relato

Neorredentor II

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En mi mente, el tiempo corre en diferente dirección, porque quizá para mí no existe la certeza de un mañana. Es por eso que la misión que debo cumplir no es del todo esperanzadora; sin advenimientos ni mesías imaginarios. ¡Cuántas dudas sin resolver! Y no es una profunda reflexión, es tan solo el resultado de voltear y observar a la gente. Prestar atención. Pensar. Aunque mis conclusiones no sean del agrado de todos, menos de aquellos que mendigan por purificación sin pensarlo. Estoy aquí de pie, sudando por las emociones contenidas; intentando comprender qué es lo que define a una persona. Nací y crecí. Durante ese lapso morí en varias ocasiones y de diferentes maneras sin que a nadie le importara: todos están ocupados buscando, arrastrando sus vidas tras de sí en pos de un espejismo llamado felicidad. Esclavos de su hedonismo sin sentido. Podría burlarme, pero solo aprieto las mandíbulas, hago rechinar mis dientes para ignorar el sabor amargo de lo oscuro que trepa hasta mi boca. Me pregunto si el odio que nace de mí es una dimisión a continuar siendo humano. Sé que la indulgencia está muy lejos y que esa distancia se mide a la velocidad de la oscuridad; tal vez más lejos de lo que está Dios de los hombres, por eso no alcanza a escuchar las plegarias y por conveniencia juega a sentirse olvidado. Mi cuerpo tiembla y reacciona al combinarse en él elementos químicos naturales con la necesidad libertaria de justificar a una especie.

Tengo a uno del rebaño aquí postrado, lloriqueando porque sabe que su redención ha llegado en una sorpresiva epifanía: ensuciando con mocos y lagrimas sus finas prendas; con las rodillas doloridas, queriendo tomar su mundillo encerrado en un maletín y huir, escapar del perdón. Todo el tiempo han evadido con preguntas retóricas lo que pretenden no saber y cuando llega la hora de la verdad se mean y chillan. ¡Malditas criaturas! Persiguen la prosperidad imitando, haciendo lo mismo que otros millones hacen, pero se sienten únicos: de lunes a viernes frente a una pantalla en un cubículo, arrastrando sus dedos y sintiéndose omnipotentes porque en su escritorio pueden tener unos cuántos recuerdos enmarcados, aprisionando con un cristal esas fracciones de tiempo. Tan ingenuos, tan iguales…, tan despreciables.

El percutor de mi arma hace lo suyo. Mientras la bala viaja, en la cabeza de este estúpido se generan sentimientos salvajes, agrios y amargos. No sabe que al impacto dejará de ser uno más, aunque esté enmudecido y paralizado. Lo miro a los ojos, en ellos está la respuesta a lo que pretende no saber: la asepsia de su alma.

El olor a pólvora me trae de mi desprendimiento. Guardo mi pistola y salgo del callejón. Me mezclo con las indiferentes masas. Soy uno más de ellos, una oveja más en el rebaño, pero ellos no saben que soy su redentor.

Un recuerdo

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Bajó la ventanilla para que el humo del cigarrillo se disipara. Fumaba mientras esperaba en el auto a Mim. Cerró los ojos y dejó salir la bocanada de humo con lentitud.
Una chica de pelo multicolor yacía sobre la cama de un deteriorado motel. La mayoría de los usuarios lo utilizaban para tener sexo sin preámbulos. Hasta el nombre del lugar hacía ironía a su función. La chica estaba muy drogada y no paraba de reír, mientras subía su vestido y dejaba ver su diminuta prenda íntima de encaje verde pastel. Morris sentía que su pene se asfixiaba dentro de su pantalón. Con mucha habilidad la despojó de su ropa y con el pulgar comenzó a estimular a la muchacha. Gemía y se retorcía como posesa.
—¡Cógeme! ¡Hazlo ya! ¡Cógeme! —pedía la mujer.
Morris bajó su cremallera y frotó su glande antes de penetrar. La chica recibió la embestida y ya no gemía, gritaba.    Por su parte, Morris se limpiaba las gotas de sudor con una mano. La excitación hacía que le punzaran los testículos. Se limitaba a pujar y a arremeter con fuerza.
—¡Voy a terminar…! —jadeaba la chica estremeciéndose.
—Espera, aún no —replicó Morris.
Buscaba con su mano derecha algo entre las mugrosas sábanas.
—¡No aguanto más! ¡Ya! ¡Ya…! —gritaba la chica con urgencia.
Un cuchillo afilado cortó su garganta de izquierda a derecha, después se escuchó un gorgoteo y palabras ahogadas en rojo. Morris eyaculaba como una bestia apretando los ojos; escuchando los sonidos guturales e inhalando la mezcla de olores de sangre y sexo.
Abrió los ojos antes de arrojar el cigarrillo por la ventanilla. Mim se acercaba al auto; Morris la veía caminar con su vestido ampón y el pelo balanceándose en cada paso estilizado por los tacones altos. Mim subió al auto.
—¡Son un asco los baños de este lugar! ¿Qué hacías? —espetó Mim acomodando el vuelo de su falda.
—Reviviendo un recuerdo —dijo Morris sonriendo y echando un vistazo a su entrepierna para confirmar que su pene se estaba asfixiando dentro de sus pantalones.
—¿A dónde iremos? —dijo Mim aspirando con vigor el humo de un pequeño cigarrillo que sacó de entre la copa de su vestido.
—A un motel. Te vas a reír cuando sepas el nombre.
Mim ya se estaba riendo.

Mi encuentro con el suelo

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Aquí viene.

     Estar en las alturas siempre invita a pronunciar la clásica frase «¡Qué hermosa vista!». Y sí, es una hermosa vista. Siempre que las cosas se ven por encima del nivel en el que están nos parecen mejores, admirables o amenazantes. Depende del punto de vista. Es gracioso. Bueno, a veces no, no lo sé, no sé en ocasiones pueda ser gracioso. Lo cierto es que, desde esta posición de supervisión, hasta el aire se respira raro y los signos vitales se alteran. Esto me pone nervioso, pero la delicada corriente de aire llega hasta mí, disminuye la ansiedad.

     Miro hacia arriba y me doy cuenta que no hay final, pero al mirar hacia abajo es inminente un encuentro, una situación finita; un límite. Nunca he sabido respetar los límites, mucho menos reconocerlos.

     Es risible que la gente ponga toda su atención en mí cuando me encuentro acá en lo más alto. Cuando estaba a su nivel no era nadie para nadie y ahora se detienen, se asombran y me miran incrédulos de que haya llegado a esta cima; ahora en cambio, me observan y hasta me gritan cosas. No me importa. Llegué hasta aquí por mí mismo, por mis propias convicciones. Estoy a punto de dar un gran paso. Tomar en cuenta las opiniones de otros significaría retroceder y traicionarme. Me he fortalecido para tomar esta decisión así que nadie ni nada me hará echarme para atrás, más bien, daré ese paso adelante.

     Estoy en un punto en que todos los sonidos pierden claridad; llegan hasta a mí apagados, ensordecidos. Quizá sea el preludio: es un momento tan íntimo que casi se torna sensual. Es algo tan delicado en el sentido de la fragilidad. Quisiera prolongar esta sensación, pero ya es tarde. Debo acudir a mi encuentro.

     Entonces lo sublime se transforma en algo sucio y brusco. Doy un paso adelante y me siento ingrávido, flotante. Antes de que la gravedad haga lo suyo, me despojo de prejuicios, me libero de las ataduras; una vez más me burlo de los límites, y me deshago de todo el bullying que me hacían mis compañeros. El viento es tan fuerte que me sopla la elegancia en el peinado.

     No es la caída, es la velocidad terminal.

     Aquí viene.

La resistencia

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Era tan intenso el miedo que sentían, que la adrenalina los hacía temblar. Sudorosos, se escondían tras un montón de sillas y mesas apiladas al final del callejón. En esa guerra la preponderancia del enemigo alcanzaba niveles globales. Quedaban pocos lugares a donde huir,  y otros menos para esconderse.

      —Tienes que cumplir tu promesa, lo harás sin remordimientos —dijo Paola, luchando contra el castañeteo de sus dientes—. Al primer síntoma que notes, solo dispara.

     Marcos la miraba preocupado. Habían logrado escapar de un tiroteo y Paola sospechaba que había sido inoculada. El enemigo utilizaba armamento sofisticado y en cada batalla la resistencia se veía menguada: no tomaba prisioneros ni mataba, pero contaminaba a sus oponentes por medio de balas que penetraban de forma indolora. Comprobó su arma, le quedaban pocos cartuchos y tres cargadores. No aguantarían mucho con esa munición. Paola sudaba frío y no paraba de hablar. Cada vez que abría la boca, Marcos apretaba fuerte la cacha de la pistola.

      —¡No me mires así! ¡No lo sé! ¡No estoy segura! —dijo Paola, desesperada.

     Marcos exhaló aliviado. Aún no llegaba el momento.

    El equipo de científicos de la resistencia había probado mil y un antídotos para neutralizar la inoculación, sin embargo, sus esfuerzos habían sido inútiles. Una vez detectada la infección, no había vuelta atrás; se propagaba alcanzando cualquier rincón del planeta de manera inexorable. La resistencia peleaba en condiciones inferiores con el poco y rudimentario armamento que poseía.

    Marcos y Paola quedaron petrificados al escuchar a lo lejos, las pisadas del pelotón de avanzada. El enemigo estaba a dos pasos de ellos y eran implacables. Las luces de los leds iluminaron el callejón proyectando una caprichosa sombra en la pared del fondo. El soldado movió la lámpara de un lado a otro y se conformó con el silencio del sensor. Pasaron de largo. La pareja soltó la respiración contenida. Los minutos parecían segundos, el tiempo se deformaba mientras los chicos esperaban a que los soldados enemigos se alejaran lo suficiente. Marcos observó una vez más a Paola: tenía la cabeza baja y estaba más pálida que de costumbre. Ella volteó a mirar a Marcos. Encontró su mirada y dijo:

     —Mi nombre es Paola Pleve, tengo 22 años. Estoy con la resistencia desde hace tres años. Mi función es repartir propaganda para enrolar más voluntarios que ayuden a defender la identidad de nuestro país.

     Marcos escuchaba y miraba el triste camino de las lágrimas de Paola: de sus ojos a sus mejillas. Le hizo una seña para que guardara silencio. Se acomodó para abrazarla, él ya no temblaba. Se quedaron acurrucados hasta que la luz del sol los despertó. Habían descansado un poco,  después del enfrentamiento y la larga persecución. Marcos confiaba en llegar al refugio de la resistencia… «Si es que quedaba alguien», pensó. Vio a Paola estirarse y bostezar. Se dibujó una sonrisa en la carita de la chica. Se pusieron de pie para retomar su marcha.

      —Buen día, Pao. ¿Lista para seguir? —dijo entusiasmado.

      —Yes! —contestó Paola.

      Un balde de agua fría les cayó a ambos cuando escucharon la palabra «yes». Paola se tapaba la boca con una mano mientras iba de un lado a otro. Marcos la había volteado a mirar con la incredulidad colgando de su cara.

     —My name is Paola Pleve, I’m 22 years old. I’ve been in the resistance for three years —continuó diciendo—, my job is to distribute propaganda to enroll more volunteers to help defend our country’s identity.

     Miraba a todos lados tratando de encontrar el lugar de donde salían esas palabras. Su cara reflejaba la desesperación y el pánico por lo que acababa de salir de su boca.

     Marcos la miraba con tristeza.

     Paola había sido inoculada en el tiroteo. Aunque había resistido durante un tiempo, ya estaba presentando síntomas de la infección. Pronto dejaría de recordar quién era, mientras, había perdido una parte importante de su identidad: el idioma.

     Marcos, impasible, contemplaba a Paola deshecha en llanto.

     —Just do it. You promised… —dijo ella, antes de escuchar la detonación.

En la carretera

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Era asombrosa la escena que encontró al bajar de su coche. El cuerpo de una mujer yacía sobre la cinta asfáltica en la solitaria carretera que rodeaba la montaña. Raúl miró en derredor buscando alguna posible explicación de lo que estaba viendo. Por instinto dio un paso hacia atrás cuando advirtió que el cuerpo se movía como si estuviese desperezando. Las luces de los faros del coche iluminaron el rostro de la mujer. La vio contrariada, como si no supiera en dónde estaba.

—¿Estás herida? ¿Qué ha pasado? —preguntó Raúl mientras se acercaba con precaución. La mujer lo miraba e intentaba incorporarse.

—No te muevas, puedes estar lastimada —dijo Raúl.

—Estoy bien —dijo ella—, solo que no sé cómo he llegado aquí.

Raúl calculó que aquella mujer no rebasaba los treinta años. Su piel era pálida, no era gruesa ni delgada y llevaba puestos unos pantalones que no eran de su talla; una camiseta blanca y zapatos deportivos. La ayudó a incorporarse. La condujo para que subiera al asiento del copiloto.

—¿Quieres hacer una llamada? —preguntó Raúl—. Tengo una botella de agua por aquí, si quieres beber. Le ofreció el celular y el agua. La chica miraba desconcertada ambas cosas.

—¿Puedes llevarme? —dijo—, ¿llamar? No lo sé…

Volvió a mirar el celular dudando. Raúl le acomodó el respaldo del asiento, le colocó el cinturón de seguridad y aseguró la puerta.

—Estamos como a 40 minutos del próximo poblado. Puede ser que haya un médico que te revise. ¿Te sientes bien?

Ella asintió. Se recargó en el respaldo cuando Raúl puso en marcha el auto. Su rostro no expresaba alguna emoción. Estuvo en silencio durante algunos minutos. Raúl tampoco la presionó. Estaba consciente que quizá la chica hubiese atravesado por un evento traumático. O quizás estaba drogada. No lo podía saber, sin embargo, no le podía negar la ayuda.

—Bety —dijo ella con un hilo de voz.

—Cómo… —dijo Raúl—. ¿Qué dijiste?

—Soy Bety —repitió.

—Ah, Raúl, Raúl Vázquez —dijo extendiendo la mano—, mucho gusto, Bety.

Ella le tomó la mano. Raúl se estremeció al sentir la baja temperatura corporal. Encendió la calefacción. Pensó que la chica tendría hipotermia. «¿Cuánto tiempo llevaba allí tirada?», se preguntó. Iba a encender la radio a continuación, pero cambio de idea cuando escuchó a Bety hablar:

—En ocasiones dejamos de sentir el paso del tiempo y es porque durante algunos momentos habitamos otra dimensión, aunque estemos en el mismo lugar. Muchos nos catalogan de locos; que no pertenecemos a este mundo. En realidad, no nos entienden, no logran descifrar nuestro lenguaje. Si somos diferentes es porque fue nuestra elección serlo. El mundo es binario, ¿sabes? Es sí, es no. Blanco o negro. El mal y el bien.

Raúl trataba de llevar el hilo de lo que decía Bety. «Está drogada, seguro», pensó.

» Siempre, debes elegir un extremo. Guerra, paz, amigo, enemigo. Odio y amor. Prefiero el amor cuando hay que elegir. Me siento cómoda con esa elección. Me da libertad y me hace sentir satisfecha. No busco otra cosa, solo amar.

Raúl pensaba en las palabras de Bety. Se percató al salir de una curva que a unos cientos de metros iba una ambulancia. Bety también la vio y se enderezó con excesiva curiosidad. El avistamiento del veloz vehículo quebró el monólogo de Bety. Un aviso le hizo saber a Raúl que faltaba poco para llegar al pueblo, agradeció. Llegarían junto con la ambulancia. Pisó el acelerador para acortar distancia, aunque estaba prohibido hacerlo, seguiría a la ambulancia, así no batallaría para encontrar el hospital y dejar a Bety para que le dieran atención. En menos de un minuto Raúl le dio alcance, justo cuando la ambulancia tomaba una salida.

—Creo que ya casi llegamos, Bety. No sé qué decirte, todo ese discurso ¿a qué ha venido? —dijo—. Disculpa que no haya entendido lo que has querido decir. En verdad estoy preocupado por ti.

—No hay cuidado. Eres una buena persona. Me has ayudado y eso te pone de parte de los raros —dijo Bety con seguridad y agregó—:  Ha sido un acto de amor el tuyo.

A poca distancia se podía ver el neón en las letras de «Hospital». Raúl disminuyó la velocidad para aparcar el auto y dijo:

—No tienes que agradecer. Era mi deber no negarte la ayuda

—Gracias por traerme. Ahora voy a reunirme con alguien —dijo Bety y señaló con el mentón hacia la ambulancia. Las puertas traseras estaban abiertas de par en par y los paramédicos bajaban con cuidado la camilla. Raúl miró una primera vez y volteó a ver a Bety, de inmediato regresó su mirada a la camilla y lo que observó le puso la piel de gallina: con un equipo para venoclisis yacía en la camilla una chica idéntica a Bety. Abrió la boca para decir algo, pero no pudo. En el asiento del copiloto ya no había nadie.

La adrenalina le jugaba una mala pasada y decidió esperar a que cesara el temblor de sus manos. Sentía que los vellos de sus brazos no dejaban de estar erizados. El vértigo le hacía cerrar los ojos, quería evitarlo, creía que cuando los abriera estaría Bety ahí otra vez hablándole de los seres diferentes. Sintió pánico cuando recordó que aún le faltaban doscientos kilómetros de carretera para llegar a casa. Iba a ser un largo camino.

Cartas

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Ella despertó sobresaltada, no tanto por el trueno que había partido en dos el silencio de la noche, sino por la pesada angustia que, de tajo, le había arrebatado el sueño. Se levantó para asomarse a la ventana. Miles de gotas se estrellaban contra el cristal y se fugaban como lágrimas en un rostro entristecido. Intentaba, a la distancia, vincular su sentimiento ahogado. Buscaba con la mirada ávida, repasaba lo oscuro del cielo y el relámpago le hacía eco de la tempestad, ahora también presente en el exterior. Rememoraba cada línea de la carta que le había escrito: repasaba cada palabra diciéndola como una suplicada oración. Había escrito la epístola escogiendo palabras que tuvieran fuerza, esperanza y, sobre todo, amor. Con el propósito de que él, al leerla, tuviese ese soporte, ese pequeño alivio que reconfortara durante unos momentos su alma y reafirmara su fe en esos soplos en que las convicciones y valores se tambalean bajo el fuego enemigo. Ella no lograba conectar a la distancia. No podía encontrar ni un rescoldo que pudiera utilizar para encender una llama de paz. La ansiedad la derrotaba y sentía que pedacitos de su alma se arrastraban para escapar por sus ojos. Dio un paso atrás y se dejó caer en la cama. Lloró con los ojos cerrados hasta que no le quedaron mas recuerdos que evocar. Se durmió con la imagen del rostro de su amado frente al de ella, mirándose a los ojos, buscando cada cual, el significado del amor en las pupilas del otro.

   A miles de kilómetros, al pie de la montaña, el día iniciaba en el campamento con el pase de lista y la entrega de la correspondencia. Hubo una carta que no se entregó a su destinatario. El soldado encargado de tal tarea, anotó con descuidada caligrafía, en la lista: «No entregada» y estampó en el reverso del sobre, «Devolver al remitente». Comparó con otra lista y siguiendo la columna con su dedo índice, corroboró los nombres. Puso una marca con su bolígrafo. Dispuso una hoja con membrete militar en el rodillo de la máquina de escribir y con aburrido gesto, comenzó a teclear, de memoria, la redacción de la notificación para los desaparecidos en acción.

El jardín

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Regresar no era echarse en reversa, menos cuando el tiempo se había encargado de hacer su trabajo, así que sabía a la perfección que las cosas no iban a ser fáciles a partir de ese momento.

    Encontrar el lugar vandalizado, fue el primer incidente con el que se topó: cristales rotos, muros pintarrajeados, basura, despojos y un jardín perdido entre todo ese olvido.

   Conseguiría herramientas para ponerse a trabajar. Pensó que lo mejor sería hacerlo de adentro hacia afuera, habitación por habitación. Aunque sabía de antemano que se llevaría un buen rato en hacerlo, no le preocupaba tanto: su ausencia había servido para tener otro punto de vista acerca del tiempo. Supo, por ejemplo, que no volvería a usar ropa de color naranja, a no contarse las canas (ya había perdido la cuenta), a deshacerse de ciertos hábitos y a no esperar nada.

  Mientras trabajó en el interior, la gente a su alrededor apenas si le notaba; se escuchaba el ruido de las herramientas, pero no se percibían los cambios. Las personas fisgonas, a veces, se detenían a ver, sobre todo cuando comenzó los trabajos en la fachada. Solo curiosidad, se detenían, miraban encontrando algo quizá familiar y se iban. Otros, en cambio, ni siquiera le tenían cuidado.

   Fue cuando empezó las labores en el jardín, que todo cambió. Los que pasaban frente, ponían más atención. Esto significó que tuvo que escuchar los consejos, recomendaciones, opiniones y juicios de muchos de ellos. Algunos le miraban, y cuando estaban a punto de decirle algo, se arrepentían y se alejaban del lugar. Unos pocos, le quisieron sorprender con trilladas terapias, muy a pesar de que él se esmerara trabajando en el remozamiento del jardín.

   Hubo que ir por capas: los escombros, la basura, hierbajos, cascajo y deshechos. Todo hacinado por el paso del tiempo. También había que remover la tierra, abonarla, hidratarla antes de plantar algo nuevo. Estaba casi satisfecho de su enorme labor, de no ser por un montículo que, si bien no se apreciaba a simple vista, estaba ahí desproporcionando el nivel del suelo. Tuvo que escarbar para quitar los excesos de tierra y demás cosas que se habían amontonado en ese lugar. Conforme iba avanzando en la tarea, se convencía de que estaba haciendo lo correcto, hasta que de tanto escarbar dio con algo que lo dejó inmóvil y desconcertado. Ahí, sentado sobre sus piernas, miraba aquello sin saber qué hacer. Se quedó tanto tiempo en estado contemplativo, que, los transeúntes se acercaron a ver cuál era la causa. Se formó un corrillo: las señoras cuchicheaban con rostros agraviados; los señores miraban con gestos ásperos y algunos movían la cabeza desaprobando lo que veían. Una niña de coletas detuvo su bicicleta para acercarse a mirar, de inmediato, montó de nuevo y huyó del lugar. Los jóvenes miraban con morbo, se tomaban selfies o grababan vídeos con sus sofisticados teléfonos móviles. Un sacerdote intentó un sermón con un argumento demasiado hipócrita al que nadie puso atención. Entonces comenzó un bombardeo de discursos en todas las formas. Juicios, prejuicios, opiniones y declaraciones.

   Llamado por el tumulto, un patrullero bajó de su vehículo, se abrió paso entre la gente hasta llegar a la excavación. Echó una mirada evaluativa, después miró al fallido jardinero, se llevó la mano a la barbilla y asentía como si estuviese sacando conclusiones.

   El hombre levantó su rostro, con la mirada buscaba arrepentimiento y le preguntó:

          —¿Ahora qué hago?

          —¿Enterrarlo y olvidarlo? —contestó el policía.

Hora 25 — VI

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     El asteroide era una nave nodriza camuflada con materia de un planeta oscuro, ubicado más allá de donde telescopios e instrumentos pudiesen tener alcance para ser detectado. Durante las 24 horas posteriores a su detección en la exósfera terrestre, fue capaz de medir la velocidad de rotación para ir «sembrando» meteoritos que al impactarse en suelo terrestre, registraban la composición química del planeta para hacer de él el alimento a nivel molecular que les mantendría vivos y perpetuaría su existencia por encima de cualquier galaxia conocida. En el primer minuto, posterior al término de los últimos meteoritos impactados, comenzaría la invasión sistemática del planeta azul, una invasión crucial para ambas especies.

     El pelotón del ejército que custodiaba el fragmento caído en la procesadora de alimentos, se puso en alerta cuanto empezaron a oír un zumbido grave, algunas octavas abajo de lo que normalmente se puede escuchar, un sonido bajo que cesó con un sólido crujido, como cuando se pisa una hoja de cristal medianamente gruesa. Se colocaron en formación apuntando sus armas, dispuestos a disparar a la menor percepción de amenaza. No hubo tiempo para reaccionar, inmediato al crujido, una forma irregular semejante a una desmesurada ameba, ondulaba sobre el ambiente, de un color naranja encendido, casi fluorescente, dejó a los soldados atónitos, admirados de contemplar una forma de vida muy diferente a cualquiera de la que se haya tenido registro sobre la tierra. Los segundos posteriores a la desencapsulación, transcurrieron en profundo silencio. El estrépito de las detonaciones, hizo que se descongelara el tiempo. Los impactos de bala de diferentes calibres en aquel ser de plasma, se desintegraban en microscópicas partículas que eran absorbidas inmediatamente por el cuerpo del extraterrestre. Un osado soldado, se aproximó a la criatura y disparó a quemarropa sin causar ningún daño, en cambio, sus compañeros pudieron apreciar como ante sus ojos, el valiente soldado era disminuido a pequeños, pero muy pequeños gránulos que eran literalmente aspirados por el alienígena. Arremetieron con otra descarga de disparos, pero al igual que la primera ráfaga, no disminuían al ahora declarado enemigo. En un movimiento, como si de una secuencia de animación de Tex Avery se tratase, el extraño cuerpo, desintegró en cosa de segundos a un grupo de soldados que ante la rapidez del ataque, ni siquiera comprendieron que estaba pasando. El comandante del pelotón dio la orden de retirada ante el fracasado intento de contener a la criatura. Los soldados acostumbrados a enfrentar a cualquier enemigo, fueron presa de pánico y huyeron de forma desordenada corriendo en medio de las estrechas calles aledañas a la procesadora de alimentos.

     Los neumáticos del bólido se aferraron al asfalto, provocando una espontánea nube apestosa a caucho quemado. Leonardo había aplicado el freno al fondo, el auto coleó un poco y se detuvo al paso de un soldado que le hacía una señal para detenerse. Su cara lucía una expresión inquietante, sin aliento, le dio aviso al conturbado conductor:

     — ¡Váyanse de aquí! ¡Huyan! ¡Amenaza presente, peligro inminente!

     El analista dejó escapar su exhalación muy lentamente. El plazo se había cumplido.

     Aunque Leonardo tenía una mente analítica y se había entrenado para conservar la calma ante cualquier situación que estuviera fuera de los límites de la normalidad, sintió un bloque pesado en su garganta, asfixiante, aplastante y una enorme pesadez en el estómago. Sintió miedo. Héctor miraba hacia el otro lado de la calle, en sentido opuesto a dónde provenía la fuga de los militares. Vio a lo lejos una mancha naranja que poco a poco aumentaba de tamaño conforme avanzaba por la calle iluminada por las luminarias públicas. Ambos hombres contemplaban y especulaban a su manera sobre lo que pasaría cuando el invasor los alcanzara.

     Alrededor del mundo no ocurría nada diferente a lo que se estaba viviendo en la localidad de Leonardo y Héctor; el infortunio cayó como una pesada losa sobre la esperanza de combatir y vencer a los invasores. En la práctica otros ejércitos habían intentado con diferentes armas, con la máxima potencia de fuego, sin resultados a favor. En la tierra no había arma que pudiera detener aquel asalto interestelar. Esta vez no había héroes que descubrieran por accidente como eliminar a aquellas criaturas. A vista de pájaro, los extraterrestres estaban exterminando a la raza humana, de forma metódica, sin cesar . La ola naranja inundaba cada vez más el territorio poblado.

    Leonardo reaccionó y viró el Maverick a la derecha, pisó el acelerador a fondo intentando ganar tiempo poniendo distancia entre ellos y la criatura. Los nudillos se le pusieron blancos por la fuerza que hacía al apretar el volante. Héctor por su parte se sentía acongojado, asustado, desconcertado por lo que acababan de ver: El Ejército de la Nación huyendo. Eso significaba solo una cosa, que pronto iban a morir. El analista echó una mirada a su reloj, habían pasado poco más de 24 horas desde el inicio… desde el inicio del fin. Intentaba decirle algo a Héctor, pero no lograba ordenar sus pensamientos. En la mirada de Héctor, había algo muerto, tanto como sus ganas de hablar. Estaban huyendo pero ¿por cuánto tiempo lo harían?

     Leonardo hundió a tope el acelerador, la calle era un desierto, como pronto lo sería todo el planeta. Haciendo un acto de increíbles reflejos, dio vuelta a la izquierda para esquivar el cuerpo naranja de un invasor, solo para encontrarse a otro a pocos metros, ya sin oportunidad de maniobrar para escapar. Ocurrió en cámara lenta, el cofre del Maverickdesaparecía ante sus ojos, como un castillo de arena que se derrumba grano a grano sobre la playa por acción del agua. Leonardo se despidió de Denisse apretando los párpados y las quijadas, deseándole el menor de los sufrimientos. Héctor por su parte, tuvo un último pensamiento para sus hijos y su esposa. También pensó antes de perderse en el naranja eléctrico: esta película no la había visto.

     Era la hora 25 y la raza humana había sido extinguida.     

Fin

Hora 25 — V

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     Mientras llevaba el motor del Maverick al tope de revoluciones, Leonardo pensaba en la vida de aquel hombre que iba sentado a su lado. Héctor, ese era su nombre. Trataba de encontrar algunas palabras que no le hicieran entrar en pánico o que tuviese una reacción desesperada, después de todo, en los casos de emergencia, siempre son prioridad los más allegados, los hijos, la esposa, la familia.

     —Héctor, debo decirle algo. Las próximas horas serán de mucha presión, quizás ocurra un hecho sin precedentes, quizá no ocurra nada, no lo podemos saber. Lo que sí sabemos es que debemos extremar precauciones, prepararnos para cualquier acto que atente contra nuestra seguridad, tanto personal como a nivel comunitario. —Héctor escuchaba con atención intentando adivinar hacia dónde iba este hombre con sus palabras—. Tómelo con mucha calma, es posible que estemos siendo invadidos por extraterrestres. —dijo Leonardo, mientras buscaba los ojos de Héctor, aventurándose a adivinar la respuesta.

    —Si lo que me está diciendo fuese una broma de mal gusto, le pediría que detuviese el vehículo para bajarme y le recomendaría un  psiquiatra, pero veo en usted una total y alarmante sinceridad. Le creo, no soy una persona escéptica y siempre estuve al margen de que el planeta Tierra no era el único lugar en el vasto universo, que estuviese habitado. —Ahora Leonardo lo miraba de manera atenta, tanto como le permitía el camino sostener la mirada en Héctor—. Supongo que usted sabe todo esto porque trabaja en el observatorio, ¿no es así? —El analista asintió con una leve inclinación de cabeza y un parpadeo alargado—. Por un rato los dos permanecieron sin decir palabra, con la vista fija en el tramo de asfalto que los faros del veloz automóvil iluminaban.

    Esta vez no se trataba de una espectacular e inofensiva lluvia de estrellas, tampoco era final que anunciaban las profecías; no era el caprichoso castigo proveniente de un dios voluble, ni el deseo vehemente de un gobierno por someter a sus políticas al resto del mundo. Esta vez se trataba de algo real que indicaba que los fallidos simulacros de coexistir en un planeta, se verían totalmente descartados por la intervención de seres ajenos. Como había dicho Leonardo, cada minuto elevaba  la presión y como en una olla exprés, llegaría el momento de la necesaria liberación.

    Leonardo tomó el sofisticado aparato instalado en su auto, un teléfono portátil. Por un momento vaciló. A la única persona que podría llamar era a Denisse. Marcó el número con la esperanza de que ella levantase el teléfono. Un tono, dos tonos, tres tonos. No contestó. No estaría en casa. Iba a colocar el auricular en su lugar, en cambio, se lo ofreció a Héctor.

    —Llame a su familia, Héctor —dijo alcanzándole el dispositivo.

   —Claro, muchas gracias. Vaya, este auto tiene más sorpresas que solo una estupenda carrocería —comentó Héctor— Leonardo esbozó una sonrisa. Todos en la oficina admiraba lo bien cuidado y equipado que estaba su auto, sin embargo en ese momento, la tensión demeritaba todo halago hasta convertirlo en futilidad.

   — ¡¿Lucía, amor, cómo están?! —No  esperó la respuesta, continuó con tono apresurado—. Cierren bien puertas y ventanas, dile a Daniela que te ayude, aseguren la casa como si fuésemos a salir de vacaciones. Llegaré en cualquier momento. Por favor, no salgan a la calle, manténgase informados con el televisor o la radio. —Bajó el ritmo de su voz para decir, como una sentencia—: No olviden que los amo. Al otro lado de la línea, Lucía, solo tuvo tiempo para asentir con monosílabos, conocía perfectamente a Héctor y sabía que se trataba de un asunto al que no debería restarle seriedad. Avisó a los chicos  que su padre estaba bien, dio las instrucciones y los tres iniciaron la tarea de aseguramiento. Después de eso, se sentaron a esperar.

    Los neumáticos del bólido se aferraron al asfalto, provocando una espontánea nube apestosa a caucho quemado. Leonardo había aplicado el freno al fondo, el auto coleó un poco y se detuvo al paso de un soldado que le hacía una señal para detenerse. Su cara lucía una expresión inquietante, sin aliento, le dio aviso al conturbado conductor:

   — ¡Váyanse de aquí! ¡Huyan! ¡Amenaza presente, peligro inminente!

   El analista dejó escapar su exhalación muy lentamente. El plazo se había cumplido.

Continuará…

Hora 25 — IV

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     Leonardo se quedó muy pensativo, en un estado en el que no se sabe qué es lo que se siente por el cúmulo de ideas, sensaciones y pensamientos que se manifiestan sin obedecer la línea normal de tiempo. Estaba convencido que la reciente información que había recibido el observatorio, desvelaba en su totalidad y no solo eso, confirmaba sus sospechas. Poco a poco su mente buscaba la palabra exacta que sirviera de título para exponer y confirmar su teoría. Ojalá no hubiese pasado por su cabeza, pero la realidad era ya inaplazable.

     —Invasión. Es una invasión. —pronunciaba las palabras con el énfasis necesario para convencerse a sí mismo de que lo que acababa de decir era una verdad absoluta. La parte racional de su cerebro no podía aceptar tan descabellada afirmación. Nadie en el mundo entero había probado la existencia de vida en otros sistemas de la galaxia, aunque tampoco se había probado que no existieran en el inacabable e inexplorado resto del cosmos. El Dr. Herrera y un auxiliar que se encontraba en la mesa de trabajo, voltearon a mirarlo con gesto de quien no entiende un chiste malo y tiene miedo de volver a preguntar o estallar en risa.

     — ¡Vamos, Leonardo! Creo que no es tiempo para bromas, aunque bien nos vendría relajarnos un poco —dijo de modo condescendiente el director. Miraba a Leonardo y las comisuras de su boca volvían a la posición de seriedad. El auxiliar pasaba de la sonrisa tonta al temblor para mantener la compostura.

     —Están por cumplirse 24 horas desde que inició la caída de meteoritos. No es una lluvia de estrellas como las que acostumbramos a ver en las madrugadas, es una caída planeada. Con base en la densidad de población del lugar, el número de fragmentos aumenta o disminuye. Mire, los datos indican que en zonas montañosas o desérticas no ha caído ningún fragmento, en cambio en las ciudades o en donde sabemos que hay concentración de habitantes, el número de fragmentos es exponencial. En 24 horas va a pasar algo para lo que no estamos preparados. —Hizo una pausa— Si ponemos los reportes sobre coordenadas en el mapa, se dará cuenta de que no es una invención lo que estoy planteando.

     — ¿Por qué 24 horas? ¿Por qué concluye que en ese lapso ocurrirá algo? —preguntó con tartamuda curiosidad el auxiliar.

     —Simple. —respondió Leonardo y comenzó a marcar en rojo los puntos geográficos de los que se tenía reporte hasta ese momento—, el asteroide suelta fragmentos calculando el movimiento de rotación, la fuerza gravitatoria y la altura a la que se encuentra, así como la fricción que se genera al entrar a la atmósfera, eso explica la precisión del aterrizaje. Descartamos que sea coincidencia.

     Sorprendido, el Dr. Herrera aceptaba que era creíble la teoría de Leonardo, solo se escapaba un detalle: los extraterrestres no existen.

     — ¿Invasión? ¿Extraterrestres? ¿Eso estás diciendo, muchacho? No puedo aceptar tu teoría… Haré unas cuantas llamadas para saber cómo va la situación en otros lugares. El Ejército, las Fuerzas Especiales, Seguridad Nacional, alguien ya debe saber  algo acerca de este fenómeno. El Dr. se dirigió a su despacho, casi decepcionado de Leonardo.

     El auxiliar, con menos bases férreas sobre la posibilidad de habitantes de otros planetas, miraba a Leonardo calculando lo que iba a decir:

     —Si es lo que dices, me refiero a la invasión… es decir… ¿qué vamos a hacer?

     —Buena pregunta —contestó Leonardo, sabiendo que la respuesta era, defendernos.

       Más tardó en salir el Dr. Herrera de su oficina que la torturadora jaqueca que le taladraba la cabeza de sien a sien, iniciara. Las llamadas realizadas a los altos mandos, le habían puesto la cabeza hecha un laberinto. Nadie sabía a ciencia cierta cómo debían proceder ante tal episodio. Bien lo decía Leonardo, no estaban preparados.

    Las operaciones militares ya estaban en curso, los pelotones vigilaban el comportamiento de los meteoritos, algunos expertos geólogos analizaban el tipo de elemento, una composición tan oscura que daba miedo tocarla hasta con guantes. No había indicios de radiación ni tampoco de bacterias conocidas o presencia de cuerpos extraños, esto lo habían puntualizado los expertos de la agencia espacial y confirmado con los análisis preliminares de los biólogos. Destacaba la adhesión del material al suelo, parecía haberse fundido con la materia negra, el meteorito estaba totalmente «encajado» al suelo terrestre por lo que los intentos de trasladarlo a un laboratorio habían sido en vano. Las muestras obtenidas presentaban una masa y un peso específico distinto a cualquier materia, una pizca equivalía a muchos gramos de la terrestre. No mostraban indicios de calentamiento por fricción, en resumen, todos los datos recabados eran inauditos.

    Leonardo se servía el tercer cono de agua. Qué desesperantes son estos vasitos cuando uno tiene mucha sed, pensó, dejando de lado por un instante todo lo que le daba vueltas sin parar en la cabeza. Todas las interrogantes no podían ser despejadas: ¿Cómo se le ocurrió lo de la invasión? No se le había ocurrido, no era resultado de conjugar los datos y obtener la respuesta en automático; no, más bien sintió que eso era lo que estaba pasando, un presentimiento encontrado, algo dentro de él mismo le decía que eso pasaría, así, sin más. No era partidario de las historias de ciencia ficción, pero algo le decía que la vida real en ese preciso momento rebasaba cualquier imaginación inventiva. De repente se vio a sí mismo, de una manera tan honesta que le causó vértigo. Solo en el mundo, desde que sus padres fallecieran en un incendio. Se había abierto paso a pulmón como se decía, muchas cosas de la vida dejaron de sorprenderle, mas no la aborrecía. Se sentía satisfecho de lo que había logrado por propia cuenta, eso era meritorio. Buscó entre sus recuerdos, el más bonito que tenía de su exnovia Denisse: aquella tarde en que ella usaba un primaveral vestido blanco, el verde de sus ojos saltando de su cara y su perfecta sonrisa. Denisse ya no estaba. Se fue por su culpa, por darle más tiempo al trabajo y no reservar un poco para ella. Aunque su reputación como analista era incuestionable, las condiciones de su vida privada y amorosa eran deplorables. El Dr. Herrera interrumpió el autoanálisis:

     — ¡Leonardo! He hablado con el ministro de gobernación, debemos irnos de aquí. Hay nuevos datos, hace unos pocos minutos el asteroide ha dejado de tener desprendimientos, no se ha movido de lugar, sin embargo los últimos cayeron a unos kilómetros de donde se registraron los primeros. Creo que el ciclo que mencionaste de 24 horas se ha cumplido. Todas las dependencias están evacuando sus instalaciones. Debemos irnos a casa y esperar los comunicados oficiales. Daré el aviso, espero que no haya ataques de pánico y podamos marcharnos tranquilamente. Estaremos en contacto por teléfono. Avísame si deduces algo más, cualquier cosa, házmela saber. Nos retiramos, este asunto queda en manos de Seguridad Nacional.

    Leonardo no dijo nada, el silencio era elocuente. Se despidió del Dr. con un apretón de manos, el director le dio una palmada en el hombro antes de darse media vuelta y enfilar hacia su oficina. Leonardo se dirigió presuroso al estacionamiento, bajó las escalerillas de a dos peldaños y llegó hasta su automóvil, un Maverick que él mismo había restaurado en sus tiempos libres.

Continuará…

 

Hora 25 — III

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     Héctor no concebía la imposibilidad de que ningún taxi circulara por aquellas calles de la ciudad, aún no entraba en desesperación, pero comenzaba a impacientarse. Miró el reloj de manecillas fluorescentes y se dio cuenta que ya llevaba un rato esperando encontrar el vehículo. Echaba de menos su automóvil, entrañablemente, aunque cada reparación le costara una pequeña fortuna, deseaba en ese momento, estar sentado frente a su sólido volante y relajarse en la frescura de su interior climatizado. Le picaban las axilas y los zapatos empezaban a castigarle a cada paso. No echaría a caminar hasta su casa, estaba aún muy lejos de ella, aunque no descartaba la posibilidad de hacerlo, tenía que estar con los suyos en estos momentos tan inusuales. Deseó también llevar consigo un radio portátil o uno de esos walkman por los que sus hijos enloquecían cada vez que los miraban en algún anuncio, podría escuchar las noticias y pormenores acerca de la sorpresiva caída de meteoritos. No había ni un alma en las calles, pareciese que toda la gente estuviese refugiada en sus casas, tal vez atentas a la pantalla del televisor o a sus receptores de radio con una refrescante bebida en la mano.

    La moneda se le escabulló de los dedos casi cuando la iba a introducir en la ranura. Asombrado escuchó el tono de llamada en la bocina. Aquello solo pasaba en situaciones de emergencia: desastres naturales o cosas así. Marcó el número de su casa y al segundo tono alguien del otro lado de la línea levantó el auricular.

     — ¿Hola? —dijo una voz desmodulada por la preocupación—. ¿Quién llama?

    —Hola amor, soy Héctor, ¿cómo están todos en casa? —Trató de dar a su voz un tono casual, de jovial tranquilidad.

    —Héctor… Amor ¿Por qué tardas tanto? ¿Estás bien? —interrogaba con ansiedad Lucía.

   —El bús, tuvo que detener su corrida, estoy tratando de conseguir un taxi, estoy cerca de… —Volteó a ver a su alrededor y distinguió a unas calles el edificio del observatorio—, del observatorio, pronto estaré en casa, no te preocupes, tarde pero llegaré —intentó infundir una disimulada calma a su esposa.

    —Ten mucho cuidado, hay policías y soldados por todas partes, los vecinos me han dicho que cayó un meteorito en la procesadora de alimentos y en otros sitios de la ciudad y del país ¡y todo es un caos!

   —Sí, amor, tendré cuidado, un beso, llego en un rato.

     Colgó la bocina con lentitud, ahora sí estaba preocupado. Tendría que pensar rápido como llegar a su casa. Se le ocurrió caminar hacia el observatorio, allí habría más afluencia de autos y de personas. Se puso en marcha al paso que le permitían sus pies. Cuando llegó a la explanada, los pies le punzaban, se acomodó en el borde de una jardinera, puso el portafolio a un lado y se quitó los zapatos para darse masaje. Mientras lo hacía, miró en derredor y la explanada estaba igual de desierta que las calles de la ciudad. No te desesperes, pronto pasará un taxi, se repetía mentalmente, como un mantra tranquilizador. Sintió odio hacia sí mismo por haber pensado en la loca fantasía con la becaria, la preocupación que demostró su esposa le causó remordimiento de conciencia. El ruido de motores le llamó la atención hacia la rampa del estacionamiento del edificio, pensó que era posible que alguno de los empleados fuese por el mismo rumbo que él. Apuró a colocarse los zapatos y tomó su inseparable portafolios. Los primeros ocho autos, ni siquiera redujeron la velocidad cuando Héctor les hizo señas para que se detuvieran. El noveno, un Maverick de colección, se detuvo unos cuantos metros adelante.

     — ¿Podría llevarme? Voy hacia el sur, ¿le queda esa dirección? —preguntó sin más rodeos Héctor.

    —Suba, voy hacia ese rumbo. ¿Qué hace por aquí? ¿No ha visto o escuchado las noticias? —interrogó el conductor.

   —No del todo. Escuché sobre el asteroide y los meteoritos, solo un poco, voy saliendo de trabajo y parece que hay un complot en mi contra: calles cerradas, no encontré un taxi, el autobús en el que viajaba tuvo que detenerse… ¡Uf! —exclamaba Héctor, arrellanándose en el asiento del copiloto.

     El conductor lo miró por unos segundos, buscaba la manera más fácil y directa de decirle lo que en realidad pasaba. No lo conocía, sin embargo el sentimiento de solidaridad ante un hecho de tales magnitudes le obligaba a ser un poco más sensible.

    — ¿Tiene familia? —rodeó un poco más, antes de soltar de lleno.

  —Sí, dos chicos, mi esposa, ya sabe…—Héctor sintió como el automóvil cobraba más velocidad, al tiempo que contestaba la pregunta del chófer, quien con la mirada fija en la avenida, se sujetaba al volante y el rostro se tornaba a un gesto solemne y las palabras se escuchaban con misma seriedad:

   —Tenemos que llegar pronto.

Continuará…

Hora 25 — II

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     En el edificio adyacente al observatorio nacional, uno de los analistas recibía un fax de la agencia espacial con prioridad alta. Leyó con mucha atención la notificación, el asunto era de un nivel de delicadeza muy elevado, tendría que dar aviso a varias dependencias, debido a que no solo se trataba de una emergencia nacional, sino que implicaba un asunto de índole mundial. Apuró la redacción del comunicado, comprobó y resaltó con negritas las palabras clave antes de imprimir el documento e inició el largo proceso para enviar el aviso a un buen número de agencias gubernamentales, después abandonaría su oficina para dirigirse con urgencia al observatorio. Mientras el ascensor descendía, recordó cuando llegó a trabajar a ese lugar, hacía algunos años. Afuera, contempló la fachada con cierta nostalgia, como quien se ve forzado a despedirse.

     Era tarde y en el observatorio parecía que apenas iniciaba la jornada. El movimiento generado por el enorme asteroide tenía asombrados a algunos y aterrorizados a muchos: todo el personal estaba trabajando sobre la información que llegaba por todos los medios. El analista no se sorprendió al ver las idas y venidas de aquel equipo de trabajo: parecía más un mercadillo local que una oficina astronómica. Unos golpecitos en el cristal lo hicieron voltear, el Dr. Herrera le hacía una seña para que entrara a su oficina.

     —No tengo palabras para explicarte, simplemente apareció de la nada, no hay trayectoria orbital conocida para este cuerpo —dijo directo al grano y saltando todo el protocolo, el Dr. Herrera. Se veía realmente afectado. El analista lo miraba casi atónito, nunca había visto esa expresión tan grave en el rostro del eminente director.      —Mandarán una sonda a hacer pruebas, aunque tardarán unas horas, nos dirán de qué va todo esto. Los últimos reportes dicen que está en fase estacionaria, ¡por increíble que parezca! Se ha quedado quieto, pero hemos captado otro detalle, cada determinado tiempo se desprenden algunos fragmentos de la superficie y caen casi equidistantes de los anteriores.

     Esto le puso la piel de gallina al analista. No había dicho una sola palabra. Su mente se encontraba trabajando a todo lo que daba, armando esquemas, calculando probabilidades, recopilando información de sus bancos de memoria para construir una teoría. Salió de la oficina para buscar un planisferio. Cuando llegó el Dr. Herrera con él, lo encontró alternando la lectura y mirando con atención el mapa.

    — ¿Qué pasa, Leonardo? ¿Qué has encontrado? —dijo el Dr. que aunque interrogaba, estaba convencido de la capacidad y talento que predecía al analista.

     —Aún no lo sé, es solo una idea que me pasó por la cabeza, ayúdame a analizarla y desmiénteme —dijo Leonardo a punto de entrar a la etapa del nervio—, los primeros informes indican que los fragmentos cayeron en estas coordenadas —señalaba en el planisferio con un dedo—, si seguimos el orden cronológico según los reportes, los siguientes fueron en este lugar —de nuevo señalaba—, y si continuamos, veremos que llevan una secuencia, un patrón… —hizo una pausa para estar bien seguro de lo iba a decir—, esto indica que el asteroide no se mueve ni se aproxima hacia nosotros, sino que se sincroniza con el movimiento de rotación.

     El Dr. Herrera miró más de una vez el planisferio y los documentos. Era posible en un margen muy amplio, que la teoría de Leonardo resultara acertada. Aunque era un hecho inverosímil, tendría que confirmarlo con más de un astrónomo, tendría que estar seguro de que un fenómeno semejante pudiese ocurrir. La teoría no podía darse a conocer por el momento, hasta que estuviera en su totalidad confirmada.

     —Espere, no se precipite —dijo Leonardo, adivinando las intenciones de brillar por todo lo alto del director.

     Ninguna agencia en el mundo había emitido ningún comunicado, lo que obligaba a conducirse con precaución. Tal vez ya habían descubierto lo mismo  que Leonardo, pero era obvio que tendrían razones para reservar la información. Faltaba aún por determinar por qué el asteroide se comportaba de aquella extraña manera. Limitados por el escaso flujo de información, deberían esperar a que los análisis arrojaran nuevos datos, así que las horas subsecuentes serían de contenido suspenso.

    —No logro captar del todo tu teoría. ¿A qué te refieres, Leonardo? Sé que es correcto lo que expones, pero siento hay algo más, una sorpresa dentro del pastel. ¿Qué es? ¿Cuál es el punto de atención? —preguntaba el Dr. Herrera, tan solemne como si quisiese convencer a alguien de comprar el aire que respira.

    —Es muy aventurado, Doctor, la verdad es que prefiero esperar a analizar más datos, solo estaría especulando con algo que quizá solo exista en mi cabeza y sea el producto de un largo día de trabajo, un escape descarrilado.

     El director no se conformó con esa respuesta, tenía la seguridad de que Leonardo le estaba dejando ver muy poco de lo que tenía en mente. Conocía al analista y sabía que no daba pasos en falso. Pronto sabría cuál era el asunto.

   Leonardo se había instalado en el cuarto de información, a la espera de que las alarmas de los equipos de fax anunciaran con el anhelado pitido y comenzaran a soltar largas lenguas de papel con información. Ansioso, pensativo, callado, esperaba que la idea que tenía en mente fuese equivocada, para el bien de la humanidad.

Continuará…

Hora 25 — I

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     No terminaba de oscurecerse el cielo, aún conservaba esos matices dorados y violetas que colorean las nubes, antes de que el sol se oculte del todo. El bullicio de las calles se intensificaba a medida que la oscuridad avanzaba sobre la ciudad. Fantasmas eléctricos aparecían ipso facto, en señal de que nunca se habían marchado de ahí y tampoco tendrían algún motivo para hacerlo. La temperatura subía junto con la humedad en el aire, el viaje en autobús hasta casa, sería una experiencia bochornosa —hablando en términos climáticos—, echando de menos la frescura del aire acondicionado del auto. Se aflojó la corbata, empezaba a sentir como la camisa se adhería como pegatina a su piel por la transpiración. Encontró un lugar para sentarse, colocó el maletín sobre sus rodillas. Eran los días de más alta temperatura de todo el verano, la canícula. Después de todo, el viaje en autobús era un método —aunque poco común— de desconectarse del estrés laboral provocado por la actividad cotidiana en la oficina. Se relajó tanto como le permitió el vaporoso y sustancial clima del vehículo público. Trató de no pensar en las 400 semanas de cotización a la seguridad social que aún le faltaban para alcanzar una buena pensión después de retirarse. Se le ocurrió pensar en la causa principal que le hacía mirar más de una vez a la becaria que cumplía con sus horas de servicio social: ¿era el perfume cítrico o el cadencioso movimiento de sus piernas y caderas al pasar? El pensamiento le tiró las comisuras de la boca hacia atrás, la sonrisa le modificó el semblante. La clásica fantasía del hombre maduro con la jovencita, teniendo sexo bestial sobre el escritorio, cuando todos ya se habían ido.

     El autobús inició su marcha con un escandaloso esfuerzo, a medida que avanzaba iba tomando potencia. Héctor, en el asiento de ventanilla, se aburría con la incesante proyección de anuncios en neón: una interminable pausa publicitaria. El cielo de esa calurosa noche de verano, era tan oscuro como atrapante.

     Jamás hubiese atribuido los últimos acontecimientos a una racha de mala suerte como decían los aficionados a las cábalas. Estaba consciente de que la edad empezaba a cobrar el alquiler. Problemas con la próstata, la rutina diaria de abrir los ojos al despertar, los constantes olvidos que derivaban en grandes problemas. No faltaba mucho para alcanzar su jubilación, entonces tendría todo el tiempo necesario para atender todo lo que había dejado pasar. Sus hijos adolescentes eran una de esas tanta cosas desatendidas; no es que fuera un mal padre, solo que no había estado el tiempo necesario con ellos, sin embargo los amaba. Amaba a su esposa, aún después de treinta años de estar juntos. Amaba la vida en sí.

      La inercia del frenazo lo obligó a salir de sus cavilaciones. Echó un vistazo a la ventanilla para ubicar en qué parte del trayecto se encontraba. El transporte había avanzado más allá de la zona comercial principal, ahora estaba frente a establecimientos oscuros y de menor categoría.

     Antes de que el camión iniciara con su penosa marcha, alcanzó a observar un corrillo frente a los empañados cristales del aparador de una tienda de electrónicos; la gente se agrupaba para ver las pantallas en la exhibición, sintonizadas todas en el mismo canal. Una película de catástrofe natural, seguramente. Las personas alimentaban su morbo con las tragedias con las que especulaban los guionistas de cine, acerca del inagotable tema de la extinción de la humanidad. No pudo más que soltar una risa mientras decía para sí: «las he visto todas».
El conductor del autobús aminoró la velocidad, y en un tramo muy reducido aplicó los frenos de aire, provocando un bufido estentóreo que torturó los tímpanos de los pasajeros. Un retén militar impedía el paso desde ese punto con barricadas y personal armado.
—No puede continuar por esta avenida, utilice otra vía —dijo el soldado con el tono de voz más autoritario de su repertorio.
—No puedo ir por otra vía, las calles de esta zona son muy estrechas para dar vuelta —contestó fastidiado el conductor.
—Entonces regrese por donde vino, no es mi problema.

   En el interior del autobús, las preguntas murmuradas, no se hicieron esperar. El operador anunció el final de la travesía, obligado por las circunstancias, terminaría su turno con anticipación. Héctor bajó del autobús y se dirigió con el soldado a preguntar el motivo del corte de circulación.

   —Hubo una explosión a la altura de la bodega de alimentos enlatados —contestó puntual el militar.

   Ese lugar quedaba como a dos o tres kilómetros más adelante, lo que significaba que había sido de gran magnitud.

  —¿Sabe usted qué la ocasionó? —preguntó Héctor.

  —Negativo, señor. Circule por favor —respondió el soldado con la hosquedad característica de la milicia

     Héctor echó un vistazo a su alrededor; a pesar de que no era muy tarde, aquella zona de la ciudad estaba desierta. Se encaminó por la estrecha calle para iniciar la frenética búsqueda de un coche de alquiler. El aire era espeso, parecía que la temperatura aumentaba cada vez más y en un lapso breve. La bocina del teléfono público se sentía pegajosa debido a la condensación, giro el dial de aquel aparato, no sin sentir un poco de asco.

    —¡Hola, campeón! ¿Qué hay? —saludó con tono entusiasta y cariñoso a Hugo, su hijo menor.

 —¡Papá! ¿En dónde estás? Algo ha pasado, apúrate a llegar a casa —dijo el chico, nervioso y con urgencia contagiante.

 —¿Qué pasa? ¿Tu hermana está bien? ¿Dónde está tu madre? —preguntó Héctor, intentando ocultar su preocupación.

  —Daniela está aquí, mamá aún no ha llegado… Papá están cayendo meteoritos en muchos lugares en el mundo…

    ¿Meteoritos? Se preguntó Héctor. Las imágenes en las pantallas de la tienda no eran de una película, quizás las explosión en la bodega tenía relación con los meteoritos, por eso el hermetismo del soldado.

  —¿Qué han dicho en el noticiario?

  —No mucho, hum, solo que son desprendimientos de un asteroide que está acercándose a la tierra.

     ¿Asteroide? ¿Acercándose? ¿Por qué no había alertas de emergencia?

  —Papá, ya llegó mamá

  —Bien, no tardo en llegar, solo estén tranquilos.

    Colgó la bocina y apresuró el paso, dobló en la siguiente esquina con la esperanza de ver la señal de «TAXI» brillando en el toldo de un vehículo. La calle era más ancha que las otras perpendiculares, esperaba que hubiese más tránsito. Pensaba mientras, en el asteroide y los fragmentos. ¿Por qué no lo habían detectado las agencias espaciales? ¿El asteroide chocaría con la Tierra? ¿Sería este el guion de una película de tragedia llevado a la realidad?

Continuará…

Invasión

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     Despertó de una siesta vespertina, un intenso estruendo en el cielo lo trajo de su ligero sueño, corrió a la ventana con la idea de cerrarla pues no tardaría en manifestarse una fuerte lluvia. Su sorpresa se desvaneció, pues el cielo estaba tan despejado a esa hora de la tarde, que podía ver sin mayor esfuerzo las pistas de aterrizaje del aeropuerto desde su departamento en el quinceavo piso. Atrajo su atención el sobrecargado tráfico aéreo, pero solo veía el despegar de los aviones en todas direcciones al igual que las palomas de la plaza de armas alzando el vuelo asustadas por un vivaz chiquillo. «¿A dónde va toda esa gente?» se preguntó. Retumbó el cielo una vez más, por la terraza vería mejor que era lo que estaba pasando, se asomó y con pavor vio cómo dos enormes burbujas semitransparentes en un haz de luz naranja, se alineaban con las calles y rodaban por ellas. Había mucha estática en el aire, quiso llamar por celular a la policía, pero no fue posible por la interferencia. Bajó por el elevador hasta el estacionamiento, desconcertado se preguntaba a dónde iría, qué rumbo debería tomar, cuando alcanzó la calle principal, un contingente que corría huyendo de algo le impidió continuar en auto.
—¿Qué está pasando? —Le preguntó a una joven que pasaba a su lado con una mochila en la espalda.
—¡Nos están invadiendo! ¡Están matando a todas las personas! ¡No son amigables como pensábamos!
     Él se quedó inmóvil en la acera, nunca había creído la patraña de los extraterrestres, pero lo que acababa de ver era sumamente perturbador. La gente corría en sentido contrario de como se habían movido las esferas, niños, mujeres, hombres, jóvenes y viejos intentaban salvar sus vidas. El pánico se apoderó de su ser totalmente, parado ahí su mente descartaba rápidamente razones para seguir viviendo; pareciera que el sentido de supervivencia se había dado por vencido sin luchar. Casi tenía ganas de echar a llorar, como cuando en el colegio el bravucón del grupo le había propinado un certero golpe en la nariz y le hizo sangrar, sintió tanto miedo de ver su propia sangre en sus dedos que no pudo reprimir el llanto y lloró mientras los demás compañeros le veían y reían a carcajadas. Después, su padre reprendiéndole por no reaccionar como un hombrecito, recordó como le había dicho aquello de «ser un marica». Se preguntaba qué sería lo que harían los invasores con ellos. No quería saber, ni por morbo. El terror se empezó a manifestar en forma de temblores y escalofríos. No escuchaba nada, pero la gente seguía corriendo y únicamente contemplaba la huida, ahí parado como un tonto. En un arrebato de decisión, corrió a su auto, en el interior no se sintió más seguro, se inclinó para buscar en la guantera y encontró un revólver calibre .38, se armó de valor usando el odio al bravucón y a su padre después de que le llamó «marica», ya no lo sería, demostraría que no lo era y nunca lo había sido. 
     El disparo sonó, pero nadie puso atención. El tumulto de gente dejó de pasar de súbito y la voz en un megáfono se escuchó crujiente y metalizada
—¡Corte! —Dijo la voz alargando la o—A continuación una tanda de aplausos y gestos de aprobación.
—Señores, acaban de presenciar la secuencia de evacuación desesperada jamás filmada en tiempo real. Arrasáremos con los premios este año.—Más aplausos.
—¡Muevan ese auto! —dijo la asistente de dirección y se dio la vuelta, sonreía a los productores, con esa sonrisa de relaciones públicas, ellos miraban fascinados, convencidos y complacidos con toda la labor de filmación.

Un corazón cualquiera

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No sería fácil describir la gigantesca oleada de sensaciones que experimentaban sus sentidos; inmerso en ellas, canturreaba una cancioncilla pegajosa mientras a su alrededor se bosquejaba el entorno en intensos colores neón que lastimaban eléctricamente el estreno de esa noche.

Se acercaba alegre al punto de encuentro con su amada. Sí, ella. Esa persona que era como un caleidoscopio que le hacía ver las cosas de una forma diferente y colorida.

Al acercase al lugar se le aceleraba el corazón y le sudaban las manos, se sentía tan nervioso como un amante primerizo. Todo el amor que sentía por ella le hacía sonreír por fuera y carcajearse como un loco por dentro.

Miró las manecillas de su reloj que perezosas se arrastraban como caracoles al sol hasta el minuto, hasta el segundo exacto: la vería acercarse despacio y mirando al frente sin gesticular ni parpadear siquiera; caminando entre la gente, como tantas otras veces la había visto. Esperaba encontrar su mirada. Debido a los nervios no sabía si la reconocería por su andar o por su cabello revolviéndose en el viento.

Cerró los ojos para retener esa imagen mental y guardarla en su archivo de recuerdos gratos. Al abrirlos se encontró con el rostro de sus sueños, ¡a unos cuantos metros de él!

Tenía un extraño brillo en los ojos que nunca había percibido antes. En los labios una rápida sonrisa destellante y colmada de complicidad. Por sus ojos cruzaba una fugaz sombra de duda que fue remplazada por un flamazo de satisfacción.

Él parpadeó repetidas veces, en una sucesión de viñetas estroboscópicas, alcanzó a mirar como aparecía una sonrisa henchida en el rostro de su amada y en sus pupilas ardía una llama intensa, al tiempo que tendía su mano para ser estrechada con suavidad, pero con ansiosa pasión.

Intentó caminar hacia donde estaba ella; quizá hablarle, quizá hasta gritarle, pero sus piernas y las palabras se negaban a obedecer. Se limitó a ver la última escena, la culminación de esa extraña película donde él no era el héroe que salvaba a la chica. En cambio, vio como ella caminaba dándole la espalda y abrazando al antagonista mientras el viento le revolvía el cabello.

Clavado al piso, inmóvil, con la mente en blanco como cuando se va la señal en el televisor, fue sacudido por un destello del cielo junto con un estrepitoso ruido que se confundía con lo que se le estaba derrumbando dentro de sí. El agua empezaba a escurrirle el rostro; no distinguía si era agua del cielo, pero tenía un gusto muy salado. Llovía.

Cuando al fin pudo moverse, se dio la vuelta y caminando calle abajo, temblaba quizá de frío; llevaba una mano en el bolsillo apretando la promesa de volver al otro día, y con la otra arrastraba entre los charcos, un corazón partido.

El mismo día

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00:01

En el primer minuto de aquel día, justo después de presionar el botón “END” del móvil, sintió como un agujero negro empezaba a devorar su universo desde el mismo punto de su cuerpo en donde antes se ubicaba un corazón. El vórtice absorbía todo a su alrededor, que era inevitable escapar de la dominante sensación de náuseas y la desquiciante idea de que en cualquier momento el pecho alcanzaría un punto máximo de dilatación antes de explotar. Intentó dar algunos pasos, pero ya la espiral se iba cerrando en un movimiento enloquecedor.

Los gritos solo se escucharon en su espacio interior del mismo modo que se escucha una nota musical, yendo desde su vibración más alta a cero. Después un silencio que más que incómodo, era de muerte.

El alma se le estaba escapando en forma de granos de sal de consistencia liquida, uno a uno caían lentamente como un reloj de arena, sin amontonarse, se esparcían, se evaporaban, regresaban a otro cielo.

De alguna parte del  gris, se elevaban diminutas estampas salpicadas de colores con un número de seis dígitos grabado en cada una. Desplegaban sus alas y remontaban el viento antes de extraviarse en un borroso horizonte.

Clips de vídeo parecían rebobinarse eternamente mientras el control vertical desfilaba de abajo hacia arriba en una desordenada sucesión de trailers sin banda sonora ni una advertencia de discreción o clasificación; iban del blanco y negro al colorido de una tarde de verano en el bosque.
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No muchas horas después el cadáver fue encontrado en la vía pública, pero solo eran despojos, vestigios y escoria de aquello que en algún momento fue un corazón que se enamoró al ritmo apacible de una melodía de Josh Groban y que amó de forma tan intensa como se escucha una canción de Nightwish.

Todos estaban muriendo

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Ambulance in motion by Benjamin Ellis    

    El ulular de la sirena penetraba el viento, la velocidad del vehículo de terapia intensiva pulverizaba las frías gotas de lluvia que azotaban contra la recién encerada pintura blanca.

La escena era típica de una ciudad que poco a poco iba tomando un ritmo de vida acelerado; el tipo cayó al intentar abordar el bus en marcha y fue arrollado por un automóvil que rebasaba por la derecha. Cuando los paramédicos llegaron al lugar, la sangre derramada se diluía con el agua de lluvia que lavaba el asfalto y hacía un río de color tinto hasta perderse en la rejilla de la alcantarilla.

El tipo se encontraba muy mal, ambos paramédicos se echaron una mirada que lo decía todo: no lo logrará. Aún así procedieron a hacer su rutina de primeros auxilios, notaron que difícilmente podía respirar debido a que las costillas rotas, habían perforado los pulmones, lo movieron rápidamente a la camilla. Antes de subir, preguntaron a la muchedumbre que permanecía en corro alrededor de la escena del accidente, si había algún familiar o alguien que le conociese, pero nadie dijo nada, sólo se escuchaban murmullos apagados por la lluvia que arreciaba.

El agua de lluvia le picaba los ojos, hacía un esfuerzo por fijar su vista, pero todo le daba vueltas como en un juego mecánico del parque de diversiones, intentó mover la mano derecha e inmediatamente sintió un aguijón en su costado.

—Quédate quieto, empeorarás las cosas, no te muevas o dañarás más tus pulmones —le decía el paramédico.

Trató de entender aquellos sonidos pero por algo que no sabía, escuchaba la voz como un disco en un tornamesa antiguo al que se le ha puesto una velocidad diferente a la indicada.  Advirtió que traía una mascarilla de oxígeno y de golpe recordó.

Era el hombre que amaba a una hermosa mujer; que le procuraba amor; que le entendía en todo momento; que comprendía sus días de luz y aguardaba sereno en los días de oscuridad.

Era aquel que siempre fue paciente; que no hablaba de más; que solo decía lo que tenía que decir cuando era prudente; era el niño que jugueteaba con sus manos; que besaba sus dedos siempre que podía; era aquel que masajeaba sus pies en una tarde de sábado sentados en el sofá; era quien le hacía reír con sus disparates hasta en el momento más romántico.

Fue el que entendió su música desde el primer momento; quién le dejaba ser quien verdaderamente era, sin poses, sin modelos. Era aquel hombre que no cerraba los ojos durante la noche solo para verla dormir.

Era el hombre que disfrutaba pasar horas enteras sin hacer nada, solo conversando o tomando un café en algún estacionamiento de la ciudad; quien la tomaba de la mano y sentía que el mundo era pequeño.

Era el que en esa tarde lluviosa se había perdido en el laberinto de sus ojos claros, como un presagio, como un presentimiento de no volverlos a ver, era a final de cuentas todo lo que ella había querido, todo lo que ella había imaginado, todo aquello por lo que lo había amado.

Era aquel hombre que había llegado a ser uno y tantos a la vez.

Y todos se estaban muriendo.

—Apaga la sirena. Declarado muerto a las 19:41. No hay pulso. Dejó de respirar —dijo el paramédico las palabras como la línea de un guion.

Aquel tipo en breves instantes se convirtió en ausencia de vida, en relleno para una fosa común.

La ambulancia disminuyó la velocidad, la lluvia no dejaba de caer, era una tarde triste, demasiado triste para morir.

Foto cortesía de Benjamin Ellis, Ambulance in Motion recuperada de flickr.com  Atribución 2.0 Genérica (CC BY 2.0)