Relato

Sugiere un (segundo) tema especial para la antología

Posted on


SALTO AL REVERSO

Segundo tema especial de la Antología II

Fotografía de fondo por Nathan Fertig en Unsplash (CC0).

Cada semestre elegimos un tema para realizar convocatorias para la antología anual de Salto al reverso en las redes sociales y en el blog.

Necesitamos su sugerencias para el segundo tema especial.

Por favor, sugieran temas (no hashtags) que cumplan con estas características:

  • Que tengan una sola palabra.
  • Que puedan ser abordados mediante obras de poesía, relato y artes plásticas.
  • Que no sean temas ya abordados en la Antología I y en las revistas. (La lista completa aquí).

La fecha límite para recibir estas sugerencias es el jueves 16 de agosto. Llenen el formulario a continuación (algunos formularios o encuestas no aparecen en la app de WordPress, favor de ver esta entrada en un navegador de celular o computadora):

Posteriormente elegiremos uno de los temas mediante una encuesta pública.

Todos, tanto los lectores…

Ver la entrada original 13 palabras más

Santo remedio

Posted on


—Pásele, doña Cholita. Pero ¿qué anda haciendo por estos polvorientos caminos?

—Pues me enteré de la enfermedad del compadre y quise pasar a ver cómo sigue.

—Igual, comadrita, ni pa tras ni pa delante.

—Le traje un queso fresco y un cuartillo de maíz, ya sabe, comadre, pa que no falte el taco en estos tiempos en que el compadre no está bueno.

—Muchas gracias, Cholita. Deje y pongo esto en la mesa. Pero pase, ande, con confianza, si casi somos familia. Para acá está Gumaro, acostado. Así está todo el día, a veces se para al baño y otras…

—¡Santo Dios! ¡Está echo un costal de huesos! Con el perdón, Dolores, pero esto no es empacho por comer tlacuache; esto es más grave.

—Sí, Cholita. Miré, con su permiso le enseño. Le cambié la camisa y me di cuenta de los moretes y de estos chipotes que le salieron en la frente.

—¡Ay, virgencita! Pero ¿dónde fue a pescar semejante mal? Ni modo que por tomar agua del río; todos tomamos de allí.
—No sé, comadre. Pasó hace casi ocho días, el domingo, cuando íbamos a entrar a la misa, me dijo que sentía harta picazón en todo el cuerpo. Nos regresamos y le di una friega de alcohol, pero no se alivió. Desde ese día se ha puesto peor.

—¿Sabe qué? Póngale manteca con alcanfor en los chipotes pa que se le bajen. Lo machaca bien en el molcajete y luego se lo unta y a’i se lo deja toda la noche y santo remedio.

—Ta bueno, comadre. Y pa los moretes no sé que ponerle.

—Hay un remedio, na’ más que hay que conseguir hojitas de mariguana.

—Pero ¡yo ni fumo, comadre, me ahogo con el humo!

—No, Dolores, hojitas verdes. Las pone en un frasco con harto alcohol y las deja ahí unos tres días que le dé el sereno. Después le da una friega en todo el cuerpo a mi compadre Gumaro.

—¿Y dónde las consigo, Cholita?

—El marido de doña Juana siembra atrás de su milpa y dicen que se la fuma. ¡Vaya usté a saber! Yo se la consigo y se la traigo ya preparada, si quiere, pues.

—Ta bueno, comadre. ¡Ay, ya se despertó!

—¿Qué tanto dice, comadre?

—¡Sepa! Parece que se le ha olvidado como hablar en cristiano, farfulla y farfulla pero no le entiendo nada.

—¡Ay, Santo Niño! ¡Qué lenguota! Comadre, mejor hay que llevarlo al pueblo.

Orita se le pasa, Cholita, na’ más le leo los evangelios y se tranquiliza.

—Hay que curarlo de susto, Dolores. Ora que le traiga el remedio, me jalo a doña Jacinta pa que lo cure, ya ve que es re buena para esas cosas, alivió al chamaco de Mauricia: se le había caído la mollera.

Ta bueno, Cholita, se la trae y aquí les doy de almorzar.

—Me retiro porque ya se está levantando el sol y ta largo el camino.

—Llévese esta anforita con agua pa’l camino, está fresca.

—Ándele pues. La dejo pa que haga sus quehaceres. Córtele las uñas al compadre Gumaro, miré, tan largas que parece que no se las ha cortado en meses.

—Están re duras, Cholita, ando buscando las alicatas porque el cortaúñas na’ más no le entra.

—Ande, ande. Nos miramos luego, Dolores.

—Vaya con Dios, Cholita.

***

—A ver, viejito, que tienes, mi’jo. Te vas a poner bueno, ya verás. Le voy a pedir a Dios que te alivie. Orita te voy a rezar y luego te doy un taco de queso con salsa.

»Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre…, pérate mi’jo…, ¡Cálmate! ¡Tate sosiego! ¡Santo Dios! ¿Qué haces? ¡Ayyyy, me lastimas! ¡Gumaro! ¡Gumaro! ¡Ayyy…! ¡Aggggh…!

¡Gracias por participar en «Azul»!

Posted on


SALTO AL REVERSO

AVISO IMPORTANTE: Se reanudan las votaciones

A partir de ahora se reinician las votaciones quincenales regulares en el blog. Todas las obras publicadas a partir de esta entrada y hasta el lunes 18 de junio serán consideradas en la votación 7.


Resultados de la convocatoria «azul»

¡Hola a todos!

Gracias por participar en nuestra convocatoria interna para autores del blog con el tema «azul».

El periodo de la convocatoria ha concluido. Recibimos 32 obras, de las cuales serán publicadas 22 en nuestra Antología II, que será lanzada a principios de 2019.

Se publicará solo una obra por cada autor. Esta es la lista completa:

 

#TítuloAutorCategorías
1Azul me envuelve@theyoungQuevedopoema,  Poesía
2Imagen:Vidas azulesahuandaArtes plásticas,  fotografía
3AzulAlberto Beceiropoema,  Poesía,  Sin categoría
4Esperando al azulBenjamín Recacha GarcíaRelato
5¡Impulso azul!Blacksmith DragonheartArtes plásticas,  dibujo
6Garra azul (poética)

Ver la entrada original 424 palabras más

«Azul»: Convocatoria para autores

Posted on


SALTO AL REVERSO

Abrimos una nueva convocatoria sobre el primer tema elegido para la Antología II: «azul».

azul

1. adj. Dicho de un color: Semejante al del cielo sin nubes y el mar en un día soleado, y que ocupa el quinto lugar en el espectro luminoso. U. t. c. s. m.
2. adj. De color azul.
3. m. poét. cielo (‖ esfera aparente que rodea la Tierra).

Bases

  • Pueden participar exclusivamente los autores del blog saltoalreverso.com (lista completa aquí: Nuestros autores).
  • Para participar, los autores del blog deben publicar entradas con el tema «azul».
  • Los autores deberán colocar la etiqueta (tag) ‘azul’ en sus entradas en la sección llamada Etiquetas (se adjunta imagen descriptiva abajo).
  • Se admiten obras de poesía, relato y artes plásticas (fotografía, dibujo, ilustración, pintura).
  • Se considerarán las obras publicadas en el blog entre el 1 y el 31 de mayo.
  • Las obras deben tener una extensión…

Ver la entrada original 244 palabras más

Neorredentor II

Posted on


En mi mente, el tiempo corre en diferente dirección, porque quizá para mí no existe la certeza de un mañana. Es por eso que la misión que debo cumplir no es del todo esperanzadora; sin advenimientos ni mesías imaginarios. ¡Cuántas dudas sin resolver! Y no es una profunda reflexión, es tan solo el resultado de voltear y observar a la gente. Prestar atención. Pensar. Aunque mis conclusiones no sean del agrado de todos, menos de aquellos que mendigan por purificación sin pensarlo. Estoy aquí de pie, sudando por las emociones contenidas; intentando comprender qué es lo que define a una persona. Nací y crecí. Durante ese lapso morí en varias ocasiones y de diferentes maneras sin que a nadie le importara: todos están ocupados buscando, arrastrando sus vidas tras de sí en pos de un espejismo llamado felicidad. Esclavos de su hedonismo sin sentido. Podría burlarme, pero solo aprieto las mandíbulas, hago rechinar mis dientes para ignorar el sabor amargo de lo oscuro que trepa hasta mi boca. Me pregunto si el odio que nace de mí es una dimisión a continuar siendo humano. Sé que la indulgencia está muy lejos y que esa distancia se mide a la velocidad de la oscuridad; tal vez más lejos de lo que está Dios de los hombres, por eso no alcanza a escuchar las plegarias y por conveniencia juega a sentirse olvidado. Mi cuerpo tiembla y reacciona al combinarse en él elementos químicos naturales con la necesidad libertaria de justificar a una especie.

Tengo a uno del rebaño aquí postrado, lloriqueando porque sabe que su redención ha llegado en una sorpresiva epifanía: ensuciando con mocos y lagrimas sus finas prendas; con las rodillas doloridas, queriendo tomar su mundillo encerrado en un maletín y huir, escapar del perdón. Todo el tiempo han evadido con preguntas retóricas lo que pretenden no saber y cuando llega la hora de la verdad se mean y chillan. ¡Malditas criaturas! Persiguen la prosperidad imitando, haciendo lo mismo que otros millones hacen, pero se sienten únicos: de lunes a viernes frente a una pantalla en un cubículo, arrastrando sus dedos y sintiéndose omnipotentes porque en su escritorio pueden tener unos cuántos recuerdos enmarcados, aprisionando con un cristal esas fracciones de tiempo. Tan ingenuos, tan iguales…, tan despreciables.

El percutor de mi arma hace lo suyo. Mientras la bala viaja, en la cabeza de este estúpido se generan sentimientos salvajes, agrios y amargos. No sabe que al impacto dejará de ser uno más, aunque esté enmudecido y paralizado. Lo miro a los ojos, en ellos está la respuesta a lo que pretende no saber: la asepsia de su alma.

El olor a pólvora me trae de mi desprendimiento. Guardo mi pistola y salgo del callejón. Me mezclo con las indiferentes masas. Soy uno más de ellos, una oveja más en el rebaño, pero ellos no saben que soy su redentor.

Payasos

Posted on


Colaboración del mes en Salto al reverso.

SALTO AL REVERSO

—Mi madre tenía una colección de payasos de porcelana. Los tenía en unas repisas de cristal en la sala de estar. Nunca pude permanecer en la sala si no había luz en la habitación: por alguna razón infantil, creía que los payasos cobraban vida y se movían en la oscuridad. Se lo comenté a mi madre, me prohibió las historietas y supervisaba lo que veía en la televisión.

» Fue en una tarde lluviosa, mientras jugaba en la sala de estar con bloques de Lego, cuando hubo una falla en la energía eléctrica y toda la colonia quedó a oscuras. Corrí a la ventana a correr las persianas para que entrara lo último de la luz del día. Mientras me apuraba a la tarea de iluminar un poco la sala de estar, escuché un tintineo y quedé paralizado; no quería darme vuelta, pero mis ojos contemplaban como la oscuridad avanzaba…

Ver la entrada original 457 palabras más

«A tu regreso», por Carlos Quijano (video)

Posted on


SALTO AL REVERSO

Presentamos un video para reconocer a nuestro autor destacado, Carlos Quijano (carlosquijano.com).

Más información aquí: Autor destacado: Carlos Quijano

Los invitamos a seguirlo en las redes:

Twitter: twitter.com/qccj
Facebook: facebook.com/blogpalabrascomunes

La obra es «A tu regreso», un poema publicado originalmente en Salto al reverso.

De nuevo felicitamos a Carlos y agradecemos su labor y sus obras para nuestro blog. Consulta la lista completa de autores destacados, aquí: Autores destacados.

Textos por Carlos Quijano
Imagen de fondo: «Tan simple», por Roberto Cabral
Diseño por Crissanta y Fiesky Rivas
Edición por Crissanta

Música: «Sonata No. 1 in D minor, Op. 75», por Viviane Hagner, violín; Avner Arad, piano (CC BY).

Ver la entrada original

Esa soledad

Posted on Actualizado enn


El trabajo nocturno era una buena pantalla para su particular modus vivendi. Tenía la coartada perfecta, si es que en alguna ocasión le llegasen a cuestionar: «De noche trabajo, de día, duermo». Sobre todo, después del sinsabor que ocasionó la vecina entrometida del edificio de apartamentos; la había denunciado a la policía argumentando que ejercía la prostitución en un lugar que debía ser considerado decente y familiar. «Maldita mujer», por su inoportuna intervención debió dejar el cómodo y reservado departamento. Tuvo que huir. Una tarde, después de estar sentada a la orilla del lago artificial, alimentando a los patos, a su regreso al refugio, se percató de la presencia policial. Precavida como toda cazadora, no abusó de su suerte y al ver las patrullas estacionadas frente al edificio, discreta se acercó y preguntó a uno de los policías que montaba guardia en la entrada.

—Señor oficial, ¿qué ha ocurrido? —dijo con ingenuidad. El agente, con actitud prototípica, la miró de arriba abajo, cambiando su porte mal encarado, por una caricaturesca gesticulación de hombre guapo y rudo.

—Circule, señorita, estamos atendiendo una denuncia anónima de trata de personas y prostitución —contestó el policía observando sin recato el cuerpo curvilíneo de Vera.

—¡Dios santo! Pero ¿quién puede ser capaz de tal atrocidad? ¿Sabe usted quién es? —preguntó Vera con naturalidad convincente.

—Es en el cuarto piso, pero ya tenemos la situación bajo control —respondió el agente con aires de suficiencia.

Ella le mostró la más encantadora sonrisa que exhibía su perfecta dentadura. Se dio vuelta y se dirigió hacia la estación del tren subterráneo. El guardián del orden miró hasta donde pudo el contoneo hipnótico de las caderas de Vera y retomó su consigna de resguardar el acceso.

Vera se sostenía del tubular en el vagón vacío. Miraba su reflejo en el cristal de la puerta corrediza. Coloridos cometas atravesaban la oscuridad del túnel. Se alejaban y servían para otros como luces de posición. Sombras y luces. Tan monótono como su trabajo en la planta: mirar la banda infinita de la cadena de producción, atenta y abstraída. Estaba prohibido hablar mientras realizaban su trabajo de control de calidad a guantes quirúrgicos. Las áreas esterilizadas les impedían moverse constantemente, solo para lo necesario, lo muy necesario. Dado que era un trabajo nocturno, era bien remunerado, así, detrás del aséptico disfraz se mantenía en un perfil bajo.

Se leía en un amarillento letrero pegado a un lado de un mohoso reloj: «No nos hacemos responsables por objetos de valor no depositados en la recepción».  El tipo del mostrador por fin le entregó la llave de la habitación, después de que se había rehusado a aceptar el pago con tarjeta de crédito. Vera tuvo que caminar unas calles más para encontrar un cajero automático y disponer de efectivo para pagar el alquiler de la habitación. Fue lo primero que encontró en su deambular. Necesitaba pensar, planear su estrategia, moverse a otra ciudad, desaparecer de nuevo. Desde que tenía uso de razón, su vida era a salto de mata, tan nómada, tan carente de raíces, tan solitaria.

—No olvide devolver el control remoto —dijo el encargado de turno.

Vera giró de súbito para encarar con mirada dura al encargado que le miraba con descarada desfachatez el trasero. El tipo intentó disimular, pero los ojos casi animales de la mujer, lograron intimidarlo.

Tumbada en la cama de la habitación, efectuaba ejercicios de respiración para relajar su cuerpo y clarificar su mente. Tenía mucho en qué pensar. Su primera duda era la policía. En ese país era muy rara la manera en que se aplicaban las leyes. Se arriesgaría a ir a la planta a trabajar. Lo que más le preocupaba era el día en que esa hambre se hiciera manifiesta; el día en que tuviera que cumplir el obligado ritual. Faltaban un par de semanas, pero debía actuar rápido. Desechó por completo la idea de mudarse a otra ciudad. No por el momento. Revolvía una y otra vez sus pensamientos, como se hace cuando el azúcar no acaba de disolverse en el té. Era cierto que ella no había pedido ser lo que era, de eso estaba convencida. Sabía que tampoco podría resistir más esa ausencia involuntaria de compañía. «¿Podría vivir en pareja con un ser humano? Imposible», pensó. Solo copulaba antes de saciar su apetito; en otras circunstancias no sentía ninguna necesidad sexual ni siquiera de procrear. Su condición de máximo depredador la condenaba de modo inexorable a esa soledad.

Dormitó por ratos. No confiaba en el administrador del hotel. Cuando atardeció salió al aire frío de la avenida. El anuncio oportuno y un café para llevar acompañaron sus pasos hasta el lago artificial. Un nuevo lugar para vivir era el objetivo. Encontró un anuncio que ofrecía una casa sola. Iría en la mañana después del trabajo.

***

Raúl le miraba siempre sin decir una palabra, sus ojos expectantes esperaban a que ella le dijera algo. Vera pasaba teledirigida frente a él. Todo el personal del turno nocturno de la planta la catalogaba de rara y demasiado callada, cosa que, en vez de molestarle, le complacía. A la hora de la cena, Raúl intentó acercarse un poco más a Vera. Desde un extremo de la mesa del comedor de empleados la seguía con la mirada esperando a que pasara cerca y ofrecerle un lugar para sentarse junto a él. Vera accedió más por curiosidad que por algún tipo de atracción: el chico no era de su gusto. Era más bajo que ella, de complexión delgada, introvertido y callado. No se molestó en intentar algún tema de conversación, él bebía café sin ni siquiera haberle dado un mordisco a su emparedado. Vera por su parte, había dado cuenta de toda su cena y con toda la intención volteó a mirar la comida de su compañero.

—Adelante, puedes comerlo —dijo Raúl, al tiempo que empujaba el emparedado hacia Vera.

—Muchas gracias —contestó ella indiferente. Lo engulló rápido y sin más se levantó para volver a su puesto en la línea de producción.

***

La casa era una de esas construidas en las afueras de la ciudad: vieja, de paredes sólidas y altas, aislada en el centro del terreno, con mobiliario que aparentaba ser del siglo XIX. El casero era un hombre jubilado de andar irregular, malhumorado, seco y parco de palabras. La única emoción que mostró fue cuando Vera iba poniendo sobre su mano, uno a uno los billetes que cubrían la renta de los siguientes seis meses. Extendió el recibo hecho a mano con caligrafía temblorosa y prometió entregarle una copia del contrato de arrendamiento.

Vera pasó el primer día intentando acostumbrarse a los ruidos de la casa. No fue a la cama sin antes revisar puertas y ventanas. Había demasiadas entradas y salidas, pensó. La cama tenía olor a viejo, en toda la casa se respiraba antigüedad.

A unos cuantos días de haberse instalado en su nueva residencia, unos fuertes golpes en la puerta principal interrumpieron su día de descanso. De un salto se puso de pie y casi corrió a la entrada sin darse cuenta que solo traía una playera de algodón y calcetines. Miró entre la persiana y alcanzó a ver el azul de una prenda. Abrió con duda, no esperaba ninguna visita. El hombre era muy alto, corpulento, de facciones angulosas, llevaba el cabello muy corto, erizado, camisola y botas de trabajo. Portaba una caja naranja con herramientas. Vera recordó una escena similar de una película softporn de un canal de cable. El tipo se presentó como trabajador de la empresa contratista que hacía labores para el casero. Informó que haría varias reparaciones a la vivienda, que evitaría dar molestias y que llegaría muy temprano por la mañana y se marcharía antes de oscurecer.

Durante todo el tiempo que duraron los trabajos de reparación, Vera no podía dejar de mirar con genuino interés al trabajador; le espiaba cautelosa. Adivinaba los enormes músculos debajo de la camisola de mezclilla y estaba cautivada por el tono grave de su voz. Se sentía inquieta cuando el trabajador la miraba a los ojos, pero más que inquietud, era una sensación extraña que le obligaba a ponerse alerta y al mismo tiempo de buen humor. Notó que inventaba pretextos para entablar conversación con el hombre.

—¿Está todo bien? ¿Se le ofrece algo? Tengo que salir un momento —dijo Vera con tono más que solícito.

—Muchas gracias —contestó el hombre— estoy bien, señorita.

Vera no pudo más que soltar una auténtica carcajada después de escuchar al reparador.

—¿Qué? ¿Dije algo mal? —dijo soltando la herramienta mecánica que estaba utilizando y mirando a Vera genuinamente consternado.

—Vera, —dijo mostrando su envidiable sonrisa— mi nombre es Vera. Disculpa, me causó mucha gracia lo de «señorita»; ya casi nadie utiliza esa palabra.

—Ah…, ante todo la cortesía y el respeto. Mucho gusto, Vera. Mi nombre es Axel —dijo mientras se despojaba del guante de trabajo y estiraba la mano para estrechar la de Vera—. Es parte del trabajo, ¿sabes? Debemos ser amables con los clientes.

—Lo siento, soy una desconsiderada. Lo lamento de verdad. Tengo que irme.

—Que te vaya muy bien… —dijo Axel y agregó—: Me iré en unos cuántos minutos, ¿por qué no me esperas? Te puedo llevar en la camioneta.

—¿De verdad? —preguntó Vera por mero formulismo. Le encantaba la idea de que la llevara. Podría platicar más con él.

—Déjame recoger la herramienta y nos pondremos en camino —dijo Axel apresurándose con la caja naranja—. Quizá podemos ir a comer algo, ¿quieres?

A Vera le brillaron los ojos. No solo por la invitación a comer, sino porque era una excelente oportunidad de romper el hielo. Empezaba a experimentar sensaciones extrañas; a advertir reacciones físicas que no había sentido antes. Axel le gustaba, sin embargo, la atracción iba más allá de la mera satisfacción de su primitiva necesidad. Era algo más que todavía no podía entender.

Durante la cena, Vera estuvo atenta a todos los movimientos de Axel. Resultó ser un hombre encantador y muy divertido. Al recapitular sobre eso, Vera se preguntaba por qué le eran más notorias estas cualidades. Estaba más acostumbrada a fijarse en el aspecto físico y a evaluar a conveniencia si el prospecto era idóneo para sus fines alimenticios. Aunque Axel le satisfacía en ambos aspectos, había una chispa que le acaparaba la atención y le hacía vacilar.

* * *

—¿Quieres mi cena? —dijo Raúl, interrumpiendo los pensamientos de Vera. Ella lo miró sin poner atención a la pregunta. Raúl dirigió su mirada al recipiente con comida que estaba en la mesa. Lo acercó un poco a Vera.

—¿Cómo sabes cuando estás enamorado, Raúl? —dijo Vera ignorando la invitación.

Raúl la miró a los ojos con la intención de enterarse si se trataba de una broma o era una duda auténtica. La fuerte mirada de Vera le dio la respuesta.

—Pues…, bueno, es parecido a vivir en un mundo a todo color. Todo te parece distinto y las cosas que hasta antes veías mal, las notas diferentes, mejoradas. No sé…, alguna vez me pasó, hace mucho.

—¿Sientes algo dentro de ti? —Verá se llevó la mano al pecho—. ¿Algo que te vibra dentro?

—Sí… puede ser —contestó Raúl— ¿Estás enamorada, Vera?

—Aún no lo sé —puntualizó

* * *

Sentía el peso de Axel sobre su cuerpo. Él transpiraba y Vera se dejaba seducir por el olor corporal. Por primera vez se dejó dominar por el macho; el solo hecho de sentirse subyugada elevaba su excitación a tal grado que nunca antes había percibido. Axel embestía con rudeza y a la vez la besaba con ternura. Vera acariciaba los músculos hinchados por el flujo de sangre; lamía, mordía, besaba y cada vez que miraba los ojos de aquel hombre, encontraba una chispa de luz que le hacía perder la estabilidad y le obligaba a pedir más, hasta explotar. Luego, ambos jadeantes, respirando ya no del aire, sino de sus alientos, alcanzaban juntos el punto más intenso del orgasmo. Vera, embelesada y fascinada por el desempeño físico de Axel, trataba en vano de prolongar el placer más allá de sus cavilaciones; la claridad le llegó del mismo modo que a un músico drogado cuando reacciona ante un poderoso compás que lo devuelve de su viaje: podría ser amor; una relación tan cotidiana igual a la de la Luna con la Tierra o tan distante como Caronte y Plutón. Estaba a pocos días de su ritual cíclico y por alguna razón que desconocía, no quería que Axel fuese la víctima.

* * *

Se encontraba en el comedor de la fábrica mordisqueando una papa frita. Más ausente que de costumbre. Encerrada en el dilema de lo que debería hacer con Axel. Había entendido hacía mucho tiempo el concepto que la sexualidad representaba para los humanos; lo había comprendido al grado de hacerlo su arma principal para la efectividad de su cacería. Conocía que era uno de los puntos más débiles que podía tener un hombre. Sin embargo, con lo que estaba experimentando, sencillamente no tenía respuesta.

—Hola, Vera —dijo Raúl al momento de acomodarse a la mesa—. ¿Ya has terminado de cenar?

—Hola. Casi, estoy por acabar —contestó Vera regresando al aquí y al ahora.

—Ten —dijo Raúl acercándole un emparedado. Vera lo aceptó. Se encontraba en el punto más álgido de esa hambre. Al día siguiente debería cumplir con el ritual.

—Gracias, Raúl —dijo—, siempre tan amable. ¿Por qué eres tan atento?

—La gente no es muy amable contigo, lo he visto —dijo comenzando a emocionarse—. Dicen muchas cosas de ti, sobre todo, que eres rara.

—Rara… Sí, creo que lo soy. No están muy equivocados.

—Eres linda —dijo con marcada timidez—. Yo solo… Me caes muy bien y me gusta verte cuando comes. Es increíble tu apetito.

—No sabes cuánto —dijo Vera. Sonreía usando todo su encanto—. Raúl, si te invito a mi casa mañana, ¿irías?

—¿Yo? —dudó por un momento sobre lo que estaba escuchando. No podía sostener la sonrisa esperando que todo fuese una broma—. Vera, ¿lo dices en serio?

—Sí. Me encantaría comer contigo —dijo Vera, sonriendo aún más por la involuntaria ironía en sus palabras.

***

Sabía de antemano que su compañero de trabajo no era del tipo que acostumbraba a seleccionar para su ritual. Mas está vez, debido al precipitado paso de los días, haría una excepción. Lo miraba con tal avidez que Raúl se movía inquieto en su asiento. Estaban sentados en una rústica mesita. Había una vela aromática en el centro, dos cubiertos y una botella de vino ya descorchada. Raúl se sentía el hombre más afortunado del mundo y en su inocencia, agradecía su estrategia de convidar a Vera de sus alimentos en el comedor de la fábrica. Al percatarse de la timidez de Raúl, Vera dejó de guardar las apariencias y saltándose todo modal sobre la mesa, subió en ella para alcanzar a su presa. Pudo olfatear la loción corriente con la que literalmente se había bañado Raúl. Se acercó provocativa, rozando con sus labios la mejilla de Raúl; él a su vez no sabía qué hacer, sus manos torpes no se decidían entre tocarle los senos, abrazarla o hacer algo para corresponder a la hembra en celo. Ella empezó a besarlo de la manera más lasciva y excitante, su cuerpo se estremecía. Raúl sentía que el aire le faltaba, pero no quería dejar de sentir. Cayeron al suelo. Vera se despojaba de su blusa y él hacía lo mismo con sus ropas. Seguía pensando sobre el golpe de suerte que había tenido con semejante mujer. Vera con celeridad, ayudó a Raúl para que la penetrara. Ella se movía con sensual cadencia en un principio, sabía que, en unos minutos, Raúl enloquecería de placer. Siguió con el vaivén y a usar sus desarrollados músculos pélvicos, algo que de inmediato advirtió Raúl y lo externó con un prolongado gemido. Duró mucho menos de lo que Vera había calculado. En cosa de unos minutos, Raúl estaba inconsciente.

Raúl solo regresó de su inconciencia una sola vez y se volvió a desmayar cuando miró a Vera con la mandíbula desencajada, dispuesta a tomar el primer bocado. Con mucha rapidez, Vera lo devoró hasta el último hueso. En un santiamén no quedó nada del ingenuo compañero de trabajo. Ansiaba ver a Axel, pero después del ritual, tenía que esperar un par de días a que le aminorara la risa sin razón.

* * *

En los días de ausencia, Vera intentó poner en orden sus pensamientos y trató de empatarlos con sus emociones. Llevaba mucho tiempo en este mundo y nunca le había ocurrido algo semejante. Lo de menos habría sido acudir con alguien que le pudiera solucionar sus dudas, mas no tenía a nadie. Era una solitaria. Se había abierto paso confiando en sus instintos, siempre aprendiendo por ella misma. Ahora esa soledad que tanto le había servido en el pasado, le jugaba una broma pesada al no poder contestarse las interrogantes que se le planteaban en esos momentos. Se durmió sin tener una visión clara de su futuro.

Axel no hizo preguntas por el inusitado distanciamiento. Tenía claro que debía darle espacio a Vera. Las cosas habían sido inusualmente rápidas; no era mala idea desacelerar un poco. Lo que no podía pasar por alto era que no tuviera un número telefónico ni un móvil. Así que tan pronto terminara sus labores, pasaría a su casa a buscarla. Deseaba estar con ella. Había sido hasta ese momento una experiencia sexual sin igual. «Sexo, no sentimientos». Eso estaba mejor. La encontró con su acostumbrada playera roída; el estampado había desaparecido y los calcetines de colores le daban un toque divertido. Se besaron sin decir más: sintiéndose, saboreándose, complaciéndose.

—Axel, ¿estás enamorado? —dijo Vera rompiendo el momento.

—Sí, —dijo Axel desviando la mirada—. Eres lo mejor que me ha pasado, Vera.

La levantó en vilo, su corpulencia y fuerza le permitían hacer eso, aunque Vera no era delgada en exceso, sí tenía un peso que no aparentaba su constitución física. La llevó a la cama y una vez más el instinto animal se rebeló en sus cuerpos.

—Te extrañé —dijo Axel acariciando con las yemas de los dedos la suave piel del hombro de Vera—. Fueron unos días largos. Necesitaba estar contigo.

—Yo también, pero ya sabes, cosas de chicas —dijo Vera mintiendo y reviviendo en su cabeza el estúpido pasaje con Raúl.

Él jugaba con el cabello de Vera, la miraba contemplando sus deliciosas líneas. Despertaba una vez más el deseo y comenzó el juego. Esta vez se sorprendió cuando ella se movió de tal modo que se zafó fácilmente de su abrazo y se colocó sobre él. Vera lo miraba a los ojos y buscaba la chispa que había visto antes, pero no la encontró. Le acometió un sentimiento de duda, sin embargo, no paró de copular.

Los días pasaban de manera extraña para Vera. En el trabajo hubo paro laboral, los trabajadores reclamaban mejores condiciones y un aumento en el salario. Axel aparecía y desaparecía por varios días. Pero lo que más la puso en alerta fue el interrogatorio de la policía al que fue sometida. Le inquietaba sobremanera que el agente asignado le tomara sus datos, más que la manera libidinosa en que la había mirado todo el tiempo que duró la entrevista. Confiaba en que la desaparición de Raúl fuese una más en la abultada estadística de crímenes sin solución de aquella ciudad. Ya se había librado en muchas otras ocasiones, pero esta vez, su inestabilidad emocional la hacía sentir vulnerable. Abstraída con tales vicisitudes, descuidó el calendario y los días se habían escurrido con la velocidad de un líquido.

«¿Y si no cumplía el ritual y solo se dejaba matar por esa hambre? ¿Cuánto tiempo aguantaría? ¿Si le contase la verdad a Axel, lo entendería? ¿Por qué le dolía en algún lugar pensar en todo esto?» Estaba a oscuras, sentada en la salita, fustigándose con tantas dudas. Sabía que quizás era la última de su especie, no había conocido a nadie semejante ella y sus antepasados habían sido descuidados e insolentes por eso habían sucumbido. Pero ella había sido inteligente, había pasado la prueba del tiempo y ahora se sentía perdida, extraviada en sus propios sentimientos. No había visto a Axel en varios días. Qué fácil era acostumbrarse a él, mas era una señal de debilidad, por eso la especie humana era como era, por sus debilidades. Sentía pánico al pensar que estaba enamorada de aquel hombre. Una parte suya, quizás la más depredadora rechazaba la idea, pero otra parte de su ser, hasta ahora desconocida, se aferraba con mucha fuerza al hombre, al sentimiento, al amor.

Escuchó la puerta, era Axel. Lo miró entrar con su estúpida sonrisa en la cara. Tuvo ganas de atacarlo, de morderlo y matarlo, pero se contuvo. No le costó trabajo sonreírle y ofrecerle sus brazos. La parte desconocida la dominaba con gran facilidad. Axel, seguro de sí, la abrazó y con las manos recorrió las caderas de Vera. La cercanía avivó las ganas de los dos y se entregaron a satisfacerlas.

—¿Me amas? —susurró Vera, sin obtener respuesta, preguntó otra vez—: ¿Me amas?

Axel guardaba silencio, solo se escuchaba su respiración pesada mientras su cara se escondía entre los senos de Vera. Ella se retiró un poco para mirar los ojos de Axel. No encontró la chispa; no encontró nada.

—Vamos, Vera, no es momento para hablar de eso —dijo Axel fastidiado—. Tengamos sexo, eso es lo que importa.

—Sexo. ¿Eso es lo que quieres? —preguntó Vera, aunque ya sabía la respuesta—. Está bien, tengamos sexo.

Al terminar de pronunciar esas palabras, ella juró escuchar que algo dentro de su ser se rompía con un sordo crujido. La parte desconocida huía cual animal asustado ante la parte depredadora que declaraba su supremacía. Había sido un lapso de dispersión, pero ahora se proclamaba más fuerte y poderosa que nunca.

Vera hizo uso de su increíble fuerza para someter a su dominio a Axel. Él creyó que se trataba de un nuevo juego y le excitó la idea. Sintió más ardiente el cuerpo de Vera que de costumbre y cuando ella se introdujo a sí misma el pene, Axel estalló por primera vez. Los movimientos de Vera eran frenéticos, sus músculos pélvicos apretaban y soltaban imitando a una pequeña boca. Axel tiritaba por el goce que ella le estaba propinando, empezó a sentir un vértigo inevitable, la habitación daba vueltas sin poder identificar en que dirección. Miraba a Vera idéntica a una diosa erótica y malvada que le estaba aspirando el alma para castigarla en un infierno inapagable. Tuvo una sucesión de orgasmos tan intensos y en tan corto tiempo uno de otro que sentía que se iba a romper. Gritó con una mezcla diabólica de goce y dolor y perdió el sentido. Vera era una fiera jadeante después de una larga persecución. Bañada en sudor, su piel brillaba de la misma manera que su mirada famélica. Se movía rápido, había decidido consumar el ritual.

La enorme mordida que recibió en el pecho lo sacó de su inconciencia. Vera lucía demoniaca con la mandíbula desencajada, los cabellos húmedos de sudor y los pechos escurriendo sangre. Axel dudó durante un segundo antes de tirar el primer golpe. Vera o la criatura que estaba frente a él se tambaleó un poco, pero se recobró de inmediato para saltarle encima. La recibió con un par de golpes más, pero a pesar de la fuerza con que la impactaba, no lograba hacerle ningún daño. La siguiente mordida abarcó gran parte de su brazo y su hombro, el dolor lo hizo patalear y alejó un poco a la bestia; no fue suficiente y la siguiente embestida fue con tal brutalidad y rapidez sobrenatural que creyó que era atacado por una jauría hambrienta. Axel ya no pudo defenderse.

Vera había terminado a tiempo la deglución. Desnuda y de rodillas volvía a la normalidad. Aunque notaba que un pequeño remolino comenzaba a hacerse un huracán en su interior. La parte desconocida regresaba cautelosa, evitando ser descubierta por la parte predadora. Las dudas levantaron el vuelo en bandada. La fuerza que le proporcionaba la transubstanciación la hacía temblar. Axel había sido una buena presa, un merecido trofeo. Ahora formaba parte de ella, lo había llevado a la tierra sin mal. Notó que los ojos se le llenaban de agua, la parte desconocida guardaba su distancia, pero sabía que se quedaría ahí para siempre; para recordarle que había amado a Axel; que pudo sentir amor. Ahora en la solitaria casona, en medio de la noche, en la oscuridad de la habitación cayó en la cuenta de su insalvable realidad: siempre sería el depredador, el único que el hombre tenía, la única en su especie, todo eso que de manera irremediable la condenaba a esa soledad.

Inician las votaciones para la «Antología II»

Posted on


SALTO AL REVERSO

anastasia-zhenina-65700 «Book», por Anastasia Zhenina (CC BY).

Hola a todos. Iniciamos el proceso de selección de obras para la Antología II de Salto al reverso.

Las entradas que sean publicadas a partir de este aviso serán tomadas en cuenta en la votación 1, que será convocada el 19 de febrero.

Las votaciones sirven para elegir las obras que formarán parte de la antología anual de Editorial Salto al reverso. La publicación contendrá las obras votadas en el blog y obras seleccionadas en las dinámicas realizadas en las redes sociales durante 2018. Será publicada a principios de 2019 en PDF e impresión on-demand. Para realizar la recopilación de obras realizaremos, durante todo el año, votaciones quincenales en nuestro blog y convocatorias temáticas.

Para más información y para conocer la lista de obras que serán incluidas, visiten: Antología.

Ver la entrada original

Antología I – Salto al reverso

Posted on


SALTO AL REVERSO



Antología I
Salto al reverso

Salto al reverso presenta su «Antología I», el primer volumen de una recopilación anual de las obras destacadas de su blog (saltoalreverso.com) y de sus convocatorias abiertas en las redes sociales.

A través de esta publicación, buscamos reconocer la labor creativa de nuestros autores en los géneros de poesía, relato, fotografía e ilustración, y compartir estas piezas con los lectores interesados en el arte y la literatura.

Salto al reverso es un blog y una editorial. Somos poetas, cuentistas, fotógrafos e ilustradores. Somos una búsqueda, una exploración creativa.

En esta primera antología participan 30 autores de Chile, Colombia, Ecuador, España, México, Perú, Puerto Rico, Uruguay y Venezuela con obras inéditas, creadas para nuestras convocatorias.

Esta recopilación se ha reunido gracias a las votaciones quincenales de las obras publicadas en nuestro blog durante 2017. También realizamos dos convocatorias temáticas: «etéreo» y «recuerdo». En las…

Ver la entrada original 166 palabras más

¿Quieres unirte al blog Salto al reverso?

Posted on


#Convocatoria #Saltoalreverso #Únete

SALTO AL REVERSO

CONVOCATORIA ABIERTA

En Salto al reverso nos interesa integrar a nuevos talentos en los géneros de poesía, relato y artes plásticas (fotografía, dibujo, ilustración y pintura). Si estás interesado en unirte a este blog colectivo, es necesario que el consejo editorial te apruebe. El consejo está conformado por colaboradores y autores de Salto al reverso.

Estos son los requisitos:

  1. Estar dispuesto a seguir nuestros criterios. Consúltalos aquí: saltoalreverso.com/criterios.
  2. Tener excelente ortografía y redacción.
  3. Tener un blog propio o una página formal en donde publiques tus obras con frecuencia. Tu blog o página debe estar activa desde hace al menos un mes.
  4. Ser seguidor activo de Salto en reverso durante al menos un mes. Esto significa:
  • Ser nuestro seguidor en WordPress.
  • Comentar en las entradas.
  • Votar en nuestras votaciones quincenales.
  • Seguir nuestras cuentas en redes sociales (opcional).

Recibiremos solicitudes a partir de ahora y hasta el 15 de febrero. Después de esa fecha, el consejo editorial evaluará las solicitudes…

Ver la entrada original 109 palabras más

Forma parte del consejo editorial

Posted on


SALTO AL REVERSO

En Salto al reverso, estamos renovando el consejo editorial y las actividades de nuestros colaboradores. Si ya eres autor de Salto al reverso, te invitamos a tomar un rol más activo en nuestro proyecto.

¿Que hace el consejo?

  • Debate y aprueba la admisión de nuevos autores.
  • Da opiniones sobre la operación del proyecto.
  • Aporta nuevas ideas para mejorar Salto al reverso.
  • Asume un rol activo en la implementación de estas ideas.

Todo esto a través de un foro donde los participantes dejan comentarios y debaten entre sí.

Solo los autores del blog pueden participar. (Si lo que te interesa es ser autor, espera la convocatoria que lanzaremos la próxima semana).

Si ya formas parte del consejo actualmente, eres bienvenido a permanecer. Pero necesitamos que llenes el formulario para saber si deseas seguir adelante. Si aún no formas parte, por favor, llena el formulario abajo.

¿Cómo colaborar?

También necesitamos ayuda en otras labores de…

Ver la entrada original 251 palabras más

Autor destacado: Carlos Quijano

Posted on


Agradezco mucho el reconocimiento de los compañeros de Salto al reverso. Como he comentado en otra ocasión, es un privilegio compartir este espacio de letras con todos ustedes. ¡Muchas gracias!

SALTO AL REVERSO

Felicitamos a Carlos Quijano (carlosquijano.com) por haber sido elegido el nuevo autor destacado de Salto al reverso.

Los invitamos a seguirlo en las redes:

Twitter: twitter.com/qccj
Facebook: facebook.com/blogpalabrascomunes

Nuestro autor fue elegido mediante una votación del consejo editorial (valor 50%) y una votación pública (valor 50%).

Votación unánime del consejo (valor 50%)
21% en la votación pública (valor 10.5%).
TOTAL: 60.5%

Para elegir a Carlos, consideramos la calidad y constancia de sus obras, así como su compromiso con el proyecto. Ha publicado una compilación de relatos bajo el sello de la Editorial Salto al reverso, Claro Oscuro. Ha colaborado en la edición del blog y las revistas de Salto al reverso, y actualmente mantiene actualizado nuestro Flipboard y se encarga de los avisos a los ganadores de las votaciones para la antología.

Recibirá un espacio destacado en el blog saltoalreverso.com y promocionaremos su perfil y sus obras…

Ver la entrada original 13 palabras más

Un recuerdo

Posted on


Bajó la ventanilla para que el humo del cigarrillo se disipara. Fumaba mientras esperaba en el auto a Mim. Cerró los ojos y dejó salir la bocanada de humo con lentitud.
Una chica de pelo multicolor yacía sobre la cama de un deteriorado motel. La mayoría de los usuarios lo utilizaban para tener sexo sin preámbulos. Hasta el nombre del lugar hacía ironía a su función. La chica estaba muy drogada y no paraba de reír, mientras subía su vestido y dejaba ver su diminuta prenda íntima de encaje verde pastel. Morris sentía que su pene se asfixiaba dentro de su pantalón. Con mucha habilidad la despojó de su ropa y con el pulgar comenzó a estimular a la muchacha. Gemía y se retorcía como posesa.
—¡Cógeme! ¡Hazlo ya! ¡Cógeme! —pedía la mujer.
Morris bajó su cremallera y frotó su glande antes de penetrar. La chica recibió la embestida y ya no gemía, gritaba.    Por su parte, Morris se limpiaba las gotas de sudor con una mano. La excitación hacía que le punzaran los testículos. Se limitaba a pujar y a arremeter con fuerza.
—¡Voy a terminar…! —jadeaba la chica estremeciéndose.
—Espera, aún no —replicó Morris.
Buscaba con su mano derecha algo entre las mugrosas sábanas.
—¡No aguanto más! ¡Ya! ¡Ya…! —gritaba la chica con urgencia.
Un cuchillo afilado cortó su garganta de izquierda a derecha, después se escuchó un gorgoteo y palabras ahogadas en rojo. Morris eyaculaba como una bestia apretando los ojos; escuchando los sonidos guturales e inhalando la mezcla de olores de sangre y sexo.
Abrió los ojos antes de arrojar el cigarrillo por la ventanilla. Mim se acercaba al auto; Morris la veía caminar con su vestido ampón y el pelo balanceándose en cada paso estilizado por los tacones altos. Mim subió al auto.
—¡Son un asco los baños de este lugar! ¿Qué hacías? —espetó Mim acomodando el vuelo de su falda.
—Reviviendo un recuerdo —dijo Morris sonriendo y echando un vistazo a su entrepierna para confirmar que su pene se estaba asfixiando dentro de sus pantalones.
—¿A dónde iremos? —dijo Mim aspirando con vigor el humo de un pequeño cigarrillo que sacó de entre la copa de su vestido.
—A un motel. Te vas a reír cuando sepas el nombre.
Mim ya se estaba riendo.

Dos veces uno

Posted on


Participación para la convocatoria «Recuerdo» de Salto al reverso.

SALTO AL REVERSO

De repente todo le pareció tan familiar: el dolor en los hombros, el ardor en las muñecas, el olor a orín y polvo. Quiso hablar, pero la cinta americana le impedía hacerlo. Tenía cubiertos los ojos y sentía la textura de una tela burda y tiesa en sus dedos. Tampoco podía mover las piernas, estaba atada de los pies. Todo le resultaba en un recuerdo; no como un dèjá vu que ofrece el beneficio de la duda, sino como algo ya vivido, algo que había estado oculto en su memoria y regresaba en ese momento. Quiso abrir la boca de manera que la cinta se despegara, pero fue en vano; tenía varias capas que se lo impidieron. Intentaba jalar más aire, sentía una de sus fosas nasales tapada. El terror le acometió cuando escuchó una voz. Esa voz que odiaba porque tenía el control sobre ella y no por mandato…

Ver la entrada original 531 palabras más

El balón de soccer II

Posted on Actualizado enn


A Mo le inquietaba mirar en la vitrina, durante el tiempo que pasaba en la tienda, un balón idéntico al de su hermano. La inquietud se transformaba en un peso que le oprimía el pecho. Sentía que no había sido una buena idea donar el balón de Nathan. El viernes por la tarde, cuando recibió su pago, compró el balón; lo llevaría de vuelta al cuarto de Nathan. Era más un sentimiento concreto que un impulso emocional. Al llegar a casa, subió muy rápido a dejar el balón: no quería que su madre se diera cuenta; no quería seguir alimentando su dolor con tan tristes recuerdos.

    Mo iniciaba su rutina después del trabajo: sentarse frente a la computadora y consultar páginas de alertas de personas extraviadas, además de, seguir compartiendo en sus redes sociales la foto de Nathan con la esperanza aferrada a su corazón. Hacía búsquedas en Google para encontrar sitios web en donde publicar la petición de ayuda. Fue una de esas búsquedas la que la llevó a un encabezado que decía: «Niños perdidos, objetos y leyendas — Creepypastas». Mo frunció el ceño y dudó un poco antes de dar clic en el enlace. El navegador cargó la página con el artículo, sus lindos ojos se pasearon por el texto y estuvo a punto de cerrar la ventana si no es porque vio la palabra «juguetes». Comenzó a leer con detenimiento:

    «Hay cientos de leyendas que se relacionan en mayor medida con objetos de uso común y hechos sobrenaturales, para ejemplo basta un botón: la industria cinematográfica ha sacado provecho de ello atribuyéndole poderes malignos a muñecas y muñecos, inocentes juguetes que alojan en su interior despiadados espíritus y que a la menor provocación hacen daño a sus dueños solo por venganza. Existen muchas leyendas acerca de otros juguetes con estas características. Esta creepypasta, como muchas otras, ha pasado de boca en boca y se ha dispersado por el mundo haciendo temblar a muchos niños puesto que se relaciona con un balón de fútbol y su extraño origen». Mo abrió los ojos más de lo normal, los vellos de su nuca se erizaron y sintió un escalofrío incontrolable. Continuó leyendo.

    » «Cuenta la leyenda que la historia se origina en España durante la copa mundial de fútbol en 1982. Había un hombre de extraña apariencia que vivía solo en un apartamento. Los vecinos suponían que era jubilado porque no salía a trabajar ni tampoco se veía enfermo, solo lucía raro y siempre estaba solo. No hablaba con nadie ni soportaba que los niños jugaran soccer en el pequeño patio; siempre les gritaba “que se largaran de ahí”, a lo que los niños respondían con burlas. Un día, aquel hombre salió con un balón reluciente en las manos, era exactamente como el reglamentario de la Copa del Mundo. Dijo a los chicos que, si se iban a jugar a otro lugar, les regalaría el balón. Ellos aceptaron y se movieron a otro de los patios. El grupo se fue vitoreando por el obsequio y el hombre entró a su apartamento; en su cara se podía ver una línea maliciosa dibujando su sonrisa. Cerró la puerta tras de sí. A partir de ese momento, en el conjunto de apartamentos, hubo muchas desgracias. Para empezar, el día que el grupo de chiquillos obtuvo el balón, atropellaron a uno de ellos que quiso alcanzar la pelota sin advertir que estaba en medio de la calle; el chofer no pudo frenar y lo embistió matándolo. Otro chico tuvo un accidente doméstico derramándose aceite caliente en la cara. No murió, pero quedó ciego. Otro de los chicos cayó desde la ventana del apartamento en el quinto piso; uno más resbaló en las escaleras lesionándose la columna y quedando parapléjico. Todos estos acontecimientos tenían algo en común: todos habían jugado con el balón que les había regalado el extraño hombre. Nadie notó este detalle. El balón se mantenía intacto por cada desgracia que ocurría en el grupo de chicos, era como si se renovara con cada muerte. El balón se extravió por mucho tiempo y cuando volvió a aparecer, lo hizo en América. Dicen que el balón está poseído por las almas de los niños que murieron en España y que, con el paso del tiempo, devora las almas de los niños que escoge para que formen parte de su interior».

 

    Mo estaba atónita por lo que acababa de leer. Juntó las palmas de sus manos a la altura de su boca, como si estuviera diciendo una oración en silencio. Tomó la laptop y fue corriendo a donde estaba su madre. Miriam leyó una y otra vez el texto. Eran demasiadas coincidencias, era algo inaudito, pero albergaba alguna esperanza. En el cuarto de Nathan, ambas revisaban el balón: lo miraban centímetro a centímetro con el anhelo de encontrar una señal. Después de un rato, sentadas en el piso del cuarto, en silencio, no dejaban de pensar en lo que decía el texto: un balón maldito, almas, niños… Miriam miraba cada cosa que había en el cuarto de Nathan: unos guantes de Batman, algún animalito de peluche, la puertita del compartimento en la parte baja de la cama donde Nathan solía jugar, la guitarra. Tomó la guitarra y se sentó en la cama. Rasgó algunos acordes y las lágrimas se dejaron venir sin sujeción, de su corazón hasta sus ojos. Mo estaba cabizbaja, escuchando los melancólicos acordes que tocaba su madre. Reconoció la tonada y al principio en voz baja, comenzó a cantar la canción:

Little brother

I remember you first came home

Then came another

Little brother of our own

Even when you break my toys

You will always be my

Little brothers

Cause you’re younger

We’re related

And you are boys

Even when you making too much noise

You we’re always be my

Little brothers

Cause you’re younger

We’re related

And you are boys

Little brothers, little brothers, little brothers…

    Al terminar la canción se abrazaron sollozando. Madre e hija compartiendo el mismo dolor, extrañando con todas sus fuerzas a Nathan.

    —¿Mamá? ¿Mo? —Se escuchó una voz ahogada como encerrada en algún lugar—. ¿Mamá? ¿Mo? —dijo la voz por segunda ocasión. Miriam y Mo desconcertadas miraban en el cuarto tratando de localizar de dónde venía la voz.

  —¡Nathan! ¡Nathan! ¿Dónde estás? —dijo con nerviosismo Miriam. Mo miraba horrorizada el balón. Voltearon al mismo tiempo cuando unos golpecitos se escucharon en la pequeña puerta del compartimento debajo de la cama de Nathan. Miriam corrió a abrir la puerta y en cuanto la luz penetró vio la figura de Nathan sentado en el interior. Llevaba puesto un pijama y parpadeaba por la intensidad de la luz. Miriam lo sacó del lugar y lo abrazó con todas sus fuerzas. Mo no lo podía creer, su pequeño hermano estaba de vuelta. Lo habían echado tanto de menos y ahora los tres se volvían a abrazar. Un acto de amor siempre estará por encima de cualquier maldad.

***

    —Aquí está bien —dijo Miriam, deteniendo el auto. Se estacionaron en el arcén en un paraje desértico. Bajaron los tres y caminaron unos cuantos metros. Pusieron el balón en el suelo arenoso y lo rociaron con líquido inflamable, del que se usa para encender leña para los asados. Juntos contemplaron como las llamas iban consumiendo el material sintético del balón. Nunca volvería a hacer daño a nadie.

    Cuando quedó reducido a una masa negruzca y empezó a humear Nathan dijo:

    —Se acabó. ¿Qué tal si vamos por una hamburguesa con doble carne?

    Miriam y Mo se echaron a reír. Los tres subieron al auto y regresaron a la ciudad felices, con el sol a sus espaldas.

El balón de soccer I

Posted on


Nathan no paró de hablar durante todo el trayecto en auto hasta la tienda de deportes. Su madre había previsto anotarlo en el equipo local de fútbol soccer con la esperanza de pasar un verano más tranquilo sin el enorme derroche de energía de Nathan; el chico era muy inquieto y necesitaba estar haciendo algo diferente a molestar a su hermana mayor o hacer macabros planes para torturar y asesinar al amigo de su madre en el sótano de su casa: había ideado dormirlo y llevarlo al sótano para quitarle la piel y asarla para después servirla en el almuerzo a su madre y a su hermana. Era un chico de once años con una gran imaginación.

     Durante el viaje a la tienda, Nathan debatía con su madre a que liga debería incorporarse; era muy chico para la liga 14 y muy grande para la liga 10, por lo que hacía miles de conjeturas acerca de convivir con los púberes de la 14 quienes decía Nathan, tenían las hormonas a tope y, por el contrario, los de la liga 10 serían unos niñitos aburridos.

        El equipo para el entrenamiento exigía un par de espinilleras, un balón del número 4, shorts, medias, un jersey, entre otras cosas. En la tienda, Nathan corría por los pasillos, llevando y trayendo cosas para que su madre les diera el visto bueno. Al momento de escoger el balón llegó la duda: Nathan se preguntaba cuál sería el idóneo. Había decenas de modelos y marcas, colores y logotipos. Se preguntó con qué tipo de pelota iniciarían sus entrenamientos Cristiano Ronaldo o Lionel Messi. No quería equivocarse así que aminoró la velocidad y examinó detenidamente cada uno de los balones.  Repasó las exhibiciones una y otra vez, pero no vio ninguno que le gustara. En su mente le aterrorizaba la idea de no contar con un balón que le ayudase a adquirir superhabilidades como CR7.

     —Mamá, ¿podemos ir a otra tienda? No hay un balón que me atraiga.

     —Nathan, pero si hay muchos balones, hijo, ¿para qué quieres ir a otra tienda?

     —Te apuesto a que Messi no entrenó con ninguno de los que hay aquí para llegar a ser lo que ahora es: ¡Súper Messi! —dijo Nathan levantando los brazos en señal de victoria.

     Su madre solo suspiró mientras miraba hacia arriba entrecerrando los ojos en señal de que le esperaba una larga tarde.

     Casi oscurecía por lo que los exhibidores de la tienda que daban a la calle se iban iluminando. El resplandor de las lámparas de led atrapó por un momento la atención de Nathan y echó un vistazo de último instante a uno de los cristales y lo vio: el balón que le daría superhabilidades estaba colocado al lado de unos maniquíes que llevaban puestos coloridos jerséis.

    —¡Ese! ¡Ese es el que quiero! —dijo Nathan dando un salto. Su madre volteó a ver agradecida por que no tendría que manejar en el tránsito del centro ni recorrer otras tiendas.

    El vendedor de piso dudó cuando solicitaron el balón del exhibidor. Sabía de antemano que era de utilería y que no estaba inventariado. Lo consultó con su supervisor.

   —Señora, lo sentimos, pero ese balón no está a la venta, no forma parte de la mercancía etiquetada por lo que no podemos registrarla en caja —dijo el supervisor acomodando la gorra que formaba parte de su uniforme.

    —¡Por favor! ¡Debe haber alguna manera! ¡No pueden hacer algo semejante con un cliente! Mire, acabo de comprar muchos artículos y estaré comprando constantemente…, ayúdeme y yo los ayudaré.

    El vendedor y el supervisor llegaron a un acuerdo con solo cruzar una mirada. El vendedor se dirigió al exhibidor y extrajo el balón. Era un balón tan común y corriente que no entendía porque el chico se había encaprichado con él. A decir verdad, era un modelo pasado de moda y de una marca que hacía muchos años que había desaparecido del mercado. Tampoco se explicaba cómo era que se encontrara en el exhibidor exterior. Lo ordinario del balón le despertó la codicia al vendedor.

     —Señora, hay un pequeño detalle con este artículo —dijo adornando de persuasión sus palabras—. Debido a que es un objeto de colección y que difícilmente encontrará en otra tienda, (hizo un pequeño movimiento con su dedo sobre la marca impresa a manera que el supervisor lo notara), su precio le parecerá un poco elevado, pero tenga la certeza que será una excelente inversión para la práctica de este futuro campeón —concluyó mirando a Nathan con una sonrisa aprendida en algún manual de mercadotecnia y entregándole el balón. Él lo recibió como quien recibe un raro y valioso tesoro.

     El rostro de la madre de Nathan no cabía en el gesto de estupefacción después de cerrar su cartera: sentía que la habían atracado de una manera que no le quedaba más que dar las gracias amablemente.

      —Todo sea por el soccer, Nathan —dijo con esperanza.

     Nathan abrazaba el balón y tenía en su cara una sonrisa que podría conquistar a la chica que más le gustaba en la clase. Miraba su nuevo balón lo giraba en sus manos viendo como brillaba. Era un balón simple con hexágonos en blanco y negro; ese diseño había sido popular en los años 80. De aquel momento en adelante serían los mejores amigos, así como lo había dicho el entrenador: el balón debe ser para ustedes como el arma es a un soldado: inseparables. Y como en una infame profecía, así fue. Nathan no se separaba de su balón ni un instante. Lo llevaba a cualquier lugar.

     —Tendrás que dejarlo en el auto, Nathan —dijo su madre antes de estacionar.

   —Pero mamá, el entrenador dijo que debemos estar con el balón siempre —replicó Nathan

    —¡Es solo una metáfora, Nathan! Se quedará en el auto y punto.

    La hermana mayor de Nathan veía la discusión aislada por los audífonos que gritaban en sus oídos música de Rihanna manteniéndola al margen de lo que pasaba entre Nathan y su madre. Miró la hora con gesto de enfado, si no terminaba la pelea por el balón, llegarían tarde.

   —Nathan, el personal de seguridad te quitará el balón y nunca lo volverás a ver —Intervino Mo.

    —¿Por qué harían eso? —dijo Nathan con mezcla de sorpresa y pánico en sus ojos.

   —Porque es un cine y no una cancha de fútbol —puntualizó Mo. Su madre la miraba con gesto de agradecimiento.

    El balón de soccer se volvió el centro de todas las discusiones entre Nathan y su madre. Miriam tenía que levantarse por las noches a quitar el balón de la cama de Nathan; dormía con el como si fuese un muñeco de peluche. Y no solo era en la cama, también en la ducha, en la mesa a la hora de comer, todo el tiempo en el auto. Nathan se había transformado en una eterna fotografía en donde siempre aparecía el balón. Una noche, mientras retiraba el balón de la almohada, Miriam miró un mechón de cabello pegado en uno de los tantos hexágonos que formaban el forro del balón. Para ella era el colmo que Nathan rompiera las reglas de limpieza que había impuesto. Debería hablar con él acerca de la higiene y el balón.

   Nathan se destacaba como un buen prospecto para alinear en la temporada del torneo de soccer infantil local. Destacaban sus precisos pases y los tiros libres los convertía en magníficas estampas de gol. El entrenador estaba complacido con ello. Demostraría a los padres de los otros chicos que era un excelente coach. Había un solo detalle: las jugadas buenas Nathan las hacía usando su balón de entrenamiento. Con otro balón, las pinceladas de fútbol, simplemente no aparecían.

   Al regreso del entrenamiento, Miriam decidió mencionar a Nathan sobre lo poco higiénico que era dormir con un balón que rodaba por una cancha de pasto sintético y era pateado por muchos chicos y chicas. Nathan a regañadientes aceptó dejarlo en el piso de su recámara siempre y cuando no se separara mucho de él. Sin embargo, Nathan solo engañó a su madre y aparentaba dejar el balón en el tapete para después subirlo a su cama y ponerlo de manera que no se viera cuando Miriam echaba un vistazo cuando ella creía que ya se había dormido.

   Sucedió una mañana a mitad del verano. Nathan escuchaba los gritos de Miriam y de Mo llamándole. Escuchaba que subían y bajaban las escaleras una y otra vez. Escuchaba que abrían y cerraban puertas. Escuchó más gritos a la distancia como si Mo lo estuviera buscando en el parque que estaba frente a su casa. Nathan no podía hablar, miraba apenas el tapete y el pie de la cama sin poder hablar. Su visión de la habitación era distorsionada, como si estuviese usando un efecto esférico de esos que se aplican a las fotografías.

    —¡Mo! ¡Mamá! ¡Estoy aquí en mi cuarto! —gritó en varias ocasiones, pero sus vociferaciones se escuchaban ahogadas y sordas. Dejó de gritar cuando escuchó un coro de voces con tono elástico.

     —Nunca te escucharán. Ahora serás parte de nosotros. Por toda la eternidad estarás encerrado dentro de este balón de soccer —sentenciaban las voces dentro de la oscuridad en donde se percibía un olor a caucho. Nathan sintió vértigo y se fundió en una loca rotación de la que solo despertó para ver frente a sí la carita triste de Mo que guardaba algunas cosas dentro de una caja de plástico y que destinarían para donación. Miró el balón con mucha tristeza. En ese momento entró Miriam a la habitación y juntas lloraron por la desaparición de Nathan mirando el balón. En sus ojos un océano de lágrimas y en sus corazones una llama de esperanza encendida con la fe de volverlo a encontrar.

* * *

    —Para que te vayas familiarizando con la mercancía de la tienda, hoy me ayudarás con las exhibiciones de los aparadores que dan a la calle —dijo el vendedor de piso a la nueva empleada de la tienda de deportes—. Por favor ve al almacén y trae un par de balones de soccer y algunos jerséis… de los colores que más te gusten.

   Mo acató las instrucciones y de manera ágil se movió entre los aparatos de ejercicio para pasar por la pequeña puerta que conducía al almacén. Encontró los estantes en donde estaban los jerséis impecablemente doblados y protegidos con plástico. Para alcanzar los balones tuvo que subir a una pequeña escalerilla y hacer un esfuerzo para alcanzar el primero. Casi se cae por ponerse de puntillas en el último peldaño de la escalera. Después del susto se quedó inmóvil porque detrás del primer balón estaba otro en color blanco y negro, de hexágonos. Idéntico al que había tenido alguna vez Nathan. Regresó un poco cabizbaja al piso de ventas con los artículos.

    —Creí que ya no teníamos balones de esta marca. ¿Dónde lo has encontrado? —dijo el vendedor de piso con una sonrisa de anticipada satisfacción.

  —En el estante de arriba. Estaba atrás de este —dijo Mo levantando el otro balón multicolor.

   —Bien. Haremos buen negocio con este —dijo el vendedor

  Una vez que quedó lista la exhibición, Mo y el vendedor contemplaban su trabajo satisfechos. No sabían que el brillante balón en blanco y negro los miraba complacido. De nuevo estaba a la vista de todo el que pasara por enfrente del aparador. Aguardaría quieto y silencioso esperando a que un niño buscara el balón perfecto. Ahí estaba junto a un maniquí. Ahí estaba Nathan tan cerca de Mo, encerrado junto con miles de niños oliendo a caucho en la oscuridad.

Continuará.

Espirales

Posted on


Colaboración del mes en Salto al reverso.

SALTO AL REVERSO

Espiral

Siempre
Escribiendo cartas a contramano
mirando desde otra perspectiva
cómo gira la vida
en espirales
Leyendo libros escritos
con tinta invisible
ilusiones ópticas personalizadas
de cómo gira la muerte
en espirales
Musitando palabras
sobre pentagramas
invocando demonios
con nombres abstractos
que pretenden enseñar
cómo gira el amor
en espirales
Infinitos, profundos
Siempre en espirales

Ver la entrada original

Mi encuentro con el suelo

Posted on


Aquí viene.

     Estar en las alturas siempre invita a pronunciar la clásica frase «¡Qué hermosa vista!». Y sí, es una hermosa vista. Siempre que las cosas se ven por encima del nivel en el que están nos parecen mejores, admirables o amenazantes. Depende del punto de vista. Es gracioso. Bueno, a veces no, no lo sé, no sé en ocasiones pueda ser gracioso. Lo cierto es que, desde esta posición de supervisión, hasta el aire se respira raro y los signos vitales se alteran. Esto me pone nervioso, pero la delicada corriente de aire llega hasta mí, disminuye la ansiedad.

     Miro hacia arriba y me doy cuenta que no hay final, pero al mirar hacia abajo es inminente un encuentro, una situación finita; un límite. Nunca he sabido respetar los límites, mucho menos reconocerlos.

     Es risible que la gente ponga toda su atención en mí cuando me encuentro acá en lo más alto. Cuando estaba a su nivel no era nadie para nadie y ahora se detienen, se asombran y me miran incrédulos de que haya llegado a esta cima; ahora en cambio, me observan y hasta me gritan cosas. No me importa. Llegué hasta aquí por mí mismo, por mis propias convicciones. Estoy a punto de dar un gran paso. Tomar en cuenta las opiniones de otros significaría retroceder y traicionarme. Me he fortalecido para tomar esta decisión así que nadie ni nada me hará echarme para atrás, más bien, daré ese paso adelante.

     Estoy en un punto en que todos los sonidos pierden claridad; llegan hasta a mí apagados, ensordecidos. Quizá sea el preludio: es un momento tan íntimo que casi se torna sensual. Es algo tan delicado en el sentido de la fragilidad. Quisiera prolongar esta sensación, pero ya es tarde. Debo acudir a mi encuentro.

     Entonces lo sublime se transforma en algo sucio y brusco. Doy un paso adelante y me siento ingrávido, flotante. Antes de que la gravedad haga lo suyo, me despojo de prejuicios, me libero de las ataduras; una vez más me burlo de los límites, y me deshago de todo el bullying que me hacían mis compañeros. El viento es tan fuerte que me sopla la elegancia en el peinado.

     No es la caída, es la velocidad terminal.

     Aquí viene.

Cuando abro los ojos

Posted on


Colaboración del mes de julio en Salto al reverso.

SALTO AL REVERSO

pexels-photo-302917
El momento más desesperante de despertar es cuando abro los ojos y aún está oscuro. No solo la oscuridad es lo único que me causa incomodidad; también la parálisis de sueño. He aprendido que debo esperar un poco a que el efecto pase sin más por mi cerebro, abra los ojos de verdad y me pueda mover. Entonces, me relajaré un poco y pensaré en algo bonito. No me viene nada a la mente salvo esta pregunta: ¿así se sentirá estar muerto? Tal vez sea así; ver como abandonas tu cuerpo, mirar cómo estás postrado en la cama y flotas… No, eso de flotar es algo de la metafísica. No creo mucho en eso de los viajes astrales y el hilo de plata. Si pudiera reírme lo haría, pero estoy inmovilizada por un mal funcionamiento de mi cerebro.  Antes tenía pánico de esa enfermedad que aparentaba la muerte, catalepsia, pero…

Ver la entrada original 547 palabras más