relato

Neorredentor II

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En mi mente, el tiempo corre en diferente dirección, porque quizá para mí no existe la certeza de un mañana. Es por eso que la misión que debo cumplir no es del todo esperanzadora; sin advenimientos ni mesías imaginarios. ¡Cuántas dudas sin resolver! Y no es una profunda reflexión, es tan solo el resultado de voltear y observar a la gente. Prestar atención. Pensar. Aunque mis conclusiones no sean del agrado de todos, menos de aquellos que mendigan por purificación sin pensarlo. Estoy aquí de pie, sudando por las emociones contenidas; intentando comprender qué es lo que define a una persona. Nací y crecí. Durante ese lapso morí en varias ocasiones y de diferentes maneras sin que a nadie le importara: todos están ocupados buscando, arrastrando sus vidas tras de sí en pos de un espejismo llamado felicidad. Esclavos de su hedonismo sin sentido. Podría burlarme, pero solo aprieto las mandíbulas, hago rechinar mis dientes para ignorar el sabor amargo de lo oscuro que trepa hasta mi boca. Me pregunto si el odio que nace de mí es una dimisión a continuar siendo humano. Sé que la indulgencia está muy lejos y que esa distancia se mide a la velocidad de la oscuridad; tal vez más lejos de lo que está Dios de los hombres, por eso no alcanza a escuchar las plegarias y por conveniencia juega a sentirse olvidado. Mi cuerpo tiembla y reacciona al combinarse en él elementos químicos naturales con la necesidad libertaria de justificar a una especie.

Tengo a uno del rebaño aquí postrado, lloriqueando porque sabe que su redención ha llegado en una sorpresiva epifanía: ensuciando con mocos y lagrimas sus finas prendas; con las rodillas doloridas, queriendo tomar su mundillo encerrado en un maletín y huir, escapar del perdón. Todo el tiempo han evadido con preguntas retóricas lo que pretenden no saber y cuando llega la hora de la verdad se mean y chillan. ¡Malditas criaturas! Persiguen la prosperidad imitando, haciendo lo mismo que otros millones hacen, pero se sienten únicos: de lunes a viernes frente a una pantalla en un cubículo, arrastrando sus dedos y sintiéndose omnipotentes porque en su escritorio pueden tener unos cuántos recuerdos enmarcados, aprisionando con un cristal esas fracciones de tiempo. Tan ingenuos, tan iguales…, tan despreciables.

El percutor de mi arma hace lo suyo. Mientras la bala viaja, en la cabeza de este estúpido se generan sentimientos salvajes, agrios y amargos. No sabe que al impacto dejará de ser uno más, aunque esté enmudecido y paralizado. Lo miro a los ojos, en ellos está la respuesta a lo que pretende no saber: la asepsia de su alma.

El olor a pólvora me trae de mi desprendimiento. Guardo mi pistola y salgo del callejón. Me mezclo con las indiferentes masas. Soy uno más de ellos, una oveja más en el rebaño, pero ellos no saben que soy su redentor.

Un recuerdo

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Bajó la ventanilla para que el humo del cigarrillo se disipara. Fumaba mientras esperaba en el auto a Mim. Cerró los ojos y dejó salir la bocanada de humo con lentitud.
Una chica de pelo multicolor yacía sobre la cama de un deteriorado motel. La mayoría de los usuarios lo utilizaban para tener sexo sin preámbulos. Hasta el nombre del lugar hacía ironía a su función. La chica estaba muy drogada y no paraba de reír, mientras subía su vestido y dejaba ver su diminuta prenda íntima de encaje verde pastel. Morris sentía que su pene se asfixiaba dentro de su pantalón. Con mucha habilidad la despojó de su ropa y con el pulgar comenzó a estimular a la muchacha. Gemía y se retorcía como posesa.
—¡Cógeme! ¡Hazlo ya! ¡Cógeme! —pedía la mujer.
Morris bajó su cremallera y frotó su glande antes de penetrar. La chica recibió la embestida y ya no gemía, gritaba.    Por su parte, Morris se limpiaba las gotas de sudor con una mano. La excitación hacía que le punzaran los testículos. Se limitaba a pujar y a arremeter con fuerza.
—¡Voy a terminar…! —jadeaba la chica estremeciéndose.
—Espera, aún no —replicó Morris.
Buscaba con su mano derecha algo entre las mugrosas sábanas.
—¡No aguanto más! ¡Ya! ¡Ya…! —gritaba la chica con urgencia.
Un cuchillo afilado cortó su garganta de izquierda a derecha, después se escuchó un gorgoteo y palabras ahogadas en rojo. Morris eyaculaba como una bestia apretando los ojos; escuchando los sonidos guturales e inhalando la mezcla de olores de sangre y sexo.
Abrió los ojos antes de arrojar el cigarrillo por la ventanilla. Mim se acercaba al auto; Morris la veía caminar con su vestido ampón y el pelo balanceándose en cada paso estilizado por los tacones altos. Mim subió al auto.
—¡Son un asco los baños de este lugar! ¿Qué hacías? —espetó Mim acomodando el vuelo de su falda.
—Reviviendo un recuerdo —dijo Morris sonriendo y echando un vistazo a su entrepierna para confirmar que su pene se estaba asfixiando dentro de sus pantalones.
—¿A dónde iremos? —dijo Mim aspirando con vigor el humo de un pequeño cigarrillo que sacó de entre la copa de su vestido.
—A un motel. Te vas a reír cuando sepas el nombre.
Mim ya se estaba riendo.

Mi encuentro con el suelo

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Aquí viene.

     Estar en las alturas siempre invita a pronunciar la clásica frase «¡Qué hermosa vista!». Y sí, es una hermosa vista. Siempre que las cosas se ven por encima del nivel en el que están nos parecen mejores, admirables o amenazantes. Depende del punto de vista. Es gracioso. Bueno, a veces no, no lo sé, no sé en ocasiones pueda ser gracioso. Lo cierto es que, desde esta posición de supervisión, hasta el aire se respira raro y los signos vitales se alteran. Esto me pone nervioso, pero la delicada corriente de aire llega hasta mí, disminuye la ansiedad.

     Miro hacia arriba y me doy cuenta que no hay final, pero al mirar hacia abajo es inminente un encuentro, una situación finita; un límite. Nunca he sabido respetar los límites, mucho menos reconocerlos.

     Es risible que la gente ponga toda su atención en mí cuando me encuentro acá en lo más alto. Cuando estaba a su nivel no era nadie para nadie y ahora se detienen, se asombran y me miran incrédulos de que haya llegado a esta cima; ahora en cambio, me observan y hasta me gritan cosas. No me importa. Llegué hasta aquí por mí mismo, por mis propias convicciones. Estoy a punto de dar un gran paso. Tomar en cuenta las opiniones de otros significaría retroceder y traicionarme. Me he fortalecido para tomar esta decisión así que nadie ni nada me hará echarme para atrás, más bien, daré ese paso adelante.

     Estoy en un punto en que todos los sonidos pierden claridad; llegan hasta a mí apagados, ensordecidos. Quizá sea el preludio: es un momento tan íntimo que casi se torna sensual. Es algo tan delicado en el sentido de la fragilidad. Quisiera prolongar esta sensación, pero ya es tarde. Debo acudir a mi encuentro.

     Entonces lo sublime se transforma en algo sucio y brusco. Doy un paso adelante y me siento ingrávido, flotante. Antes de que la gravedad haga lo suyo, me despojo de prejuicios, me libero de las ataduras; una vez más me burlo de los límites, y me deshago de todo el bullying que me hacían mis compañeros. El viento es tan fuerte que me sopla la elegancia en el peinado.

     No es la caída, es la velocidad terminal.

     Aquí viene.

La resistencia

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Era tan intenso el miedo que sentían, que la adrenalina los hacía temblar. Sudorosos, se escondían tras un montón de sillas y mesas apiladas al final del callejón. En esa guerra la preponderancia del enemigo alcanzaba niveles globales. Quedaban pocos lugares a donde huir,  y otros menos para esconderse.

      —Tienes que cumplir tu promesa, lo harás sin remordimientos —dijo Paola, luchando contra el castañeteo de sus dientes—. Al primer síntoma que notes, solo dispara.

     Marcos la miraba preocupado. Habían logrado escapar de un tiroteo y Paola sospechaba que había sido inoculada. El enemigo utilizaba armamento sofisticado y en cada batalla la resistencia se veía menguada: no tomaba prisioneros ni mataba, pero contaminaba a sus oponentes por medio de balas que penetraban de forma indolora. Comprobó su arma, le quedaban pocos cartuchos y tres cargadores. No aguantarían mucho con esa munición. Paola sudaba frío y no paraba de hablar. Cada vez que abría la boca, Marcos apretaba fuerte la cacha de la pistola.

      —¡No me mires así! ¡No lo sé! ¡No estoy segura! —dijo Paola, desesperada.

     Marcos exhaló aliviado. Aún no llegaba el momento.

    El equipo de científicos de la resistencia había probado mil y un antídotos para neutralizar la inoculación, sin embargo, sus esfuerzos habían sido inútiles. Una vez detectada la infección, no había vuelta atrás; se propagaba alcanzando cualquier rincón del planeta de manera inexorable. La resistencia peleaba en condiciones inferiores con el poco y rudimentario armamento que poseía.

    Marcos y Paola quedaron petrificados al escuchar a lo lejos, las pisadas del pelotón de avanzada. El enemigo estaba a dos pasos de ellos y eran implacables. Las luces de los leds iluminaron el callejón proyectando una caprichosa sombra en la pared del fondo. El soldado movió la lámpara de un lado a otro y se conformó con el silencio del sensor. Pasaron de largo. La pareja soltó la respiración contenida. Los minutos parecían segundos, el tiempo se deformaba mientras los chicos esperaban a que los soldados enemigos se alejaran lo suficiente. Marcos observó una vez más a Paola: tenía la cabeza baja y estaba más pálida que de costumbre. Ella volteó a mirar a Marcos. Encontró su mirada y dijo:

     —Mi nombre es Paola Pleve, tengo 22 años. Estoy con la resistencia desde hace tres años. Mi función es repartir propaganda para enrolar más voluntarios que ayuden a defender la identidad de nuestro país.

     Marcos escuchaba y miraba el triste camino de las lágrimas de Paola: de sus ojos a sus mejillas. Le hizo una seña para que guardara silencio. Se acomodó para abrazarla, él ya no temblaba. Se quedaron acurrucados hasta que la luz del sol los despertó. Habían descansado un poco,  después del enfrentamiento y la larga persecución. Marcos confiaba en llegar al refugio de la resistencia… «Si es que quedaba alguien», pensó. Vio a Paola estirarse y bostezar. Se dibujó una sonrisa en la carita de la chica. Se pusieron de pie para retomar su marcha.

      —Buen día, Pao. ¿Lista para seguir? —dijo entusiasmado.

      —Yes! —contestó Paola.

      Un balde de agua fría les cayó a ambos cuando escucharon la palabra «yes». Paola se tapaba la boca con una mano mientras iba de un lado a otro. Marcos la había volteado a mirar con la incredulidad colgando de su cara.

     —My name is Paola Pleve, I’m 22 years old. I’ve been in the resistance for three years —continuó diciendo—, my job is to distribute propaganda to enroll more volunteers to help defend our country’s identity.

     Miraba a todos lados tratando de encontrar el lugar de donde salían esas palabras. Su cara reflejaba la desesperación y el pánico por lo que acababa de salir de su boca.

     Marcos la miraba con tristeza.

     Paola había sido inoculada en el tiroteo. Aunque había resistido durante un tiempo, ya estaba presentando síntomas de la infección. Pronto dejaría de recordar quién era, mientras, había perdido una parte importante de su identidad: el idioma.

     Marcos, impasible, contemplaba a Paola deshecha en llanto.

     —Just do it. You promised… —dijo ella, antes de escuchar la detonación.