Relato

Un recuerdo

Posted on


Bajó la ventanilla para que el humo del cigarrillo se disipara. Fumaba mientras esperaba en el auto a Mim. Cerró los ojos y dejó salir la bocanada de humo con lentitud.
Una chica de pelo multicolor yacía sobre la cama de un deteriorado motel. La mayoría de los usuarios lo utilizaban para tener sexo sin preámbulos. Hasta el nombre del lugar hacía ironía a su función. La chica estaba muy drogada y no paraba de reír, mientras subía su vestido y dejaba ver su diminuta prenda íntima de encaje verde pastel. Morris sentía que su pene se asfixiaba dentro de su pantalón. Con mucha habilidad la despojó de su ropa y con el pulgar comenzó a estimular a la muchacha. Gemía y se retorcía como posesa.
—¡Cógeme! ¡Hazlo ya! ¡Cógeme! —pedía la mujer.
Morris bajó su cremallera y frotó su glande antes de penetrar. La chica recibió la embestida y ya no gemía, gritaba.    Por su parte, Morris se limpiaba las gotas de sudor con una mano. La excitación hacía que le punzaran los testículos. Se limitaba a pujar y a arremeter con fuerza.
—¡Voy a terminar…! —jadeaba la chica estremeciéndose.
—Espera, aún no —replicó Morris.
Buscaba con su mano derecha algo entre las mugrosas sábanas.
—¡No aguanto más! ¡Ya! ¡Ya…! —gritaba la chica con urgencia.
Un cuchillo afilado cortó su garganta de izquierda a derecha, después se escuchó un gorgoteo y palabras ahogadas en rojo. Morris eyaculaba como una bestia apretando los ojos; escuchando los sonidos guturales e inhalando la mezcla de olores de sangre y sexo.
Abrió los ojos antes de arrojar el cigarrillo por la ventanilla. Mim se acercaba al auto; Morris la veía caminar con su vestido ampón y el pelo balanceándose en cada paso estilizado por los tacones altos. Mim subió al auto.
—¡Son un asco los baños de este lugar! ¿Qué hacías? —espetó Mim acomodando el vuelo de su falda.
—Reviviendo un recuerdo —dijo Morris sonriendo y echando un vistazo a su entrepierna para confirmar que su pene se estaba asfixiando dentro de sus pantalones.
—¿A dónde iremos? —dijo Mim aspirando con vigor el humo de un pequeño cigarrillo que sacó de entre la copa de su vestido.
—A un motel. Te vas a reír cuando sepas el nombre.
Mim ya se estaba riendo.

Dos veces uno

Posted on


Participación para la convocatoria «Recuerdo» de Salto al reverso.

SALTO AL REVERSO

De repente todo le pareció tan familiar: el dolor en los hombros, el ardor en las muñecas, el olor a orín y polvo. Quiso hablar, pero la cinta americana le impedía hacerlo. Tenía cubiertos los ojos y sentía la textura de una tela burda y tiesa en sus dedos. Tampoco podía mover las piernas, estaba atada de los pies. Todo le resultaba en un recuerdo; no como un dèjá vu que ofrece el beneficio de la duda, sino como algo ya vivido, algo que había estado oculto en su memoria y regresaba en ese momento. Quiso abrir la boca de manera que la cinta se despegara, pero fue en vano; tenía varias capas que se lo impidieron. Intentaba jalar más aire, sentía una de sus fosas nasales tapada. El terror le acometió cuando escuchó una voz. Esa voz que odiaba porque tenía el control sobre ella y no por mandato…

Ver la entrada original 531 palabras más

El balón de soccer II

Posted on Actualizado enn


A Mo le inquietaba mirar en la vitrina, durante el tiempo que pasaba en la tienda, un balón idéntico al de su hermano. La inquietud se transformaba en un peso que le oprimía el pecho. Sentía que no había sido una buena idea donar el balón de Nathan. El viernes por la tarde, cuando recibió su pago, compró el balón; lo llevaría de vuelta al cuarto de Nathan. Era más un sentimiento concreto que un impulso emocional. Al llegar a casa, subió muy rápido a dejar el balón: no quería que su madre se diera cuenta; no quería seguir alimentando su dolor con tan tristes recuerdos.

    Mo iniciaba su rutina después del trabajo: sentarse frente a la computadora y consultar páginas de alertas de personas extraviadas, además de, seguir compartiendo en sus redes sociales la foto de Nathan con la esperanza aferrada a su corazón. Hacía búsquedas en Google para encontrar sitios web en donde publicar la petición de ayuda. Fue una de esas búsquedas la que la llevó a un encabezado que decía: «Niños perdidos, objetos y leyendas — Creepypastas». Mo frunció el ceño y dudó un poco antes de dar clic en el enlace. El navegador cargó la página con el artículo, sus lindos ojos se pasearon por el texto y estuvo a punto de cerrar la ventana si no es porque vio la palabra «juguetes». Comenzó a leer con detenimiento:

    «Hay cientos de leyendas que se relacionan en mayor medida con objetos de uso común y hechos sobrenaturales, para ejemplo basta un botón: la industria cinematográfica ha sacado provecho de ello atribuyéndole poderes malignos a muñecas y muñecos, inocentes juguetes que alojan en su interior despiadados espíritus y que a la menor provocación hacen daño a sus dueños solo por venganza. Existen muchas leyendas acerca de otros juguetes con estas características. Esta creepypasta, como muchas otras, ha pasado de boca en boca y se ha dispersado por el mundo haciendo temblar a muchos niños puesto que se relaciona con un balón de fútbol y su extraño origen». Mo abrió los ojos más de lo normal, los vellos de su nuca se erizaron y sintió un escalofrío incontrolable. Continuó leyendo.

    » «Cuenta la leyenda que la historia se origina en España durante la copa mundial de fútbol en 1982. Había un hombre de extraña apariencia que vivía solo en un apartamento. Los vecinos suponían que era jubilado porque no salía a trabajar ni tampoco se veía enfermo, solo lucía raro y siempre estaba solo. No hablaba con nadie ni soportaba que los niños jugaran soccer en el pequeño patio; siempre les gritaba “que se largaran de ahí”, a lo que los niños respondían con burlas. Un día, aquel hombre salió con un balón reluciente en las manos, era exactamente como el reglamentario de la Copa del Mundo. Dijo a los chicos que, si se iban a jugar a otro lugar, les regalaría el balón. Ellos aceptaron y se movieron a otro de los patios. El grupo se fue vitoreando por el obsequio y el hombre entró a su apartamento; en su cara se podía ver una línea maliciosa dibujando su sonrisa. Cerró la puerta tras de sí. A partir de ese momento, en el conjunto de apartamentos, hubo muchas desgracias. Para empezar, el día que el grupo de chiquillos obtuvo el balón, atropellaron a uno de ellos que quiso alcanzar la pelota sin advertir que estaba en medio de la calle; el chofer no pudo frenar y lo embistió matándolo. Otro chico tuvo un accidente doméstico derramándose aceite caliente en la cara. No murió, pero quedó ciego. Otro de los chicos cayó desde la ventana del apartamento en el quinto piso; uno más resbaló en las escaleras lesionándose la columna y quedando parapléjico. Todos estos acontecimientos tenían algo en común: todos habían jugado con el balón que les había regalado el extraño hombre. Nadie notó este detalle. El balón se mantenía intacto por cada desgracia que ocurría en el grupo de chicos, era como si se renovara con cada muerte. El balón se extravió por mucho tiempo y cuando volvió a aparecer, lo hizo en América. Dicen que el balón está poseído por las almas de los niños que murieron en España y que, con el paso del tiempo, devora las almas de los niños que escoge para que formen parte de su interior».

 

    Mo estaba atónita por lo que acababa de leer. Juntó las palmas de sus manos a la altura de su boca, como si estuviera diciendo una oración en silencio. Tomó la laptop y fue corriendo a donde estaba su madre. Miriam leyó una y otra vez el texto. Eran demasiadas coincidencias, era algo inaudito, pero albergaba alguna esperanza. En el cuarto de Nathan, ambas revisaban el balón: lo miraban centímetro a centímetro con el anhelo de encontrar una señal. Después de un rato, sentadas en el piso del cuarto, en silencio, no dejaban de pensar en lo que decía el texto: un balón maldito, almas, niños… Miriam miraba cada cosa que había en el cuarto de Nathan: unos guantes de Batman, algún animalito de peluche, la puertita del compartimento en la parte baja de la cama donde Nathan solía jugar, la guitarra. Tomó la guitarra y se sentó en la cama. Rasgó algunos acordes y las lágrimas se dejaron venir sin sujeción, de su corazón hasta sus ojos. Mo estaba cabizbaja, escuchando los melancólicos acordes que tocaba su madre. Reconoció la tonada y al principio en voz baja, comenzó a cantar la canción:

Little brother

I remember you first came home

Then came another

Little brother of our own

Even when you break my toys

You will always be my

Little brothers

Cause you’re younger

We’re related

And you are boys

Even when you making too much noise

You we’re always be my

Little brothers

Cause you’re younger

We’re related

And you are boys

Little brothers, little brothers, little brothers…

    Al terminar la canción se abrazaron sollozando. Madre e hija compartiendo el mismo dolor, extrañando con todas sus fuerzas a Nathan.

    —¿Mamá? ¿Mo? —Se escuchó una voz ahogada como encerrada en algún lugar—. ¿Mamá? ¿Mo? —dijo la voz por segunda ocasión. Miriam y Mo desconcertadas miraban en el cuarto tratando de localizar de dónde venía la voz.

  —¡Nathan! ¡Nathan! ¿Dónde estás? —dijo con nerviosismo Miriam. Mo miraba horrorizada el balón. Voltearon al mismo tiempo cuando unos golpecitos se escucharon en la pequeña puerta del compartimento debajo de la cama de Nathan. Miriam corrió a abrir la puerta y en cuanto la luz penetró vio la figura de Nathan sentado en el interior. Llevaba puesto un pijama y parpadeaba por la intensidad de la luz. Miriam lo sacó del lugar y lo abrazó con todas sus fuerzas. Mo no lo podía creer, su pequeño hermano estaba de vuelta. Lo habían echado tanto de menos y ahora los tres se volvían a abrazar. Un acto de amor siempre estará por encima de cualquier maldad.

***

    —Aquí está bien —dijo Miriam, deteniendo el auto. Se estacionaron en el arcén en un paraje desértico. Bajaron los tres y caminaron unos cuantos metros. Pusieron el balón en el suelo arenoso y lo rociaron con líquido inflamable, del que se usa para encender leña para los asados. Juntos contemplaron como las llamas iban consumiendo el material sintético del balón. Nunca volvería a hacer daño a nadie.

    Cuando quedó reducido a una masa negruzca y empezó a humear Nathan dijo:

    —Se acabó. ¿Qué tal si vamos por una hamburguesa con doble carne?

    Miriam y Mo se echaron a reír. Los tres subieron al auto y regresaron a la ciudad felices, con el sol a sus espaldas.

El balón de soccer I

Posted on


Nathan no paró de hablar durante todo el trayecto en auto hasta la tienda de deportes. Su madre había previsto anotarlo en el equipo local de fútbol soccer con la esperanza de pasar un verano más tranquilo sin el enorme derroche de energía de Nathan; el chico era muy inquieto y necesitaba estar haciendo algo diferente a molestar a su hermana mayor o hacer macabros planes para torturar y asesinar al amigo de su madre en el sótano de su casa: había ideado dormirlo y llevarlo al sótano para quitarle la piel y asarla para después servirla en el almuerzo a su madre y a su hermana. Era un chico de once años con una gran imaginación.

     Durante el viaje a la tienda, Nathan debatía con su madre a que liga debería incorporarse; era muy chico para la liga 14 y muy grande para la liga 10, por lo que hacía miles de conjeturas acerca de convivir con los púberes de la 14 quienes decía Nathan, tenían las hormonas a tope y, por el contrario, los de la liga 10 serían unos niñitos aburridos.

        El equipo para el entrenamiento exigía un par de espinilleras, un balón del número 4, shorts, medias, un jersey, entre otras cosas. En la tienda, Nathan corría por los pasillos, llevando y trayendo cosas para que su madre les diera el visto bueno. Al momento de escoger el balón llegó la duda: Nathan se preguntaba cuál sería el idóneo. Había decenas de modelos y marcas, colores y logotipos. Se preguntó con qué tipo de pelota iniciarían sus entrenamientos Cristiano Ronaldo o Lionel Messi. No quería equivocarse así que aminoró la velocidad y examinó detenidamente cada uno de los balones.  Repasó las exhibiciones una y otra vez, pero no vio ninguno que le gustara. En su mente le aterrorizaba la idea de no contar con un balón que le ayudase a adquirir superhabilidades como CR7.

     —Mamá, ¿podemos ir a otra tienda? No hay un balón que me atraiga.

     —Nathan, pero si hay muchos balones, hijo, ¿para qué quieres ir a otra tienda?

     —Te apuesto a que Messi no entrenó con ninguno de los que hay aquí para llegar a ser lo que ahora es: ¡Súper Messi! —dijo Nathan levantando los brazos en señal de victoria.

     Su madre solo suspiró mientras miraba hacia arriba entrecerrando los ojos en señal de que le esperaba una larga tarde.

     Casi oscurecía por lo que los exhibidores de la tienda que daban a la calle se iban iluminando. El resplandor de las lámparas de led atrapó por un momento la atención de Nathan y echó un vistazo de último instante a uno de los cristales y lo vio: el balón que le daría superhabilidades estaba colocado al lado de unos maniquíes que llevaban puestos coloridos jerséis.

    —¡Ese! ¡Ese es el que quiero! —dijo Nathan dando un salto. Su madre volteó a ver agradecida por que no tendría que manejar en el tránsito del centro ni recorrer otras tiendas.

    El vendedor de piso dudó cuando solicitaron el balón del exhibidor. Sabía de antemano que era de utilería y que no estaba inventariado. Lo consultó con su supervisor.

   —Señora, lo sentimos, pero ese balón no está a la venta, no forma parte de la mercancía etiquetada por lo que no podemos registrarla en caja —dijo el supervisor acomodando la gorra que formaba parte de su uniforme.

    —¡Por favor! ¡Debe haber alguna manera! ¡No pueden hacer algo semejante con un cliente! Mire, acabo de comprar muchos artículos y estaré comprando constantemente…, ayúdeme y yo los ayudaré.

    El vendedor y el supervisor llegaron a un acuerdo con solo cruzar una mirada. El vendedor se dirigió al exhibidor y extrajo el balón. Era un balón tan común y corriente que no entendía porque el chico se había encaprichado con él. A decir verdad, era un modelo pasado de moda y de una marca que hacía muchos años que había desaparecido del mercado. Tampoco se explicaba cómo era que se encontrara en el exhibidor exterior. Lo ordinario del balón le despertó la codicia al vendedor.

     —Señora, hay un pequeño detalle con este artículo —dijo adornando de persuasión sus palabras—. Debido a que es un objeto de colección y que difícilmente encontrará en otra tienda, (hizo un pequeño movimiento con su dedo sobre la marca impresa a manera que el supervisor lo notara), su precio le parecerá un poco elevado, pero tenga la certeza que será una excelente inversión para la práctica de este futuro campeón —concluyó mirando a Nathan con una sonrisa aprendida en algún manual de mercadotecnia y entregándole el balón. Él lo recibió como quien recibe un raro y valioso tesoro.

     El rostro de la madre de Nathan no cabía en el gesto de estupefacción después de cerrar su cartera: sentía que la habían atracado de una manera que no le quedaba más que dar las gracias amablemente.

      —Todo sea por el soccer, Nathan —dijo con esperanza.

     Nathan abrazaba el balón y tenía en su cara una sonrisa que podría conquistar a la chica que más le gustaba en la clase. Miraba su nuevo balón lo giraba en sus manos viendo como brillaba. Era un balón simple con hexágonos en blanco y negro; ese diseño había sido popular en los años 80. De aquel momento en adelante serían los mejores amigos, así como lo había dicho el entrenador: el balón debe ser para ustedes como el arma es a un soldado: inseparables. Y como en una infame profecía, así fue. Nathan no se separaba de su balón ni un instante. Lo llevaba a cualquier lugar.

     —Tendrás que dejarlo en el auto, Nathan —dijo su madre antes de estacionar.

   —Pero mamá, el entrenador dijo que debemos estar con el balón siempre —replicó Nathan

    —¡Es solo una metáfora, Nathan! Se quedará en el auto y punto.

    La hermana mayor de Nathan veía la discusión aislada por los audífonos que gritaban en sus oídos música de Rihanna manteniéndola al margen de lo que pasaba entre Nathan y su madre. Miró la hora con gesto de enfado, si no terminaba la pelea por el balón, llegarían tarde.

   —Nathan, el personal de seguridad te quitará el balón y nunca lo volverás a ver —Intervino Mo.

    —¿Por qué harían eso? —dijo Nathan con mezcla de sorpresa y pánico en sus ojos.

   —Porque es un cine y no una cancha de fútbol —puntualizó Mo. Su madre la miraba con gesto de agradecimiento.

    El balón de soccer se volvió el centro de todas las discusiones entre Nathan y su madre. Miriam tenía que levantarse por las noches a quitar el balón de la cama de Nathan; dormía con el como si fuese un muñeco de peluche. Y no solo era en la cama, también en la ducha, en la mesa a la hora de comer, todo el tiempo en el auto. Nathan se había transformado en una eterna fotografía en donde siempre aparecía el balón. Una noche, mientras retiraba el balón de la almohada, Miriam miró un mechón de cabello pegado en uno de los tantos hexágonos que formaban el forro del balón. Para ella era el colmo que Nathan rompiera las reglas de limpieza que había impuesto. Debería hablar con él acerca de la higiene y el balón.

   Nathan se destacaba como un buen prospecto para alinear en la temporada del torneo de soccer infantil local. Destacaban sus precisos pases y los tiros libres los convertía en magníficas estampas de gol. El entrenador estaba complacido con ello. Demostraría a los padres de los otros chicos que era un excelente coach. Había un solo detalle: las jugadas buenas Nathan las hacía usando su balón de entrenamiento. Con otro balón, las pinceladas de fútbol, simplemente no aparecían.

   Al regreso del entrenamiento, Miriam decidió mencionar a Nathan sobre lo poco higiénico que era dormir con un balón que rodaba por una cancha de pasto sintético y era pateado por muchos chicos y chicas. Nathan a regañadientes aceptó dejarlo en el piso de su recámara siempre y cuando no se separara mucho de él. Sin embargo, Nathan solo engañó a su madre y aparentaba dejar el balón en el tapete para después subirlo a su cama y ponerlo de manera que no se viera cuando Miriam echaba un vistazo cuando ella creía que ya se había dormido.

   Sucedió una mañana a mitad del verano. Nathan escuchaba los gritos de Miriam y de Mo llamándole. Escuchaba que subían y bajaban las escaleras una y otra vez. Escuchaba que abrían y cerraban puertas. Escuchó más gritos a la distancia como si Mo lo estuviera buscando en el parque que estaba frente a su casa. Nathan no podía hablar, miraba apenas el tapete y el pie de la cama sin poder hablar. Su visión de la habitación era distorsionada, como si estuviese usando un efecto esférico de esos que se aplican a las fotografías.

    —¡Mo! ¡Mamá! ¡Estoy aquí en mi cuarto! —gritó en varias ocasiones, pero sus vociferaciones se escuchaban ahogadas y sordas. Dejó de gritar cuando escuchó un coro de voces con tono elástico.

     —Nunca te escucharán. Ahora serás parte de nosotros. Por toda la eternidad estarás encerrado dentro de este balón de soccer —sentenciaban las voces dentro de la oscuridad en donde se percibía un olor a caucho. Nathan sintió vértigo y se fundió en una loca rotación de la que solo despertó para ver frente a sí la carita triste de Mo que guardaba algunas cosas dentro de una caja de plástico y que destinarían para donación. Miró el balón con mucha tristeza. En ese momento entró Miriam a la habitación y juntas lloraron por la desaparición de Nathan mirando el balón. En sus ojos un océano de lágrimas y en sus corazones una llama de esperanza encendida con la fe de volverlo a encontrar.

* * *

    —Para que te vayas familiarizando con la mercancía de la tienda, hoy me ayudarás con las exhibiciones de los aparadores que dan a la calle —dijo el vendedor de piso a la nueva empleada de la tienda de deportes—. Por favor ve al almacén y trae un par de balones de soccer y algunos jerséis… de los colores que más te gusten.

   Mo acató las instrucciones y de manera ágil se movió entre los aparatos de ejercicio para pasar por la pequeña puerta que conducía al almacén. Encontró los estantes en donde estaban los jerséis impecablemente doblados y protegidos con plástico. Para alcanzar los balones tuvo que subir a una pequeña escalerilla y hacer un esfuerzo para alcanzar el primero. Casi se cae por ponerse de puntillas en el último peldaño de la escalera. Después del susto se quedó inmóvil porque detrás del primer balón estaba otro en color blanco y negro, de hexágonos. Idéntico al que había tenido alguna vez Nathan. Regresó un poco cabizbaja al piso de ventas con los artículos.

    —Creí que ya no teníamos balones de esta marca. ¿Dónde lo has encontrado? —dijo el vendedor de piso con una sonrisa de anticipada satisfacción.

  —En el estante de arriba. Estaba atrás de este —dijo Mo levantando el otro balón multicolor.

   —Bien. Haremos buen negocio con este —dijo el vendedor

  Una vez que quedó lista la exhibición, Mo y el vendedor contemplaban su trabajo satisfechos. No sabían que el brillante balón en blanco y negro los miraba complacido. De nuevo estaba a la vista de todo el que pasara por enfrente del aparador. Aguardaría quieto y silencioso esperando a que un niño buscara el balón perfecto. Ahí estaba junto a un maniquí. Ahí estaba Nathan tan cerca de Mo, encerrado junto con miles de niños oliendo a caucho en la oscuridad.

Continuará.

Mi encuentro con el suelo

Posted on


Aquí viene.

     Estar en las alturas siempre invita a pronunciar la clásica frase «¡Qué hermosa vista!». Y sí, es una hermosa vista. Siempre que las cosas se ven por encima del nivel en el que están nos parecen mejores, admirables o amenazantes. Depende del punto de vista. Es gracioso. Bueno, a veces no, no lo sé, no sé en ocasiones pueda ser gracioso. Lo cierto es que, desde esta posición de supervisión, hasta el aire se respira raro y los signos vitales se alteran. Esto me pone nervioso, pero la delicada corriente de aire llega hasta mí, disminuye la ansiedad.

     Miro hacia arriba y me doy cuenta que no hay final, pero al mirar hacia abajo es inminente un encuentro, una situación finita; un límite. Nunca he sabido respetar los límites, mucho menos reconocerlos.

     Es risible que la gente ponga toda su atención en mí cuando me encuentro acá en lo más alto. Cuando estaba a su nivel no era nadie para nadie y ahora se detienen, se asombran y me miran incrédulos de que haya llegado a esta cima; ahora en cambio, me observan y hasta me gritan cosas. No me importa. Llegué hasta aquí por mí mismo, por mis propias convicciones. Estoy a punto de dar un gran paso. Tomar en cuenta las opiniones de otros significaría retroceder y traicionarme. Me he fortalecido para tomar esta decisión así que nadie ni nada me hará echarme para atrás, más bien, daré ese paso adelante.

     Estoy en un punto en que todos los sonidos pierden claridad; llegan hasta a mí apagados, ensordecidos. Quizá sea el preludio: es un momento tan íntimo que casi se torna sensual. Es algo tan delicado en el sentido de la fragilidad. Quisiera prolongar esta sensación, pero ya es tarde. Debo acudir a mi encuentro.

     Entonces lo sublime se transforma en algo sucio y brusco. Doy un paso adelante y me siento ingrávido, flotante. Antes de que la gravedad haga lo suyo, me despojo de prejuicios, me libero de las ataduras; una vez más me burlo de los límites, y me deshago de todo el bullying que me hacían mis compañeros. El viento es tan fuerte que me sopla la elegancia en el peinado.

     No es la caída, es la velocidad terminal.

     Aquí viene.

Cuando abro los ojos

Posted on


Colaboración del mes de julio en Salto al reverso.

SALTO AL REVERSO

pexels-photo-302917
El momento más desesperante de despertar es cuando abro los ojos y aún está oscuro. No solo la oscuridad es lo único que me causa incomodidad; también la parálisis de sueño. He aprendido que debo esperar un poco a que el efecto pase sin más por mi cerebro, abra los ojos de verdad y me pueda mover. Entonces, me relajaré un poco y pensaré en algo bonito. No me viene nada a la mente salvo esta pregunta: ¿así se sentirá estar muerto? Tal vez sea así; ver como abandonas tu cuerpo, mirar cómo estás postrado en la cama y flotas… No, eso de flotar es algo de la metafísica. No creo mucho en eso de los viajes astrales y el hilo de plata. Si pudiera reírme lo haría, pero estoy inmovilizada por un mal funcionamiento de mi cerebro.  Antes tenía pánico de esa enfermedad que aparentaba la muerte, catalepsia, pero…

Ver la entrada original 547 palabras más

Aetherius

Posted on


Luego del escándalo en que se vio envuelto el Vaticano y que diluyó por completo la fe de un todo un país, ya no le quedaba mucho por rescatar al país europeo.

A lo largo de toda su historia, el catolicismo se había visto inmiscuido en los más atroces casos, que iban desde la tortura hecha oficio, hasta la fabricación de milagros. Así fue que las tribulaciones alcanzaron el paroxismo cuando la tradición guadalupana se vino abajo después de un engaño que había durado casi quinientos años, hasta que algún clérigo decidió filtrar en internet un video en donde se presentaron pruebas de que el ayate de San Juan Diego en realidad, se había venido restaurando por una facción por sucesión durante casi medio milenio. La teoría no era compleja. El manto nunca tuvo vigilancia estrecha ni siquiera después del atentado de bomba que sufrió en 1921. Una voz en off en el video, relataba grosso modo la manera en que el obispo en turno nombraba en una ceremonia secreta, a los guardianes que debían preservar la integridad del ayate. Este custodio debía nombrar a su vez a un restaurador que debía aprender el arte de su antecesor. Bajo juramento, y con la fe de millones sobre sus hombros, encaraban la difícil misión de conservar viva la tradición guadalupana: uno de los más productivos negocios de la iglesia.

La iglesia católica ya había sobrevivido a las condenas de la Santa Inquisición; a la competencia del protestantismo; a las denuncias por pedofilia y otros escándalos sexuales. Sin embargo, aunque había librado todos los obstáculos tan solo con asumir una postura evasiva y apelando a la misericordia de Dios para alcanzar redención, el obispo no pudo contra la propagación del video. Los especialistas, —incansables detractores—, acechaban la Basílica de Guadalupe, cual si fueran hienas en busca de carroña. Coadyuvó en gran medida la opinión pública y los mismos fieles, inclusive que no dudaban en absoluto de la no autenticidad del milagro.

Las pruebas a las que se sometió el ayate, —esta vez sin oscuros arreglos—, concluyeron que el pigmento y el mismo manto no databan del siglo XVI, sino de unos pocos años atrás. La noticia desquició a todo el mundo católico, no solo a los mexicanos. El papa, desde su balcón en la Basílica de San Pedro, hacía esfuerzos en vano para apaciguar a las masas indignadas ante la magnitud de la tomadura de pelo. Ese año la afluencia de fieles cayó a niveles inauditos. Ya no hubo ese fervor ni devoción para visitar el Tepeyac. Fue un golpe mortal para la iglesia.

En el interior de la basílica, una monja se secaba las lágrimas que escurrían por sus mejillas. Lloraba con el sentimiento que solo la ausencia de un ser amado puede provocar. Apretaba con una mano un pañuelo bordado, en la otra, un rosario, pero en su corazón no podía controlar el desborde de la angustia.

—Padre nuestro… —decía sin poder continuar la plegaria y su voz fenecía en un sollozo. Rompía a llorar. Desde lo más profundo de su ser, emergía la tristeza eclipsando sus sentidos.

Se acercó otra monja con un hábito distinto a los acostumbrados. En sus ojos se veía la compasión. Su piel era muy blanca y bondadosa, le ofrecía sus manos.

La monja recién llegada en un acto de solidaridad se hincó y pasó un brazo por encima del hombro de su abatida compañera. Con la intención de reconfortarla le dijo:

—Hermana…, —hizo una pausa—. La fe es lo único que nos queda y no pasa. Mantengamos viva la llama que el Espíritu Santo ha puesto sobre nosotras; que arda en nuestro corazón y transforme nuestra desolación en lo que Dios quiere para sus hijos: amor.

—¡Me duele tanto, hermana! —dijo la atormentada monja—. No hay otra cosa que mi alma desee que fortalecer mi vocación ante toda esta desventura.

—Encontrarás esa fuerza, hermana, pero no aquí. Este lugar ha sido corrompido por la ambición —dijo volteando a mirar el marco vacío donde una vez estuvo el ayate—. Únete a nuestra orden y reencuéntrate con el amor de una forma distinta y auténtica.

»Él está ahí solo para nosotras. Nunca nos abandonará y se encargará de darnos todo lo necesario para que nuestro espíritu trascienda hasta volver a estar con él, compartiendo su reino y gloria eternos.

—No sé, hermana. Dios me ha de perdonar, —dijo santiguándose—. He pensado en dejar los hábitos, ¡Tengo tantas dudas! No encuentro consuelo sin la bondad de su mirada, sin su suave rostro ni sus manos juntas; toda cubierta con un manto de estrellas.

—De ninguna manera. Apacigua tu espíritu impulsivo. Las bendiciones de nuestro señor te cubrirán como un manto en una noche fría y encontrarás la resurrección prometida —dijo esto levantándose y ofreciendo la mano para ayudar a el alma caída a levantarse.

Viajaron durante tres horas para llegar al convento que se encontraba casi escondido en la espesura del bosque al pie de la montaña. Llegaron por un camino vecinal serpenteante y solitario. Fue un viaje solemne, sin platicas. El silencio se rompía cuando a alguna de las cuatro monjas que viajaban en el vehículo, de le escapaba un amén suspirado.

Las altas paredes lucían carcomidas por el paso del tiempo; del color de la tristeza. A la hora que llegaron, la montaña proyectaba su sombra en la totalidad del convento, dándole un aspecto tétrico como una pintura surrealista. Por encima de un paredón se alcanzaba a ver la cúpula de la capilla, apenas asomándose como un espía. Se abrieron las puertas de arco chirriando de viejas y apolilladas. Una monja pálida les invitó a pasar mostrando una sonrisa fantasmal. Las cuatro monjas entraron intentando acostumbrar su vista a la insondable oscuridad. Daban pasos inseguros y alguna de ellas pegó un brinco cuando las puertas de madera se cerraron con un ruidoso golpe del cerrojo.

* * *

—Y en unos momentos más, tendremos aquí en el estudio al Dr. Braun quien nos platicará sobre las últimas investigaciones acerca de todo lo que rodea a la Secta Etérea. Hay nuevos hallazgos, bastante reveladores. Todo esto después del corte —dijo con entusiasmo fingido el presentador de noticias del horario estelar. Fuera del aire volteó a ver a su productora y sin moverse de su sitio le dijo:

—¿Es en serio? ¿Por qué no lo entrevista alguien más en otro programa? Y, además, en vivo ¡Carajo! —protestaba con el tono ególatra de quien se sabe una estrella de alto rating.

—Solo haz lo que sabes hacer. Si las cosas no van bien cortamos, ¿entendido? —dijo la encargada de la producción con dejo de fastidio.

El jefe de piso hizo la señal para que todo el equipo técnico se pusiera atento. Dio las últimas indicaciones al Dr. Braun y se aseguró de que el presentador tuviera el guion para la entrevista. Todo el estudio guardó silencio, a la cuenta de cinco, el engreído periodista entraría a cuadro.

—¡Buenas noches! Soy Iván Castro, presentando las noticias en Última Edición. Hoy me acompaña el Dr. Jorge Braun, especialista en el tema de las sectas religiosas. Charlaremos con él para conocer su punto de vista acerca del escándalo que está poniendo otra vez en aprietos al Vaticano: la secta de los Etéreos.

»Dr. Braun, le doy la bienvenida a este espacio. Rápidamente descríbanos de qué va este asunto. ¿Cuál es la responsabilidad del Vaticano? ¿Cómo se ha pronunciado el papa? ¿Otra vez negarán todo? ¿Cuál es su opinión profesional?

El Dr. Braun seguía atento la dinámica voz de Iván. Sabía que sería una entrevista difícil por lo inverosímil del tema, mas no se sentiría amedrentado por la chocantería de Iván.

—Señor Castro, —inició el doctor—, mi presencia en este estudio es excluyente a la autoridad del Vaticano. Los estudios antropológicos y teológicos que he realizado son patrocinados por la iniciativa privada. No represento a ninguna religión ni a ninguna ideología política. Los informes son para dar a conocer la verdad.

—Platíquenos la naturaleza de esa verdad, doctor. —dijo Iván rozando el sarcasmo. El doctor Braun, se aclaró la garganta y comenzó la explicación:

—La Secta Etérea o los Etéreos como se les conoce en los medios, tiene su origen en paralelo con el cristianismo, es decir, el fenómeno se presenta —según los escritos apócrifos—, en la fecha aproximada en que nació Jesús, pero en diferentes latitudes y en otro significado teológico: para los cristianos, el nacimiento de Jesús viene a iniciar la profecía del mesías, del redentor, del rey de los judíos. Mientras que, para los etéreos, el advenimiento de Aetherius, no solo representa salvación, sino un nuevo concepto de la fe para sus seguidores.

—Aetherius es el anticristo —declaró Iván.

—No necesariamente. De hecho, no se puede determinar la naturaleza en extremo de esta entidad. Hasta se podría afirmar que su constitución recae en la ambivalencia, en una mezcla homogénea del bien y del mal.

—Según se sabe que la secta practicaba más cosas malas que buenas —apuntó el presentador.

—Lo que se descubrió en el Convento de las Hermanas Piadosas, fue una disyunción del sentido dogmático. Hemos dicho que no todo era bondad en Aetherius, por lo tanto, para sus creyentes no estaba fuera de la normalidad, digamos que era una realidad alterna a la que ahora está viviendo el catolicismo.

—Entonces ¿estos acontecimientos son exclusivos de los católicos? —dijo Iván simulando interés y continuó—: ¿Cómo sabemos que en otras partes del mundo no está pasando lo mismo que en el Convento de las Hermanas Piadosas? O en su defecto, ¿en alguna otra agrupación religiosa, digamos Testigos de Jehová, adventistas, evangélicos, etcétera?

—Es que no hablamos de fusión de cultos. Es una doctrina como cualquier otra, solo que como peculiaridad deben manifestar su conjunto de creencias en cuerpo y alma. En el catolicismo no es otra cosa que la primera de las tres virtudes teologales propuestas por la iglesia. En semejanza a la eucaristía, los etéreos se transustancian de manera física, omitiendo el simbolismo de la oblea y el vino consagrados.

—Pero ¿no esto lo que demerita la religiosidad que pudiera mantener el culto como uno más? —interrumpió Iván. Echaba miradas furtivas a la productora y al jefe de piso.

—Es muy subjetivo, Iván. Cada devoto de cada religión en el mundo tiene su propio concepto al respecto. Los Etéreos no son la excepción. Han practicado el culto durante milenios. Al igual que todas las religiones conocidas.

—Eso no justifica las atrocidades que se han cometido con las monjas —repuso Iván.

—Por supuesto que no. Ningún acto atroz en nombre de un dios es justificable. En muchas religiones se han cometido; ninguna está exenta. Las acciones bacanales en el Convento, fueron como entre muchas otras situaciones a la sombra de las autoridades del Vaticano —dijo Braun, sin querer justificar.

—¿Quién es Aetherius? ¿Hay imágenes como las de Jesús? —inquirió Iván.

—Si pudiéramos expresarlo en términos sencillos, Aetherius es un mal experimento de Dios.

—¡Por favor! Se está saliendo de su contexto científico doctor Braun —dijo Iván mientras buscaba sonrisas de complicidad entre los técnicos del foro ante la declaración del doctor.

—Aetherius domina en una dimensión intermedia; entre lo blanco y lo negro. La parte gris del universo. En las entrevistas que hicimos a las monjas —las que quisieron hablar—, mencionan a un ser asexuado, de una complexión física perfecta. En términos coloquiales, un ángel. Mas no pudieron describir su rostro. Para algunas es la exacerbación de un ser de luz que viene del etéreo; para otras, es un cruento demonio que proviene de un agujero de oscuridad insondable. Todas coinciden en que el encuentro directo con él es una experiencia extática indescriptible.

—Claro. Un alienígena con superpoderes —dijo con tono burlón Iván.

—Señor Iván, no tome esto a la ligera. Está tratando de echar abajo un hecho que es trascendental en la historia de la humanidad. Un suceso que cambiará muchos aspectos en nuestra vida. A nivel histórico establece un punto de referencia…

—¡No me diga! Ahora diremos antes y después de Aetherius —dijo Iván. No quería seguir con la entrevista, sin embargo, el jefe de piso le hacía la típica señal de que alargara.

—Debería sentir un poco de respeto —prosiguió Braun—. Estamos frente a un hecho sin precedentes. Los Etéreos aseguran que no hay otro mesías ni ninguna profecía que pueda demostrar que Aetherius no es el elegido.

—Solo quiero presentar la verdad. Pero veo que nuestras verdades se oponen, doctor Braun. Hasta parece que usted ha caído en la trampa y le han convencido de que esta falacia es una revolución religiosa. Me declaro un escéptico ante todo este asunto —puntualizó Iván con toda la certeza.

—El escepticismo es obsoleto. Vienen grandes cosas y grandes cambios: sociales, económicos y políticos. Ya verá usted que lo que he expuesto aquí tiene una razón. Vendrá un nuevo orden.

—Bien. Muchas gracias al doctor Braun por esta charla paranormal. Buenas noches a todos. Soy Iván Castro y esto fue Última Edición. Hasta mañana.

El doctor Braun se despidió de mano. Iván se portó desdeñoso y no dirigió una palabra más al entrevistado.

—¿Usted tiene fe, señor Castro? —interrogó el doctor Braun. Iván giró para mirarlo de frente y con mirada intimidante contestó:

—Lo voy a parafrasear doctor. La fe es obsoleta. Y eso del nuevo orden, —hizo una pausa de risa burlona— es solo una de esas estúpidas teorías de la conspiración al igual que Aetherius y esas monjas lujuriosas. Con todo respeto, doctor Braun, déjese de pendejadas.

El doctor se quedó inmóvil ante la actitud soez de Iván. No dijo nada más, solo miró cómo se alejaba hacia una oficina desatando el nudo de su fina corbata.

* * *

Las cifras que observaba en la gráfica le alimentaban el ego. Nadie en ninguna cadena de televisión podía vencer su popularidad. Apagó el ordenador. Con la corbata al cuello, cerró la oficina y se dirigió al estacionamiento. Lo esperaba su auto de modelo y marca que solo una estrella como él podría darse el lujo de tener. Balbuceó algo al encargado de la limpieza; no tenía por qué hablar con él. En todo acto de su vida mostraba una personalidad displicente, ególatra y soberbia. El staff lo toleraba solo porque los asuntos del trabajo lo requerían. La opinión en general coincidía en la antipatía de Iván.

Mientras manejaba a su residencia ubicada en una zona exclusiva de la ciudad, meditaba sobre la información generada en el convento: las monjas practicaban un extraño ritual que consistía en alcanzar la catarsis mientras caminaban en círculo en torno a un altar, despojadas de conciencia y de sus hábitos. El informe decía que alcanzaban el punto álgido cuando Aetherius se materializaba en medio de una luz blanquísima que se derramaba en un agujero de oscuridad absoluta y poseía, de manera simultánea los cuerpos de las monjas que buscaban comunión. La reacción de ellas era semejante a un orgasmo múltiple. «¡Vaya pretexto para tener sexo lésbico!» dijo para sí. No creía en ninguna de las declaraciones que intentaban justificar los episodios vividos al interior del convento. Todo parecía una historia de un charlatán investigador paranormal. No obstante, la morbosa necesidad de mantener su fama se mezcló con una descabellada idea para disparar su puntaje de popularidad más allá de lo que la historia televisiva había experimentado. Más audiencia que los Beatles en el show de Ed Sullivan. «Soy un genio», se dijo para premiar su audaz ocurrencia.

La coreografía estaba armada: un par de modelos que hacen cualquier cosa por destacar en el mundillo de la televisión; las tomas de la entrada al convento junto con los quejidos dramáticos de los gonces, iniciaban el reportaje. Iván se lamentaba no poder hacerlo en directo. Desmentiría al doctor Braun y a todos los locos fanáticos que creían en Aetherius. Estaba de moda echar abajo las religiones. Aunque el ambiente en el altar era sobrecogedor a Iván no le afectaba en lo mínimo: en los tiempos en que no era más que un reportero, había sido corresponsal de guerra.

El camarógrafo se ubicó de manera que la toma abarcara en su totalidad el retablo improvisado en el convento; al fondo las modelos interpretaban una frenética danza moviendo sus cuerpos desnudos al compás de una alienante melodía imaginaria.

—Estoy en el Convento de las Hermanas Piadosas —dijo Iván sin aparecer totalmente a cuadro para no estorbar la toma de las supuestas monjas en pleno ritual de adoración—. Hoy desvelaremos el secreto que encierran estas paredes. Llevaré hasta usted la verdad de la secta Etérea.

Las mujeres que danzaban alrededor del altar comenzaron a emitir sonidos de índole sexual. «¡Buenas chicas!» pensó Iván, ufanándose de haber hecho el casting él mismo. Todo estaba resultando a la perfección. El baile improvisado atraía sobremanera, se estaba formando una atmósfera mezclada de lujuria y misticismo.

—No sabemos si las mujeres que están haciendo el ritual hayan tomado algún tipo de droga —continuaba explicando Iván—. Ver estas escenas me recuerda las ceremonias con peyote que hacen algunas tribus del norte de México.  Continuemos observando para saber hasta dónde puede llegar esta falacia.

Los cuerpos de las danzantes brillaban por el sudor provocado por los movimientos. Los débiles gemidos pasaron a ser fuertes expresiones de placer. Ellas tocaban sus cuerpos entre sí. El operador de la cámara miraba asombrado y trataba de indicarle a Iván que tendría que cortar. Iván le hizo una seña para que siguiera grabando. En medio del éxtasis, las chicas se tiraron al suelo besándose y sintiéndose invadidas por una lasciva necesidad sexual.

Un zumbido intenso interrumpió la escena: sobre el altar apareció una luz de un blanco puro, un tono incógnito que lastimaba las pupilas de los presentes. Los gemidos se convirtieron en gritos y los cuerpos de las mujeres se arqueaban como gimnastas. El haz de luz fue absorbido por un agujero de absoluta oscuridad y en una explosión sonora apareció Aetherius.

Iván y el camarógrafo se quedaron en una pieza al observar la figura de la divinidad: enorme, majestuosa y perfecta. Miraba a las modelos que seguían retorciéndose en el suelo. Hizo un pequeño movimiento con sus manos y quedaron inmóviles, parecían maniquís de aparador. Volteo a mirar a Iván. En un movimiento poderoso, lo tomó del brazo y lo atrajo hacia sí. Una parte de él se desmaterializó para penetrar el cuerpo de Iván, sostenido como un muñeco por la mano del dios. Iván sintió la invasión de sus células, mejor dicho, sintió de qué forma fue poseído y explorado hasta el último átomo de su organismo. Después de la experiencia, no podía pensar con claridad, había sido un choque de materia tremendo. El enorme Aetherius volvió a moverse y se escucharon truenos: su mirada fue directa al lente de la cámara, el operador apenas si podía sostenerla y se estremeció aún más cuando escuchó el potente rugido de Aetherius seguido de las proféticas palabras:

—Soy su nuevo Dios. Haz llegar este mensaje a todos. —Giró y se arrojó junto con el cuerpo flácido de Iván al agujero en el suelo en dónde la luz se perdía en una oscuridad insondable.

La resistencia

Posted on


Era tan intenso el miedo que sentían, que la adrenalina los hacía temblar. Sudorosos, se escondían tras un montón de sillas y mesas apiladas al final del callejón. En esa guerra la preponderancia del enemigo alcanzaba niveles globales. Quedaban pocos lugares a donde huir,  y otros menos para esconderse.

      —Tienes que cumplir tu promesa, lo harás sin remordimientos —dijo Paola, luchando contra el castañeteo de sus dientes—. Al primer síntoma que notes, solo dispara.

     Marcos la miraba preocupado. Habían logrado escapar de un tiroteo y Paola sospechaba que había sido inoculada. El enemigo utilizaba armamento sofisticado y en cada batalla la resistencia se veía menguada: no tomaba prisioneros ni mataba, pero contaminaba a sus oponentes por medio de balas que penetraban de forma indolora. Comprobó su arma, le quedaban pocos cartuchos y tres cargadores. No aguantarían mucho con esa munición. Paola sudaba frío y no paraba de hablar. Cada vez que abría la boca, Marcos apretaba fuerte la cacha de la pistola.

      —¡No me mires así! ¡No lo sé! ¡No estoy segura! —dijo Paola, desesperada.

     Marcos exhaló aliviado. Aún no llegaba el momento.

    El equipo de científicos de la resistencia había probado mil y un antídotos para neutralizar la inoculación, sin embargo, sus esfuerzos habían sido inútiles. Una vez detectada la infección, no había vuelta atrás; se propagaba alcanzando cualquier rincón del planeta de manera inexorable. La resistencia peleaba en condiciones inferiores con el poco y rudimentario armamento que poseía.

    Marcos y Paola quedaron petrificados al escuchar a lo lejos, las pisadas del pelotón de avanzada. El enemigo estaba a dos pasos de ellos y eran implacables. Las luces de los leds iluminaron el callejón proyectando una caprichosa sombra en la pared del fondo. El soldado movió la lámpara de un lado a otro y se conformó con el silencio del sensor. Pasaron de largo. La pareja soltó la respiración contenida. Los minutos parecían segundos, el tiempo se deformaba mientras los chicos esperaban a que los soldados enemigos se alejaran lo suficiente. Marcos observó una vez más a Paola: tenía la cabeza baja y estaba más pálida que de costumbre. Ella volteó a mirar a Marcos. Encontró su mirada y dijo:

     —Mi nombre es Paola Pleve, tengo 22 años. Estoy con la resistencia desde hace tres años. Mi función es repartir propaganda para enrolar más voluntarios que ayuden a defender la identidad de nuestro país.

     Marcos escuchaba y miraba el triste camino de las lágrimas de Paola: de sus ojos a sus mejillas. Le hizo una seña para que guardara silencio. Se acomodó para abrazarla, él ya no temblaba. Se quedaron acurrucados hasta que la luz del sol los despertó. Habían descansado un poco,  después del enfrentamiento y la larga persecución. Marcos confiaba en llegar al refugio de la resistencia… «Si es que quedaba alguien», pensó. Vio a Paola estirarse y bostezar. Se dibujó una sonrisa en la carita de la chica. Se pusieron de pie para retomar su marcha.

      —Buen día, Pao. ¿Lista para seguir? —dijo entusiasmado.

      —Yes! —contestó Paola.

      Un balde de agua fría les cayó a ambos cuando escucharon la palabra «yes». Paola se tapaba la boca con una mano mientras iba de un lado a otro. Marcos la había volteado a mirar con la incredulidad colgando de su cara.

     —My name is Paola Pleve, I’m 22 years old. I’ve been in the resistance for three years —continuó diciendo—, my job is to distribute propaganda to enroll more volunteers to help defend our country’s identity.

     Miraba a todos lados tratando de encontrar el lugar de donde salían esas palabras. Su cara reflejaba la desesperación y el pánico por lo que acababa de salir de su boca.

     Marcos la miraba con tristeza.

     Paola había sido inoculada en el tiroteo. Aunque había resistido durante un tiempo, ya estaba presentando síntomas de la infección. Pronto dejaría de recordar quién era, mientras, había perdido una parte importante de su identidad: el idioma.

     Marcos, impasible, contemplaba a Paola deshecha en llanto.

     —Just do it. You promised… —dijo ella, antes de escuchar la detonación.

Por un beso

Posted on


La lluvia caía sobre el barrio marginal con la suficiente fuerza para lavar la miseria de las casuchas y de los que sobrevivían en ellas. Pequeños arroyos arrastraban consigo mugre y basura, mas la pobreza se aferraba con todas las uñas: ni tempestades ni terremotos habían podido sacudirla de esas tierras. Esta laceria involuntaria aquejaba a este creciente grupo desde muchas generaciones atrás, dejando nada más valores inmateriales: algunos arraigados, otros desvaídos por el tiempo y violados por la precariedad.

   Sonia corría de un lado a otro para centrar cubetas, botes y cacharros que recolectarían los hilillos de agua que escurrían del techo de lámina, antes de que el piso interior de la chabola se convirtiera en un lodazal. Tenía los pies descalzos y entumidos. Cuando termino su labor de prevención, de un salto subió a la improvisada cama y de inmediato se cubrió con la cobija. Aunque el raído cobertor apestara a una fétida mezcla de baba, orines de su hermano, sudor y a muchos sueños transferidos al tejido, ella se sentía segura y reconfortada.

   Mientras escuchaban el desordenado chapoteo que emitía la caída de agua, Sonia y su hermano, siempre platicaban antes de dormir:

   —Hugo, si pudieras irte de aquí ¿a dónde irías? ¿Qué harías? —dijo Sonia.

   —¡Cállate! Va a venir a pegarnos mi papá si nos oye —contestó en un murmuro Hugo.

   —¡Dime! —insistió Sonia.

—Pues… buscaría un buen trabajo… así podría llevarle flores a mi mamá los domingos.

   Guardaron silencio durante un rato, por encima de la lluvia se escuchaban los ronquidos animales de su papá que eran más soportables que los gemidos ahogados de doña Amparo que a veces se quedaba a dormir con él. Mientras estaban callados, Sonia imaginaba cómo sería tener una fiesta de quince. Un vestido de color pastel, elegantes chambelanes y un alegre vals. Su imaginación vagaba por los pasillos de una escuela con cuadernos nuevos, clases y profesores o practicando algún deporte. Tener amigas y un novio. Volteó a mirar a la mesa sostenida por ladrillos, ahí estaban las cajillas de goma de mascar que la anclaban a la realidad.

   —¿Qué darías porque tu vida cambiara? —dijo mientras con un pie sacudía a Hugo por si ya se hubiese quedado dormido.

   —¡Ya déjame dormir! ¿Qué no ves que no tenemos nada? Ya duérmete que mañana hay que ir a vender.

  Y como cada noche antes de dormir, Sonia luchaba contra los demonios que la sujetaban a su existencia:

   —No tenemos nada, eso es muy cierto. Yo daría todo eso que siento dentro de mí, lo que me pasa cuando veo a una pareja que se toma de la mano o se abrazan en las bancas de los parques. Esas cosas me hacen sentir emocionada —dijo intentando una sonrisa—. No tengo nada que dar a cambio, pero entregaría todo lo que soy… ¡Ay, no sé cómo decirlo! Daría todo por un beso.

   Hugo se quitó la cobija de la cara para ver a Sonia; no sabía nada sobre el defecto congénito de ella, solo recordaba que una vez que hubo una campaña de vacunación en aquella ciudad perdida, escuchó a una enfermera decir que Sonia tenía un defecto orofacial. Sabía que ningún chico se fijaba en ella por eso. Iba a decirle algo cuando escuchó un rugido:

   —¡Pinche coneja, si no te callas y te duermes te voy a romper tu madre!

   Sonia se tapaba la carita y dejaba los tejidos de la cobija impregnados de silenciosos sueños.

Imperfección

Posted on


Colaboración de enero en Salto al reverso.

SALTO AL REVERSO

Sé que algún día te veré: con el rostro serio y la sonrisa en los ojos.

Buscarás entre el desorden de tu bolso algo que querías decirme

y que no apuntaste porque no usas una agenda.

Intentarás explicar con palabras serenas

lo que tus nerviosas manos intentan esconder.

Dirás que estás atenta a tu continua distracción

Y que tu reloj no se rige por el tiempo.

Querrás tararear la melodía de una canción

y sin cantar, recitarás la letra de otra.

Así estaremos frente a una taza de café:

tú, de un lado a otro saltando renglones;

yo, fascinado con tu imperfección.

Ver la entrada original

Reencuentro

Posted on


«¿Cómo fue que llegamos a este punto?» Me pregunté mientras miraba como el viento agitaba tu pelo. Quizá nos extraviamos en la indiferencia, cuando dejamos de reinventar nuestro sentimiento y solo recurríamos a él como una costumbre; así como cuando el día termina y llega la noche, tan inevitable y sistemático. Nos perdimos en el azul oscuro de la noche, en ese cielo que ya no volteábamos a mirar más. Siempre dispersos en la incomodidad del silencio cuando bebíamos café por las mañanas y con disimulo mirábamos al amor pasar. Ahora que nos encontramos, ¿valdría la pena, si tuviésemos el poder de regresar al pasado para cambiar su significado, volver a estar juntos? Sostengo tu mirada queriendo encontrar un rescoldo. Las palabras se arrastran lentamente. «¿Quién eres hoy para mí?» «¿Solo un nombre bonito?» Palabras y respuestas sujetas de la mano, se rehúsan a salir de su escondite. Estar y no ser. Mirar tus labios y tu carita. De repente todo toma un sentido: descubrir en tus ojos un par de sueños y, en tu boca, la complicidad de una promesa hecha beso. Al final, las dudas se convierten en oportunidades. Cierro los ojos y me dejo guiar por el corazón hacia un nuevo comienzo.

En la carretera

Posted on Actualizado enn


Era asombrosa la escena que encontró al bajar de su coche. El cuerpo de una mujer yacía sobre la cinta asfáltica en la solitaria carretera que rodeaba la montaña. Raúl miró en derredor buscando alguna posible explicación de lo que estaba viendo. Por instinto dio un paso hacia atrás cuando advirtió que el cuerpo se movía como si estuviese desperezando. Las luces de los faros del coche iluminaron el rostro de la mujer. La vio contrariada, como si no supiera en dónde estaba.

—¿Estás herida? ¿Qué ha pasado? —preguntó Raúl mientras se acercaba con precaución. La mujer lo miraba e intentaba incorporarse.

—No te muevas, puedes estar lastimada —dijo Raúl.

—Estoy bien —dijo ella—, solo que no sé cómo he llegado aquí.

Raúl calculó que aquella mujer no rebasaba los treinta años. Su piel era pálida, no era gruesa ni delgada y llevaba puestos unos pantalones que no eran de su talla; una camiseta blanca y zapatos deportivos. La ayudó a incorporarse. La condujo para que subiera al asiento del copiloto.

—¿Quieres hacer una llamada? —preguntó Raúl—. Tengo una botella de agua por aquí, si quieres beber. Le ofreció el celular y el agua. La chica miraba desconcertada ambas cosas.

—¿Puedes llevarme? —dijo—, ¿llamar? No lo sé…

Volvió a mirar el celular dudando. Raúl le acomodó el respaldo del asiento, le colocó el cinturón de seguridad y aseguró la puerta.

—Estamos como a 40 minutos del próximo poblado. Puede ser que haya un médico que te revise. ¿Te sientes bien?

Ella asintió. Se recargó en el respaldo cuando Raúl puso en marcha el auto. Su rostro no expresaba alguna emoción. Estuvo en silencio durante algunos minutos. Raúl tampoco la presionó. Estaba consciente que quizá la chica hubiese atravesado por un evento traumático. O quizás estaba drogada. No lo podía saber, sin embargo, no le podía negar la ayuda.

—Bety —dijo ella con un hilo de voz.

—Cómo… —dijo Raúl—. ¿Qué dijiste?

—Soy Bety —repitió.

—Ah, Raúl, Raúl Vázquez —dijo extendiendo la mano—, mucho gusto, Bety.

Ella le tomó la mano. Raúl se estremeció al sentir la baja temperatura corporal. Encendió la calefacción. Pensó que la chica tendría hipotermia. «¿Cuánto tiempo llevaba allí tirada?», se preguntó. Iba a encender la radio a continuación, pero cambio de idea cuando escuchó a Bety hablar:

—En ocasiones dejamos de sentir el paso del tiempo y es porque durante algunos momentos habitamos otra dimensión, aunque estemos en el mismo lugar. Muchos nos catalogan de locos; que no pertenecemos a este mundo. En realidad, no nos entienden, no logran descifrar nuestro lenguaje. Si somos diferentes es porque fue nuestra elección serlo. El mundo es binario, ¿sabes? Es sí, es no. Blanco o negro. El mal y el bien.

Raúl trataba de llevar el hilo de lo que decía Bety. «Está drogada, seguro», pensó.

» Siempre, debes elegir un extremo. Guerra, paz, amigo, enemigo. Odio y amor. Prefiero el amor cuando hay que elegir. Me siento cómoda con esa elección. Me da libertad y me hace sentir satisfecha. No busco otra cosa, solo amar.

Raúl pensaba en las palabras de Bety. Se percató al salir de una curva que a unos cientos de metros iba una ambulancia. Bety también la vio y se enderezó con excesiva curiosidad. El avistamiento del veloz vehículo quebró el monólogo de Bety. Un aviso le hizo saber a Raúl que faltaba poco para llegar al pueblo, agradeció. Llegarían junto con la ambulancia. Pisó el acelerador para acortar distancia, aunque estaba prohibido hacerlo, seguiría a la ambulancia, así no batallaría para encontrar el hospital y dejar a Bety para que le dieran atención. En menos de un minuto Raúl le dio alcance, justo cuando la ambulancia tomaba una salida.

—Creo que ya casi llegamos, Bety. No sé qué decirte, todo ese discurso ¿a qué ha venido? —dijo—. Disculpa que no haya entendido lo que has querido decir. En verdad estoy preocupado por ti.

—No hay cuidado. Eres una buena persona. Me has ayudado y eso te pone de parte de los raros —dijo Bety con seguridad y agregó—:  Ha sido un acto de amor el tuyo.

A poca distancia se podía ver el neón en las letras de «Hospital». Raúl disminuyó la velocidad para aparcar el auto y dijo:

—No tienes que agradecer. Era mi deber no negarte la ayuda

—Gracias por traerme. Ahora voy a reunirme con alguien —dijo Bety y señaló con el mentón hacia la ambulancia. Las puertas traseras estaban abiertas de par en par y los paramédicos bajaban con cuidado la camilla. Raúl miró una primera vez y volteó a ver a Bety, de inmediato regresó su mirada a la camilla y lo que observó le puso la piel de gallina: con un equipo para venoclisis yacía en la camilla una chica idéntica a Bety. Abrió la boca para decir algo, pero no pudo. En el asiento del copiloto ya no había nadie.

La adrenalina le jugaba una mala pasada y decidió esperar a que cesara el temblor de sus manos. Sentía que los vellos de sus brazos no dejaban de estar erizados. El vértigo le hacía cerrar los ojos, quería evitarlo, creía que cuando los abriera estaría Bety ahí otra vez hablándole de los seres diferentes. Sintió pánico cuando recordó que aún le faltaban doscientos kilómetros de carretera para llegar a casa. Iba a ser un largo camino.

Gustavo

Posted on


SALTO AL REVERSO

El halo de misterio e incertidumbre que envolvía al poeta, hacía que de pronto su obra se tornase oscura. Dividida quizás en un antes y después del amor. De ese amor de metáforas, versos, rimas, ojos verdes o caprichosas golondrinas. De la eterna promesa de una perpetua poesía y la atmósfera sobrenatural de un monte donde dicen que hay una cruz que es propiedad del diablo.

El escritor acomoda sus folios mientras en la salitrosa pared del lúgubre y mísero cuartucho danzan sombras estiradas. Su alma alcanza un poco de paz después de escribir. Con mirada melancólica echa un último vistazo antes de apagar el cabo de la vela casi consumida, como su vida. Dormirá sabiendo que, contra todo, siempre habrá poesía.

Ver la entrada original

El jardín

Posted on Actualizado enn


Regresar no era echarse en reversa, menos cuando el tiempo se había encargado de hacer su trabajo, así que sabía a la perfección que las cosas no iban a ser fáciles a partir de ese momento.

    Encontrar el lugar vandalizado, fue el primer incidente con el que se topó: cristales rotos, muros pintarrajeados, basura, despojos y un jardín perdido entre todo ese olvido.

   Conseguiría herramientas para ponerse a trabajar. Pensó que lo mejor sería hacerlo de adentro hacia afuera, habitación por habitación. Aunque sabía de antemano que se llevaría un buen rato en hacerlo, no le preocupaba tanto: su ausencia había servido para tener otro punto de vista acerca del tiempo. Supo, por ejemplo, que no volvería a usar ropa de color naranja, a no contarse las canas (ya había perdido la cuenta), a deshacerse de ciertos hábitos y a no esperar nada.

  Mientras trabajó en el interior, la gente a su alrededor apenas si le notaba; se escuchaba el ruido de las herramientas, pero no se percibían los cambios. Las personas fisgonas, a veces, se detenían a ver, sobre todo cuando comenzó los trabajos en la fachada. Solo curiosidad, se detenían, miraban encontrando algo quizá familiar y se iban. Otros, en cambio, ni siquiera le tenían cuidado.

   Fue cuando empezó las labores en el jardín, que todo cambió. Los que pasaban frente, ponían más atención. Esto significó que tuvo que escuchar los consejos, recomendaciones, opiniones y juicios de muchos de ellos. Algunos le miraban, y cuando estaban a punto de decirle algo, se arrepentían y se alejaban del lugar. Unos pocos, le quisieron sorprender con trilladas terapias, muy a pesar de que él se esmerara trabajando en el remozamiento del jardín.

   Hubo que ir por capas: los escombros, la basura, hierbajos, cascajo y deshechos. Todo hacinado por el paso del tiempo. También había que remover la tierra, abonarla, hidratarla antes de plantar algo nuevo. Estaba casi satisfecho de su enorme labor, de no ser por un montículo que, si bien no se apreciaba a simple vista, estaba ahí desproporcionando el nivel del suelo. Tuvo que escarbar para quitar los excesos de tierra y demás cosas que se habían amontonado en ese lugar. Conforme iba avanzando en la tarea, se convencía de que estaba haciendo lo correcto, hasta que de tanto escarbar dio con algo que lo dejó inmóvil y desconcertado. Ahí, sentado sobre sus piernas, miraba aquello sin saber qué hacer. Se quedó tanto tiempo en estado contemplativo, que, los transeúntes se acercaron a ver cuál era la causa. Se formó un corrillo: las señoras cuchicheaban con rostros agraviados; los señores miraban con gestos ásperos y algunos movían la cabeza desaprobando lo que veían. Una niña de coletas detuvo su bicicleta para acercarse a mirar, de inmediato, montó de nuevo y huyó del lugar. Los jóvenes miraban con morbo, se tomaban selfies o grababan vídeos con sus sofisticados teléfonos móviles. Un sacerdote intentó un sermón con un argumento demasiado hipócrita al que nadie puso atención. Entonces comenzó un bombardeo de discursos en todas las formas. Juicios, prejuicios, opiniones y declaraciones.

   Llamado por el tumulto, un patrullero bajó de su vehículo, se abrió paso entre la gente hasta llegar a la excavación. Echó una mirada evaluativa, después miró al fallido jardinero, se llevó la mano a la barbilla y asentía como si estuviese sacando conclusiones.

   El hombre levantó su rostro, con la mirada buscaba arrepentimiento y le preguntó:

          —¿Ahora qué hago?

          —¿Enterrarlo y olvidarlo? —contestó el policía.

Hora 25 — VI

Posted on Actualizado enn


     El asteroide era una nave nodriza camuflada con materia de un planeta oscuro, ubicado más allá de donde telescopios e instrumentos pudiesen tener alcance para ser detectado. Durante las 24 horas posteriores a su detección en la exósfera terrestre, fue capaz de medir la velocidad de rotación para ir «sembrando» meteoritos que al impactarse en suelo terrestre, registraban la composición química del planeta para hacer de él el alimento a nivel molecular que les mantendría vivos y perpetuaría su existencia por encima de cualquier galaxia conocida. En el primer minuto, posterior al término de los últimos meteoritos impactados, comenzaría la invasión sistemática del planeta azul, una invasión crucial para ambas especies.

     El pelotón del ejército que custodiaba el fragmento caído en la procesadora de alimentos, se puso en alerta cuanto empezaron a oír un zumbido grave, algunas octavas abajo de lo que normalmente se puede escuchar, un sonido bajo que cesó con un sólido crujido, como cuando se pisa una hoja de cristal medianamente gruesa. Se colocaron en formación apuntando sus armas, dispuestos a disparar a la menor percepción de amenaza. No hubo tiempo para reaccionar, inmediato al crujido, una forma irregular semejante a una desmesurada ameba, ondulaba sobre el ambiente, de un color naranja encendido, casi fluorescente, dejó a los soldados atónitos, admirados de contemplar una forma de vida muy diferente a cualquiera de la que se haya tenido registro sobre la tierra. Los segundos posteriores a la desencapsulación, transcurrieron en profundo silencio. El estrépito de las detonaciones, hizo que se descongelara el tiempo. Los impactos de bala de diferentes calibres en aquel ser de plasma, se desintegraban en microscópicas partículas que eran absorbidas inmediatamente por el cuerpo del extraterrestre. Un osado soldado, se aproximó a la criatura y disparó a quemarropa sin causar ningún daño, en cambio, sus compañeros pudieron apreciar como ante sus ojos, el valiente soldado era disminuido a pequeños, pero muy pequeños gránulos que eran literalmente aspirados por el alienígena. Arremetieron con otra descarga de disparos, pero al igual que la primera ráfaga, no disminuían al ahora declarado enemigo. En un movimiento, como si de una secuencia de animación de Tex Avery se tratase, el extraño cuerpo, desintegró en cosa de segundos a un grupo de soldados que ante la rapidez del ataque, ni siquiera comprendieron que estaba pasando. El comandante del pelotón dio la orden de retirada ante el fracasado intento de contener a la criatura. Los soldados acostumbrados a enfrentar a cualquier enemigo, fueron presa de pánico y huyeron de forma desordenada corriendo en medio de las estrechas calles aledañas a la procesadora de alimentos.

     Los neumáticos del bólido se aferraron al asfalto, provocando una espontánea nube apestosa a caucho quemado. Leonardo había aplicado el freno al fondo, el auto coleó un poco y se detuvo al paso de un soldado que le hacía una señal para detenerse. Su cara lucía una expresión inquietante, sin aliento, le dio aviso al conturbado conductor:

     — ¡Váyanse de aquí! ¡Huyan! ¡Amenaza presente, peligro inminente!

     El analista dejó escapar su exhalación muy lentamente. El plazo se había cumplido.

     Aunque Leonardo tenía una mente analítica y se había entrenado para conservar la calma ante cualquier situación que estuviera fuera de los límites de la normalidad, sintió un bloque pesado en su garganta, asfixiante, aplastante y una enorme pesadez en el estómago. Sintió miedo. Héctor miraba hacia el otro lado de la calle, en sentido opuesto a dónde provenía la fuga de los militares. Vio a lo lejos una mancha naranja que poco a poco aumentaba de tamaño conforme avanzaba por la calle iluminada por las luminarias públicas. Ambos hombres contemplaban y especulaban a su manera sobre lo que pasaría cuando el invasor los alcanzara.

     Alrededor del mundo no ocurría nada diferente a lo que se estaba viviendo en la localidad de Leonardo y Héctor; el infortunio cayó como una pesada losa sobre la esperanza de combatir y vencer a los invasores. En la práctica otros ejércitos habían intentado con diferentes armas, con la máxima potencia de fuego, sin resultados a favor. En la tierra no había arma que pudiera detener aquel asalto interestelar. Esta vez no había héroes que descubrieran por accidente como eliminar a aquellas criaturas. A vista de pájaro, los extraterrestres estaban exterminando a la raza humana, de forma metódica, sin cesar . La ola naranja inundaba cada vez más el territorio poblado.

    Leonardo reaccionó y viró el Maverick a la derecha, pisó el acelerador a fondo intentando ganar tiempo poniendo distancia entre ellos y la criatura. Los nudillos se le pusieron blancos por la fuerza que hacía al apretar el volante. Héctor por su parte se sentía acongojado, asustado, desconcertado por lo que acababan de ver: El Ejército de la Nación huyendo. Eso significaba solo una cosa, que pronto iban a morir. El analista echó una mirada a su reloj, habían pasado poco más de 24 horas desde el inicio… desde el inicio del fin. Intentaba decirle algo a Héctor, pero no lograba ordenar sus pensamientos. En la mirada de Héctor, había algo muerto, tanto como sus ganas de hablar. Estaban huyendo pero ¿por cuánto tiempo lo harían?

     Leonardo hundió a tope el acelerador, la calle era un desierto, como pronto lo sería todo el planeta. Haciendo un acto de increíbles reflejos, dio vuelta a la izquierda para esquivar el cuerpo naranja de un invasor, solo para encontrarse a otro a pocos metros, ya sin oportunidad de maniobrar para escapar. Ocurrió en cámara lenta, el cofre del Maverickdesaparecía ante sus ojos, como un castillo de arena que se derrumba grano a grano sobre la playa por acción del agua. Leonardo se despidió de Denisse apretando los párpados y las quijadas, deseándole el menor de los sufrimientos. Héctor por su parte, tuvo un último pensamiento para sus hijos y su esposa. También pensó antes de perderse en el naranja eléctrico: esta película no la había visto.

     Era la hora 25 y la raza humana había sido extinguida.     

Fin

Hora 25 — V

Posted on Actualizado enn


     Mientras llevaba el motor del Maverick al tope de revoluciones, Leonardo pensaba en la vida de aquel hombre que iba sentado a su lado. Héctor, ese era su nombre. Trataba de encontrar algunas palabras que no le hicieran entrar en pánico o que tuviese una reacción desesperada, después de todo, en los casos de emergencia, siempre son prioridad los más allegados, los hijos, la esposa, la familia.

     —Héctor, debo decirle algo. Las próximas horas serán de mucha presión, quizás ocurra un hecho sin precedentes, quizá no ocurra nada, no lo podemos saber. Lo que sí sabemos es que debemos extremar precauciones, prepararnos para cualquier acto que atente contra nuestra seguridad, tanto personal como a nivel comunitario. —Héctor escuchaba con atención intentando adivinar hacia dónde iba este hombre con sus palabras—. Tómelo con mucha calma, es posible que estemos siendo invadidos por extraterrestres. —dijo Leonardo, mientras buscaba los ojos de Héctor, aventurándose a adivinar la respuesta.

    —Si lo que me está diciendo fuese una broma de mal gusto, le pediría que detuviese el vehículo para bajarme y le recomendaría un  psiquiatra, pero veo en usted una total y alarmante sinceridad. Le creo, no soy una persona escéptica y siempre estuve al margen de que el planeta Tierra no era el único lugar en el vasto universo, que estuviese habitado. —Ahora Leonardo lo miraba de manera atenta, tanto como le permitía el camino sostener la mirada en Héctor—. Supongo que usted sabe todo esto porque trabaja en el observatorio, ¿no es así? —El analista asintió con una leve inclinación de cabeza y un parpadeo alargado—. Por un rato los dos permanecieron sin decir palabra, con la vista fija en el tramo de asfalto que los faros del veloz automóvil iluminaban.

    Esta vez no se trataba de una espectacular e inofensiva lluvia de estrellas, tampoco era final que anunciaban las profecías; no era el caprichoso castigo proveniente de un dios voluble, ni el deseo vehemente de un gobierno por someter a sus políticas al resto del mundo. Esta vez se trataba de algo real que indicaba que los fallidos simulacros de coexistir en un planeta, se verían totalmente descartados por la intervención de seres ajenos. Como había dicho Leonardo, cada minuto elevaba  la presión y como en una olla exprés, llegaría el momento de la necesaria liberación.

    Leonardo tomó el sofisticado aparato instalado en su auto, un teléfono portátil. Por un momento vaciló. A la única persona que podría llamar era a Denisse. Marcó el número con la esperanza de que ella levantase el teléfono. Un tono, dos tonos, tres tonos. No contestó. No estaría en casa. Iba a colocar el auricular en su lugar, en cambio, se lo ofreció a Héctor.

    —Llame a su familia, Héctor —dijo alcanzándole el dispositivo.

   —Claro, muchas gracias. Vaya, este auto tiene más sorpresas que solo una estupenda carrocería —comentó Héctor— Leonardo esbozó una sonrisa. Todos en la oficina admiraba lo bien cuidado y equipado que estaba su auto, sin embargo en ese momento, la tensión demeritaba todo halago hasta convertirlo en futilidad.

   — ¡¿Lucía, amor, cómo están?! —No  esperó la respuesta, continuó con tono apresurado—. Cierren bien puertas y ventanas, dile a Daniela que te ayude, aseguren la casa como si fuésemos a salir de vacaciones. Llegaré en cualquier momento. Por favor, no salgan a la calle, manténgase informados con el televisor o la radio. —Bajó el ritmo de su voz para decir, como una sentencia—: No olviden que los amo. Al otro lado de la línea, Lucía, solo tuvo tiempo para asentir con monosílabos, conocía perfectamente a Héctor y sabía que se trataba de un asunto al que no debería restarle seriedad. Avisó a los chicos  que su padre estaba bien, dio las instrucciones y los tres iniciaron la tarea de aseguramiento. Después de eso, se sentaron a esperar.

    Los neumáticos del bólido se aferraron al asfalto, provocando una espontánea nube apestosa a caucho quemado. Leonardo había aplicado el freno al fondo, el auto coleó un poco y se detuvo al paso de un soldado que le hacía una señal para detenerse. Su cara lucía una expresión inquietante, sin aliento, le dio aviso al conturbado conductor:

   — ¡Váyanse de aquí! ¡Huyan! ¡Amenaza presente, peligro inminente!

   El analista dejó escapar su exhalación muy lentamente. El plazo se había cumplido.

Continuará…

Hora 25 — IV

Posted on Actualizado enn


     Leonardo se quedó muy pensativo, en un estado en el que no se sabe qué es lo que se siente por el cúmulo de ideas, sensaciones y pensamientos que se manifiestan sin obedecer la línea normal de tiempo. Estaba convencido que la reciente información que había recibido el observatorio, desvelaba en su totalidad y no solo eso, confirmaba sus sospechas. Poco a poco su mente buscaba la palabra exacta que sirviera de título para exponer y confirmar su teoría. Ojalá no hubiese pasado por su cabeza, pero la realidad era ya inaplazable.

     —Invasión. Es una invasión. —pronunciaba las palabras con el énfasis necesario para convencerse a sí mismo de que lo que acababa de decir era una verdad absoluta. La parte racional de su cerebro no podía aceptar tan descabellada afirmación. Nadie en el mundo entero había probado la existencia de vida en otros sistemas de la galaxia, aunque tampoco se había probado que no existieran en el inacabable e inexplorado resto del cosmos. El Dr. Herrera y un auxiliar que se encontraba en la mesa de trabajo, voltearon a mirarlo con gesto de quien no entiende un chiste malo y tiene miedo de volver a preguntar o estallar en risa.

     — ¡Vamos, Leonardo! Creo que no es tiempo para bromas, aunque bien nos vendría relajarnos un poco —dijo de modo condescendiente el director. Miraba a Leonardo y las comisuras de su boca volvían a la posición de seriedad. El auxiliar pasaba de la sonrisa tonta al temblor para mantener la compostura.

     —Están por cumplirse 24 horas desde que inició la caída de meteoritos. No es una lluvia de estrellas como las que acostumbramos a ver en las madrugadas, es una caída planeada. Con base en la densidad de población del lugar, el número de fragmentos aumenta o disminuye. Mire, los datos indican que en zonas montañosas o desérticas no ha caído ningún fragmento, en cambio en las ciudades o en donde sabemos que hay concentración de habitantes, el número de fragmentos es exponencial. En 24 horas va a pasar algo para lo que no estamos preparados. —Hizo una pausa— Si ponemos los reportes sobre coordenadas en el mapa, se dará cuenta de que no es una invención lo que estoy planteando.

     — ¿Por qué 24 horas? ¿Por qué concluye que en ese lapso ocurrirá algo? —preguntó con tartamuda curiosidad el auxiliar.

     —Simple. —respondió Leonardo y comenzó a marcar en rojo los puntos geográficos de los que se tenía reporte hasta ese momento—, el asteroide suelta fragmentos calculando el movimiento de rotación, la fuerza gravitatoria y la altura a la que se encuentra, así como la fricción que se genera al entrar a la atmósfera, eso explica la precisión del aterrizaje. Descartamos que sea coincidencia.

     Sorprendido, el Dr. Herrera aceptaba que era creíble la teoría de Leonardo, solo se escapaba un detalle: los extraterrestres no existen.

     — ¿Invasión? ¿Extraterrestres? ¿Eso estás diciendo, muchacho? No puedo aceptar tu teoría… Haré unas cuantas llamadas para saber cómo va la situación en otros lugares. El Ejército, las Fuerzas Especiales, Seguridad Nacional, alguien ya debe saber  algo acerca de este fenómeno. El Dr. se dirigió a su despacho, casi decepcionado de Leonardo.

     El auxiliar, con menos bases férreas sobre la posibilidad de habitantes de otros planetas, miraba a Leonardo calculando lo que iba a decir:

     —Si es lo que dices, me refiero a la invasión… es decir… ¿qué vamos a hacer?

     —Buena pregunta —contestó Leonardo, sabiendo que la respuesta era, defendernos.

       Más tardó en salir el Dr. Herrera de su oficina que la torturadora jaqueca que le taladraba la cabeza de sien a sien, iniciara. Las llamadas realizadas a los altos mandos, le habían puesto la cabeza hecha un laberinto. Nadie sabía a ciencia cierta cómo debían proceder ante tal episodio. Bien lo decía Leonardo, no estaban preparados.

    Las operaciones militares ya estaban en curso, los pelotones vigilaban el comportamiento de los meteoritos, algunos expertos geólogos analizaban el tipo de elemento, una composición tan oscura que daba miedo tocarla hasta con guantes. No había indicios de radiación ni tampoco de bacterias conocidas o presencia de cuerpos extraños, esto lo habían puntualizado los expertos de la agencia espacial y confirmado con los análisis preliminares de los biólogos. Destacaba la adhesión del material al suelo, parecía haberse fundido con la materia negra, el meteorito estaba totalmente «encajado» al suelo terrestre por lo que los intentos de trasladarlo a un laboratorio habían sido en vano. Las muestras obtenidas presentaban una masa y un peso específico distinto a cualquier materia, una pizca equivalía a muchos gramos de la terrestre. No mostraban indicios de calentamiento por fricción, en resumen, todos los datos recabados eran inauditos.

    Leonardo se servía el tercer cono de agua. Qué desesperantes son estos vasitos cuando uno tiene mucha sed, pensó, dejando de lado por un instante todo lo que le daba vueltas sin parar en la cabeza. Todas las interrogantes no podían ser despejadas: ¿Cómo se le ocurrió lo de la invasión? No se le había ocurrido, no era resultado de conjugar los datos y obtener la respuesta en automático; no, más bien sintió que eso era lo que estaba pasando, un presentimiento encontrado, algo dentro de él mismo le decía que eso pasaría, así, sin más. No era partidario de las historias de ciencia ficción, pero algo le decía que la vida real en ese preciso momento rebasaba cualquier imaginación inventiva. De repente se vio a sí mismo, de una manera tan honesta que le causó vértigo. Solo en el mundo, desde que sus padres fallecieran en un incendio. Se había abierto paso a pulmón como se decía, muchas cosas de la vida dejaron de sorprenderle, mas no la aborrecía. Se sentía satisfecho de lo que había logrado por propia cuenta, eso era meritorio. Buscó entre sus recuerdos, el más bonito que tenía de su exnovia Denisse: aquella tarde en que ella usaba un primaveral vestido blanco, el verde de sus ojos saltando de su cara y su perfecta sonrisa. Denisse ya no estaba. Se fue por su culpa, por darle más tiempo al trabajo y no reservar un poco para ella. Aunque su reputación como analista era incuestionable, las condiciones de su vida privada y amorosa eran deplorables. El Dr. Herrera interrumpió el autoanálisis:

     — ¡Leonardo! He hablado con el ministro de gobernación, debemos irnos de aquí. Hay nuevos datos, hace unos pocos minutos el asteroide ha dejado de tener desprendimientos, no se ha movido de lugar, sin embargo los últimos cayeron a unos kilómetros de donde se registraron los primeros. Creo que el ciclo que mencionaste de 24 horas se ha cumplido. Todas las dependencias están evacuando sus instalaciones. Debemos irnos a casa y esperar los comunicados oficiales. Daré el aviso, espero que no haya ataques de pánico y podamos marcharnos tranquilamente. Estaremos en contacto por teléfono. Avísame si deduces algo más, cualquier cosa, házmela saber. Nos retiramos, este asunto queda en manos de Seguridad Nacional.

    Leonardo no dijo nada, el silencio era elocuente. Se despidió del Dr. con un apretón de manos, el director le dio una palmada en el hombro antes de darse media vuelta y enfilar hacia su oficina. Leonardo se dirigió presuroso al estacionamiento, bajó las escalerillas de a dos peldaños y llegó hasta su automóvil, un Maverick que él mismo había restaurado en sus tiempos libres.

Continuará…

 

Hora 25 — III

Posted on Actualizado enn


     Héctor no concebía la imposibilidad de que ningún taxi circulara por aquellas calles de la ciudad, aún no entraba en desesperación, pero comenzaba a impacientarse. Miró el reloj de manecillas fluorescentes y se dio cuenta que ya llevaba un rato esperando encontrar el vehículo. Echaba de menos su automóvil, entrañablemente, aunque cada reparación le costara una pequeña fortuna, deseaba en ese momento, estar sentado frente a su sólido volante y relajarse en la frescura de su interior climatizado. Le picaban las axilas y los zapatos empezaban a castigarle a cada paso. No echaría a caminar hasta su casa, estaba aún muy lejos de ella, aunque no descartaba la posibilidad de hacerlo, tenía que estar con los suyos en estos momentos tan inusuales. Deseó también llevar consigo un radio portátil o uno de esos walkman por los que sus hijos enloquecían cada vez que los miraban en algún anuncio, podría escuchar las noticias y pormenores acerca de la sorpresiva caída de meteoritos. No había ni un alma en las calles, pareciese que toda la gente estuviese refugiada en sus casas, tal vez atentas a la pantalla del televisor o a sus receptores de radio con una refrescante bebida en la mano.

    La moneda se le escabulló de los dedos casi cuando la iba a introducir en la ranura. Asombrado escuchó el tono de llamada en la bocina. Aquello solo pasaba en situaciones de emergencia: desastres naturales o cosas así. Marcó el número de su casa y al segundo tono alguien del otro lado de la línea levantó el auricular.

     — ¿Hola? —dijo una voz desmodulada por la preocupación—. ¿Quién llama?

    —Hola amor, soy Héctor, ¿cómo están todos en casa? —Trató de dar a su voz un tono casual, de jovial tranquilidad.

    —Héctor… Amor ¿Por qué tardas tanto? ¿Estás bien? —interrogaba con ansiedad Lucía.

   —El bús, tuvo que detener su corrida, estoy tratando de conseguir un taxi, estoy cerca de… —Volteó a ver a su alrededor y distinguió a unas calles el edificio del observatorio—, del observatorio, pronto estaré en casa, no te preocupes, tarde pero llegaré —intentó infundir una disimulada calma a su esposa.

    —Ten mucho cuidado, hay policías y soldados por todas partes, los vecinos me han dicho que cayó un meteorito en la procesadora de alimentos y en otros sitios de la ciudad y del país ¡y todo es un caos!

   —Sí, amor, tendré cuidado, un beso, llego en un rato.

     Colgó la bocina con lentitud, ahora sí estaba preocupado. Tendría que pensar rápido como llegar a su casa. Se le ocurrió caminar hacia el observatorio, allí habría más afluencia de autos y de personas. Se puso en marcha al paso que le permitían sus pies. Cuando llegó a la explanada, los pies le punzaban, se acomodó en el borde de una jardinera, puso el portafolio a un lado y se quitó los zapatos para darse masaje. Mientras lo hacía, miró en derredor y la explanada estaba igual de desierta que las calles de la ciudad. No te desesperes, pronto pasará un taxi, se repetía mentalmente, como un mantra tranquilizador. Sintió odio hacia sí mismo por haber pensado en la loca fantasía con la becaria, la preocupación que demostró su esposa le causó remordimiento de conciencia. El ruido de motores le llamó la atención hacia la rampa del estacionamiento del edificio, pensó que era posible que alguno de los empleados fuese por el mismo rumbo que él. Apuró a colocarse los zapatos y tomó su inseparable portafolios. Los primeros ocho autos, ni siquiera redujeron la velocidad cuando Héctor les hizo señas para que se detuvieran. El noveno, un Maverick de colección, se detuvo unos cuantos metros adelante.

     — ¿Podría llevarme? Voy hacia el sur, ¿le queda esa dirección? —preguntó sin más rodeos Héctor.

    —Suba, voy hacia ese rumbo. ¿Qué hace por aquí? ¿No ha visto o escuchado las noticias? —interrogó el conductor.

   —No del todo. Escuché sobre el asteroide y los meteoritos, solo un poco, voy saliendo de trabajo y parece que hay un complot en mi contra: calles cerradas, no encontré un taxi, el autobús en el que viajaba tuvo que detenerse… ¡Uf! —exclamaba Héctor, arrellanándose en el asiento del copiloto.

     El conductor lo miró por unos segundos, buscaba la manera más fácil y directa de decirle lo que en realidad pasaba. No lo conocía, sin embargo el sentimiento de solidaridad ante un hecho de tales magnitudes le obligaba a ser un poco más sensible.

    — ¿Tiene familia? —rodeó un poco más, antes de soltar de lleno.

  —Sí, dos chicos, mi esposa, ya sabe…—Héctor sintió como el automóvil cobraba más velocidad, al tiempo que contestaba la pregunta del chófer, quien con la mirada fija en la avenida, se sujetaba al volante y el rostro se tornaba a un gesto solemne y las palabras se escuchaban con misma seriedad:

   —Tenemos que llegar pronto.

Continuará…