongelara el tiempo. Los impactos de bala de diferentes calibres en aquel ser de plasma, se desintegraban en microscópicas partículas que eran absorbidas inmediatamente por el cuerpo del extraterrestre. Un osado soldado, se aproximó a la criatura y disparó a quemarropa sin causar ningún daño, en cambio, sus compañeros pudieron apreciar como ante sus ojos, el valiente soldado era disminuido a pequeños, pero muy pequeños gránulos que eran literalmente aspirados por el alienígena. Arremetieron con otra descarga de disparos, pero al igual que la primera ráfaga, no disminuían al ahora declarado enemigo. En un movimiento, como si de una secuencia de animación de Tex Avery se tratase, el extraño cuerpo, desintegró en cosa de segundos a un grupo de soldados que ante la rapidez del ataque, ni siquiera comprendieron que estaba pasando. El comandante del pelotón dio la orden de retirada ante el fracasado intento de contener a la criatura. Los soldados acostumbrados a enfrentar a cualquier enemigo, fueron presa de pánico y huyeron de forma desordenada corriendo en medio de las estrechas calles aledañas a la procesadora de alimentos.

     Los neumáticos del bólido se aferraron al asfalto, provocando una espontánea nube apestosa a caucho quemado. Leonardo había aplicado el freno al fondo, el auto coleó un poco y se detuvo al paso de un soldado que le hacía una señal para detenerse. Su cara lucía una expresión inquietante, sin aliento, le dio aviso al conturbado conductor:

     — ¡Váyanse de aquí! ¡Huyan! ¡Amenaza presente, peligro inminente!

     El analista dejó escapar su exhalación muy lentamente. El plazo se había cumplido.

     Aunque Leonardo tenía una mente analítica y se había entrenado para conservar la calma ante cualquier situación que estuviera fuera de los límites de la normalidad, sintió un bloque pesado en su garganta, asfixiante, aplastante y una enorme pesadez en el estómago. Sintió miedo. Héctor miraba hacia el otro lado de la calle, en sentido opuesto a dónde provenía la fuga de los militares. Vio a lo lejos una mancha naranja que poco a poco aumentaba de tamaño conforme avanzaba por la calle iluminada por las luminarias públicas. Ambos hombres contemplaban y especulaban a su manera sobre lo que pasaría cuando el invasor los alcanzara.

     Alrededor del mundo no ocurría nada diferente a lo que se estaba viviendo en la localidad de Leonardo y Héctor; el infortunio cayó como una pesada losa sobre la esperanza de combatir y vencer a los invasores. En la práctica otros ejércitos habían intentado con diferentes armas, con la máxima potencia de fuego, sin resultados a favor. En la tierra no había arma que pudiera detener aquel asalto interestelar. Esta vez no había héroes que descubrieran por accidente como eliminar a aquellas criaturas. A vista de pájaro, los extraterrestres estaban exterminando a la raza humana, de forma metódica, sin cesar . La ola naranja inundaba cada vez más el territorio poblado.

    Leonardo reaccionó y viró el Maverick a la derecha, pisó el acelerador a fondo intentando ganar tiempo poniendo distancia entre ellos y la criatura. Los nudillos se le pusieron blancos por la fuerza que hacía al apretar el volante. Héctor por su parte se sentía acongojado, asustado, desconcertado por lo que acababan de ver: El Ejército de la Nación huyendo. Eso significaba solo una cosa, que pronto iban a morir. El analista echó una mirada a su reloj, habían pasado poco más de 24 horas desde el inicio… desde el inicio del fin. Intentaba decirle algo a Héctor, pero no lograba ordenar sus pensamientos. En la mirada de Héctor, había algo muerto, tanto como sus ganas de hablar. Estaban huyendo pero ¿por cuánto tiempo lo harían?

     Leonardo hundió a tope el acelerador, la calle era un desierto, como pronto lo sería todo el planeta. Haciendo un acto de increíbles reflejos, dio vuelta a la izquierda para esquivar el cuerpo naranja de un invasor, solo para encontrarse a otro a pocos metros, ya sin oportunidad de maniobrar para escapar. Ocurrió en cámara lenta, el cofre del Maverickdesaparecía ante sus ojos, como un castillo de arena que se derrumba grano a grano sobre la playa por acción del agua. Leonardo se despidió de Denisse apretando los párpados y las quijadas, deseándole el menor de los sufrimientos. Héctor por su parte, tuvo un último pensamiento para sus hijos y su esposa. También pensó antes de perderse en el naranja eléctrico: esta película no la había visto.

     Era la hora 25 y la raza humana había sido extinguida.     

Fin

Hora 25 — V

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     Mientras llevaba el motor del Maverick al tope de revoluciones, Leonardo pensaba en la vida de aquel hombre que iba sentado a su lado. Héctor, ese era su nombre. Trataba de encontrar algunas palabras que no le hicieran entrar en pánico o que tuviese una reacción desesperada, después de todo, en los casos de emergencia, siempre son prioridad los más allegados, los hijos, la esposa, la familia.

     —Héctor, debo decirle algo. Las próximas horas serán de mucha presión, quizás ocurra un hecho sin precedentes, quizá no ocurra nada, no lo podemos saber. Lo que sí sabemos es que debemos extremar precauciones, prepararnos para cualquier acto que atente contra nuestra seguridad, tanto personal como a nivel comunitario. —Héctor escuchaba con atención intentando adivinar hacia dónde iba este hombre con sus palabras—. Tómelo con mucha calma, es posible que estemos siendo invadidos por extraterrestres. —dijo Leonardo, mientras buscaba los ojos de Héctor, aventurándose a adivinar la respuesta.

    —Si lo que me está diciendo fuese una broma de mal gusto, le pediría que detuviese el vehículo para bajarme y le recomendaría un  psiquiatra, pero veo en usted una total y alarmante sinceridad. Le creo, no soy una persona escéptica y siempre estuve al margen de que el planeta Tierra no era el único lugar en el vasto universo, que estuviese habitado. —Ahora Leonardo lo miraba de manera atenta, tanto como le permitía el camino sostener la mirada en Héctor—. Supongo que usted sabe todo esto porque trabaja en el observatorio, ¿no es así? —El analista asintió con una leve inclinación de cabeza y un parpadeo alargado—. Por un rato los dos permanecieron sin decir palabra, con la vista fija en el tramo de asfalto que los faros del veloz automóvil iluminaban.

    Esta vez no se trataba de una espectacular e inofensiva lluvia de estrellas, tampoco era final que anunciaban las profecías; no era el caprichoso castigo proveniente de un dios voluble, ni el deseo vehemente de un gobierno por someter a sus políticas al resto del mundo. Esta vez se trataba de algo real que indicaba que los fallidos simulacros de coexistir en un planeta, se verían totalmente descartados por la intervención de seres ajenos. Como había dicho Leonardo, cada minuto elevaba  la presión y como en una olla exprés, llegaría el momento de la necesaria liberación.

    Leonardo tomó el sofisticado aparato instalado en su auto, un teléfono portátil. Por un momento vaciló. A la única persona que podría llamar era a Denisse. Marcó el número con la esperanza de que ella levantase el teléfono. Un tono, dos tonos, tres tonos. No contestó. No estaría en casa. Iba a colocar el auricular en su lugar, en cambio, se lo ofreció a Héctor.

    —Llame a su familia, Héctor —dijo alcanzándole el dispositivo.

   —Claro, muchas gracias. Vaya, este auto tiene más sorpresas que solo una estupenda carrocería —comentó Héctor— Leonardo esbozó una sonrisa. Todos en la oficina admiraba lo bien cuidado y equipado que estaba su auto, sin embargo en ese momento, la tensión demeritaba todo halago hasta convertirlo en futilidad.

   — ¡¿Lucía, amor, cómo están?! —No  esperó la respuesta, continuó con tono apresurado—. Cierren bien puertas y ventanas, dile a Daniela que te ayude, aseguren la casa como si fuésemos a salir de vacaciones. Llegaré en cualquier momento. Por favor, no salgan a la calle, manténgase informados con el televisor o la radio. —Bajó el ritmo de su voz para decir, como una sentencia—: No olviden que los amo. Al otro lado de la línea, Lucía, solo tuvo tiempo para asentir con monosílabos, conocía perfectamente a Héctor y sabía que se trataba de un asunto al que no debería restarle seriedad. Avisó a los chicos  que su padre estaba bien, dio las instrucciones y los tres iniciaron la tarea de aseguramiento. Después de eso, se sentaron a esperar.

    Los neumáticos del bólido se aferraron al asfalto, provocando una espontánea nube apestosa a caucho quemado. Leonardo había aplicado el freno al fondo, el auto coleó un poco y se detuvo al paso de un soldado que le hacía una señal para detenerse. Su cara lucía una expresión inquietante, sin aliento, le dio aviso al conturbado conductor:

   — ¡Váyanse de aquí! ¡Huyan! ¡Amenaza presente, peligro inminente!

   El analista dejó escapar su exhalación muy lentamente. El plazo se había cumplido.

Continuará…

Hora 25 — IV

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     Leonardo se quedó muy pensativo, en un estado en el que no se sabe qué es lo que se siente por el cúmulo de ideas, sensaciones y pensamientos que se manifiestan sin obedecer la línea normal de tiempo. Estaba convencido que la reciente información que había recibido el observatorio, desvelaba en su totalidad y no solo eso, confirmaba sus sospechas. Poco a poco su mente buscaba la palabra exacta que sirviera de título para exponer y confirmar su teoría. Ojalá no hubiese pasado por su cabeza, pero la realidad era ya inaplazable.

     —Invasión. Es una invasión. —pronunciaba las palabras con el énfasis necesario para convencerse a sí mismo de que lo que acababa de decir era una verdad absoluta. La parte racional de su cerebro no podía aceptar tan descabellada afirmación. Nadie en el mundo entero había probado la existencia de vida en otros sistemas de la galaxia, aunque tampoco se había probado que no existieran en el inacabable e inexplorado resto del cosmos. El Dr. Herrera y un auxiliar que se encontraba en la mesa de trabajo, voltearon a mirarlo con gesto de quien no entiende un chiste malo y tiene miedo de volver a preguntar o estallar en risa.

     — ¡Vamos, Leonardo! Creo que no es tiempo para bromas, aunque bien nos vendría relajarnos un poco —dijo de modo condescendiente el director. Miraba a Leonardo y las comisuras de su boca volvían a la posición de seriedad. El auxiliar pasaba de la sonrisa tonta al temblor para mantener la compostura.

     —Están por cumplirse 24 horas desde que inició la caída de meteoritos. No es una lluvia de estrellas como las que acostumbramos a ver en las madrugadas, es una caída planeada. Con base en la densidad de población del lugar, el número de fragmentos aumenta o disminuye. Mire, los datos indican que en zonas montañosas o desérticas no ha caído ningún fragmento, en cambio en las ciudades o en donde sabemos que hay concentración de habitantes, el número de fragmentos es exponencial. En 24 horas va a pasar algo para lo que no estamos preparados. —Hizo una pausa— Si ponemos los reportes sobre coordenadas en el mapa, se dará cuenta de que no es una invención lo que estoy planteando.

     — ¿Por qué 24 horas? ¿Por qué concluye que en ese lapso ocurrirá algo? —preguntó con tartamuda curiosidad el auxiliar.

     —Simple. —respondió Leonardo y comenzó a marcar en rojo los puntos geográficos de los que se tenía reporte hasta ese momento—, el asteroide suelta fragmentos calculando el movimiento de rotación, la fuerza gravitatoria y la altura a la que se encuentra, así como la fricción que se genera al entrar a la atmósfera, eso explica la precisión del aterrizaje. Descartamos que sea coincidencia.

     Sorprendido, el Dr. Herrera aceptaba que era creíble la teoría de Leonardo, solo se escapaba un detalle: los extraterrestres no existen.

     — ¿Invasión? ¿Extraterrestres? ¿Eso estás diciendo, muchacho? No puedo aceptar tu teoría… Haré unas cuantas llamadas para saber cómo va la situación en otros lugares. El Ejército, las Fuerzas Especiales, Seguridad Nacional, alguien ya debe saber  algo acerca de este fenómeno. El Dr. se dirigió a su despacho, casi decepcionado de Leonardo.

     El auxiliar, con menos bases férreas sobre la posibilidad de habitantes de otros planetas, miraba a Leonardo calculando lo que iba a decir:

     —Si es lo que dices, me refiero a la invasión… es decir… ¿qué vamos a hacer?

     —Buena pregunta —contestó Leonardo, sabiendo que la respuesta era, defendernos.

       Más tardó en salir el Dr. Herrera de su oficina que la torturadora jaqueca que le taladraba la cabeza de sien a sien, iniciara. Las llamadas realizadas a los altos mandos, le habían puesto la cabeza hecha un laberinto. Nadie sabía a ciencia cierta cómo debían proceder ante tal episodio. Bien lo decía Leonardo, no estaban preparados.

    Las operaciones militares ya estaban en curso, los pelotones vigilaban el comportamiento de los meteoritos, algunos expertos geólogos analizaban el tipo de elemento, una composición tan oscura que daba miedo tocarla hasta con guantes. No había indicios de radiación ni tampoco de bacterias conocidas o presencia de cuerpos extraños, esto lo habían puntualizado los expertos de la agencia espacial y confirmado con los análisis preliminares de los biólogos. Destacaba la adhesión del material al suelo, parecía haberse fundido con la materia negra, el meteorito estaba totalmente «encajado» al suelo terrestre por lo que los intentos de trasladarlo a un laboratorio habían sido en vano. Las muestras obtenidas presentaban una masa y un peso específico distinto a cualquier materia, una pizca equivalía a muchos gramos de la terrestre. No mostraban indicios de calentamiento por fricción, en resumen, todos los datos recabados eran inauditos.

    Leonardo se servía el tercer cono de agua. Qué desesperantes son estos vasitos cuando uno tiene mucha sed, pensó, dejando de lado por un instante todo lo que le daba vueltas sin parar en la cabeza. Todas las interrogantes no podían ser despejadas: ¿Cómo se le ocurrió lo de la invasión? No se le había ocurrido, no era resultado de conjugar los datos y obtener la respuesta en automático; no, más bien sintió que eso era lo que estaba pasando, un presentimiento encontrado, algo dentro de él mismo le decía que eso pasaría, así, sin más. No era partidario de las historias de ciencia ficción, pero algo le decía que la vida real en ese preciso momento rebasaba cualquier imaginación inventiva. De repente se vio a sí mismo, de una manera tan honesta que le causó vértigo. Solo en el mundo, desde que sus padres fallecieran en un incendio. Se había abierto paso a pulmón como se decía, muchas cosas de la vida dejaron de sorprenderle, mas no la aborrecía. Se sentía satisfecho de lo que había logrado por propia cuenta, eso era meritorio. Buscó entre sus recuerdos, el más bonito que tenía de su exnovia Denisse: aquella tarde en que ella usaba un primaveral vestido blanco, el verde de sus ojos saltando de su cara y su perfecta sonrisa. Denisse ya no estaba. Se fue por su culpa, por darle más tiempo al trabajo y no reservar un poco para ella. Aunque su reputación como analista era incuestionable, las condiciones de su vida privada y amorosa eran deplorables. El Dr. Herrera interrumpió el autoanálisis:

     — ¡Leonardo! He hablado con el ministro de gobernación, debemos irnos de aquí. Hay nuevos datos, hace unos pocos minutos el asteroide ha dejado de tener desprendimientos, no se ha movido de lugar, sin embargo los últimos cayeron a unos kilómetros de donde se registraron los primeros. Creo que el ciclo que mencionaste de 24 horas se ha cumplido. Todas las dependencias están evacuando sus instalaciones. Debemos irnos a casa y esperar los comunicados oficiales. Daré el aviso, espero que no haya ataques de pánico y podamos marcharnos tranquilamente. Estaremos en contacto por teléfono. Avísame si deduces algo más, cualquier cosa, házmela saber. Nos retiramos, este asunto queda en manos de Seguridad Nacional.

    Leonardo no dijo nada, el silencio era elocuente. Se despidió del Dr. con un apretón de manos, el director le dio una palmada en el hombro antes de darse media vuelta y enfilar hacia su oficina. Leonardo se dirigió presuroso al estacionamiento, bajó las escalerillas de a dos peldaños y llegó hasta su automóvil, un Maverick que él mismo había restaurado en sus tiempos libres.

Continuará…

 

Hora 25 — III

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     Héctor no concebía la imposibilidad de que ningún taxi circulara por aquellas calles de la ciudad, aún no entraba en desesperación, pero comenzaba a impacientarse. Miró el reloj de manecillas fluorescentes y se dio cuenta que ya llevaba un rato esperando encontrar el vehículo. Echaba de menos su automóvil, entrañablemente, aunque cada reparación le costara una pequeña fortuna, deseaba en ese momento, estar sentado frente a su sólido volante y relajarse en la frescura de su interior climatizado. Le picaban las axilas y los zapatos empezaban a castigarle a cada paso. No echaría a caminar hasta su casa, estaba aún muy lejos de ella, aunque no descartaba la posibilidad de hacerlo, tenía que estar con los suyos en estos momentos tan inusuales. Deseó también llevar consigo un radio portátil o uno de esos walkman por los que sus hijos enloquecían cada vez que los miraban en algún anuncio, podría escuchar las noticias y pormenores acerca de la sorpresiva caída de meteoritos. No había ni un alma en las calles, pareciese que toda la gente estuviese refugiada en sus casas, tal vez atentas a la pantalla del televisor o a sus receptores de radio con una refrescante bebida en la mano.

    La moneda se le escabulló de los dedos casi cuando la iba a introducir en la ranura. Asombrado escuchó el tono de llamada en la bocina. Aquello solo pasaba en situaciones de emergencia: desastres naturales o cosas así. Marcó el número de su casa y al segundo tono alguien del otro lado de la línea levantó el auricular.

     — ¿Hola? —dijo una voz desmodulada por la preocupación—. ¿Quién llama?

    —Hola amor, soy Héctor, ¿cómo están todos en casa? —Trató de dar a su voz un tono casual, de jovial tranquilidad.

    —Héctor… Amor ¿Por qué tardas tanto? ¿Estás bien? —interrogaba con ansiedad Lucía.

   —El bús, tuvo que detener su corrida, estoy tratando de conseguir un taxi, estoy cerca de… —Volteó a ver a su alrededor y distinguió a unas calles el edificio del observatorio—, del observatorio, pronto estaré en casa, no te preocupes, tarde pero llegaré —intentó infundir una disimulada calma a su esposa.

    —Ten mucho cuidado, hay policías y soldados por todas partes, los vecinos me han dicho que cayó un meteorito en la procesadora de alimentos y en otros sitios de la ciudad y del país ¡y todo es un caos!

   —Sí, amor, tendré cuidado, un beso, llego en un rato.

     Colgó la bocina con lentitud, ahora sí estaba preocupado. Tendría que pensar rápido como llegar a su casa. Se le ocurrió caminar hacia el observatorio, allí habría más afluencia de autos y de personas. Se puso en marcha al paso que le permitían sus pies. Cuando llegó a la explanada, los pies le punzaban, se acomodó en el borde de una jardinera, puso el portafolio a un lado y se quitó los zapatos para darse masaje. Mientras lo hacía, miró en derredor y la explanada estaba igual de desierta que las calles de la ciudad. No te desesperes, pronto pasará un taxi, se repetía mentalmente, como un mantra tranquilizador. Sintió odio hacia sí mismo por haber pensado en la loca fantasía con la becaria, la preocupación que demostró su esposa le causó remordimiento de conciencia. El ruido de motores le llamó la atención hacia la rampa del estacionamiento del edificio, pensó que era posible que alguno de los empleados fuese por el mismo rumbo que él. Apuró a colocarse los zapatos y tomó su inseparable portafolios. Los primeros ocho autos, ni siquiera redujeron la velocidad cuando Héctor les hizo señas para que se detuvieran. El noveno, un Maverick de colección, se detuvo unos cuantos metros adelante.

     — ¿Podría llevarme? Voy hacia el sur, ¿le queda esa dirección? —preguntó sin más rodeos Héctor.

    —Suba, voy hacia ese rumbo. ¿Qué hace por aquí? ¿No ha visto o escuchado las noticias? —interrogó el conductor.

   —No del todo. Escuché sobre el asteroide y los meteoritos, solo un poco, voy saliendo de trabajo y parece que hay un complot en mi contra: calles cerradas, no encontré un taxi, el autobús en el que viajaba tuvo que detenerse… ¡Uf! —exclamaba Héctor, arrellanándose en el asiento del copiloto.

     El conductor lo miró por unos segundos, buscaba la manera más fácil y directa de decirle lo que en realidad pasaba. No lo conocía, sin embargo el sentimiento de solidaridad ante un hecho de tales magnitudes le obligaba a ser un poco más sensible.

    — ¿Tiene familia? —rodeó un poco más, antes de soltar de lleno.

  —Sí, dos chicos, mi esposa, ya sabe…—Héctor sintió como el automóvil cobraba más velocidad, al tiempo que contestaba la pregunta del chófer, quien con la mirada fija en la avenida, se sujetaba al volante y el rostro se tornaba a un gesto solemne y las palabras se escuchaban con misma seriedad:

   —Tenemos que llegar pronto.

Continuará…

Hora 25 — II

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     En el edificio adyacente al observatorio nacional, uno de los analistas recibía un fax de la agencia espacial con prioridad alta. Leyó con mucha atención la notificación, el asunto era de un nivel de delicadeza muy elevado, tendría que dar aviso a varias dependencias, debido a que no solo se trataba de una emergencia nacional, sino que implicaba un asunto de índole mundial. Apuró la redacción del comunicado, comprobó y resaltó con negritas las palabras clave antes de imprimir el documento e inició el largo proceso para enviar el aviso a un buen número de agencias gubernamentales, después abandonaría su oficina para dirigirse con urgencia al observatorio. Mientras el ascensor descendía, recordó cuando llegó a trabajar a ese lugar, hacía algunos años. Afuera, contempló la fachada con cierta nostalgia, como quien se ve forzado a despedirse.

     Era tarde y en el observatorio parecía que apenas iniciaba la jornada. El movimiento generado por el enorme asteroide tenía asombrados a algunos y aterrorizados a muchos: todo el personal estaba trabajando sobre la información que llegaba por todos los medios. El analista no se sorprendió al ver las idas y venidas de aquel equipo de trabajo: parecía más un mercadillo local que una oficina astronómica. Unos golpecitos en el cristal lo hicieron voltear, el Dr. Herrera le hacía una seña para que entrara a su oficina.

     —No tengo palabras para explicarte, simplemente apareció de la nada, no hay trayectoria orbital conocida para este cuerpo —dijo directo al grano y saltando todo el protocolo, el Dr. Herrera. Se veía realmente afectado. El analista lo miraba casi atónito, nunca había visto esa expresión tan grave en el rostro del eminente director.      —Mandarán una sonda a hacer pruebas, aunque tardarán unas horas, nos dirán de qué va todo esto. Los últimos reportes dicen que está en fase estacionaria, ¡por increíble que parezca! Se ha quedado quieto, pero hemos captado otro detalle, cada determinado tiempo se desprenden algunos fragmentos de la superficie y caen casi equidistantes de los anteriores.

     Esto le puso la piel de gallina al analista. No había dicho una sola palabra. Su mente se encontraba trabajando a todo lo que daba, armando esquemas, calculando probabilidades, recopilando información de sus bancos de memoria para construir una teoría. Salió de la oficina para buscar un planisferio. Cuando llegó el Dr. Herrera con él, lo encontró alternando la lectura y mirando con atención el mapa.

    — ¿Qué pasa, Leonardo? ¿Qué has encontrado? —dijo el Dr. que aunque interrogaba, estaba convencido de la capacidad y talento que predecía al analista.

     —Aún no lo sé, es solo una idea que me pasó por la cabeza, ayúdame a analizarla y desmiénteme —dijo Leonardo a punto de entrar a la etapa del nervio—, los primeros informes indican que los fragmentos cayeron en estas coordenadas —señalaba en el planisferio con un dedo—, si seguimos el orden cronológico según los reportes, los siguientes fueron en este lugar —de nuevo señalaba—, y si continuamos, veremos que llevan una secuencia, un patrón… —hizo una pausa para estar bien seguro de lo iba a decir—, esto indica que el asteroide no se mueve ni se aproxima hacia nosotros, sino que se sincroniza con el movimiento de rotación.

     El Dr. Herrera miró más de una vez el planisferio y los documentos. Era posible en un margen muy amplio, que la teoría de Leonardo resultara acertada. Aunque era un hecho inverosímil, tendría que confirmarlo con más de un astrónomo, tendría que estar seguro de que un fenómeno semejante pudiese ocurrir. La teoría no podía darse a conocer por el momento, hasta que estuviera en su totalidad confirmada.

     —Espere, no se precipite —dijo Leonardo, adivinando las intenciones de brillar por todo lo alto del director.

     Ninguna agencia en el mundo había emitido ningún comunicado, lo que obligaba a conducirse con precaución. Tal vez ya habían descubierto lo mismo  que Leonardo, pero era obvio que tendrían razones para reservar la información. Faltaba aún por determinar por qué el asteroide se comportaba de aquella extraña manera. Limitados por el escaso flujo de información, deberían esperar a que los análisis arrojaran nuevos datos, así que las horas subsecuentes serían de contenido suspenso.

    —No logro captar del todo tu teoría. ¿A qué te refieres, Leonardo? Sé que es correcto lo que expones, pero siento hay algo más, una sorpresa dentro del pastel. ¿Qué es? ¿Cuál es el punto de atención? —preguntaba el Dr. Herrera, tan solemne como si quisiese convencer a alguien de comprar el aire que respira.

    —Es muy aventurado, Doctor, la verdad es que prefiero esperar a analizar más datos, solo estaría especulando con algo que quizá solo exista en mi cabeza y sea el producto de un largo día de trabajo, un escape descarrilado.

     El director no se conformó con esa respuesta, tenía la seguridad de que Leonardo le estaba dejando ver muy poco de lo que tenía en mente. Conocía al analista y sabía que no daba pasos en falso. Pronto sabría cuál era el asunto.

   Leonardo se había instalado en el cuarto de información, a la espera de que las alarmas de los equipos de fax anunciaran con el anhelado pitido y comenzaran a soltar largas lenguas de papel con información. Ansioso, pensativo, callado, esperaba que la idea que tenía en mente fuese equivocada, para el bien de la humanidad.

Continuará…

Hora 25 — I

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     No terminaba de oscurecerse el cielo, aún conservaba esos matices dorados y violetas que colorean las nubes, antes de que el sol se oculte del todo. El bullicio de las calles se intensificaba a medida que la oscuridad avanzaba sobre la ciudad. Fantasmas eléctricos aparecían ipso facto, en señal de que nunca se habían marchado de ahí y tampoco tendrían algún motivo para hacerlo. La temperatura subía junto con la humedad en el aire, el viaje en autobús hasta casa, sería una experiencia bochornosa —hablando en términos climáticos—, echando de menos la frescura del aire acondicionado del auto. Se aflojó la corbata, empezaba a sentir como la camisa se adhería como pegatina a su piel por la transpiración. Encontró un lugar para sentarse, colocó el maletín sobre sus rodillas. Eran los días de más alta temperatura de todo el verano, la canícula. Después de todo, el viaje en autobús era un método —aunque poco común— de desconectarse del estrés laboral provocado por la actividad cotidiana en la oficina. Se relajó tanto como le permitió el vaporoso y sustancial clima del vehículo público. Trató de no pensar en las 400 semanas de cotización a la seguridad social que aún le faltaban para alcanzar una buena pensión después de retirarse. Se le ocurrió pensar en la causa principal que le hacía mirar más de una vez a la becaria que cumplía con sus horas de servicio social: ¿era el perfume cítrico o el cadencioso movimiento de sus piernas y caderas al pasar? El pensamiento le tiró las comisuras de la boca hacia atrás, la sonrisa le modificó el semblante. La clásica fantasía del hombre maduro con la jovencita, teniendo sexo bestial sobre el escritorio, cuando todos ya se habían ido.

     El autobús inició su marcha con un escandaloso esfuerzo, a medida que avanzaba iba tomando potencia. Héctor, en el asiento de ventanilla, se aburría con la incesante proyección de anuncios en neón: una interminable pausa publicitaria. El cielo de esa calurosa noche de verano, era tan oscuro como atrapante.

     Jamás hubiese atribuido los últimos acontecimientos a una racha de mala suerte como decían los aficionados a las cábalas. Estaba consciente de que la edad empezaba a cobrar el alquiler. Problemas con la próstata, la rutina diaria de abrir los ojos al despertar, los constantes olvidos que derivaban en grandes problemas. No faltaba mucho para alcanzar su jubilación, entonces tendría todo el tiempo necesario para atender todo lo que había dejado pasar. Sus hijos adolescentes eran una de esas tanta cosas desatendidas; no es que fuera un mal padre, solo que no había estado el tiempo necesario con ellos, sin embargo los amaba. Amaba a su esposa, aún después de treinta años de estar juntos. Amaba la vida en sí.

      La inercia del frenazo lo obligó a salir de sus cavilaciones. Echó un vistazo a la ventanilla para ubicar en qué parte del trayecto se encontraba. El transporte había avanzado más allá de la zona comercial principal, ahora estaba frente a establecimientos oscuros y de menor categoría.

     Antes de que el camión iniciara con su penosa marcha, alcanzó a observar un corrillo frente a los empañados cristales del aparador de una tienda de electrónicos; la gente se agrupaba para ver las pantallas en la exhibición, sintonizadas todas en el mismo canal. Una película de catástrofe natural, seguramente. Las personas alimentaban su morbo con las tragedias con las que especulaban los guionistas de cine, acerca del inagotable tema de la extinción de la humanidad. No pudo más que soltar una risa mientras decía para sí: «las he visto todas».
El conductor del autobús aminoró la velocidad, y en un tramo muy reducido aplicó los frenos de aire, provocando un bufido estentóreo que torturó los tímpanos de los pasajeros. Un retén militar impedía el paso desde ese punto con barricadas y personal armado.
—No puede continuar por esta avenida, utilice otra vía —dijo el soldado con el tono de voz más autoritario de su repertorio.
—No puedo ir por otra vía, las calles de esta zona son muy estrechas para dar vuelta —contestó fastidiado el conductor.
—Entonces regrese por donde vino, no es mi problema.

   En el interior del autobús, las preguntas murmuradas, no se hicieron esperar. El operador anunció el final de la travesía, obligado por las circunstancias, terminaría su turno con anticipación. Héctor bajó del autobús y se dirigió con el soldado a preguntar el motivo del corte de circulación.

   —Hubo una explosión a la altura de la bodega de alimentos enlatados —contestó puntual el militar.

   Ese lugar quedaba como a dos o tres kilómetros más adelante, lo que significaba que había sido de gran magnitud.

  —¿Sabe usted qué la ocasionó? —preguntó Héctor.

  —Negativo, señor. Circule por favor —respondió el soldado con la hosquedad característica de la milicia

     Héctor echó un vistazo a su alrededor; a pesar de que no era muy tarde, aquella zona de la ciudad estaba desierta. Se encaminó por la estrecha calle para iniciar la frenética búsqueda de un coche de alquiler. El aire era espeso, parecía que la temperatura aumentaba cada vez más y en un lapso breve. La bocina del teléfono público se sentía pegajosa debido a la condensación, giro el dial de aquel aparato, no sin sentir un poco de asco.

    —¡Hola, campeón! ¿Qué hay? —saludó con tono entusiasta y cariñoso a Hugo, su hijo menor.

 —¡Papá! ¿En dónde estás? Algo ha pasado, apúrate a llegar a casa —dijo el chico, nervioso y con urgencia contagiante.

 —¿Qué pasa? ¿Tu hermana está bien? ¿Dónde está tu madre? —preguntó Héctor, intentando ocultar su preocupación.

  —Daniela está aquí, mamá aún no ha llegado… Papá están cayendo meteoritos en muchos lugares en el mundo…

    ¿Meteoritos? Se preguntó Héctor. Las imágenes en las pantallas de la tienda no eran de una película, quizás las explosión en la bodega tenía relación con los meteoritos, por eso el hermetismo del soldado.

  —¿Qué han dicho en el noticiario?

  —No mucho, hum, solo que son desprendimientos de un asteroide que está acercándose a la tierra.

     ¿Asteroide? ¿Acercándose? ¿Por qué no había alertas de emergencia?

  —Papá, ya llegó mamá

  —Bien, no tardo en llegar, solo estén tranquilos.

    Colgó la bocina y apresuró el paso, dobló en la siguiente esquina con la esperanza de ver la señal de «TAXI» brillando en el toldo de un vehículo. La calle era más ancha que las otras perpendiculares, esperaba que hubiese más tránsito. Pensaba mientras, en el asteroide y los fragmentos. ¿Por qué no lo habían detectado las agencias espaciales? ¿El asteroide chocaría con la Tierra? ¿Sería este el guion de una película de tragedia llevado a la realidad?

Continuará…

La sonrisa del universo

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Luna
«Luna» por Carlos Quijano

Cuenta una leyenda, que hubo una vez una diosa que se cansó de vivir entre los mortales, así que una noche ascendió y se convirtió en luna. Durante un eón ocupó un lugar aislado en la galaxia. Solitaria, contemplaba desde las alturas, el planeta tierra. Se daba cuenta que echaba de menos algunas cosas de aquel mundo y de inmediato se cubría de tristeza. Un día, un grillo que estaba parado en una ramita, notó esa desolación. Tomó su violín y comenzó a tocar una suave melodía. La serenata llegó hasta la diosa luna —gracias a la ayuda de las luciérnagas, del viento, las nubes y las estrellas—, y le gustó tanto la canción del grillo, que se le vio sonreír feliz. Ahora, cada vez que hay luna menguante es porque el grillo toca y la música logra que la luna dibuje una brillante sonrisa en el cielo estrellado.

Papá

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Esperaba a que llegará por la noche después de trabajar. Siempre aguardaba detrás de la puerta para darle una sorpresa justo cuando entrara a la casa. Recuerdo cómo me elevaba con sus fuertes brazos y su cara se iluminaba con esa sonrisa de anticipada complicidad porque ya sabía que lo recibiría de esa manera y me devolvía la sorpresa cuando sacaba de su bolsillo un caramelo, una paleta, un yoyó o un trompo de colores.

Le daba un gran beso a mi madre y le preguntaba acerca de la cena. Invariablemente pedía su té de canela sin azúcar que bebía distraídamente mientras miraba el televisor. Yo miraba sus grandes manos llenas de callos, sus fuertes brazos marcados por los músculos que solo aquellos que hacen un trabajo físico pueden tener.

Después de la cena, era hora de ir a la cama, de recibir la caricia que alborotaba el pelo; de que me arropara y apagara la luz. Por la mañana lo despedía con un beso, colgándome de su cuello, sintiendo como me raspaba su barba y mi nariz se impregnaba con aquel olor tan familiar a Old Spice. Lo recuerdo así: sonriente, decidido, protector, amigo, cómplice, mi superhéroe.

Una noche de octubre, mientras esperaba detrás de la puerta, atento a escuchar el motor de su camioneta, con las ansias de saber con qué me sorprendería en esa ocasión, no me daba cuenta que se había demorado más que de costumbre. Mi madre, nerviosa, cambiaba de posición en su sillón favorito, se asomaba una y otra vez por la ventana para mirar si ya iba llegando. No supe cuando me venció el sueño, lo que sí supe fue que mi papá no me llevó a la cama y por la mañana mi madre, quien no había dormido ni un minuto, tenía el rostro maquillado con lágrimas y la cabeza peinada de incertidumbre.

Difícilmente a esa edad podría haber comprendido qué fue lo que ocurrió con mi padre.

Mi madre me respondía que no llegaría, que ya en ningún momento entraría por aquella puerta porque se había ido de viaje. Yo miraba sus ojos cansados de tristeza y veía algo muy distinto a lo que me decía. Los días pasaban y las cosas en casa cambiaban: mi madre tenía que ausentarse algunas horas por la tarde mientras una vecina cuidaba de mí. «Falta el dinero hijo», decía mi madre cuando le preguntaba a dónde iba por las tardes. Y no sólo era el dinero, era también la compañía de mi papá. Años más tarde caí en la cuenta de la enorme soledad que tuvo que soportar mi madre. Fueron muchos años difíciles, años de carencias económicas, de crecer sin un apoyo, de ver cómo los vecinos murmuraban, de no festejar el día del padre cada año, de no verlo entrar por la puerta cada noche al final de la jornada.

Fue difícil para mí crecer sin su consejo, sin su orientación, sin su liderazgo; qué difícil para mi madre partirse en dos, educarme por ratos y buscar el sustento, regresar a casa a continuar con sus quehaceres.

Mi papá se fue. Mientras crecía me enteraba en la misma proporción cuanta falta me hizo. Me imaginaba cuántas charlas hubiésemos tenido, cuántos juegos hubiésemos jugado, cuántas cosas me pudo haber enseñado y compartido; cuántas veces me hubiese escuchado decirle: «papá, te amo».

Ahora lo digo, pero sólo para mí. Lo hago mientras tomo distraídamente una taza de té de canela sin azúcar y miro el televisor.

Y un día de febrero, cuarenta años después, me enteré que papá se había ido por segunda vez y en esta ocasión fue para siempre.

Un corazón cualquiera

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No sería fácil describir la gigantesca oleada de sensaciones que experimentaban sus sentidos; inmerso en ellas, canturreaba una cancioncilla pegajosa mientras a su alrededor se bosquejaba el entorno en intensos colores neón que lastimaban eléctricamente el estreno de esa noche.

Se acercaba alegre al punto de encuentro con su amada. Sí, ella. Esa persona que era como un caleidoscopio que le hacía ver las cosas de una forma diferente y colorida.

Al acercase al lugar se le aceleraba el corazón y le sudaban las manos, se sentía tan nervioso como un amante primerizo. Todo el amor que sentía por ella le hacía sonreír por fuera y carcajearse como un loco por dentro.

Miró las manecillas de su reloj que perezosas se arrastraban como caracoles al sol hasta el minuto, hasta el segundo exacto: la vería acercarse despacio y mirando al frente sin gesticular ni parpadear siquiera; caminando entre la gente, como tantas otras veces la había visto. Esperaba encontrar su mirada. Debido a los nervios no sabía si la reconocería por su andar o por su cabello revolviéndose en el viento.

Cerró los ojos para retener esa imagen mental y guardarla en su archivo de recuerdos gratos. Al abrirlos se encontró con el rostro de sus sueños, ¡a unos cuantos metros de él!

Tenía un extraño brillo en los ojos que nunca había percibido antes. En los labios una rápida sonrisa destellante y colmada de complicidad. Por sus ojos cruzaba una fugaz sombra de duda que fue remplazada por un flamazo de satisfacción.

Él parpadeó repetidas veces, en una sucesión de viñetas estroboscópicas, alcanzó a mirar como aparecía una sonrisa henchida en el rostro de su amada y en sus pupilas ardía una llama intensa, al tiempo que tendía su mano para ser estrechada con suavidad, pero con ansiosa pasión.

Intentó caminar hacia donde estaba ella; quizá hablarle, quizá hasta gritarle, pero sus piernas y las palabras se negaban a obedecer. Se limitó a ver la última escena, la culminación de esa extraña película donde él no era el héroe que salvaba a la chica. En cambio, vio como ella caminaba dándole la espalda y abrazando al antagonista mientras el viento le revolvía el cabello.

Clavado al piso, inmóvil, con la mente en blanco como cuando se va la señal en el televisor, fue sacudido por un destello del cielo junto con un estrepitoso ruido que se confundía con lo que se le estaba derrumbando dentro de sí. El agua empezaba a escurrirle el rostro; no distinguía si era agua del cielo, pero tenía un gusto muy salado. Llovía.

Cuando al fin pudo moverse, se dio la vuelta y caminando calle abajo, temblaba quizá de frío; llevaba una mano en el bolsillo apretando la promesa de volver al otro día, y con la otra arrastraba entre los charcos, un corazón partido.