Cuento

Perdido

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Una chica de pelo multicolor yacía sobre la cama de un deteriorado motel. La mayoría de los usuarios lo utilizaban para tener sexo sin preámbulos. Hasta el nombre del lugar hacía ironía a su función. La chica estaba muy drogada y no paraba de reír, mientras subía su vestido y dejaba ver su diminuta prenda íntima de encaje verde pastel. Él sentía que su pene se asfixiaba dentro de su pantalón. Con mucha habilidad la despojó de su ropa y con el pulgar comenzó a estimular a la muchacha. Gemía y se retorcía como posesa.

—¡Cógeme! ¡Hazlo ya! ¡Cógeme! —pedía la mujer.

Él bajó su cremallera y frotó su glande antes de penetrar. La chica recibió la embestida y ya no gemía, gritaba. Por su parte, él se limpiaba las gotas de sudor con una mano. La excitación hacía que le punzaran los testículos. Se limitaba a pujar y a arremeter con fuerza.

—¡Voy a terminar…! —jadeaba la chica estremeciéndose.

—Espera, aún no —replicó él.

Buscaba con su mano derecha algo entre las mugrosas sábanas.

—¡No aguanto más! ¡Ya! ¡Ya…! —gritaba la chica con urgencia.

Un cuchillo afilado cortó su garganta de izquierda a derecha, después se escuchó un gorgoteo y palabras ahogadas en rojo. Él eyaculaba como una bestia apretando los ojos; escuchando los sonidos guturales e inhalando la mezcla de olores de sangre y sexo.

—Padre…, ¡padre! —dijo el monaguillo dirigiéndose al sacerdote y haciéndole una mueca para que prosiguiera.

—El cuerpo y la sangre de Cristo —dijo al mismo tiempo que ponía la hostia en la boca de una chica de pelo multicolor a la que increpó—: ¡Deja las drogas y pinta tu pelo como Dios manda! —La chica lo miró con furia gratuita y le dio la espalda.

—Pero ¿qué le sucede, padre? Anda usted muy distraído —apuntó el monaguillo.

—Me pierdo en mis pensamientos orando, hijo —dijo el sacerdote sonriendo y echando un vistazo a su sotana para confirmar que su pene se estaba asfixiando dentro de sus pantalones.

—El cuerpo y la sangre de Cristo…

Santo remedio

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—Pásele, doña Cholita. Pero ¿qué anda haciendo por estos polvorientos caminos?

—Pues me enteré de la enfermedad del compadre y quise pasar a ver cómo sigue.

—Igual, comadrita, ni pa tras ni pa delante.

—Le traje un queso fresco y un cuartillo de maíz, ya sabe, comadre, pa que no falte el taco en estos tiempos en que el compadre no está bueno.

—Muchas gracias, Cholita. Deje y pongo esto en la mesa. Pero pase, ande, con confianza, si casi somos familia. Para acá está Gumaro, acostado. Así está todo el día, a veces se para al baño y otras…

—¡Santo Dios! ¡Está echo un costal de huesos! Con el perdón, Dolores, pero esto no es empacho por comer tlacuache; esto es más grave.

—Sí, Cholita. Miré, con su permiso le enseño. Le cambié la camisa y me di cuenta de los moretes y de estos chipotes que le salieron en la frente.

—¡Ay, virgencita! Pero ¿dónde fue a pescar semejante mal? Ni modo que por tomar agua del río; todos tomamos de allí.
—No sé, comadre. Pasó hace casi ocho días, el domingo, cuando íbamos a entrar a la misa, me dijo que sentía harta picazón en todo el cuerpo. Nos regresamos y le di una friega de alcohol, pero no se alivió. Desde ese día se ha puesto peor.

—¿Sabe qué? Póngale manteca con alcanfor en los chipotes pa que se le bajen. Lo machaca bien en el molcajete y luego se lo unta y a’i se lo deja toda la noche y santo remedio.

—Ta bueno, comadre. Y pa los moretes no sé que ponerle.

—Hay un remedio, na’ más que hay que conseguir hojitas de mariguana.

—Pero ¡yo ni fumo, comadre, me ahogo con el humo!

—No, Dolores, hojitas verdes. Las pone en un frasco con harto alcohol y las deja ahí unos tres días que le dé el sereno. Después le da una friega en todo el cuerpo a mi compadre Gumaro.

—¿Y dónde las consigo, Cholita?

—El marido de doña Juana siembra atrás de su milpa y dicen que se la fuma. ¡Vaya usté a saber! Yo se la consigo y se la traigo ya preparada, si quiere, pues.

—Ta bueno, comadre. ¡Ay, ya se despertó!

—¿Qué tanto dice, comadre?

—¡Sepa! Parece que se le ha olvidado como hablar en cristiano, farfulla y farfulla pero no le entiendo nada.

—¡Ay, Santo Niño! ¡Qué lenguota! Comadre, mejor hay que llevarlo al pueblo.

Orita se le pasa, Cholita, na’ más le leo los evangelios y se tranquiliza.

—Hay que curarlo de susto, Dolores. Ora que le traiga el remedio, me jalo a doña Jacinta pa que lo cure, ya ve que es re buena para esas cosas, alivió al chamaco de Mauricia: se le había caído la mollera.

Ta bueno, Cholita, se la trae y aquí les doy de almorzar.

—Me retiro porque ya se está levantando el sol y ta largo el camino.

—Llévese esta anforita con agua pa’l camino, está fresca.

—Ándele pues. La dejo pa que haga sus quehaceres. Córtele las uñas al compadre Gumaro, miré, tan largas que parece que no se las ha cortado en meses.

—Están re duras, Cholita, ando buscando las alicatas porque el cortaúñas na’ más no le entra.

—Ande, ande. Nos miramos luego, Dolores.

—Vaya con Dios, Cholita.

***

—A ver, viejito, que tienes, mi’jo. Te vas a poner bueno, ya verás. Le voy a pedir a Dios que te alivie. Orita te voy a rezar y luego te doy un taco de queso con salsa.

»Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre…, pérate mi’jo…, ¡Cálmate! ¡Tate sosiego! ¡Santo Dios! ¿Qué haces? ¡Ayyyy, me lastimas! ¡Gumaro! ¡Gumaro! ¡Ayyy…! ¡Aggggh…!

La resistencia

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Era tan intenso el miedo que sentían, que la adrenalina los hacía temblar. Sudorosos, se escondían tras un montón de sillas y mesas apiladas al final del callejón. En esa guerra la preponderancia del enemigo alcanzaba niveles globales. Quedaban pocos lugares a donde huir,  y otros menos para esconderse.

      —Tienes que cumplir tu promesa, lo harás sin remordimientos —dijo Paola, luchando contra el castañeteo de sus dientes—. Al primer síntoma que notes, solo dispara.

     Marcos la miraba preocupado. Habían logrado escapar de un tiroteo y Paola sospechaba que había sido inoculada. El enemigo utilizaba armamento sofisticado y en cada batalla la resistencia se veía menguada: no tomaba prisioneros ni mataba, pero contaminaba a sus oponentes por medio de balas que penetraban de forma indolora. Comprobó su arma, le quedaban pocos cartuchos y tres cargadores. No aguantarían mucho con esa munición. Paola sudaba frío y no paraba de hablar. Cada vez que abría la boca, Marcos apretaba fuerte la cacha de la pistola.

      —¡No me mires así! ¡No lo sé! ¡No estoy segura! —dijo Paola, desesperada.

     Marcos exhaló aliviado. Aún no llegaba el momento.

    El equipo de científicos de la resistencia había probado mil y un antídotos para neutralizar la inoculación, sin embargo, sus esfuerzos habían sido inútiles. Una vez detectada la infección, no había vuelta atrás; se propagaba alcanzando cualquier rincón del planeta de manera inexorable. La resistencia peleaba en condiciones inferiores con el poco y rudimentario armamento que poseía.

    Marcos y Paola quedaron petrificados al escuchar a lo lejos, las pisadas del pelotón de avanzada. El enemigo estaba a dos pasos de ellos y eran implacables. Las luces de los leds iluminaron el callejón proyectando una caprichosa sombra en la pared del fondo. El soldado movió la lámpara de un lado a otro y se conformó con el silencio del sensor. Pasaron de largo. La pareja soltó la respiración contenida. Los minutos parecían segundos, el tiempo se deformaba mientras los chicos esperaban a que los soldados enemigos se alejaran lo suficiente. Marcos observó una vez más a Paola: tenía la cabeza baja y estaba más pálida que de costumbre. Ella volteó a mirar a Marcos. Encontró su mirada y dijo:

     —Mi nombre es Paola Pleve, tengo 22 años. Estoy con la resistencia desde hace tres años. Mi función es repartir propaganda para enrolar más voluntarios que ayuden a defender la identidad de nuestro país.

     Marcos escuchaba y miraba el triste camino de las lágrimas de Paola: de sus ojos a sus mejillas. Le hizo una seña para que guardara silencio. Se acomodó para abrazarla, él ya no temblaba. Se quedaron acurrucados hasta que la luz del sol los despertó. Habían descansado un poco,  después del enfrentamiento y la larga persecución. Marcos confiaba en llegar al refugio de la resistencia… «Si es que quedaba alguien», pensó. Vio a Paola estirarse y bostezar. Se dibujó una sonrisa en la carita de la chica. Se pusieron de pie para retomar su marcha.

      —Buen día, Pao. ¿Lista para seguir? —dijo entusiasmado.

      —Yes! —contestó Paola.

      Un balde de agua fría les cayó a ambos cuando escucharon la palabra «yes». Paola se tapaba la boca con una mano mientras iba de un lado a otro. Marcos la había volteado a mirar con la incredulidad colgando de su cara.

     —My name is Paola Pleve, I’m 22 years old. I’ve been in the resistance for three years —continuó diciendo—, my job is to distribute propaganda to enroll more volunteers to help defend our country’s identity.

     Miraba a todos lados tratando de encontrar el lugar de donde salían esas palabras. Su cara reflejaba la desesperación y el pánico por lo que acababa de salir de su boca.

     Marcos la miraba con tristeza.

     Paola había sido inoculada en el tiroteo. Aunque había resistido durante un tiempo, ya estaba presentando síntomas de la infección. Pronto dejaría de recordar quién era, mientras, había perdido una parte importante de su identidad: el idioma.

     Marcos, impasible, contemplaba a Paola deshecha en llanto.

     —Just do it. You promised… —dijo ella, antes de escuchar la detonación.

10 cuentos sobre ecología

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Ilustración: Antropomorphos y Mario Riffo
Ilustración: Antropomorphos y Mario Riffo

Les comparto el Volumen I de «10 cuentos sobre ecología», edición compilada a partir de la convocatoria de Editorial Eleuterio, (Chile), realizada en el año 2013. He tenido el honor de que mi cuento, «La leyenda que contaba el abuelo», fuera seleccionado para esta primera antología, junto a otros nueve fantásticos autores de varios países de Latinoamérica.

Pueden descargar el PDF 10 cuentos sobre ecología..

El jardín

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Regresar no era echarse en reversa, menos cuando el tiempo se había encargado de hacer su trabajo, así que sabía a la perfección que las cosas no iban a ser fáciles a partir de ese momento.

    Encontrar el lugar vandalizado, fue el primer incidente con el que se topó: cristales rotos, muros pintarrajeados, basura, despojos y un jardín perdido entre todo ese olvido.

   Conseguiría herramientas para ponerse a trabajar. Pensó que lo mejor sería hacerlo de adentro hacia afuera, habitación por habitación. Aunque sabía de antemano que se llevaría un buen rato en hacerlo, no le preocupaba tanto: su ausencia había servido para tener otro punto de vista acerca del tiempo. Supo, por ejemplo, que no volvería a usar ropa de color naranja, a no contarse las canas (ya había perdido la cuenta), a deshacerse de ciertos hábitos y a no esperar nada.

  Mientras trabajó en el interior, la gente a su alrededor apenas si le notaba; se escuchaba el ruido de las herramientas, pero no se percibían los cambios. Las personas fisgonas, a veces, se detenían a ver, sobre todo cuando comenzó los trabajos en la fachada. Solo curiosidad, se detenían, miraban encontrando algo quizá familiar y se iban. Otros, en cambio, ni siquiera le tenían cuidado.

   Fue cuando empezó las labores en el jardín, que todo cambió. Los que pasaban frente, ponían más atención. Esto significó que tuvo que escuchar los consejos, recomendaciones, opiniones y juicios de muchos de ellos. Algunos le miraban, y cuando estaban a punto de decirle algo, se arrepentían y se alejaban del lugar. Unos pocos, le quisieron sorprender con trilladas terapias, muy a pesar de que él se esmerara trabajando en el remozamiento del jardín.

   Hubo que ir por capas: los escombros, la basura, hierbajos, cascajo y deshechos. Todo hacinado por el paso del tiempo. También había que remover la tierra, abonarla, hidratarla antes de plantar algo nuevo. Estaba casi satisfecho de su enorme labor, de no ser por un montículo que, si bien no se apreciaba a simple vista, estaba ahí desproporcionando el nivel del suelo. Tuvo que escarbar para quitar los excesos de tierra y demás cosas que se habían amontonado en ese lugar. Conforme iba avanzando en la tarea, se convencía de que estaba haciendo lo correcto, hasta que de tanto escarbar dio con algo que lo dejó inmóvil y desconcertado. Ahí, sentado sobre sus piernas, miraba aquello sin saber qué hacer. Se quedó tanto tiempo en estado contemplativo, que, los transeúntes se acercaron a ver cuál era la causa. Se formó un corrillo: las señoras cuchicheaban con rostros agraviados; los señores miraban con gestos ásperos y algunos movían la cabeza desaprobando lo que veían. Una niña de coletas detuvo su bicicleta para acercarse a mirar, de inmediato, montó de nuevo y huyó del lugar. Los jóvenes miraban con morbo, se tomaban selfies o grababan vídeos con sus sofisticados teléfonos móviles. Un sacerdote intentó un sermón con un argumento demasiado hipócrita al que nadie puso atención. Entonces comenzó un bombardeo de discursos en todas las formas. Juicios, prejuicios, opiniones y declaraciones.

   Llamado por el tumulto, un patrullero bajó de su vehículo, se abrió paso entre la gente hasta llegar a la excavación. Echó una mirada evaluativa, después miró al fallido jardinero, se llevó la mano a la barbilla y asentía como si estuviese sacando conclusiones.

   El hombre levantó su rostro, con la mirada buscaba arrepentimiento y le preguntó:

          —¿Ahora qué hago?

          —¿Enterrarlo y olvidarlo? —contestó el policía.

La sonrisa del universo

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Luna
«Luna» por Carlos Quijano

Cuenta una leyenda, que hubo una vez una diosa que se cansó de vivir entre los mortales, así que una noche ascendió y se convirtió en luna. Durante un eón ocupó un lugar aislado en la galaxia. Solitaria, contemplaba desde las alturas, el planeta tierra. Se daba cuenta que echaba de menos algunas cosas de aquel mundo y de inmediato se cubría de tristeza. Un día, un grillo que estaba parado en una ramita, notó esa desolación. Tomó su violín y comenzó a tocar una suave melodía. La serenata llegó hasta la diosa luna —gracias a la ayuda de las luciérnagas, del viento, las nubes y las estrellas—, y le gustó tanto la canción del grillo, que se le vio sonreír feliz. Ahora, cada vez que hay luna menguante es porque el grillo toca y la música logra que la luna dibuje una brillante sonrisa en el cielo estrellado.

Contradicciones y contraindicaciones

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SALTO AL REVERSO

Propietario de un depósito de reproducciones gráficas
atmosferizado por un tenebroso etilismo
en cuyos rincones transitan silenciosas interrupciones de luz

Sin poder distinguir el origen de la tristeza:
si del piano o las notas
qué más da saberlo
El clima se rige por una gravedad horizontal

Desarmado en el caos de una habitación
presidiario de esta adicción
soy rehén de mi consciencia
terrorista de mi abstinencia
perpetrando mi perdición

Con la depresión en mode on
reaccionario sin revolución
como el tonto de la colina
un caso de psiquiatría
un equilibrado majareta
que no te olvida

Y como en el más extraño cuento de Poe
el exorcista sin bendición
terapeuta de mi demencia
enfermedad de mi insistencia
me voy inventando la curación

En solitario por tradición
prestamista sin ambición
como cheque sin suficiencia
una divisa de tu existencia
que sola espera tu cotización

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