muerte

Hora 25 — II

Posted on Actualizado enn


     En el edificio adyacente al observatorio nacional, uno de los analistas recibía un fax de la agencia espacial con prioridad alta. Leyó con mucha atención la notificación, el asunto era de un nivel de delicadeza muy elevado, tendría que dar aviso a varias dependencias, debido a que no solo se trataba de una emergencia nacional, sino que implicaba un asunto de índole mundial. Apuró la redacción del comunicado, comprobó y resaltó con negritas las palabras clave antes de imprimir el documento e inició el largo proceso para enviar el aviso a un buen número de agencias gubernamentales, después abandonaría su oficina para dirigirse con urgencia al observatorio. Mientras el ascensor descendía, recordó cuando llegó a trabajar a ese lugar, hacía algunos años. Afuera, contempló la fachada con cierta nostalgia, como quien se ve forzado a despedirse.

     Era tarde y en el observatorio parecía que apenas iniciaba la jornada. El movimiento generado por el enorme asteroide tenía asombrados a algunos y aterrorizados a muchos: todo el personal estaba trabajando sobre la información que llegaba por todos los medios. El analista no se sorprendió al ver las idas y venidas de aquel equipo de trabajo: parecía más un mercadillo local que una oficina astronómica. Unos golpecitos en el cristal lo hicieron voltear, el Dr. Herrera le hacía una seña para que entrara a su oficina.

     —No tengo palabras para explicarte, simplemente apareció de la nada, no hay trayectoria orbital conocida para este cuerpo —dijo directo al grano y saltando todo el protocolo, el Dr. Herrera. Se veía realmente afectado. El analista lo miraba casi atónito, nunca había visto esa expresión tan grave en el rostro del eminente director.      —Mandarán una sonda a hacer pruebas, aunque tardarán unas horas, nos dirán de qué va todo esto. Los últimos reportes dicen que está en fase estacionaria, ¡por increíble que parezca! Se ha quedado quieto, pero hemos captado otro detalle, cada determinado tiempo se desprenden algunos fragmentos de la superficie y caen casi equidistantes de los anteriores.

     Esto le puso la piel de gallina al analista. No había dicho una sola palabra. Su mente se encontraba trabajando a todo lo que daba, armando esquemas, calculando probabilidades, recopilando información de sus bancos de memoria para construir una teoría. Salió de la oficina para buscar un planisferio. Cuando llegó el Dr. Herrera con él, lo encontró alternando la lectura y mirando con atención el mapa.

    — ¿Qué pasa, Leonardo? ¿Qué has encontrado? —dijo el Dr. que aunque interrogaba, estaba convencido de la capacidad y talento que predecía al analista.

     —Aún no lo sé, es solo una idea que me pasó por la cabeza, ayúdame a analizarla y desmiénteme —dijo Leonardo a punto de entrar a la etapa del nervio—, los primeros informes indican que los fragmentos cayeron en estas coordenadas —señalaba en el planisferio con un dedo—, si seguimos el orden cronológico según los reportes, los siguientes fueron en este lugar —de nuevo señalaba—, y si continuamos, veremos que llevan una secuencia, un patrón… —hizo una pausa para estar bien seguro de lo iba a decir—, esto indica que el asteroide no se mueve ni se aproxima hacia nosotros, sino que se sincroniza con el movimiento de rotación.

     El Dr. Herrera miró más de una vez el planisferio y los documentos. Era posible en un margen muy amplio, que la teoría de Leonardo resultara acertada. Aunque era un hecho inverosímil, tendría que confirmarlo con más de un astrónomo, tendría que estar seguro de que un fenómeno semejante pudiese ocurrir. La teoría no podía darse a conocer por el momento, hasta que estuviera en su totalidad confirmada.

     —Espere, no se precipite —dijo Leonardo, adivinando las intenciones de brillar por todo lo alto del director.

     Ninguna agencia en el mundo había emitido ningún comunicado, lo que obligaba a conducirse con precaución. Tal vez ya habían descubierto lo mismo  que Leonardo, pero era obvio que tendrían razones para reservar la información. Faltaba aún por determinar por qué el asteroide se comportaba de aquella extraña manera. Limitados por el escaso flujo de información, deberían esperar a que los análisis arrojaran nuevos datos, así que las horas subsecuentes serían de contenido suspenso.

    —No logro captar del todo tu teoría. ¿A qué te refieres, Leonardo? Sé que es correcto lo que expones, pero siento hay algo más, una sorpresa dentro del pastel. ¿Qué es? ¿Cuál es el punto de atención? —preguntaba el Dr. Herrera, tan solemne como si quisiese convencer a alguien de comprar el aire que respira.

    —Es muy aventurado, Doctor, la verdad es que prefiero esperar a analizar más datos, solo estaría especulando con algo que quizá solo exista en mi cabeza y sea el producto de un largo día de trabajo, un escape descarrilado.

     El director no se conformó con esa respuesta, tenía la seguridad de que Leonardo le estaba dejando ver muy poco de lo que tenía en mente. Conocía al analista y sabía que no daba pasos en falso. Pronto sabría cuál era el asunto.

   Leonardo se había instalado en el cuarto de información, a la espera de que las alarmas de los equipos de fax anunciaran con el anhelado pitido y comenzaran a soltar largas lenguas de papel con información. Ansioso, pensativo, callado, esperaba que la idea que tenía en mente fuese equivocada, para el bien de la humanidad.

Continuará…

Hora 25 — I

Posted on Actualizado enn


     No terminaba de oscurecerse el cielo, aún conservaba esos matices dorados y violetas que colorean las nubes, antes de que el sol se oculte del todo. El bullicio de las calles se intensificaba a medida que la oscuridad avanzaba sobre la ciudad. Fantasmas eléctricos aparecían ipso facto, en señal de que nunca se habían marchado de ahí y tampoco tendrían algún motivo para hacerlo. La temperatura subía junto con la humedad en el aire, el viaje en autobús hasta casa, sería una experiencia bochornosa —hablando en términos climáticos—, echando de menos la frescura del aire acondicionado del auto. Se aflojó la corbata, empezaba a sentir como la camisa se adhería como pegatina a su piel por la transpiración. Encontró un lugar para sentarse, colocó el maletín sobre sus rodillas. Eran los días de más alta temperatura de todo el verano, la canícula. Después de todo, el viaje en autobús era un método —aunque poco común— de desconectarse del estrés laboral provocado por la actividad cotidiana en la oficina. Se relajó tanto como le permitió el vaporoso y sustancial clima del vehículo público. Trató de no pensar en las 400 semanas de cotización a la seguridad social que aún le faltaban para alcanzar una buena pensión después de retirarse. Se le ocurrió pensar en la causa principal que le hacía mirar más de una vez a la becaria que cumplía con sus horas de servicio social: ¿era el perfume cítrico o el cadencioso movimiento de sus piernas y caderas al pasar? El pensamiento le tiró las comisuras de la boca hacia atrás, la sonrisa le modificó el semblante. La clásica fantasía del hombre maduro con la jovencita, teniendo sexo bestial sobre el escritorio, cuando todos ya se habían ido.

     El autobús inició su marcha con un escandaloso esfuerzo, a medida que avanzaba iba tomando potencia. Héctor, en el asiento de ventanilla, se aburría con la incesante proyección de anuncios en neón: una interminable pausa publicitaria. El cielo de esa calurosa noche de verano, era tan oscuro como atrapante.

     Jamás hubiese atribuido los últimos acontecimientos a una racha de mala suerte como decían los aficionados a las cábalas. Estaba consciente de que la edad empezaba a cobrar el alquiler. Problemas con la próstata, la rutina diaria de abrir los ojos al despertar, los constantes olvidos que derivaban en grandes problemas. No faltaba mucho para alcanzar su jubilación, entonces tendría todo el tiempo necesario para atender todo lo que había dejado pasar. Sus hijos adolescentes eran una de esas tanta cosas desatendidas; no es que fuera un mal padre, solo que no había estado el tiempo necesario con ellos, sin embargo los amaba. Amaba a su esposa, aún después de treinta años de estar juntos. Amaba la vida en sí.

      La inercia del frenazo lo obligó a salir de sus cavilaciones. Echó un vistazo a la ventanilla para ubicar en qué parte del trayecto se encontraba. El transporte había avanzado más allá de la zona comercial principal, ahora estaba frente a establecimientos oscuros y de menor categoría.

     Antes de que el camión iniciara con su penosa marcha, alcanzó a observar un corrillo frente a los empañados cristales del aparador de una tienda de electrónicos; la gente se agrupaba para ver las pantallas en la exhibición, sintonizadas todas en el mismo canal. Una película de catástrofe natural, seguramente. Las personas alimentaban su morbo con las tragedias con las que especulaban los guionistas de cine, acerca del inagotable tema de la extinción de la humanidad. No pudo más que soltar una risa mientras decía para sí: «las he visto todas».
El conductor del autobús aminoró la velocidad, y en un tramo muy reducido aplicó los frenos de aire, provocando un bufido estentóreo que torturó los tímpanos de los pasajeros. Un retén militar impedía el paso desde ese punto con barricadas y personal armado.
—No puede continuar por esta avenida, utilice otra vía —dijo el soldado con el tono de voz más autoritario de su repertorio.
—No puedo ir por otra vía, las calles de esta zona son muy estrechas para dar vuelta —contestó fastidiado el conductor.
—Entonces regrese por donde vino, no es mi problema.

   En el interior del autobús, las preguntas murmuradas, no se hicieron esperar. El operador anunció el final de la travesía, obligado por las circunstancias, terminaría su turno con anticipación. Héctor bajó del autobús y se dirigió con el soldado a preguntar el motivo del corte de circulación.

   —Hubo una explosión a la altura de la bodega de alimentos enlatados —contestó puntual el militar.

   Ese lugar quedaba como a dos o tres kilómetros más adelante, lo que significaba que había sido de gran magnitud.

  —¿Sabe usted qué la ocasionó? —preguntó Héctor.

  —Negativo, señor. Circule por favor —respondió el soldado con la hosquedad característica de la milicia

     Héctor echó un vistazo a su alrededor; a pesar de que no era muy tarde, aquella zona de la ciudad estaba desierta. Se encaminó por la estrecha calle para iniciar la frenética búsqueda de un coche de alquiler. El aire era espeso, parecía que la temperatura aumentaba cada vez más y en un lapso breve. La bocina del teléfono público se sentía pegajosa debido a la condensación, giro el dial de aquel aparato, no sin sentir un poco de asco.

    —¡Hola, campeón! ¿Qué hay? —saludó con tono entusiasta y cariñoso a Hugo, su hijo menor.

 —¡Papá! ¿En dónde estás? Algo ha pasado, apúrate a llegar a casa —dijo el chico, nervioso y con urgencia contagiante.

 —¿Qué pasa? ¿Tu hermana está bien? ¿Dónde está tu madre? —preguntó Héctor, intentando ocultar su preocupación.

  —Daniela está aquí, mamá aún no ha llegado… Papá están cayendo meteoritos en muchos lugares en el mundo…

    ¿Meteoritos? Se preguntó Héctor. Las imágenes en las pantallas de la tienda no eran de una película, quizás las explosión en la bodega tenía relación con los meteoritos, por eso el hermetismo del soldado.

  —¿Qué han dicho en el noticiario?

  —No mucho, hum, solo que son desprendimientos de un asteroide que está acercándose a la tierra.

     ¿Asteroide? ¿Acercándose? ¿Por qué no había alertas de emergencia?

  —Papá, ya llegó mamá

  —Bien, no tardo en llegar, solo estén tranquilos.

    Colgó la bocina y apresuró el paso, dobló en la siguiente esquina con la esperanza de ver la señal de «TAXI» brillando en el toldo de un vehículo. La calle era más ancha que las otras perpendiculares, esperaba que hubiese más tránsito. Pensaba mientras, en el asteroide y los fragmentos. ¿Por qué no lo habían detectado las agencias espaciales? ¿El asteroide chocaría con la Tierra? ¿Sería este el guion de una película de tragedia llevado a la realidad?

Continuará…

Cometer…

Posted on Actualizado enn


Una pastilla para el dolor,
todo el frasco para las heridas.
Después… el no-tiempo.

Invasión

Posted on Actualizado enn


     Despertó de una siesta vespertina, un intenso estruendo en el cielo lo trajo de su ligero sueño, corrió a la ventana con la idea de cerrarla pues no tardaría en manifestarse una fuerte lluvia. Su sorpresa se desvaneció, pues el cielo estaba tan despejado a esa hora de la tarde, que podía ver sin mayor esfuerzo las pistas de aterrizaje del aeropuerto desde su departamento en el quinceavo piso. Atrajo su atención el sobrecargado tráfico aéreo, pero solo veía el despegar de los aviones en todas direcciones al igual que las palomas de la plaza de armas alzando el vuelo asustadas por un vivaz chiquillo. «¿A dónde va toda esa gente?» se preguntó. Retumbó el cielo una vez más, por la terraza vería mejor que era lo que estaba pasando, se asomó y con pavor vio cómo dos enormes burbujas semitransparentes en un haz de luz naranja, se alineaban con las calles y rodaban por ellas. Había mucha estática en el aire, quiso llamar por celular a la policía, pero no fue posible por la interferencia. Bajó por el elevador hasta el estacionamiento, desconcertado se preguntaba a dónde iría, qué rumbo debería tomar, cuando alcanzó la calle principal, un contingente que corría huyendo de algo le impidió continuar en auto.
—¿Qué está pasando? —Le preguntó a una joven que pasaba a su lado con una mochila en la espalda.
—¡Nos están invadiendo! ¡Están matando a todas las personas! ¡No son amigables como pensábamos!
     Él se quedó inmóvil en la acera, nunca había creído la patraña de los extraterrestres, pero lo que acababa de ver era sumamente perturbador. La gente corría en sentido contrario de como se habían movido las esferas, niños, mujeres, hombres, jóvenes y viejos intentaban salvar sus vidas. El pánico se apoderó de su ser totalmente, parado ahí su mente descartaba rápidamente razones para seguir viviendo; pareciera que el sentido de supervivencia se había dado por vencido sin luchar. Casi tenía ganas de echar a llorar, como cuando en el colegio el bravucón del grupo le había propinado un certero golpe en la nariz y le hizo sangrar, sintió tanto miedo de ver su propia sangre en sus dedos que no pudo reprimir el llanto y lloró mientras los demás compañeros le veían y reían a carcajadas. Después, su padre reprendiéndole por no reaccionar como un hombrecito, recordó como le había dicho aquello de «ser un marica». Se preguntaba qué sería lo que harían los invasores con ellos. No quería saber, ni por morbo. El terror se empezó a manifestar en forma de temblores y escalofríos. No escuchaba nada, pero la gente seguía corriendo y únicamente contemplaba la huida, ahí parado como un tonto. En un arrebato de decisión, corrió a su auto, en el interior no se sintió más seguro, se inclinó para buscar en la guantera y encontró un revólver calibre .38, se armó de valor usando el odio al bravucón y a su padre después de que le llamó «marica», ya no lo sería, demostraría que no lo era y nunca lo había sido. 
     El disparo sonó, pero nadie puso atención. El tumulto de gente dejó de pasar de súbito y la voz en un megáfono se escuchó crujiente y metalizada
—¡Corte! —Dijo la voz alargando la o—A continuación una tanda de aplausos y gestos de aprobación.
—Señores, acaban de presenciar la secuencia de evacuación desesperada jamás filmada en tiempo real. Arrasáremos con los premios este año.—Más aplausos.
—¡Muevan ese auto! —dijo la asistente de dirección y se dio la vuelta, sonreía a los productores, con esa sonrisa de relaciones públicas, ellos miraban fascinados, convencidos y complacidos con toda la labor de filmación.

El mismo día

Posted on Actualizado enn


00:01

En el primer minuto de aquel día, justo después de presionar el botón “END” del móvil, sintió como un agujero negro empezaba a devorar su universo desde el mismo punto de su cuerpo en donde antes se ubicaba un corazón. El vórtice absorbía todo a su alrededor, que era inevitable escapar de la dominante sensación de náuseas y la desquiciante idea de que en cualquier momento el pecho alcanzaría un punto máximo de dilatación antes de explotar. Intentó dar algunos pasos, pero ya la espiral se iba cerrando en un movimiento enloquecedor.

Los gritos solo se escucharon en su espacio interior del mismo modo que se escucha una nota musical, yendo desde su vibración más alta a cero. Después un silencio que más que incómodo, era de muerte.

El alma se le estaba escapando en forma de granos de sal de consistencia liquida, uno a uno caían lentamente como un reloj de arena, sin amontonarse, se esparcían, se evaporaban, regresaban a otro cielo.

De alguna parte del  gris, se elevaban diminutas estampas salpicadas de colores con un número de seis dígitos grabado en cada una. Desplegaban sus alas y remontaban el viento antes de extraviarse en un borroso horizonte.

Clips de vídeo parecían rebobinarse eternamente mientras el control vertical desfilaba de abajo hacia arriba en una desordenada sucesión de trailers sin banda sonora ni una advertencia de discreción o clasificación; iban del blanco y negro al colorido de una tarde de verano en el bosque.
…………………………………………………………………………………………………………………………
No muchas horas después el cadáver fue encontrado en la vía pública, pero solo eran despojos, vestigios y escoria de aquello que en algún momento fue un corazón que se enamoró al ritmo apacible de una melodía de Josh Groban y que amó de forma tan intensa como se escucha una canción de Nightwish.