amor

Marea baja

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De esos amores de marea baja que apenas modifican la playa.

De esos que no son huracán ni nada; de los que solo duran medio día.

De los que los caracoles no guardan recuerdos ni las ostras se gastan en huir.

De aquellos que con súbitos vientos enardecidos nunca llegan a buen puerto.

Siempre empujados a la orilla, a nivel del mar.

Autores: Jeanette Ginory, Alba Cerrato, Raúl Leiva, Mariliz Salazar Porras, Elvira Estévez, Martha García Álvarez, Julio Carlos de Posada y Carlos Quijano.

El jocho

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Enlace de la imagen: https://bit.ly/2VUPDyD

Todavía estaba indeciso cuando pedí el «jocho» a la señora del carrito —a mí no me gustan—; pero me entretuve con el recuerdo de que Zypza les decía así a los perritos calientes y sonreía y se movía inquieta mientras preparaban el bocadillo. También pedí una soda de dieta, la señora que me despachaba me miraba con sonrisa irónica.

—¿Con todo? —dijo con impaciencia.

—Sí, con todo y un poco más —dije, como ella decía, solo que yo no era tan angelical como Zypza y la señora me lanzó una mirada de esas que hieren de muerte.

Con el bocadillo y bebida en mano, fui dejando la avenida principal para dirigirme a una calle perpendicular a la de la casa de Zypza. Allí había unos escalones que servían de acceso a la puerta de una casa que había quedado a desnivel de la calle. Era un lugar apenas iluminado por una lámpara de mercurio. Un ambiente agradable para sentarse a cenar y escuchar las historias de Zypza. La escuchaba sin perder de vista sus gestos: arrugaba la frente o abría de más los ojos. Todo mientras disfrutaba de su «jochoݟ. Cuando terminaba, pegaba un salto y corría a la esquina para asegurarse de que su madre no estaba buscándola. Era divertido verla hacer eso, —ella era muy divertida—. Regresaba y bebía la soda a pequeños sorbos y me convidaba. Después llegaba el momento más esperado: Zypza me abrazaba y recargaba su cabeza en mi pecho. Ahí se quedaba durante un buen rato; sin hablar, sin moverse, solo sintiendo la cercanía de nuestros cuerpos. Siempre que lo recuerdo me da risa: era un momento de verdad especial impregnado con el olor de la mostaza. Luego me miraba con esa mirada que pretendía explicarme todo, pero no lo hacía.

La última vez que supe de ella me dio un beso, y como lo hacía siempre, corría sin voltear hasta la puerta de su casa. Solo un beso.
Siempre me paro indeciso frente al carrito de la calle principal y pienso en todas esas noches con ella. Aunque se haya ido, no dejo de comprar un «jocho» y una soda de dieta. El «jocho» lo dejo en los escalones. La soda me la bebo a pequeños sorbos junto con su recuerdo.

 

Sueños de colores

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sueñoscoloresEn esta tarde lloviznan sueños de colores, déjate colorear, todo se torna bonito. Expectante los vi caer, aquí, allá, livianos, dirigidos por nadie, pero sabiendo su camino. Y se alegran todas las flores, en un mundo de ilusiones. Ilusiones de un llanto que no se lloró nunca, que se funde con la lluvia y se torna en sueños, azules, amarillos. Una lluvia multicolor como el arcoíris de mis sueños, esos que anhelo cumplir a tu lado. Un punto y aparte en nuestra historia. Esta historia tan mía, y tan ausente de ti. Ausente e intangible, pero nuestra por y para siempre. Siempre hemos tratado de construir hombro a hombro en el telar de la vida, la historia más hermosa donde se tejen los sueños y se hilvanan ilusiones. Pero después de tanta espera ese gran sueño es ahora una hermosa realidad. Ya la carga de las ilusiones se me vuelve ajena, añeja. Intento aprender de mis errores y no volver sobre mis pasos. Busco la lógica y la experiencia que me sirven de impermeable y paraguas. Debo salir. Debo hacerlo. Se me terminó la comida. Y se me terminó el vino, todo eso lo puedo soportar, pero tu ausencia, jamás.

He perdido la cuenta de cuantos cigarrillos he fumado. La alacena huele a olvido, la vajilla ya no está completa, la comida es solo un sueño. Caen las gotas, los sueños se fragmentan, aquí, «plaf», allá, «plaf». Aunque esos sueños se destruyeron desde tu partida. Pero al menos tengo la esperanza de que el día de mañana me uniré junto a ti y estaremos juntos por siempre. En esta tarde lloviznan sueños de colores verdes olivos y se escuchan tanquetas anunciando una primavera de rosas rojas. Aunque hasta la misma esperanza me susurra que no lo haga. Que ya no te espere. Y en secreto me dijo un sueño, que debo ser feliz. Junto con ello mis recuerdos salen a flote, puedo jugar con mi memoria y recordar lo mucho que nos quisimos. Es como mi película favorita: la pauso y miro tu sonrisa, tu pelo volátil; miro con mucha atención como deslizo mis dedos por tu cuerpo como reímos y corremos a la orilla del mar. Pero ya solo es mi recuerdo como una película. Entre sueños y recuerdos fragmentados, un atisbo de ilusión se hace presente y te veo en mi lista de mandados entre chocolates y aguardiente. De todas las niñas quinceañeras que esperan al Príncipe azul en su blanco corcel. Solo espero la lluvia de sueños de colores para pedir mi deseo, pero no llega, mientras el príncipe no es ya azul, lo han dejado descolorido de tanto besar princesas equivocadas. Son los sueños de aquellos días que compartimos y que pronto quedarán en el olvido.

Aunque hay algunos sueños, que ni siquiera el olvido se atreve a matar. Cada noche tomo esa pastilla para soñar contigo. Se que ya no te podré tocar y, aunque para mí no sea suficiente, me conformo con verte y cada mañana me despierto con una mochila llena de frustración. Quiero quedarme a vivir allí pegado al vidrio tan frágil como yo, para sentirte cerca, corren mis lágrimas como corren las gotas en el vidrio. Y te alejas, y te acabas. Jugaré con los charcos coloridos de sueños, me atreveré.

Pero lo que nunca acabará será mi esperanza, esa que me grita a los cuatro vientos, que, aunque estemos lejos, de mi mente no te mantengo ausente, porque es más grande el amor que nos tenemos, y juramos en esa tarde que lloviznaban nuestros sueños de colores, que único amor verdadero era el de nosotros, que mi alma y tu alma están fundidas de hierro. Me niego a pensar que tu amor y el mío sean solo una quimera, un zarpazo de felicidad. Lo quiero todo, lo merezco y tú también. ¿Te acuerdas cuando nos besamos en esa tarde cálida de estío? Aún recuerdo tu mano en mi nuca y ahí te amé y supe que no hay nada más que tú y yo. Mojando poco a poco los corazones abatidos, dejando en cada esquina aquellos suspiros que entre beso y beso sellamos antes de partir en el último segundo de aquel minuto perdido que cuelga en esta fría noche. Y llegue tarde para decirte que nada es más lindo que un sin fin de colores, aquel que llena el alma vacía luego de tantas tristezas. Por eso, sueño con ellos y armo mi mas maravilloso mundo, pero eso sí; si estas conmigo.

Y desde entonces, es que comencé a volar… Tan alto que me desprendí de esta tierra. No me sueltes, que caeré sin alas. Sígueme sosteniendo a través de tus labios. Vuela con mis alas que yo me alimento de tu esencia. Permite que el resto del mundo sea nuestro cómplice mientras las estrellas danzan a nuestro alrededor. Una danza que esparce polvo de estrellas, envolviendo al universo en una llovizna de colores, donde cada gota trae un millón de sueños. Limpiando mis lágrimas negras ya mi horizonte se pinta más claro. Me idealizo que estás junto a mí, aunque solo sea mera ilusión: «mi amor platónico».  Y tú sin mí… Ya no habrá mal de amores.

Ahora, de vez en cuando me asomo a la ventana y recuerdo tus palabras; tu voz festiva diciéndome lo bello que sería que cada gota de lluvia fuese un sueño y cada sueño de un color distinto.

Este texto es el resultado de una dinámica propuesta en Facebook. Agradezco a todos los participantes por su valiosa contribución. A continuación los menciono en estricto orden de participación:

Paula Montoya, Aiko Esor, Magaly García, Anauj Zerep, Jeanett L. Ginory, Martha García Álvarez, Roa Soff, Raúl Leiva, Merry Zaragoza, Nanatza Martínez, Magda Bello, Lau Niom, De la Paz Ara, Gäbby Molina. Elvira Estévez, Julio Carlos de Posada, Norma Suárez Necs, María Vadillo, Janeth Funez, Marta Araneda González, Angie Rojas, Ricardo Hamet Pinto Quispe, Gabriela Jasso y Claudia Portu.

¡Muchas gracias por ser parte de esta hermosa comunidad!

In memoriam

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Hoy, un pensamiento se eleva desde lo más profundo del corazón, consecuencia de muchos recuerdos, de risas, de lágrimas, de añoranzas, de juegos y juguetes.

Aunque el llanto traiciona al sentimiento delatándolo sin disimulo, van pasando uno a uno todos esos días; acomete el dolor al caer en la cuenta que ya no volverán.

Sin embargo, es necesario aprender a vivir con esa pena constante; aprender a lidiar con ella hasta el último momento porque no se irá.

Ahora, en cambio, debemos encontrar en cada sitio, en cada lugar todo aquello que quedó de ustedes, porque a través de todo ello sabemos que, aunque se les extrañe, siempre estarán aquí,
de una forma distinta cada día, en cada cosa, en cada situación, en cada evocación de la memoria, en cada apreciación de ustedes.

Hoy hay ausencia, pero no hay olvido.

Hoy hay mucho dolor, pero queda el amor  y está por encima de todo.

 

La ilusión de todos los días: Sin lógica, sin tiempo, sin distancia

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Les comparto mi colaboración en el blog de Merche García, La ilusión de todos los días. ¡Gracias, Merche!

blog sobre reflexiones, foto, música, libros, conciertos, cine, relatos

Origen: La ilusión de todos los días: Sin lógica, sin tiempo, sin distancia

Reencuentro

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«¿Cómo fue que llegamos a este punto?» Me pregunté mientras miraba como el viento agitaba tu pelo. Quizá nos extraviamos en la indiferencia, cuando dejamos de reinventar nuestro sentimiento y solo recurríamos a él como una costumbre; así como cuando el día termina y llega la noche, tan inevitable y sistemático. Nos perdimos en el azul oscuro de la noche, en ese cielo que ya no volteábamos a mirar más. Siempre dispersos en la incomodidad del silencio cuando bebíamos café por las mañanas y con disimulo mirábamos al amor pasar. Ahora que nos encontramos, ¿valdría la pena, si tuviésemos el poder de regresar al pasado para cambiar su significado, volver a estar juntos? Sostengo tu mirada queriendo encontrar un rescoldo. Las palabras se arrastran lentamente. «¿Quién eres hoy para mí?» «¿Solo un nombre bonito?» Palabras y respuestas sujetas de la mano, se rehúsan a salir de su escondite. Estar y no ser. Mirar tus labios y tu carita. De repente todo toma un sentido: descubrir en tus ojos un par de sueños y, en tu boca, la complicidad de una promesa hecha beso. Al final, las dudas se convierten en oportunidades. Cierro los ojos y me dejo guiar por el corazón hacia un nuevo comienzo.

Cartas

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Ella despertó sobresaltada, no tanto por el trueno que había partido en dos el silencio de la noche, sino por la pesada angustia que, de tajo, le había arrebatado el sueño. Se levantó para asomarse a la ventana. Miles de gotas se estrellaban contra el cristal y se fugaban como lágrimas en un rostro entristecido. Intentaba, a la distancia, vincular su sentimiento ahogado. Buscaba con la mirada ávida, repasaba lo oscuro del cielo y el relámpago le hacía eco de la tempestad, ahora también presente en el exterior. Rememoraba cada línea de la carta que le había escrito: repasaba cada palabra diciéndola como una suplicada oración. Había escrito la epístola escogiendo palabras que tuvieran fuerza, esperanza y, sobre todo, amor. Con el propósito de que él, al leerla, tuviese ese soporte, ese pequeño alivio que reconfortara durante unos momentos su alma y reafirmara su fe en esos soplos en que las convicciones y valores se tambalean bajo el fuego enemigo. Ella no lograba conectar a la distancia. No podía encontrar ni un rescoldo que pudiera utilizar para encender una llama de paz. La ansiedad la derrotaba y sentía que pedacitos de su alma se arrastraban para escapar por sus ojos. Dio un paso atrás y se dejó caer en la cama. Lloró con los ojos cerrados hasta que no le quedaron mas recuerdos que evocar. Se durmió con la imagen del rostro de su amado frente al de ella, mirándose a los ojos, buscando cada cual, el significado del amor en las pupilas del otro.

   A miles de kilómetros, al pie de la montaña, el día iniciaba en el campamento con el pase de lista y la entrega de la correspondencia. Hubo una carta que no se entregó a su destinatario. El soldado encargado de tal tarea, anotó con descuidada caligrafía, en la lista: «No entregada» y estampó en el reverso del sobre, «Devolver al remitente». Comparó con otra lista y siguiendo la columna con su dedo índice, corroboró los nombres. Puso una marca con su bolígrafo. Dispuso una hoja con membrete militar en el rodillo de la máquina de escribir y con aburrido gesto, comenzó a teclear, de memoria, la redacción de la notificación para los desaparecidos en acción.

La sonrisa del universo

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Luna
«Luna» por Carlos Quijano

Cuenta una leyenda, que hubo una vez una diosa que se cansó de vivir entre los mortales, así que una noche ascendió y se convirtió en luna. Durante un eón ocupó un lugar aislado en la galaxia. Solitaria, contemplaba desde las alturas, el planeta tierra. Se daba cuenta que echaba de menos algunas cosas de aquel mundo y de inmediato se cubría de tristeza. Un día, un grillo que estaba parado en una ramita, notó esa desolación. Tomó su violín y comenzó a tocar una suave melodía. La serenata llegó hasta la diosa luna —gracias a la ayuda de las luciérnagas, del viento, las nubes y las estrellas—, y le gustó tanto la canción del grillo, que se le vio sonreír feliz. Ahora, cada vez que hay luna menguante es porque el grillo toca y la música logra que la luna dibuje una brillante sonrisa en el cielo estrellado.

Eclipse

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Eclipse
«Eclipse de letras» por Carlos Quijano

Creí conocer
tu mundo binario
a veces te odio
otras veces no tanto

Tregua de todas las guerras
Plegaría contra demonios
Terapia opcional
en noches de insomnio

Susurrabas ruido
escribías callada
gritabas música
en tinta ahogada

Tobogán de emociones
cómplice del caos
No lo habría entendido
aunque hubieses explicado

Promesas silenciadas
mar de contradicciones
luces en las sombras
días que aguardan noches

Creí conocer
tu mundo binario
a veces te odio
otras veces…

Cartas

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Cartas

Conserva las cartas que te envié,

tenlas a la mano para encender el fuego,

si alguna vez sientes frío.

A la orilla

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Lago

Un cielo sin azul

el lago en su nivel más bajo

y yo a la orilla de ti

A tus ojos

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Tus ojos

Cuando al fin te hayas marchado
Recordaré tristemente
Imaginándome siempre
Tus preciosos ojos verdes

Leo en tu mirada fina
La esperanza del amor solo al mirarte
Y en la textura de tu piel divina
La incitación para adorarte

¿Qué color en realidad tienen tus ojos?
¡Qué color! Que contrasta con el cielo
Por qué indecisos todavía
Azules o esmeralda yo los quiero

Caprichosos y traviesos son tus ojos
Para mí yo los quiero azul turquesa
Profundo manantial donde yo bebo
Apagan grande sed con su belleza

Pedacitos de cielo claro y firme
Que en tu ovalada cara resplandecen
Me he fijado que al mirarlos con encanto
Poco a poco con amor se reverdecen

Qué profundos y preciosos son tus ojos
No te marches sin dejar que yo los vea
Que en la agenda de mi historia los apunte
Y al ocaso de mi vida yo los lea

Cuando al fin te hayas marchado
Recordaré tristemente
Imaginándome siempre
Tus hermosos ojos verdes

 

Foto: Cortesía de Joss Galindo

Papá

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Esperaba a que llegará por la noche después de trabajar. Siempre aguardaba detrás de la puerta para darle una sorpresa justo cuando entrara a la casa. Recuerdo cómo me elevaba con sus fuertes brazos y su cara se iluminaba con esa sonrisa de anticipada complicidad porque ya sabía que lo recibiría de esa manera y me devolvía la sorpresa cuando sacaba de su bolsillo un caramelo, una paleta, un yoyó o un trompo de colores.

Le daba un gran beso a mi madre y le preguntaba acerca de la cena. Invariablemente pedía su té de canela sin azúcar que bebía distraídamente mientras miraba el televisor. Yo miraba sus grandes manos llenas de callos, sus fuertes brazos marcados por los músculos que solo aquellos que hacen un trabajo físico pueden tener.

Después de la cena, era hora de ir a la cama, de recibir la caricia que alborotaba el pelo; de que me arropara y apagara la luz. Por la mañana lo despedía con un beso, colgándome de su cuello, sintiendo como me raspaba su barba y mi nariz se impregnaba con aquel olor tan familiar a Old Spice. Lo recuerdo así: sonriente, decidido, protector, amigo, cómplice, mi superhéroe.

Una noche de octubre, mientras esperaba detrás de la puerta, atento a escuchar el motor de su camioneta, con las ansias de saber con qué me sorprendería en esa ocasión, no me daba cuenta que se había demorado más que de costumbre. Mi madre, nerviosa, cambiaba de posición en su sillón favorito, se asomaba una y otra vez por la ventana para mirar si ya iba llegando. No supe cuando me venció el sueño, lo que sí supe fue que mi papá no me llevó a la cama y por la mañana mi madre, quien no había dormido ni un minuto, tenía el rostro maquillado con lágrimas y la cabeza peinada de incertidumbre.

Difícilmente a esa edad podría haber comprendido qué fue lo que ocurrió con mi padre.

Mi madre me respondía que no llegaría, que ya en ningún momento entraría por aquella puerta porque se había ido de viaje. Yo miraba sus ojos cansados de tristeza y veía algo muy distinto a lo que me decía. Los días pasaban y las cosas en casa cambiaban: mi madre tenía que ausentarse algunas horas por la tarde mientras una vecina cuidaba de mí. «Falta el dinero hijo», decía mi madre cuando le preguntaba a dónde iba por las tardes. Y no sólo era el dinero, era también la compañía de mi papá. Años más tarde caí en la cuenta de la enorme soledad que tuvo que soportar mi madre. Fueron muchos años difíciles, años de carencias económicas, de crecer sin un apoyo, de ver cómo los vecinos murmuraban, de no festejar el día del padre cada año, de no verlo entrar por la puerta cada noche al final de la jornada.

Fue difícil para mí crecer sin su consejo, sin su orientación, sin su liderazgo; qué difícil para mi madre partirse en dos, educarme por ratos y buscar el sustento, regresar a casa a continuar con sus quehaceres.

Mi papá se fue. Mientras crecía me enteraba en la misma proporción cuanta falta me hizo. Me imaginaba cuántas charlas hubiésemos tenido, cuántos juegos hubiésemos jugado, cuántas cosas me pudo haber enseñado y compartido; cuántas veces me hubiese escuchado decirle: «papá, te amo».

Ahora lo digo, pero sólo para mí. Lo hago mientras tomo distraídamente una taza de té de canela sin azúcar y miro el televisor.

Y un día de febrero, cuarenta años después, me enteré que papá se había ido por segunda vez y en esta ocasión fue para siempre.

Tan breve

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Tu recuerdo acude

como el mar a la playa

ya no es la misma ola

ya no es la misma arena

ya no es la misma fuerza

Un corazón cualquiera

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No sería fácil describir la gigantesca oleada de sensaciones que experimentaban sus sentidos; inmerso en ellas, canturreaba una cancioncilla pegajosa mientras a su alrededor se bosquejaba el entorno en intensos colores neón que lastimaban eléctricamente el estreno de esa noche.

Se acercaba alegre al punto de encuentro con su amada. Sí, ella. Esa persona que era como un caleidoscopio que le hacía ver las cosas de una forma diferente y colorida.

Al acercase al lugar se le aceleraba el corazón y le sudaban las manos, se sentía tan nervioso como un amante primerizo. Todo el amor que sentía por ella le hacía sonreír por fuera y carcajearse como un loco por dentro.

Miró las manecillas de su reloj que perezosas se arrastraban como caracoles al sol hasta el minuto, hasta el segundo exacto: la vería acercarse despacio y mirando al frente sin gesticular ni parpadear siquiera; caminando entre la gente, como tantas otras veces la había visto. Esperaba encontrar su mirada. Debido a los nervios no sabía si la reconocería por su andar o por su cabello revolviéndose en el viento.

Cerró los ojos para retener esa imagen mental y guardarla en su archivo de recuerdos gratos. Al abrirlos se encontró con el rostro de sus sueños, ¡a unos cuantos metros de él!

Tenía un extraño brillo en los ojos que nunca había percibido antes. En los labios una rápida sonrisa destellante y colmada de complicidad. Por sus ojos cruzaba una fugaz sombra de duda que fue remplazada por un flamazo de satisfacción.

Él parpadeó repetidas veces, en una sucesión de viñetas estroboscópicas, alcanzó a mirar como aparecía una sonrisa henchida en el rostro de su amada y en sus pupilas ardía una llama intensa, al tiempo que tendía su mano para ser estrechada con suavidad, pero con ansiosa pasión.

Intentó caminar hacia donde estaba ella; quizá hablarle, quizá hasta gritarle, pero sus piernas y las palabras se negaban a obedecer. Se limitó a ver la última escena, la culminación de esa extraña película donde él no era el héroe que salvaba a la chica. En cambio, vio como ella caminaba dándole la espalda y abrazando al antagonista mientras el viento le revolvía el cabello.

Clavado al piso, inmóvil, con la mente en blanco como cuando se va la señal en el televisor, fue sacudido por un destello del cielo junto con un estrepitoso ruido que se confundía con lo que se le estaba derrumbando dentro de sí. El agua empezaba a escurrirle el rostro; no distinguía si era agua del cielo, pero tenía un gusto muy salado. Llovía.

Cuando al fin pudo moverse, se dio la vuelta y caminando calle abajo, temblaba quizá de frío; llevaba una mano en el bolsillo apretando la promesa de volver al otro día, y con la otra arrastraba entre los charcos, un corazón partido.

El mismo día

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00:01

En el primer minuto de aquel día, justo después de presionar el botón “END” del móvil, sintió como un agujero negro empezaba a devorar su universo desde el mismo punto de su cuerpo en donde antes se ubicaba un corazón. El vórtice absorbía todo a su alrededor, que era inevitable escapar de la dominante sensación de náuseas y la desquiciante idea de que en cualquier momento el pecho alcanzaría un punto máximo de dilatación antes de explotar. Intentó dar algunos pasos, pero ya la espiral se iba cerrando en un movimiento enloquecedor.

Los gritos solo se escucharon en su espacio interior del mismo modo que se escucha una nota musical, yendo desde su vibración más alta a cero. Después un silencio que más que incómodo, era de muerte.

El alma se le estaba escapando en forma de granos de sal de consistencia liquida, uno a uno caían lentamente como un reloj de arena, sin amontonarse, se esparcían, se evaporaban, regresaban a otro cielo.

De alguna parte del  gris, se elevaban diminutas estampas salpicadas de colores con un número de seis dígitos grabado en cada una. Desplegaban sus alas y remontaban el viento antes de extraviarse en un borroso horizonte.

Clips de vídeo parecían rebobinarse eternamente mientras el control vertical desfilaba de abajo hacia arriba en una desordenada sucesión de trailers sin banda sonora ni una advertencia de discreción o clasificación; iban del blanco y negro al colorido de una tarde de verano en el bosque.
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No muchas horas después el cadáver fue encontrado en la vía pública, pero solo eran despojos, vestigios y escoria de aquello que en algún momento fue un corazón que se enamoró al ritmo apacible de una melodía de Josh Groban y que amó de forma tan intensa como se escucha una canción de Nightwish.

Todos estaban muriendo

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Ambulance in motion by Benjamin Ellis    

    El ulular de la sirena penetraba el viento, la velocidad del vehículo de terapia intensiva pulverizaba las frías gotas de lluvia que azotaban contra la recién encerada pintura blanca.

La escena era típica de una ciudad que poco a poco iba tomando un ritmo de vida acelerado; el tipo cayó al intentar abordar el bus en marcha y fue arrollado por un automóvil que rebasaba por la derecha. Cuando los paramédicos llegaron al lugar, la sangre derramada se diluía con el agua de lluvia que lavaba el asfalto y hacía un río de color tinto hasta perderse en la rejilla de la alcantarilla.

El tipo se encontraba muy mal, ambos paramédicos se echaron una mirada que lo decía todo: no lo logrará. Aún así procedieron a hacer su rutina de primeros auxilios, notaron que difícilmente podía respirar debido a que las costillas rotas, habían perforado los pulmones, lo movieron rápidamente a la camilla. Antes de subir, preguntaron a la muchedumbre que permanecía en corro alrededor de la escena del accidente, si había algún familiar o alguien que le conociese, pero nadie dijo nada, sólo se escuchaban murmullos apagados por la lluvia que arreciaba.

El agua de lluvia le picaba los ojos, hacía un esfuerzo por fijar su vista, pero todo le daba vueltas como en un juego mecánico del parque de diversiones, intentó mover la mano derecha e inmediatamente sintió un aguijón en su costado.

—Quédate quieto, empeorarás las cosas, no te muevas o dañarás más tus pulmones —le decía el paramédico.

Trató de entender aquellos sonidos pero por algo que no sabía, escuchaba la voz como un disco en un tornamesa antiguo al que se le ha puesto una velocidad diferente a la indicada.  Advirtió que traía una mascarilla de oxígeno y de golpe recordó.

Era el hombre que amaba a una hermosa mujer; que le procuraba amor; que le entendía en todo momento; que comprendía sus días de luz y aguardaba sereno en los días de oscuridad.

Era aquel que siempre fue paciente; que no hablaba de más; que solo decía lo que tenía que decir cuando era prudente; era el niño que jugueteaba con sus manos; que besaba sus dedos siempre que podía; era aquel que masajeaba sus pies en una tarde de sábado sentados en el sofá; era quien le hacía reír con sus disparates hasta en el momento más romántico.

Fue el que entendió su música desde el primer momento; quién le dejaba ser quien verdaderamente era, sin poses, sin modelos. Era aquel hombre que no cerraba los ojos durante la noche solo para verla dormir.

Era el hombre que disfrutaba pasar horas enteras sin hacer nada, solo conversando o tomando un café en algún estacionamiento de la ciudad; quien la tomaba de la mano y sentía que el mundo era pequeño.

Era el que en esa tarde lluviosa se había perdido en el laberinto de sus ojos claros, como un presagio, como un presentimiento de no volverlos a ver, era a final de cuentas todo lo que ella había querido, todo lo que ella había imaginado, todo aquello por lo que lo había amado.

Era aquel hombre que había llegado a ser uno y tantos a la vez.

Y todos se estaban muriendo.

—Apaga la sirena. Declarado muerto a las 19:41. No hay pulso. Dejó de respirar —dijo el paramédico las palabras como la línea de un guion.

Aquel tipo en breves instantes se convirtió en ausencia de vida, en relleno para una fosa común.

La ambulancia disminuyó la velocidad, la lluvia no dejaba de caer, era una tarde triste, demasiado triste para morir.

Foto cortesía de Benjamin Ellis, Ambulance in Motion recuperada de flickr.com  Atribución 2.0 Genérica (CC BY 2.0)

Dreams

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Era un detalle mínimo que estropeaba aquella noche perfecta, como fondo de la conversación se dejaba oír el rock sutil de Fleetwood Mac con la melodiosa voz de Stevie Nicks cantando Dreams, proveniente del estéreo del auto, las luces de la ciudad parpadeaban a lo lejos, en el final de aquella calle, el diseñador de espacios urbanos había decidido que un mirador vendría perfecto al borde de la cañada.

En la estrechez del auto compacto, compartían sendos vasos de merlot, esperando que alguno rompiera el silencio.

—¿Qué es lo que piensas acerca del amor? desde un punto de vista testigo de lo que estámos viviendo en estos momentos —Él se atragantó un poco con el planteamiento de aquella pregunta, era un momento etílico en donde no se podía pensar tan aceleradamente para dar una respuesta concreta. Sacudió algunas gotas del tinto que quedaron sobre la manga de su chamarra.

—Estoy consciente que lo que está ocurriendo entre los dos es algo fuera de lo común; en un estándar, si pudiese medirse el estado de enamoramiento, podríamos decir que en términos estadísticos que somos una pareja en un millón, quizá más, el gusto por las cosas comunes, la afinidad, el acoplamiento, el no disentir en opiniones y conceptos, no es cotidiano ni usual, pero tampoco podemos acudir a modelos arquetipicos para ejemplificar o equiparar una relación tan especial como esta.

—Tienes razón, es cuestión de liberar miedos, decidirse a renunciar a paradigmas y sentir auténticamente toda y cada una de esas experiencias sensoriales, que para serte honesta es la primera vez que he logrado experimentar plenamente con una persona.

-¡Dios! eso que me dices eleva mi autoestima a altitudes insospechadas, pero es recíproco —comentó él mientras apuraba el último sorbo de vino y se preparaba a servir un trago más.

—Demasiado rebuscado su lenguaje señor, ¿Por qué no ejemplifica lo que me acaba de decir?

Él la miro con ternura, dejó a un lado el vaso y se dispuso a besarla de una forma tal que no pudiese distinguir si era aire lo que respiraba o el aliento de aquella hermosa mujer.

Ella se separó de sus labios solo para decirle con los ojos entrecerrados:

—Te amo.

Él, incrédulo, volvió a besarla. De manera inefable le respondió con la misma frase.

Despertaron ambos en lugares diferentes, a muchos kilómetros de distancia, él tarareaba una cancioncilla que no podía reconocer y que fue lo primero que le vino a la mente, ella por su parte, despertó contenta, con una alegría y una luz diferente a otras mañanas. Ambos despertaban de un placentero sueño en donde conocían a su alma gemela, a su mitad exacta. Quizás no deberían conocerse, pero el destino omite alternativas. Se levantaron ambos de sus respectivas camas, en su mente al mismo tiempo, un sentimiento de convencimiento de que sólo había sido un sueño individual.

La singular historia de cómo y por qué me enamoré de ti.

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Esto le ocurrió al amigo de un amigo que me lo contó solo por pasar el rato en una lluviosa tarde en el otoño de 2011…

CAPITULO 1

De cómo empezó todo.

La recuerdo caminando con paso tranquilo, con un especial brillo en la mirada, serena, casi aristocrática. Buscaba verme a lo lejos, yo disimulado hice como que no la veía mientras el corazón se me escapaba. Cuando la miré de frente, todo alrededor ya no tuvo color, solo su espléndida sonrisa iluminaba todo el lugar; a las puertas de un pequeño café el destino una vez más iniciaba un nuevo hilo en nuestras vidas. Fue un abrazo nervioso, cálido, pero temeroso de dudas.

La conversación fue de aquí allá, mientras disfrutábamos de un té helado, que en nuestras manos iba ganando grados de temperatura. Quizás las señales eran inequívocas: al rozar su cara con mis dedos ella estalló en una explosión de un rojo inocente. Yo tartamudeé cuando de sus labios se desprendieron dos palabras que fueron como un terremoto por su contundencia “Me gustas” y la marejada fue inevitable.

Tratando de evadir el ataque tan directo, retomamos la conversación con los temas más triviales que puedan haber, mientras ella mordisqueaba un popote, sus ojos no susurraban, ni siquiera hablaban, gritaban con urgencia “bésame”. El mensaje llegó hasta mí y nuevamente una sacudida me recorrió el cuerpo. Aquella tarde del sábado 16 de abril, me armé de valor y cerrando los ojos busqué el camino más corto hasta sus delineados labios. Era su olor, que me embriagó y me hizo sentir vértigo mientras la química se encargaba de la reacción de nuestras bocas juntas, después de eso  la magia del amor hizo el resto.

El lugar era demasiado pequeño para nuestras emociones y tuvimos que salir a buscar dimensión y espacio en el exterior, caminamos hacia un lugar no premeditado, hubo que pedir permiso para tomarnos las manos y caminar a la par. Como dos adolescentes fuimos de aquí para allá.

Hasta ese momento ella me había parecido un personaje extraído de alguna historia fantástica, resultaba una mujer increíble, fuera de su belleza física, el interior detrás de esa pose de diva era sumamente hermoso, una mujer práctica, rebelde, sin tapujos, acostumbrada a decir lo que sentía sin disfraces ni medias tintas, entregada y muy segura de sí.

Solo en mi mente podía existir una mujer tan perfecta para mí; esperaba ese momento en que alguien que no conoces se acerca y te dice “sonríe es una broma, la cámara está allá, saluda” pero no llegó ese momento. La lluvia se empezaba a anunciar coloreando el azul con un color plomizo típico de alguna canción de Serrat. Subimos a su auto. Esa sencillez fue un acierto más para empezar a adorar a esa criatura de lindísimos ojos claros. Me sentí muy cómodo mientras ella apurada me propuso poner música en el estéreo: un tipo de música que no es lo usual que escuche la gente común. El ambiente en el auto se tornó místico. Lo lounge de la música con la presencia de aquel ser de luz me transportó a otra dimensión, a un lugar en donde nunca había estado antes y del que no quería regresar.

Se movía hábilmente entre el tráfico de ese sábado por la tarde, indudablemente supe que es una mujer valiente, paramos en un lugar donde pudimos platicar más íntimamente, ahí en ese instante, en el auto, ella percibió mis miedos, mi tristeza, mi pesar, mis lastres. Me aconsejó, me dio fuerza para enfrentar las cosas que no podía cambiar, pero sobre todo me dio algo que hacía tiempo estaba perdido para mí: la esperanza.

Me despedí de ella esa tarde-noche con la lluvia incipiente como fondo de una escena de una secuencia en donde la tormenta se avecinaba con su fuerza inminente, para dar paso a la serena calma. Me despedí pensando en que no la volvería a ver, como cuando ocurren sucesos sobrenaturales y que difícilmente se puede volver a ser testigo de ellos.

CAPITULO 2

De cómo el amor te invade.

Las siguientes semanas fueron pasajes de risa, muchos besos salpicados de vino tinto y en ocasiones de cerveza y agua salada que no viene del mar. El difícil proceso de volver a creer en el amor pasaba factura para ambos; Ella me impulsaba a liberarme de mis lastres y yo me liberé de ellos con el único fin de hacerla feliz a toda costa. No fue fácil aceptar esa incursión de los sentimientos, esa exploración precavida, como la de los animales que se miran fijamente y se mantienen alertas y al acecho.

La peculiaridad de la relación es que no estaba basada en la cuestión sexual, se mantenía al margen del placer que se experimenta al contacto de una piel. El amor era manifiesto en todo momento, la consideración de un verdadero amor era todo presente entre ambos. Esto daba pie a cimentar una relación basada en la honestidad y en la única verdad que resulta después de amarse.

La personalidad de ella siempre juegó un papel importante; su naturaleza rebelde y de ir en contra de lo establecido es lo que fomentó la variedad en la relación, eso la hace ser única y auténtica. Pocas personas en el mundo tienen estas características en su forma de ser. Yo no me considero tonto, he visto ésto y muchas otras cosas más en ella que me hacen valorarla, tanto como pareja, como ser humano y me inducen a amarla cada día más.

De pronto me despojé de los miedos que me impedían ser feliz y me entregue totalmente a ella y a sentir y experimentar como nunca lo había hecho, un amor honesto e inusual.

Ella es violenta, es suave, es tierna, no piensa en el amor eterno pero si en la entrega total como si el fin del mundo estuviese a la vuelta de la esquina. Es traviesa, alegre, divertida, irreverente, natural y espontánea. Todo junto en una sola persona. Es una mujer intensa.

Esos detalles fueron los que hicieron que me enamorara de ella, aparte de su belleza física, porque realmente es una mujer hermosa, sus características emocionales fueron las que me cautivaron  y caí como un lobo en la trampa de sus ojos. Esa atrapante manera de ser, el olor que la identifica aun cuando no estoy  cerca, la forma en que estalla su risa con mis tonterías, la manera tan sutil que tiene de amarme, porque a pesar de toda esa montaña rusa emocional, ella me ama.

CAPITULO 3

De cómo ella me ha enseñado que la vida te pone pruebas.

Dice un dicho que si las cosas que verdaderamente valen la pena fueran fáciles, cualquiera las haría. Bajo esta norma ha sido esta historia, no ha sido fácil mantener una relación tan intensa, hemos tenido altas y bajas, momentos sumamente brillantes y otros completamente grises; ha habido de todo en estos 254 días que hemos estado juntos. No me arrepiento ni un minuto de ello, cuando está en juego la felicidad haces cualquier cosa por alcanzarla.

Un día tuve un sueño donde Dios me llamaba a presentarme frente a él, yo acudía al llamado, no era una oficina ni un trono de un salón real, era solo un lugar lleno de naturaleza y escuchaba su voz diciéndome: “Tu misión es aceptarla tal cual es, cuidarla y darle todo ese amor del que ella está ávida, te va a costar mucho, pero al final tendrás la recompensa de su amor”.

¿Qué mortal no querría tener el amor de tan singular criatura? No dudé ni un momento en cumplir la misión que Dios me ha encomendado. Hay tal grado de conexión entre ella y yo, que siento cuando ella siente, que puedo adivinar lo que piensa y soy tan de ella como se puede ser. La amo.

No es tan simple ni sencillo, es complejo, enredado, laborioso y lleno de retos. Pero ella vale la pena desde el punto de vista donde se mire, aunque en muchas ocasiones me tenga que volver a diseñar las respuestas a preguntas de las que ya tenía una solución. Es impredecible. Es un alma libre, es el vuelo de una singular ave, es mi unicornio personal, es mitología, no es alguien perfecto pero si se aproxima a lo que siempre he soñado.

Bien vale cualquier prueba que pueda poner la vida, al final como me lo dijo Dios, tendré la recompensa de su amor.

Conclusión

Todo esto ocurrió a partir de que un día navegando en internet, en una página yo mirara una carita feliz.

Dios tiene métodos tan extraños.

Gracias Dios.