soledad

Ahora

Posted on Actualizado enn


Shadow hand

Hay líneas que en lugar de borrarlas es mejor no escribirlas.

Queda una historia en turno a la espera de canjear su significado.

Así sobrevivo en un cuarto sin ventanas para no ver como va la vida allá afuera sin ti.

Porque lo que hay dentro no alcanza para vida, pero tampoco roza la muerte, ahora.

Y el viento ya no dice nada, la luna ya no alumbra para ambos; todos los días son iguales.

Queda un alfabeto desconectado y una máquina que a veces hace ruido.

La lógica se convirtió en reproche, el tiempo en algo extraño y la distancia se ha hecho enorme, ahora.

El insomnio impera por las noches, mientras que en el día tus luces ciegan la razón.

¿Durante cuánto tiempo debo perseguir al olvido? ¿Cuántas lágrimas se necesitan para agotar el pasado?

Solo hay silencio y no respuestas, ahora.

Ahora hay una aterradora confusión entre el ser y el estar; entre el ir y venir; entre el vivir y morir.

Ya no hay verbos ni adjetivos, solo queda este maldito adverbio: ahora.

Y así es como me siento, perdido en un laberinto oscuro de emociones que mueren y renacen.

Con un pasado qué se niega a morir, un futuro que nunca fue y como único testigo de esta rabiosa soledad, el ahora.

Imagen: Carlos Quijano

Atemporal

Posted on Actualizado enn


Paró el reloj el día en que te fuiste
Mudas aún, guardan respeto las manillas
Y un alud cuesta abajo en las mejillas
Necio el recuerdo al pensar insiste

La perfecta circunferencia tan eterna
Ilumina breve el empiezo del camino
Corazón tan duro reniega su destino
Monótona canción sin estribillo

Inmóvil, dudando si comienza o termina
Indeciso si se detiene o camina
Sin opción a desandar lo andado
Resignado imposible a rehacer el pasado

¿Qué es lo que convierte una vida en triste?
La adolescencia que desvela no se extingue
Imborrable y necia idea que imbuiste
Y paró el reloj el mismo día en que te fuiste.

Un corazón cualquiera

Posted on Actualizado enn


No sería fácil describir la gigantesca oleada de sensaciones que experimentaban sus sentidos; inmerso en ellas, canturreaba una cancioncilla pegajosa mientras a su alrededor se bosquejaba el entorno en intensos colores neón que lastimaban eléctricamente el estreno de esa noche.

Se acercaba alegre al punto de encuentro con su amada. Sí, ella. Esa persona que era como un caleidoscopio que le hacía ver las cosas de una forma diferente y colorida.

Al acercase al lugar se le aceleraba el corazón y le sudaban las manos, se sentía tan nervioso como un amante primerizo. Todo el amor que sentía por ella le hacía sonreír por fuera y carcajearse como un loco por dentro.

Miró las manecillas de su reloj que perezosas se arrastraban como caracoles al sol hasta el minuto, hasta el segundo exacto: la vería acercarse despacio y mirando al frente sin gesticular ni parpadear siquiera; caminando entre la gente, como tantas otras veces la había visto. Esperaba encontrar su mirada. Debido a los nervios no sabía si la reconocería por su andar o por su cabello revolviéndose en el viento.

Cerró los ojos para retener esa imagen mental y guardarla en su archivo de recuerdos gratos. Al abrirlos se encontró con el rostro de sus sueños, ¡a unos cuantos metros de él!

Tenía un extraño brillo en los ojos que nunca había percibido antes. En los labios una rápida sonrisa destellante y colmada de complicidad. Por sus ojos cruzaba una fugaz sombra de duda que fue remplazada por un flamazo de satisfacción.

Él parpadeó repetidas veces, en una sucesión de viñetas estroboscópicas, alcanzó a mirar como aparecía una sonrisa henchida en el rostro de su amada y en sus pupilas ardía una llama intensa, al tiempo que tendía su mano para ser estrechada con suavidad, pero con ansiosa pasión.

Intentó caminar hacia donde estaba ella; quizá hablarle, quizá hasta gritarle, pero sus piernas y las palabras se negaban a obedecer. Se limitó a ver la última escena, la culminación de esa extraña película donde él no era el héroe que salvaba a la chica. En cambio, vio como ella caminaba dándole la espalda y abrazando al antagonista mientras el viento le revolvía el cabello.

Clavado al piso, inmóvil, con la mente en blanco como cuando se va la señal en el televisor, fue sacudido por un destello del cielo junto con un estrepitoso ruido que se confundía con lo que se le estaba derrumbando dentro de sí. El agua empezaba a escurrirle el rostro; no distinguía si era agua del cielo, pero tenía un gusto muy salado. Llovía.

Cuando al fin pudo moverse, se dio la vuelta y caminando calle abajo, temblaba quizá de frío; llevaba una mano en el bolsillo apretando la promesa de volver al otro día, y con la otra arrastraba entre los charcos, un corazón partido.

Todos estaban muriendo

Posted on Actualizado enn


Ambulance in motion by Benjamin Ellis    

    El ulular de la sirena penetraba el viento, la velocidad del vehículo de terapia intensiva pulverizaba las frías gotas de lluvia que azotaban contra la recién encerada pintura blanca.

La escena era típica de una ciudad que poco a poco iba tomando un ritmo de vida acelerado; el tipo cayó al intentar abordar el bus en marcha y fue arrollado por un automóvil que rebasaba por la derecha. Cuando los paramédicos llegaron al lugar, la sangre derramada se diluía con el agua de lluvia que lavaba el asfalto y hacía un río de color tinto hasta perderse en la rejilla de la alcantarilla.

El tipo se encontraba muy mal, ambos paramédicos se echaron una mirada que lo decía todo: no lo logrará. Aún así procedieron a hacer su rutina de primeros auxilios, notaron que difícilmente podía respirar debido a que las costillas rotas, habían perforado los pulmones, lo movieron rápidamente a la camilla. Antes de subir, preguntaron a la muchedumbre que permanecía en corro alrededor de la escena del accidente, si había algún familiar o alguien que le conociese, pero nadie dijo nada, sólo se escuchaban murmullos apagados por la lluvia que arreciaba.

El agua de lluvia le picaba los ojos, hacía un esfuerzo por fijar su vista, pero todo le daba vueltas como en un juego mecánico del parque de diversiones, intentó mover la mano derecha e inmediatamente sintió un aguijón en su costado.

—Quédate quieto, empeorarás las cosas, no te muevas o dañarás más tus pulmones —le decía el paramédico.

Trató de entender aquellos sonidos pero por algo que no sabía, escuchaba la voz como un disco en un tornamesa antiguo al que se le ha puesto una velocidad diferente a la indicada.  Advirtió que traía una mascarilla de oxígeno y de golpe recordó.

Era el hombre que amaba a una hermosa mujer; que le procuraba amor; que le entendía en todo momento; que comprendía sus días de luz y aguardaba sereno en los días de oscuridad.

Era aquel que siempre fue paciente; que no hablaba de más; que solo decía lo que tenía que decir cuando era prudente; era el niño que jugueteaba con sus manos; que besaba sus dedos siempre que podía; era aquel que masajeaba sus pies en una tarde de sábado sentados en el sofá; era quien le hacía reír con sus disparates hasta en el momento más romántico.

Fue el que entendió su música desde el primer momento; quién le dejaba ser quien verdaderamente era, sin poses, sin modelos. Era aquel hombre que no cerraba los ojos durante la noche solo para verla dormir.

Era el hombre que disfrutaba pasar horas enteras sin hacer nada, solo conversando o tomando un café en algún estacionamiento de la ciudad; quien la tomaba de la mano y sentía que el mundo era pequeño.

Era el que en esa tarde lluviosa se había perdido en el laberinto de sus ojos claros, como un presagio, como un presentimiento de no volverlos a ver, era a final de cuentas todo lo que ella había querido, todo lo que ella había imaginado, todo aquello por lo que lo había amado.

Era aquel hombre que había llegado a ser uno y tantos a la vez.

Y todos se estaban muriendo.

—Apaga la sirena. Declarado muerto a las 19:41. No hay pulso. Dejó de respirar —dijo el paramédico las palabras como la línea de un guion.

Aquel tipo en breves instantes se convirtió en ausencia de vida, en relleno para una fosa común.

La ambulancia disminuyó la velocidad, la lluvia no dejaba de caer, era una tarde triste, demasiado triste para morir.

Foto cortesía de Benjamin Ellis, Ambulance in Motion recuperada de flickr.com  Atribución 2.0 Genérica (CC BY 2.0)