Ebriedad


Quise olvidarte bebiendo una botella entera de amnesia; al otro día tuve una resaca de recuerdos.

In memoriam


Hoy, un pensamiento se eleva desde lo más profundo del corazón, consecuencia de muchos recuerdos, de risas, de lágrimas, de añoranzas, de juegos y juguetes.

Aunque el llanto traiciona al sentimiento delatándolo sin disimulo, van pasando uno a uno todos esos días; acomete el dolor al caer en la cuenta que ya no volverán.

Sin embargo, es necesario aprender a vivir con esa pena constante; aprender a lidiar con ella hasta el último momento porque no se irá.

Ahora, en cambio, debemos encontrar en cada sitio, en cada lugar todo aquello que quedó de ustedes, porque a través de todo ello sabemos que, aunque se les extrañe, siempre estarán aquí,
de una forma distinta cada día, en cada cosa, en cada situación, en cada evocación de la memoria, en cada apreciación de ustedes.

Hoy hay ausencia, pero no hay olvido.

Hoy hay mucho dolor, pero queda el amor  y está por encima de todo.

 

Un recuerdo


Bajó la ventanilla para que el humo del cigarrillo se disipara. Fumaba mientras esperaba en el auto a Mim. Cerró los ojos y dejó salir la bocanada de humo con lentitud.
Una chica de pelo multicolor yacía sobre la cama de un deteriorado motel. La mayoría de los usuarios lo utilizaban para tener sexo sin preámbulos. Hasta el nombre del lugar hacía ironía a su función. La chica estaba muy drogada y no paraba de reír, mientras subía su vestido y dejaba ver su diminuta prenda íntima de encaje verde pastel. Morris sentía que su pene se asfixiaba dentro de su pantalón. Con mucha habilidad la despojó de su ropa y con el pulgar comenzó a estimular a la muchacha. Gemía y se retorcía como posesa.
—¡Cógeme! ¡Hazlo ya! ¡Cógeme! —pedía la mujer.
Morris bajó su cremallera y frotó su glande antes de penetrar. La chica recibió la embestida y ya no gemía, gritaba.    Por su parte, Morris se limpiaba las gotas de sudor con una mano. La excitación hacía que le punzaran los testículos. Se limitaba a pujar y a arremeter con fuerza.
—¡Voy a terminar…! —jadeaba la chica estremeciéndose.
—Espera, aún no —replicó Morris.
Buscaba con su mano derecha algo entre las mugrosas sábanas.
—¡No aguanto más! ¡Ya! ¡Ya…! —gritaba la chica con urgencia.
Un cuchillo afilado cortó su garganta de izquierda a derecha, después se escuchó un gorgoteo y palabras ahogadas en rojo. Morris eyaculaba como una bestia apretando los ojos; escuchando los sonidos guturales e inhalando la mezcla de olores de sangre y sexo.
Abrió los ojos antes de arrojar el cigarrillo por la ventanilla. Mim se acercaba al auto; Morris la veía caminar con su vestido ampón y el pelo balanceándose en cada paso estilizado por los tacones altos. Mim subió al auto.
—¡Son un asco los baños de este lugar! ¿Qué hacías? —espetó Mim acomodando el vuelo de su falda.
—Reviviendo un recuerdo —dijo Morris sonriendo y echando un vistazo a su entrepierna para confirmar que su pene se estaba asfixiando dentro de sus pantalones.
—¿A dónde iremos? —dijo Mim aspirando con vigor el humo de un pequeño cigarrillo que sacó de entre la copa de su vestido.
—A un motel. Te vas a reír cuando sepas el nombre.
Mim ya se estaba riendo.

A tus ojos


Tus ojos

Cuando al fin te hayas marchado
Recordaré tristemente
Imaginándome siempre
Tus preciosos ojos verdes

Leo en tu mirada fina
La esperanza del amor solo al mirarte
Y en la textura de tu piel divina
La incitación para adorarte

¿Qué color en realidad tienen tus ojos?
¡Qué color! Que contrasta con el cielo
Por qué indecisos todavía
Azules o esmeralda yo los quiero

Caprichosos y traviesos son tus ojos
Para mí yo los quiero azul turquesa
Profundo manantial donde yo bebo
Apagan grande sed con su belleza

Pedacitos de cielo claro y firme
Que en tu ovalada cara resplandecen
Me he fijado que al mirarlos con encanto
Poco a poco con amor se reverdecen

Qué profundos y preciosos son tus ojos
No te marches sin dejar que yo los vea
Que en la agenda de mi historia los apunte
Y al ocaso de mi vida yo los lea

Cuando al fin te hayas marchado
Recordaré tristemente
Imaginándome siempre
Tus hermosos ojos verdes

 

Foto: Cortesía de Joss Galindo

Papá


    

Esperaba a que llegará por la noche después de trabajar. Siempre aguardaba detrás de la puerta para darle una sorpresa justo cuando entrara a la casa. Recuerdo cómo me elevaba con sus fuertes brazos y su cara se iluminaba con esa sonrisa de anticipada complicidad porque ya sabía que lo recibiría de esa manera y me devolvía la sorpresa cuando sacaba de su bolsillo un caramelo, una paleta, un yoyó o un trompo de colores.

Le daba un gran beso a mi madre y le preguntaba acerca de la cena. Invariablemente pedía su té de canela sin azúcar que bebía distraídamente mientras miraba el televisor. Yo miraba sus grandes manos llenas de callos, sus fuertes brazos marcados por los músculos que solo aquellos que hacen un trabajo físico pueden tener.

Después de la cena, era hora de ir a la cama, de recibir la caricia que alborotaba el pelo; de que me arropara y apagara la luz. Por la mañana lo despedía con un beso, colgándome de su cuello, sintiendo como me raspaba su barba y mi nariz se impregnaba con aquel olor tan familiar a Old Spice. Lo recuerdo así: sonriente, decidido, protector, amigo, cómplice, mi superhéroe.

Una noche de octubre, mientras esperaba detrás de la puerta, atento a escuchar el motor de su camioneta, con las ansias de saber con qué me sorprendería en esa ocasión, no me daba cuenta que se había demorado más que de costumbre. Mi madre, nerviosa, cambiaba de posición en su sillón favorito, se asomaba una y otra vez por la ventana para mirar si ya iba llegando. No supe cuando me venció el sueño, lo que sí supe fue que mi papá no me llevó a la cama y por la mañana mi madre, quien no había dormido ni un minuto, tenía el rostro maquillado con lágrimas y la cabeza peinada de incertidumbre.

Difícilmente a esa edad podría haber comprendido qué fue lo que ocurrió con mi padre.

Mi madre me respondía que no llegaría, que ya en ningún momento entraría por aquella puerta porque se había ido de viaje. Yo miraba sus ojos cansados de tristeza y veía algo muy distinto a lo que me decía. Los días pasaban y las cosas en casa cambiaban: mi madre tenía que ausentarse algunas horas por la tarde mientras una vecina cuidaba de mí. «Falta el dinero hijo», decía mi madre cuando le preguntaba a dónde iba por las tardes. Y no sólo era el dinero, era también la compañía de mi papá. Años más tarde caí en la cuenta de la enorme soledad que tuvo que soportar mi madre. Fueron muchos años difíciles, años de carencias económicas, de crecer sin un apoyo, de ver cómo los vecinos murmuraban, de no festejar el día del padre cada año, de no verlo entrar por la puerta cada noche al final de la jornada.

Fue difícil para mí crecer sin su consejo, sin su orientación, sin su liderazgo; qué difícil para mi madre partirse en dos, educarme por ratos y buscar el sustento, regresar a casa a continuar con sus quehaceres.

Mi papá se fue. Mientras crecía me enteraba en la misma proporción cuanta falta me hizo. Me imaginaba cuántas charlas hubiésemos tenido, cuántos juegos hubiésemos jugado, cuántas cosas me pudo haber enseñado y compartido; cuántas veces me hubiese escuchado decirle: «papá, te amo».

Ahora lo digo, pero sólo para mí. Lo hago mientras tomo distraídamente una taza de té de canela sin azúcar y miro el televisor.

Y un día de febrero, cuarenta años después, me enteré que papá se había ido por segunda vez y en esta ocasión fue para siempre.