Un microcuento para antes de dormir


Acompañé a mi madre a la comandancia de policía. Habían pasado las 72 horas que establecía la ley para declarar a una persona como desaparecida.
—Iniciaremos una carpeta de investigación, señora —dijo el ministerio público. Y le entregó una copia del acta circunstanciada a mi madre. Ella miró el documento en silencio y no respondió al agente. Miraba y callaba como siempre.— Comenzaremos la búsqueda de su marido de inmediato, circularemos su fotografía por todos los medios hasta encontrarlo.

No lo encontrarían. Solo yo sabía los lugares en donde enterré cada parte de su cuerpo.

Él ya no volverá a hacerme daño.

Un recuerdo


Bajó la ventanilla para que el humo del cigarrillo se disipara. Fumaba mientras esperaba en el auto a Mim. Cerró los ojos y dejó salir la bocanada de humo con lentitud.
Una chica de pelo multicolor yacía sobre la cama de un deteriorado motel. La mayoría de los usuarios lo utilizaban para tener sexo sin preámbulos. Hasta el nombre del lugar hacía ironía a su función. La chica estaba muy drogada y no paraba de reír, mientras subía su vestido y dejaba ver su diminuta prenda íntima de encaje verde pastel. Morris sentía que su pene se asfixiaba dentro de su pantalón. Con mucha habilidad la despojó de su ropa y con el pulgar comenzó a estimular a la muchacha. Gemía y se retorcía como posesa.
—¡Cógeme! ¡Hazlo ya! ¡Cógeme! —pedía la mujer.
Morris bajó su cremallera y frotó su glande antes de penetrar. La chica recibió la embestida y ya no gemía, gritaba.    Por su parte, Morris se limpiaba las gotas de sudor con una mano. La excitación hacía que le punzaran los testículos. Se limitaba a pujar y a arremeter con fuerza.
—¡Voy a terminar…! —jadeaba la chica estremeciéndose.
—Espera, aún no —replicó Morris.
Buscaba con su mano derecha algo entre las mugrosas sábanas.
—¡No aguanto más! ¡Ya! ¡Ya…! —gritaba la chica con urgencia.
Un cuchillo afilado cortó su garganta de izquierda a derecha, después se escuchó un gorgoteo y palabras ahogadas en rojo. Morris eyaculaba como una bestia apretando los ojos; escuchando los sonidos guturales e inhalando la mezcla de olores de sangre y sexo.
Abrió los ojos antes de arrojar el cigarrillo por la ventanilla. Mim se acercaba al auto; Morris la veía caminar con su vestido ampón y el pelo balanceándose en cada paso estilizado por los tacones altos. Mim subió al auto.
—¡Son un asco los baños de este lugar! ¿Qué hacías? —espetó Mim acomodando el vuelo de su falda.
—Reviviendo un recuerdo —dijo Morris sonriendo y echando un vistazo a su entrepierna para confirmar que su pene se estaba asfixiando dentro de sus pantalones.
—¿A dónde iremos? —dijo Mim aspirando con vigor el humo de un pequeño cigarrillo que sacó de entre la copa de su vestido.
—A un motel. Te vas a reír cuando sepas el nombre.
Mim ya se estaba riendo.

La resistencia


Era tan intenso el miedo que sentían, que la adrenalina los hacía temblar. Sudorosos, se escondían tras un montón de sillas y mesas apiladas al final del callejón. En esa guerra la preponderancia del enemigo alcanzaba niveles globales. Quedaban pocos lugares a donde huir,  y otros menos para esconderse.

      —Tienes que cumplir tu promesa, lo harás sin remordimientos —dijo Paola, luchando contra el castañeteo de sus dientes—. Al primer síntoma que notes, solo dispara.

     Marcos la miraba preocupado. Habían logrado escapar de un tiroteo y Paola sospechaba que había sido inoculada. El enemigo utilizaba armamento sofisticado y en cada batalla la resistencia se veía menguada: no tomaba prisioneros ni mataba, pero contaminaba a sus oponentes por medio de balas que penetraban de forma indolora. Comprobó su arma, le quedaban pocos cartuchos y tres cargadores. No aguantarían mucho con esa munición. Paola sudaba frío y no paraba de hablar. Cada vez que abría la boca, Marcos apretaba fuerte la cacha de la pistola.

      —¡No me mires así! ¡No lo sé! ¡No estoy segura! —dijo Paola, desesperada.

     Marcos exhaló aliviado. Aún no llegaba el momento.

    El equipo de científicos de la resistencia había probado mil y un antídotos para neutralizar la inoculación, sin embargo, sus esfuerzos habían sido inútiles. Una vez detectada la infección, no había vuelta atrás; se propagaba alcanzando cualquier rincón del planeta de manera inexorable. La resistencia peleaba en condiciones inferiores con el poco y rudimentario armamento que poseía.

    Marcos y Paola quedaron petrificados al escuchar a lo lejos, las pisadas del pelotón de avanzada. El enemigo estaba a dos pasos de ellos y eran implacables. Las luces de los leds iluminaron el callejón proyectando una caprichosa sombra en la pared del fondo. El soldado movió la lámpara de un lado a otro y se conformó con el silencio del sensor. Pasaron de largo. La pareja soltó la respiración contenida. Los minutos parecían segundos, el tiempo se deformaba mientras los chicos esperaban a que los soldados enemigos se alejaran lo suficiente. Marcos observó una vez más a Paola: tenía la cabeza baja y estaba más pálida que de costumbre. Ella volteó a mirar a Marcos. Encontró su mirada y dijo:

     —Mi nombre es Paola Pleve, tengo 22 años. Estoy con la resistencia desde hace tres años. Mi función es repartir propaganda para enrolar más voluntarios que ayuden a defender la identidad de nuestro país.

     Marcos escuchaba y miraba el triste camino de las lágrimas de Paola: de sus ojos a sus mejillas. Le hizo una seña para que guardara silencio. Se acomodó para abrazarla, él ya no temblaba. Se quedaron acurrucados hasta que la luz del sol los despertó. Habían descansado un poco,  después del enfrentamiento y la larga persecución. Marcos confiaba en llegar al refugio de la resistencia… «Si es que quedaba alguien», pensó. Vio a Paola estirarse y bostezar. Se dibujó una sonrisa en la carita de la chica. Se pusieron de pie para retomar su marcha.

      —Buen día, Pao. ¿Lista para seguir? —dijo entusiasmado.

      —Yes! —contestó Paola.

      Un balde de agua fría les cayó a ambos cuando escucharon la palabra «yes». Paola se tapaba la boca con una mano mientras iba de un lado a otro. Marcos la había volteado a mirar con la incredulidad colgando de su cara.

     —My name is Paola Pleve, I’m 22 years old. I’ve been in the resistance for three years —continuó diciendo—, my job is to distribute propaganda to enroll more volunteers to help defend our country’s identity.

     Miraba a todos lados tratando de encontrar el lugar de donde salían esas palabras. Su cara reflejaba la desesperación y el pánico por lo que acababa de salir de su boca.

     Marcos la miraba con tristeza.

     Paola había sido inoculada en el tiroteo. Aunque había resistido durante un tiempo, ya estaba presentando síntomas de la infección. Pronto dejaría de recordar quién era, mientras, había perdido una parte importante de su identidad: el idioma.

     Marcos, impasible, contemplaba a Paola deshecha en llanto.

     —Just do it. You promised… —dijo ella, antes de escuchar la detonación.

Hora 25 — VI


     El asteroide era una nave nodriza camuflada con materia de un planeta oscuro, ubicado más allá de donde telescopios e instrumentos pudiesen tener alcance para ser detectado. Durante las 24 horas posteriores a su detección en la exósfera terrestre, fue capaz de medir la velocidad de rotación para ir «sembrando» meteoritos que al impactarse en suelo terrestre, registraban la composición química del planeta para hacer de él el alimento a nivel molecular que les mantendría vivos y perpetuaría su existencia por encima de cualquier galaxia conocida. En el primer minuto, posterior al término de los últimos meteoritos impactados, comenzaría la invasión sistemática del planeta azul, una invasión crucial para ambas especies.

     El pelotón del ejército que custodiaba el fragmento caído en la procesadora de alimentos, se puso en alerta cuanto empezaron a oír un zumbido grave, algunas octavas abajo de lo que normalmente se puede escuchar, un sonido bajo que cesó con un sólido crujido, como cuando se pisa una hoja de cristal medianamente gruesa. Se colocaron en formación apuntando sus armas, dispuestos a disparar a la menor percepción de amenaza. No hubo tiempo para reaccionar, inmediato al crujido, una forma irregular semejante a una desmesurada ameba, ondulaba sobre el ambiente, de un color naranja encendido, casi fluorescente, dejó a los soldados atónitos, admirados de contemplar una forma de vida muy diferente a cualquiera de la que se haya tenido registro sobre la tierra. Los segundos posteriores a la desencapsulación, transcurrieron en profundo silencio. El estrépito de las detonaciones, hizo que se descongelara el tiempo. Los impactos de bala de diferentes calibres en aquel ser de plasma, se desintegraban en microscópicas partículas que eran absorbidas inmediatamente por el cuerpo del extraterrestre. Un osado soldado, se aproximó a la criatura y disparó a quemarropa sin causar ningún daño, en cambio, sus compañeros pudieron apreciar como ante sus ojos, el valiente soldado era disminuido a pequeños, pero muy pequeños gránulos que eran literalmente aspirados por el alienígena. Arremetieron con otra descarga de disparos, pero al igual que la primera ráfaga, no disminuían al ahora declarado enemigo. En un movimiento, como si de una secuencia de animación de Tex Avery se tratase, el extraño cuerpo, desintegró en cosa de segundos a un grupo de soldados que ante la rapidez del ataque, ni siquiera comprendieron que estaba pasando. El comandante del pelotón dio la orden de retirada ante el fracasado intento de contener a la criatura. Los soldados acostumbrados a enfrentar a cualquier enemigo, fueron presa de pánico y huyeron de forma desordenada corriendo en medio de las estrechas calles aledañas a la procesadora de alimentos.

     Los neumáticos del bólido se aferraron al asfalto, provocando una espontánea nube apestosa a caucho quemado. Leonardo había aplicado el freno al fondo, el auto coleó un poco y se detuvo al paso de un soldado que le hacía una señal para detenerse. Su cara lucía una expresión inquietante, sin aliento, le dio aviso al conturbado conductor:

     — ¡Váyanse de aquí! ¡Huyan! ¡Amenaza presente, peligro inminente!

     El analista dejó escapar su exhalación muy lentamente. El plazo se había cumplido.

     Aunque Leonardo tenía una mente analítica y se había entrenado para conservar la calma ante cualquier situación que estuviera fuera de los límites de la normalidad, sintió un bloque pesado en su garganta, asfixiante, aplastante y una enorme pesadez en el estómago. Sintió miedo. Héctor miraba hacia el otro lado de la calle, en sentido opuesto a dónde provenía la fuga de los militares. Vio a lo lejos una mancha naranja que poco a poco aumentaba de tamaño conforme avanzaba por la calle iluminada por las luminarias públicas. Ambos hombres contemplaban y especulaban a su manera sobre lo que pasaría cuando el invasor los alcanzara.

     Alrededor del mundo no ocurría nada diferente a lo que se estaba viviendo en la localidad de Leonardo y Héctor; el infortunio cayó como una pesada losa sobre la esperanza de combatir y vencer a los invasores. En la práctica otros ejércitos habían intentado con diferentes armas, con la máxima potencia de fuego, sin resultados a favor. En la tierra no había arma que pudiera detener aquel asalto interestelar. Esta vez no había héroes que descubrieran por accidente como eliminar a aquellas criaturas. A vista de pájaro, los extraterrestres estaban exterminando a la raza humana, de forma metódica, sin cesar . La ola naranja inundaba cada vez más el territorio poblado.

    Leonardo reaccionó y viró el Maverick a la derecha, pisó el acelerador a fondo intentando ganar tiempo poniendo distancia entre ellos y la criatura. Los nudillos se le pusieron blancos por la fuerza que hacía al apretar el volante. Héctor por su parte se sentía acongojado, asustado, desconcertado por lo que acababan de ver: El Ejército de la Nación huyendo. Eso significaba solo una cosa, que pronto iban a morir. El analista echó una mirada a su reloj, habían pasado poco más de 24 horas desde el inicio… desde el inicio del fin. Intentaba decirle algo a Héctor, pero no lograba ordenar sus pensamientos. En la mirada de Héctor, había algo muerto, tanto como sus ganas de hablar. Estaban huyendo pero ¿por cuánto tiempo lo harían?

     Leonardo hundió a tope el acelerador, la calle era un desierto, como pronto lo sería todo el planeta. Haciendo un acto de increíbles reflejos, dio vuelta a la izquierda para esquivar el cuerpo naranja de un invasor, solo para encontrarse a otro a pocos metros, ya sin oportunidad de maniobrar para escapar. Ocurrió en cámara lenta, el cofre del Maverickdesaparecía ante sus ojos, como un castillo de arena que se derrumba grano a grano sobre la playa por acción del agua. Leonardo se despidió de Denisse apretando los párpados y las quijadas, deseándole el menor de los sufrimientos. Héctor por su parte, tuvo un último pensamiento para sus hijos y su esposa. También pensó antes de perderse en el naranja eléctrico: esta película no la había visto.

     Era la hora 25 y la raza humana había sido extinguida.     

Fin

Hora 25 — V


     Mientras llevaba el motor del Maverick al tope de revoluciones, Leonardo pensaba en la vida de aquel hombre que iba sentado a su lado. Héctor, ese era su nombre. Trataba de encontrar algunas palabras que no le hicieran entrar en pánico o que tuviese una reacción desesperada, después de todo, en los casos de emergencia, siempre son prioridad los más allegados, los hijos, la esposa, la familia.

     —Héctor, debo decirle algo. Las próximas horas serán de mucha presión, quizás ocurra un hecho sin precedentes, quizá no ocurra nada, no lo podemos saber. Lo que sí sabemos es que debemos extremar precauciones, prepararnos para cualquier acto que atente contra nuestra seguridad, tanto personal como a nivel comunitario. —Héctor escuchaba con atención intentando adivinar hacia dónde iba este hombre con sus palabras—. Tómelo con mucha calma, es posible que estemos siendo invadidos por extraterrestres. —dijo Leonardo, mientras buscaba los ojos de Héctor, aventurándose a adivinar la respuesta.

    —Si lo que me está diciendo fuese una broma de mal gusto, le pediría que detuviese el vehículo para bajarme y le recomendaría un  psiquiatra, pero veo en usted una total y alarmante sinceridad. Le creo, no soy una persona escéptica y siempre estuve al margen de que el planeta Tierra no era el único lugar en el vasto universo, que estuviese habitado. —Ahora Leonardo lo miraba de manera atenta, tanto como le permitía el camino sostener la mirada en Héctor—. Supongo que usted sabe todo esto porque trabaja en el observatorio, ¿no es así? —El analista asintió con una leve inclinación de cabeza y un parpadeo alargado—. Por un rato los dos permanecieron sin decir palabra, con la vista fija en el tramo de asfalto que los faros del veloz automóvil iluminaban.

    Esta vez no se trataba de una espectacular e inofensiva lluvia de estrellas, tampoco era final que anunciaban las profecías; no era el caprichoso castigo proveniente de un dios voluble, ni el deseo vehemente de un gobierno por someter a sus políticas al resto del mundo. Esta vez se trataba de algo real que indicaba que los fallidos simulacros de coexistir en un planeta, se verían totalmente descartados por la intervención de seres ajenos. Como había dicho Leonardo, cada minuto elevaba  la presión y como en una olla exprés, llegaría el momento de la necesaria liberación.

    Leonardo tomó el sofisticado aparato instalado en su auto, un teléfono portátil. Por un momento vaciló. A la única persona que podría llamar era a Denisse. Marcó el número con la esperanza de que ella levantase el teléfono. Un tono, dos tonos, tres tonos. No contestó. No estaría en casa. Iba a colocar el auricular en su lugar, en cambio, se lo ofreció a Héctor.

    —Llame a su familia, Héctor —dijo alcanzándole el dispositivo.

   —Claro, muchas gracias. Vaya, este auto tiene más sorpresas que solo una estupenda carrocería —comentó Héctor— Leonardo esbozó una sonrisa. Todos en la oficina admiraba lo bien cuidado y equipado que estaba su auto, sin embargo en ese momento, la tensión demeritaba todo halago hasta convertirlo en futilidad.

   — ¡¿Lucía, amor, cómo están?! —No  esperó la respuesta, continuó con tono apresurado—. Cierren bien puertas y ventanas, dile a Daniela que te ayude, aseguren la casa como si fuésemos a salir de vacaciones. Llegaré en cualquier momento. Por favor, no salgan a la calle, manténgase informados con el televisor o la radio. —Bajó el ritmo de su voz para decir, como una sentencia—: No olviden que los amo. Al otro lado de la línea, Lucía, solo tuvo tiempo para asentir con monosílabos, conocía perfectamente a Héctor y sabía que se trataba de un asunto al que no debería restarle seriedad. Avisó a los chicos  que su padre estaba bien, dio las instrucciones y los tres iniciaron la tarea de aseguramiento. Después de eso, se sentaron a esperar.

    Los neumáticos del bólido se aferraron al asfalto, provocando una espontánea nube apestosa a caucho quemado. Leonardo había aplicado el freno al fondo, el auto coleó un poco y se detuvo al paso de un soldado que le hacía una señal para detenerse. Su cara lucía una expresión inquietante, sin aliento, le dio aviso al conturbado conductor:

   — ¡Váyanse de aquí! ¡Huyan! ¡Amenaza presente, peligro inminente!

   El analista dejó escapar su exhalación muy lentamente. El plazo se había cumplido.

Continuará…