Cuento

Perdido

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Una chica de pelo multicolor yacía sobre la cama de un deteriorado motel. La mayoría de los usuarios lo utilizaban para tener sexo sin preámbulos. Hasta el nombre del lugar hacía ironía a su función. La chica estaba muy drogada y no paraba de reír, mientras subía su vestido y dejaba ver su diminuta prenda íntima de encaje verde pastel. Él sentía que su pene se asfixiaba dentro de su pantalón. Con mucha habilidad la despojó de su ropa y con el pulgar comenzó a estimular a la muchacha. Gemía y se retorcía como posesa.

—¡Cógeme! ¡Hazlo ya! ¡Cógeme! —pedía la mujer.

Él bajó su cremallera y frotó su glande antes de penetrar. La chica recibió la embestida y ya no gemía, gritaba. Por su parte, él se limpiaba las gotas de sudor con una mano. La excitación hacía que le punzaran los testículos. Se limitaba a pujar y a arremeter con fuerza.

—¡Voy a terminar…! —jadeaba la chica estremeciéndose.

—Espera, aún no —replicó él.

Buscaba con su mano derecha algo entre las mugrosas sábanas.

—¡No aguanto más! ¡Ya! ¡Ya…! —gritaba la chica con urgencia.

Un cuchillo afilado cortó su garganta de izquierda a derecha, después se escuchó un gorgoteo y palabras ahogadas en rojo. Él eyaculaba como una bestia apretando los ojos; escuchando los sonidos guturales e inhalando la mezcla de olores de sangre y sexo.

—Padre…, ¡padre! —dijo el monaguillo dirigiéndose al sacerdote y haciéndole una mueca para que prosiguiera.

—El cuerpo y la sangre de Cristo —dijo al mismo tiempo que ponía la hostia en la boca de una chica de pelo multicolor a la que increpó—: ¡Deja las drogas y pinta tu pelo como Dios manda! —La chica lo miró con furia gratuita y le dio la espalda.

—Pero ¿qué le sucede, padre? Anda usted muy distraído —apuntó el monaguillo.

—Me pierdo en mis pensamientos orando, hijo —dijo el sacerdote sonriendo y echando un vistazo a su sotana para confirmar que su pene se estaba asfixiando dentro de sus pantalones.

—El cuerpo y la sangre de Cristo…

Santo remedio

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—Pásele, doña Cholita. Pero ¿qué anda haciendo por estos polvorientos caminos?

—Pues me enteré de la enfermedad del compadre y quise pasar a ver cómo sigue.

—Igual, comadrita, ni pa tras ni pa delante.

—Le traje un queso fresco y un cuartillo de maíz, ya sabe, comadre, pa que no falte el taco en estos tiempos en que el compadre no está bueno.

—Muchas gracias, Cholita. Deje y pongo esto en la mesa. Pero pase, ande, con confianza, si casi somos familia. Para acá está Gumaro, acostado. Así está todo el día, a veces se para al baño y otras…

—¡Santo Dios! ¡Está echo un costal de huesos! Con el perdón, Dolores, pero esto no es empacho por comer tlacuache; esto es más grave.

—Sí, Cholita. Miré, con su permiso le enseño. Le cambié la camisa y me di cuenta de los moretes y de estos chipotes que le salieron en la frente.

—¡Ay, virgencita! Pero ¿dónde fue a pescar semejante mal? Ni modo que por tomar agua del río; todos tomamos de allí.
—No sé, comadre. Pasó hace casi ocho días, el domingo, cuando íbamos a entrar a la misa, me dijo que sentía harta picazón en todo el cuerpo. Nos regresamos y le di una friega de alcohol, pero no se alivió. Desde ese día se ha puesto peor.

—¿Sabe qué? Póngale manteca con alcanfor en los chipotes pa que se le bajen. Lo machaca bien en el molcajete y luego se lo unta y a’i se lo deja toda la noche y santo remedio.

—Ta bueno, comadre. Y pa los moretes no sé que ponerle.

—Hay un remedio, na’ más que hay que conseguir hojitas de mariguana.

—Pero ¡yo ni fumo, comadre, me ahogo con el humo!

—No, Dolores, hojitas verdes. Las pone en un frasco con harto alcohol y las deja ahí unos tres días que le dé el sereno. Después le da una friega en todo el cuerpo a mi compadre Gumaro.

—¿Y dónde las consigo, Cholita?

—El marido de doña Juana siembra atrás de su milpa y dicen que se la fuma. ¡Vaya usté a saber! Yo se la consigo y se la traigo ya preparada, si quiere, pues.

—Ta bueno, comadre. ¡Ay, ya se despertó!

—¿Qué tanto dice, comadre?

—¡Sepa! Parece que se le ha olvidado como hablar en cristiano, farfulla y farfulla pero no le entiendo nada.

—¡Ay, Santo Niño! ¡Qué lenguota! Comadre, mejor hay que llevarlo al pueblo.

Orita se le pasa, Cholita, na’ más le leo los evangelios y se tranquiliza.

—Hay que curarlo de susto, Dolores. Ora que le traiga el remedio, me jalo a doña Jacinta pa que lo cure, ya ve que es re buena para esas cosas, alivió al chamaco de Mauricia: se le había caído la mollera.

Ta bueno, Cholita, se la trae y aquí les doy de almorzar.

—Me retiro porque ya se está levantando el sol y ta largo el camino.

—Llévese esta anforita con agua pa’l camino, está fresca.

—Ándele pues. La dejo pa que haga sus quehaceres. Córtele las uñas al compadre Gumaro, miré, tan largas que parece que no se las ha cortado en meses.

—Están re duras, Cholita, ando buscando las alicatas porque el cortaúñas na’ más no le entra.

—Ande, ande. Nos miramos luego, Dolores.

—Vaya con Dios, Cholita.

***

—A ver, viejito, que tienes, mi’jo. Te vas a poner bueno, ya verás. Le voy a pedir a Dios que te alivie. Orita te voy a rezar y luego te doy un taco de queso con salsa.

»Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre…, pérate mi’jo…, ¡Cálmate! ¡Tate sosiego! ¡Santo Dios! ¿Qué haces? ¡Ayyyy, me lastimas! ¡Gumaro! ¡Gumaro! ¡Ayyy…! ¡Aggggh…!

La resistencia

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Era tan intenso el miedo que sentían, que la adrenalina los hacía temblar. Sudorosos, se escondían tras un montón de sillas y mesas apiladas al final del callejón. En esa guerra la preponderancia del enemigo alcanzaba niveles globales. Quedaban pocos lugares a donde huir,  y otros menos para esconderse.

      —Tienes que cumplir tu promesa, lo harás sin remordimientos —dijo Paola, luchando contra el castañeteo de sus dientes—. Al primer síntoma que notes, solo dispara.

     Marcos la miraba preocupado. Habían logrado escapar de un tiroteo y Paola sospechaba que había sido inoculada. El enemigo utilizaba armamento sofisticado y en cada batalla la resistencia se veía menguada: no tomaba prisioneros ni mataba, pero contaminaba a sus oponentes por medio de balas que penetraban de forma indolora. Comprobó su arma, le quedaban pocos cartuchos y tres cargadores. No aguantarían mucho con esa munición. Paola sudaba frío y no paraba de hablar. Cada vez que abría la boca, Marcos apretaba fuerte la cacha de la pistola.

      —¡No me mires así! ¡No lo sé! ¡No estoy segura! —dijo Paola, desesperada.

     Marcos exhaló aliviado. Aún no llegaba el momento.

    El equipo de científicos de la resistencia había probado mil y un antídotos para neutralizar la inoculación, sin embargo, sus esfuerzos habían sido inútiles. Una vez detectada la infección, no había vuelta atrás; se propagaba alcanzando cualquier rincón del planeta de manera inexorable. La resistencia peleaba en condiciones inferiores con el poco y rudimentario armamento que poseía.

    Marcos y Paola quedaron petrificados al escuchar a lo lejos, las pisadas del pelotón de avanzada. El enemigo estaba a dos pasos de ellos y eran implacables. Las luces de los leds iluminaron el callejón proyectando una caprichosa sombra en la pared del fondo. El soldado movió la lámpara de un lado a otro y se conformó con el silencio del sensor. Pasaron de largo. La pareja soltó la respiración contenida. Los minutos parecían segundos, el tiempo se deformaba mientras los chicos esperaban a que los soldados enemigos se alejaran lo suficiente. Marcos observó una vez más a Paola: tenía la cabeza baja y estaba más pálida que de costumbre. Ella volteó a mirar a Marcos. Encontró su mirada y dijo:

     —Mi nombre es Paola Pleve, tengo 22 años. Estoy con la resistencia desde hace tres años. Mi función es repartir propaganda para enrolar más voluntarios que ayuden a defender la identidad de nuestro país.

     Marcos escuchaba y miraba el triste camino de las lágrimas de Paola: de sus ojos a sus mejillas. Le hizo una seña para que guardara silencio. Se acomodó para abrazarla, él ya no temblaba. Se quedaron acurrucados hasta que la luz del sol los despertó. Habían descansado un poco,  después del enfrentamiento y la larga persecución. Marcos confiaba en llegar al refugio de la resistencia… «Si es que quedaba alguien», pensó. Vio a Paola estirarse y bostezar. Se dibujó una sonrisa en la carita de la chica. Se pusieron de pie para retomar su marcha.

      —Buen día, Pao. ¿Lista para seguir? —dijo entusiasmado.

      —Yes! —contestó Paola.

      Un balde de agua fría les cayó a ambos cuando escucharon la palabra «yes». Paola se tapaba la boca con una mano mientras iba de un lado a otro. Marcos la había volteado a mirar con la incredulidad colgando de su cara.

     —My name is Paola Pleve, I’m 22 years old. I’ve been in the resistance for three years —continuó diciendo—, my job is to distribute propaganda to enroll more volunteers to help defend our country’s identity.

     Miraba a todos lados tratando de encontrar el lugar de donde salían esas palabras. Su cara reflejaba la desesperación y el pánico por lo que acababa de salir de su boca.

     Marcos la miraba con tristeza.

     Paola había sido inoculada en el tiroteo. Aunque había resistido durante un tiempo, ya estaba presentando síntomas de la infección. Pronto dejaría de recordar quién era, mientras, había perdido una parte importante de su identidad: el idioma.

     Marcos, impasible, contemplaba a Paola deshecha en llanto.

     —Just do it. You promised… —dijo ella, antes de escuchar la detonación.

El jardín

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Regresar no era echarse en reversa, menos cuando el tiempo se había encargado de hacer su trabajo, así que sabía a la perfección que las cosas no iban a ser fáciles a partir de ese momento.

    Encontrar el lugar vandalizado, fue el primer incidente con el que se topó: cristales rotos, muros pintarrajeados, basura, despojos y un jardín perdido entre todo ese olvido.

   Conseguiría herramientas para ponerse a trabajar. Pensó que lo mejor sería hacerlo de adentro hacia afuera, habitación por habitación. Aunque sabía de antemano que se llevaría un buen rato en hacerlo, no le preocupaba tanto: su ausencia había servido para tener otro punto de vista acerca del tiempo. Supo, por ejemplo, que no volvería a usar ropa de color naranja, a no contarse las canas (ya había perdido la cuenta), a deshacerse de ciertos hábitos y a no esperar nada.

  Mientras trabajó en el interior, la gente a su alrededor apenas si le notaba; se escuchaba el ruido de las herramientas, pero no se percibían los cambios. Las personas fisgonas, a veces, se detenían a ver, sobre todo cuando comenzó los trabajos en la fachada. Solo curiosidad, se detenían, miraban encontrando algo quizá familiar y se iban. Otros, en cambio, ni siquiera le tenían cuidado.

   Fue cuando empezó las labores en el jardín, que todo cambió. Los que pasaban frente, ponían más atención. Esto significó que tuvo que escuchar los consejos, recomendaciones, opiniones y juicios de muchos de ellos. Algunos le miraban, y cuando estaban a punto de decirle algo, se arrepentían y se alejaban del lugar. Unos pocos, le quisieron sorprender con trilladas terapias, muy a pesar de que él se esmerara trabajando en el remozamiento del jardín.

   Hubo que ir por capas: los escombros, la basura, hierbajos, cascajo y deshechos. Todo hacinado por el paso del tiempo. También había que remover la tierra, abonarla, hidratarla antes de plantar algo nuevo. Estaba casi satisfecho de su enorme labor, de no ser por un montículo que, si bien no se apreciaba a simple vista, estaba ahí desproporcionando el nivel del suelo. Tuvo que escarbar para quitar los excesos de tierra y demás cosas que se habían amontonado en ese lugar. Conforme iba avanzando en la tarea, se convencía de que estaba haciendo lo correcto, hasta que de tanto escarbar dio con algo que lo dejó inmóvil y desconcertado. Ahí, sentado sobre sus piernas, miraba aquello sin saber qué hacer. Se quedó tanto tiempo en estado contemplativo, que, los transeúntes se acercaron a ver cuál era la causa. Se formó un corrillo: las señoras cuchicheaban con rostros agraviados; los señores miraban con gestos ásperos y algunos movían la cabeza desaprobando lo que veían. Una niña de coletas detuvo su bicicleta para acercarse a mirar, de inmediato, montó de nuevo y huyó del lugar. Los jóvenes miraban con morbo, se tomaban selfies o grababan vídeos con sus sofisticados teléfonos móviles. Un sacerdote intentó un sermón con un argumento demasiado hipócrita al que nadie puso atención. Entonces comenzó un bombardeo de discursos en todas las formas. Juicios, prejuicios, opiniones y declaraciones.

   Llamado por el tumulto, un patrullero bajó de su vehículo, se abrió paso entre la gente hasta llegar a la excavación. Echó una mirada evaluativa, después miró al fallido jardinero, se llevó la mano a la barbilla y asentía como si estuviese sacando conclusiones.

   El hombre levantó su rostro, con la mirada buscaba arrepentimiento y le preguntó:

          —¿Ahora qué hago?

          —¿Enterrarlo y olvidarlo? —contestó el policía.

La sonrisa del universo

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Luna
«Luna» por Carlos Quijano

Cuenta una leyenda, que hubo una vez una diosa que se cansó de vivir entre los mortales, así que una noche ascendió y se convirtió en luna. Durante un eón ocupó un lugar aislado en la galaxia. Solitaria, contemplaba desde las alturas, el planeta tierra. Se daba cuenta que echaba de menos algunas cosas de aquel mundo y de inmediato se cubría de tristeza. Un día, un grillo que estaba parado en una ramita, notó esa desolación. Tomó su violín y comenzó a tocar una suave melodía. La serenata llegó hasta la diosa luna —gracias a la ayuda de las luciérnagas, del viento, las nubes y las estrellas—, y le gustó tanto la canción del grillo, que se le vio sonreír feliz. Ahora, cada vez que hay luna menguante es porque el grillo toca y la música logra que la luna dibuje una brillante sonrisa en el cielo estrellado.

Contradicciones y contraindicaciones

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SALTO AL REVERSO

Propietario de un depósito de reproducciones gráficas
atmosferizado por un tenebroso etilismo
en cuyos rincones transitan silenciosas interrupciones de luz

Sin poder distinguir el origen de la tristeza:
si del piano o las notas
qué más da saberlo
El clima se rige por una gravedad horizontal

Desarmado en el caos de una habitación
presidiario de esta adicción
soy rehén de mi consciencia
terrorista de mi abstinencia
perpetrando mi perdición

Con la depresión en mode on
reaccionario sin revolución
como el tonto de la colina
un caso de psiquiatría
un equilibrado majareta
que no te olvida

Y como en el más extraño cuento de Poe
el exorcista sin bendición
terapeuta de mi demencia
enfermedad de mi insistencia
me voy inventando la curación

En solitario por tradición
prestamista sin ambición
como cheque sin suficiencia
una divisa de tu existencia
que sola espera tu cotización

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Ensayo de unos ojos

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SALTO AL REVERSO

Resulta un hipotético dilema tan solo de pensarlo
¿Qué me llevará a decidir?
Si miro tu cara y me detengo en tus ojos
en automático se altera mi cosmovisión

Mi voluntad se torna azarosa
¿Qué me llevará a dar un paso más?
Invento un psicodrama para disimular
ese impulso irresistible me lleva, sin embargo
a perderme en el laberinto de tus ojos
y a no intentar escapar

¿Estoy convencido de entrar?
¿Una vez adentro querré salir?

Espero la respuesta en ese momento:
cuando mis ojos se encuentren con los tuyos

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Revista Salto al reverso #2

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SALTO AL REVERSO

Ya está publicada la segunda edición de la revista Salto al reverso (mayo-junio).

Foto de portada baja

Les dejo los links:

Pueden ver ésta y la primera edición (mejorada con algunos retoques) en el menú principal Revista.

La convocatoria de obras para la siguiente revista se abrirá en cuanto definamos el tema de la próxima edición. El tema debe ser un concepto que podamos abordar en forma de poesía, relato, ensayo o artes plásticas.

Se aceptan sugerencias:

Ayuden a promocionar la revista en sus blogs y en las redes sociales.

Muchas gracias a todos los que participaron en esta edición:

  • Benjamín Recacha
  • Carmen Teijeiro
  • Chavsky
  • Crissanta
  • Eduardo J Castroviejo
  • edwincolonpagan
  • Enrique Urbano
  • Esteban Mejías
  • Fiesky Rivas
  • lachicaimperdible
  • Miresky
  • Nat Figueroa
  • Palagrafías
  • Reynaldo Alegría
  • Roberto Cabral Castañeda
  • Violeta Voltereta

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Invasión

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     Despertó de una siesta vespertina, un intenso estruendo en el cielo lo trajo de su ligero sueño, corrió a la ventana con la idea de cerrarla pues no tardaría en manifestarse una fuerte lluvia. Su sorpresa se desvaneció, pues el cielo estaba tan despejado a esa hora de la tarde, que podía ver sin mayor esfuerzo las pistas de aterrizaje del aeropuerto desde su departamento en el quinceavo piso. Atrajo su atención el sobrecargado tráfico aéreo, pero solo veía el despegar de los aviones en todas direcciones al igual que las palomas de la plaza de armas alzando el vuelo asustadas por un vivaz chiquillo. «¿A dónde va toda esa gente?» se preguntó. Retumbó el cielo una vez más, por la terraza vería mejor que era lo que estaba pasando, se asomó y con pavor vio cómo dos enormes burbujas semitransparentes en un haz de luz naranja, se alineaban con las calles y rodaban por ellas. Había mucha estática en el aire, quiso llamar por celular a la policía, pero no fue posible por la interferencia. Bajó por el elevador hasta el estacionamiento, desconcertado se preguntaba a dónde iría, qué rumbo debería tomar, cuando alcanzó la calle principal, un contingente que corría huyendo de algo le impidió continuar en auto.
—¿Qué está pasando? —Le preguntó a una joven que pasaba a su lado con una mochila en la espalda.
—¡Nos están invadiendo! ¡Están matando a todas las personas! ¡No son amigables como pensábamos!
     Él se quedó inmóvil en la acera, nunca había creído la patraña de los extraterrestres, pero lo que acababa de ver era sumamente perturbador. La gente corría en sentido contrario de como se habían movido las esferas, niños, mujeres, hombres, jóvenes y viejos intentaban salvar sus vidas. El pánico se apoderó de su ser totalmente, parado ahí su mente descartaba rápidamente razones para seguir viviendo; pareciera que el sentido de supervivencia se había dado por vencido sin luchar. Casi tenía ganas de echar a llorar, como cuando en el colegio el bravucón del grupo le había propinado un certero golpe en la nariz y le hizo sangrar, sintió tanto miedo de ver su propia sangre en sus dedos que no pudo reprimir el llanto y lloró mientras los demás compañeros le veían y reían a carcajadas. Después, su padre reprendiéndole por no reaccionar como un hombrecito, recordó como le había dicho aquello de «ser un marica». Se preguntaba qué sería lo que harían los invasores con ellos. No quería saber, ni por morbo. El terror se empezó a manifestar en forma de temblores y escalofríos. No escuchaba nada, pero la gente seguía corriendo y únicamente contemplaba la huida, ahí parado como un tonto. En un arrebato de decisión, corrió a su auto, en el interior no se sintió más seguro, se inclinó para buscar en la guantera y encontró un revólver calibre .38, se armó de valor usando el odio al bravucón y a su padre después de que le llamó «marica», ya no lo sería, demostraría que no lo era y nunca lo había sido. 
     El disparo sonó, pero nadie puso atención. El tumulto de gente dejó de pasar de súbito y la voz en un megáfono se escuchó crujiente y metalizada
—¡Corte! —Dijo la voz alargando la o—A continuación una tanda de aplausos y gestos de aprobación.
—Señores, acaban de presenciar la secuencia de evacuación desesperada jamás filmada en tiempo real. Arrasáremos con los premios este año.—Más aplausos.
—¡Muevan ese auto! —dijo la asistente de dirección y se dio la vuelta, sonreía a los productores, con esa sonrisa de relaciones públicas, ellos miraban fascinados, convencidos y complacidos con toda la labor de filmación.

Un corazón cualquiera

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No sería fácil describir la gigantesca oleada de sensaciones que experimentaban sus sentidos; inmerso en ellas, canturreaba una cancioncilla pegajosa mientras a su alrededor se bosquejaba el entorno en intensos colores neón que lastimaban eléctricamente el estreno de esa noche.

Se acercaba alegre al punto de encuentro con su amada. Sí, ella. Esa persona que era como un caleidoscopio que le hacía ver las cosas de una forma diferente y colorida.

Al acercase al lugar se le aceleraba el corazón y le sudaban las manos, se sentía tan nervioso como un amante primerizo. Todo el amor que sentía por ella le hacía sonreír por fuera y carcajearse como un loco por dentro.

Miró las manecillas de su reloj que perezosas se arrastraban como caracoles al sol hasta el minuto, hasta el segundo exacto: la vería acercarse despacio y mirando al frente sin gesticular ni parpadear siquiera; caminando entre la gente, como tantas otras veces la había visto. Esperaba encontrar su mirada. Debido a los nervios no sabía si la reconocería por su andar o por su cabello revolviéndose en el viento.

Cerró los ojos para retener esa imagen mental y guardarla en su archivo de recuerdos gratos. Al abrirlos se encontró con el rostro de sus sueños, ¡a unos cuantos metros de él!

Tenía un extraño brillo en los ojos que nunca había percibido antes. En los labios una rápida sonrisa destellante y colmada de complicidad. Por sus ojos cruzaba una fugaz sombra de duda que fue remplazada por un flamazo de satisfacción.

Él parpadeó repetidas veces, en una sucesión de viñetas estroboscópicas, alcanzó a mirar como aparecía una sonrisa henchida en el rostro de su amada y en sus pupilas ardía una llama intensa, al tiempo que tendía su mano para ser estrechada con suavidad, pero con ansiosa pasión.

Intentó caminar hacia donde estaba ella; quizá hablarle, quizá hasta gritarle, pero sus piernas y las palabras se negaban a obedecer. Se limitó a ver la última escena, la culminación de esa extraña película donde él no era el héroe que salvaba a la chica. En cambio, vio como ella caminaba dándole la espalda y abrazando al antagonista mientras el viento le revolvía el cabello.

Clavado al piso, inmóvil, con la mente en blanco como cuando se va la señal en el televisor, fue sacudido por un destello del cielo junto con un estrepitoso ruido que se confundía con lo que se le estaba derrumbando dentro de sí. El agua empezaba a escurrirle el rostro; no distinguía si era agua del cielo, pero tenía un gusto muy salado. Llovía.

Cuando al fin pudo moverse, se dio la vuelta y caminando calle abajo, temblaba quizá de frío; llevaba una mano en el bolsillo apretando la promesa de volver al otro día, y con la otra arrastraba entre los charcos, un corazón partido.

El mismo día

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00:01

En el primer minuto de aquel día, justo después de presionar el botón “END” del móvil, sintió como un agujero negro empezaba a devorar su universo desde el mismo punto de su cuerpo en donde antes se ubicaba un corazón. El vórtice absorbía todo a su alrededor, que era inevitable escapar de la dominante sensación de náuseas y la desquiciante idea de que en cualquier momento el pecho alcanzaría un punto máximo de dilatación antes de explotar. Intentó dar algunos pasos, pero ya la espiral se iba cerrando en un movimiento enloquecedor.

Los gritos solo se escucharon en su espacio interior del mismo modo que se escucha una nota musical, yendo desde su vibración más alta a cero. Después un silencio que más que incómodo, era de muerte.

El alma se le estaba escapando en forma de granos de sal de consistencia liquida, uno a uno caían lentamente como un reloj de arena, sin amontonarse, se esparcían, se evaporaban, regresaban a otro cielo.

De alguna parte del  gris, se elevaban diminutas estampas salpicadas de colores con un número de seis dígitos grabado en cada una. Desplegaban sus alas y remontaban el viento antes de extraviarse en un borroso horizonte.

Clips de vídeo parecían rebobinarse eternamente mientras el control vertical desfilaba de abajo hacia arriba en una desordenada sucesión de trailers sin banda sonora ni una advertencia de discreción o clasificación; iban del blanco y negro al colorido de una tarde de verano en el bosque.
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No muchas horas después el cadáver fue encontrado en la vía pública, pero solo eran despojos, vestigios y escoria de aquello que en algún momento fue un corazón que se enamoró al ritmo apacible de una melodía de Josh Groban y que amó de forma tan intensa como se escucha una canción de Nightwish.

Dreams

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Era un detalle mínimo que estropeaba aquella noche perfecta, como fondo de la conversación se dejaba oír el rock sutil de Fleetwood Mac con la melodiosa voz de Stevie Nicks cantando Dreams, proveniente del estéreo del auto, las luces de la ciudad parpadeaban a lo lejos, en el final de aquella calle, el diseñador de espacios urbanos había decidido que un mirador vendría perfecto al borde de la cañada.

En la estrechez del auto compacto, compartían sendos vasos de merlot, esperando que alguno rompiera el silencio.

—¿Qué es lo que piensas acerca del amor? desde un punto de vista testigo de lo que estámos viviendo en estos momentos —Él se atragantó un poco con el planteamiento de aquella pregunta, era un momento etílico en donde no se podía pensar tan aceleradamente para dar una respuesta concreta. Sacudió algunas gotas del tinto que quedaron sobre la manga de su chamarra.

—Estoy consciente que lo que está ocurriendo entre los dos es algo fuera de lo común; en un estándar, si pudiese medirse el estado de enamoramiento, podríamos decir que en términos estadísticos que somos una pareja en un millón, quizá más, el gusto por las cosas comunes, la afinidad, el acoplamiento, el no disentir en opiniones y conceptos, no es cotidiano ni usual, pero tampoco podemos acudir a modelos arquetipicos para ejemplificar o equiparar una relación tan especial como esta.

—Tienes razón, es cuestión de liberar miedos, decidirse a renunciar a paradigmas y sentir auténticamente toda y cada una de esas experiencias sensoriales, que para serte honesta es la primera vez que he logrado experimentar plenamente con una persona.

-¡Dios! eso que me dices eleva mi autoestima a altitudes insospechadas, pero es recíproco —comentó él mientras apuraba el último sorbo de vino y se preparaba a servir un trago más.

—Demasiado rebuscado su lenguaje señor, ¿Por qué no ejemplifica lo que me acaba de decir?

Él la miro con ternura, dejó a un lado el vaso y se dispuso a besarla de una forma tal que no pudiese distinguir si era aire lo que respiraba o el aliento de aquella hermosa mujer.

Ella se separó de sus labios solo para decirle con los ojos entrecerrados:

—Te amo.

Él, incrédulo, volvió a besarla. De manera inefable le respondió con la misma frase.

Despertaron ambos en lugares diferentes, a muchos kilómetros de distancia, él tarareaba una cancioncilla que no podía reconocer y que fue lo primero que le vino a la mente, ella por su parte, despertó contenta, con una alegría y una luz diferente a otras mañanas. Ambos despertaban de un placentero sueño en donde conocían a su alma gemela, a su mitad exacta. Quizás no deberían conocerse, pero el destino omite alternativas. Se levantaron ambos de sus respectivas camas, en su mente al mismo tiempo, un sentimiento de convencimiento de que sólo había sido un sueño individual.

Más guapa que cualquiera

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Había una vez en el Reino de lo Diferente, una pequeña niña que vivía en el bosque cercano al castillo del rey. Vivía en una pequeña choza hecha de paja con cinta de aislar, cerca de un estanque donde habitaba un sapo escritor. Su nombre era Rabiola, tenía catorce años, pero por su tamaño parecía de menos. Si bien era feliz, como toda niña tenía sueños y fantasías, pero también vivía una dura realidad, era muy fea.

Era tan fea que tuvo que dejar de asistir a la escuela porque los otros niños se burlaban de ella y la trataban muy mal. En estos tiempos se diría que era víctima de bullying. Aunque su mamá la mandaba todos los días con su loncherita y una liga amarrada a sus orejitas para que creyeran los demás que usaba una máscara de halloween, sus compañeros de clase no tardaron en descubrir su ominosa fealdad.

Todo transcurría de manera normal en el Reino de lo Diferente: los colores serios deseaban ser más alegres; otros colores querían dejar de llorar y otros querían ser multicolor como el arcoíris. Los números pares querían ser nones; las vocales querían ser consonantes; la letra H quería expresarse de una vez por todas y Rabiola quería ser bonita.

Más allá de La Cúpula del Trueno, en un sistema de cavernas olvidado, la Bruja del Reino maldecía frente al Espejo Mágico Polarizado.

—¡Mugrosa escuincla! Quiere ser bonita como yo, eso no lo voy a permitir, de ninguna manera.

—La solución ama, es matar a todas las Hadas del bosque, así no podrá pedirles que le concedan el deseo de ser hermosa como tú —decía el Espejo con tono plano.

—Prepararé algo para esos insectos con alas y brillitos —dijo la Bruja acercándose al caldero a mezclar un veneno para las hadas.

El Espejo la siguió hasta el caldero, con mirada indiferente; ya se había acostumbrado a reflejar su delineado cuerpo y su hermoso rostro.

La Bruja terminó de mezclar los ingredientes y se deslizó entre las sombras de una noche sin luna hasta el bosque donde esparció el veneno que mataría a las hadas.

Era una mañana fresca y Rabiola corrió al estanque, se acercó a la orilla tímidamente, temerosa como siempre de ver su reflejo en el agua.

—¿Por qué no soy bonita? —se preguntaba a sí misma mientras miraba el ondulante reflejo en las aguas del estanque.

—Si quieres ser bonita busca a un hada del bosque y pídele un deseo —dijo el Sapo Escritor desde su posición en una piedra mientras tomaba el sol.

Rabiola pegó un salto del susto: no había advertido la presencia del Sapo en perfecta mimetización.

—¿Dónde la encontraría? Hace mucho no veo una y no sabía que pudiese pedirles un deseo —dijo con un color de desesperanza pintando su delgada voz infantil.

—Busca más allá de los abetos, en los arbustos de huele de noche, ahí les gusta reunirse —apuntó el Sapo dándole la pista.

Rabiola hizo una mueca que en realidad era su sonrisa, pero debido a su fealdad se parecía más a un gesto agrio.

Para cuando llegó a los abetos, el sol ya estaba rebasando el cenit. Encontró los arbustos de huele de noche, pero como era de día, no olían a nada. Precavida, Rabiola miraba a un lado y a otro fijándose en cada claroscuro entre los matorrales y cuidando sus pasos para no ahuyentar a las hadas. Pasaron muchos minutos antes de que con el rabillo del ojo notara un débil brillo entre un tronco seco y una piedra desprendida del terraplén; era un leve resplandor ámbar, como el de un chorreado candil en la mesa de un desconocido poeta. Parecía palpitar a un ritmo lento, pesado.

—¡Oh, cielos! —dijo Rabiola cuando miró más de cerca y encontró a un hada de color azul pálido. Resplandecía a nivel muy bajo y tenía sus pequeñas alas opacas, casi lechosas. Respiraba débilmente y dejaba escapar en un lamento apenas audible, su petición de ayuda.

—A… yú… da… me…

Rabiola con toda precaución levantó el cuerpecito con sus dos manos y tiernamente la acercó a su regazo. Ojalá el hada soportara el camino de regreso, estaba muy mal.

—Te llevaré a mi casa y te cuidaré hasta que te mejores, sí.

En el momento justo que dijo esto, un minúsculo pájaro azul, levantó el vuelo en dirección a la Cúpula del Trueno, más específicamente a las cuevas donde vivía la Bruja.

—¡Mugrosa escuincla! ¿Cómo pudo haber un hada sobreviviente? ¿Es de fiar esa información? ¿Quién te lo ha dicho Espejo? —La Bruja estaba fuera de sí.

—Me lo ha dicho un pajarito llamado Tweet, lo ha confirmado y ya se filtró la información a Wikileaks.

—¡Voy en busca de esa mugrosa! Acabaré con ella y con el hada y así no habrá mujer más hermosa en este reino, ¡solo yo!

La Bruja reptó a través de todo el bosque buscando rastros de Rabiola y el hada. Convertida en serpiente se movía a una velocidad enfurecida.

Llegó hasta los matorrales de huele de noche, pero ya no encontró a sus presas, tuvo que hacer uso de sentido del olfato para hallar algún indicio. Casi oscurecía cuando a lo lejos alcanzó a mirar la figura de Rabiola, con la velocidad de un látigo se acercó a unos metros de los pequeños pies de la niña quien con ojos desmesurados contempló la mirada maligna de la Bruja. La Bruja a su vez titubeó un poco al ver la horrenda expresión en la cara de la niña que era digna de haber sido extraída de alguna pesadilla delirante de Clive Barker.

Rabiola pegó un grito que despertó al hada de su sopor, escuchaba la respiración agitada de la niña.

—¿Qué pasa? —dijo el hada.

—-¡Nos persigue la Bruja de las cuevas! —contestó muerta de miedo Rabiola.

—¡Maldita Bruja! Acabó con todas las hadas del bosque y ahora quiere rematarme. Corre hacia el roble grande, ahí le esperará una sorpresa.

Rabiola enfiló hacia el árbol de tronco enorme, pero la Bruja le pisaba los talones. En un esfuerzo, el hada, lanzó un hechizo y en el terraplén se abrió una entrada que dejó pasar a la niña y se cerró de inmediato. Eso les dio algo de tiempo, mientras la Bruja rodeaba algunos peñascos. Rabiola respiraba agotada, estaba asustada. Del otro lado del terraplén se veía el camino de salida del bosque.

—Estoy agotada nena, pero haré un último hechizo para salvarnos —Se le acercó al oído para contarle del plan.

Rabiola asentía con la cabeza mientras el hada le daba las indicaciones, en un momento la niña se volteó a mirarla con una expresión de duda

—Solo así funcionará el plan, debemos correr el riesgo.

—Está bien —contestó.

La dejó sobre una raíz saliente en el terraplén, y se fue alejando poco a poco sin darle la espalda. En ese momento un crujir de ramas les advirtió que la Bruja ya se encontraba cerca. Rápidamente Rabiola se apresuró a llegar al camino de salida del bosque a tomar su posición como le había dicho el hada. De frente, miraba al hada preocupada, se veía bastante mal, casi sin fuerzas, decaída pero decidida a enfrentarse a la Bruja.
No tardó en aparecer, siseaba y se enroscaba de una manera morbosa e insultante. Miró en un extremo a Rabiola y astuta volteó hacia el hada del lado opuesto.

—¡Estúpidas! ¿Pretenden engañarme? Soy más lista que ustedes. Las haré sufrir lo indecible. Haré cosas atroces con ustedes y cuando me cansé las mataré lentamente —concluyó y se abalanzó con toda su fuerza sobre Rabiola quien solo cerró los ojos y se cubrió con sus manos la fea carita.

En ese momento el hada hizo acopio de todas las fuerzas que aún le quedaban y lanzó el hechizo

—Chin pum pan tortillas papas digui di badi di bú —A continuación, se desmayó.

Como perros encadenados, media docena de trampas mágicas para oso marca ACME se lanzaron a lo largo del cuerpo transformado de la Bruja, cerrando sus potentes quijadas sobre ella sin darle oportunidad de alcanzar a la pobre Rabiola que temblaba arrodillada esperando el ataque. Un bufido le hizo mirar, la vio prensada entre las fauces metálicas, tenía una trampa mordiéndole justo abajo de la respingada nariz y el mentón evitando que pudiera decir algún conjuro. Ahí quedó haciendo movimientos convulsivos queriendo escapar de la presión de los mordiscos.

Rabiola se levantó y avanzó con pasos vacilantes junto al cuerpo de la Bruja, corrió a buscar a su amiga que yacía inconsciente en un montoncito de hojarascas, levantó el cuerpecito inmóvil y vio que aún respiraba. Se dirigió hacia la salida del bosque no sin echar una última mirada a la Bruja.

Llegó rápidamente a la choza donde su mamá la esperaba preocupada. Ya estaba oscuro y se intrigó más al ver que de entre sus dedos se escapaba un leve resplandor ámbar.

—Pero, niña, ¿ahora que traes ahí?

—Es un hada mamá, ayúdame, está muy mal casi muere por un veneno.

La mamá puso en la estufa una cacerola y comenzó a agregar ingredientes para hacer una infusión. Cuando estuvo lista, vertió un poco en un jarro auténtico de Tlaquepaque y con un gotero le fueron administrando el té.

—¿Mejorará? —preguntaba a su madre.

—Si hija, se pondrá bien.

Trece días después el hada volaba divertida, perseguida por Rabiola cerca del estanque del Sapo Escritor.

—Hay algo que quiero pedirte —dijo Rabiola al hada, tímidamente.

—¿Qué es, amiguita? Dime.

—¿Me concederás un deseo?

—Me salvaste la vida, considero que es justo. ¿Ya pensaste bien qué es lo que quieres?

—Sí —respondió y se le iluminó el feo rostro—. Quiero ser muy guapa —El hada la miró con una mezcla de ternura y «haré lo que pueda, no prometo mucho» y dijo las palabras mágicas:
—Chin pum pan tortillas papas digui di badi di bú…

Pero no pasó nada. El hada sabía que sus poderes no eran tan grandes ante la extrema fealdad de la niña así, que resultó mucho más fácil hacer que todos los pobladores del Reino de lo Diferente se hicieran más feos que Rabiola, así ella sería más guapa que cualquiera.

Epílogo

El hada se retiró y ahora vende comida en un café de carretera. Engordó tanto debido a los efectos secundarios del veneno, que sus alas ya no la aguantaban para volar.

El Sapo Escritor ganó una fortuna al vender los derechos de autor de la crónica de las últimas horas de la Bruja, en donde narra con detalle cómo los animales del bosque en venganza, hicieron cosas innombrables con ella antes de que las criaturas carroñeras de la noche la devoraran cuando aún estaba con vida. Pronto se estrenará la película.

El pajarillo azul llamado Tweet, es ahora millonario con su red social Twitter.

El Espejo Mágico hasta hoy sigue haciendo reflexiones.

Rabiola ha ganado los últimos tres años consecutivos el concurso de Reina de las Fiestas de Primavera del Reino de lo Diferente. No tiene oponente.

La H nunca se expresó.

Fin

5 de octubre

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Esto ocurrió hace algunos años.

Sí, lo recuerdo bien, era de noche y estaba lloviendo. ¡Ah!, esa noche del 5 de octubre del 97, ¡qué noche la de aquél día! Mientras caminaba por la calle principal, sumido en mis pensamientos, algunos extraños ruidos procedentes de mi estómago me obligaron a dejar de lado mis profundas conjeturas acerca de lo que había vivido en las últimas 17 horas; hasta ese momento me percaté que no había probado alimento alguno desde que saliera de mi casa. Levanté la mirada hacia el cielo poco estrellado y nublado, lo recuerdo muy bien, dije:

   —¡Oh cielos, cuanta hambre tengo!, ¡Dios por favor, haz que encuentre una taquería lo más pronto posible!

   Me dolían los pies, y empezaba a sentir mis dedos como cubos de hielo que ansían sumergirse en alguna etílica bebida. Mi mirada buscaba afanosamente alguna luz amarillenta en algún lugar concurrido por personas y perros; eso me indicaría que ahí estaría el Sagrado Alimento. Mis pasos retumbaban en mis oídos y el rugir de mis tripas también. Al doblar la calle, ahí estaba una mugrosa taquería que me aliviaría este suplicio.

  Me acerqué percibiendo el olor característico de la grasosa carne y las insalubres salsas contenidas en recipientes un tanto mugrientos, así como el olor de los limones y el calorcillo del fuego en donde se cocían las carnes lentamente. Con mi boca transformándose en agua, inseguro de qué era lo que debía degustar esa noche del 5 de octubre del 97, titubeé un poco mientras el taquero me clavaba su mirada inquisitiva e insinuante que me decía: «apúrate a pedir güero». No recuerdo qué fue lo que ordené, pero en un parpadeo, ya tenía frente a mí un plato de plástico colmado de tortillas con carne, cilantro mal picado y olorosa cebolla.

   Decidí rápidamente ponerle salsa verde y un poco de limón por aquello de las tifoideas. Llevé el taco a mi boca y en un momento el intenso sabor agridulce me lastimó salvajemente las papilas gustativas, de inmediato noté que el taquero me miraba haciendo gestos, mentándome la madre y quizás también se burlaba un poco de mí. Me giré hacia otra parte mientras ya degustaba de otro suculento taco.

     Sentía como iban apaciguando su furia mis intestinos. Bajé un poco la mirada y vi a un perro callejero que con la cabeza de lado me veía suplicante, le tiré un trozo de carne para que comiera, pensé que al igual que yo estaba hambriento, pero inusualmente el perro retrocedió y se sentó sobre sus patas traseras volviendo a mirar con un dejo de tristeza, de nostalgia, de profunda pena. Con el pie volví a acercarle el trozo de carne y volvió a tomar la misma actitud. Por el otro lado un pequeño gato se me había acercado restregando su lomo contra una de mis pantorrillas, me agaché un poco para ver más de cerca al perro y cuando lo tuve lo bastante próximo, abrió su hocico y me dijo:

      —¡Te estás comiendo a mi hermano, hijo de la chingada!

    No había terminado de decirlo cuando aventé el plato con lo que quedaba y corrí desesperado unas 15 calles, me detuve en el quicio de un portal, atrás de mí, el gato que andaba merodeando por el puesto, llegaba también presuroso y con el lomo erizado.

   Intentaba estabilizar mi respiración y mis pensamientos. Totalmente desconcertado, volví a repasar lo que había ocurrido con el perro, se me erizo la piel de inmediato, bajé la mirada y el gato que se relamía los bigotes junto a mis pies, me miró a los ojos y me dijo:

     —Qué pinche susto nos pegó ese pinche perro, ¿verdad?

    Después de esto no recuerdo más, creo que me desmayé y recobré el sentido en la Cruz Roja. Cuando me interrogaron que había pasado, los paramédicos y enfermeras me miraban con bastante incredulidad, salieron del lugar y me quedé dormido. Cuando desperté dos tipos intentaban ponerme una camisa de fuerza.

     Me encerraron en un manicomio. Ahora todos los días el terapeuta me repite muchas veces con su voz suave y casi afeminada: «los perros y los gatos no hablan, sólo son mascotas». Yo me quedo pensando, casi me convence, pero me hace dudar todo el tiempo un ratón que sale debajo de la mesita de noche y con voz chillona me dice:

     —No le hagas caso, te quiere terapear.

Llámame antes de dormir

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—No olvides tomar tu medicamento antes de dormir.

—Mamá ya no soy un niño, pero gracias por preocuparte.

—Nunca dejarás de ser mi bebé.

—Adiós mamá, linda noche.

—Adiós, mi amor.

Se durmió experimentando un poco de culpabilidad y remordimiento por seguirle la corriente a su mamá.

Realmente se había distanciado de ella por cortar el cordón umbilical que lo ataba, aunque su madre era toda bondad, en ocasiones era exasperante su forma de brindar atención, sobreprotectora y casi encimosa.

Luis intentó apartar esos pensamientos e intentar dormir sin ayuda del medicamento que le recetaran para controlar sus crisis nerviosas y las largas noches en que permanecía despierto revolviéndose en la cama o mirando el televisor hasta el amanecer.

Sintió que se sumergía en un sueño tranquilo y relajado que fue interrumpido por un ruido extraño; ya se estaba acostumbrando a los ruidos nocturnos de aquel piso alquilado, pero éste le había parecido diferente. Sintió un poco de enojo por la interrupción de su tan anhelado sueño.

Se reacomodó en la mullida cama dispuesto a no dejarse secuestrar por su antiguo y muy bien conocido enemigo el insomnio. No tardó en sentir el sopor del sueño reparador cuando nuevamente escucho un sonido de chapoteo y algo parecido a pisadas.

Se irguió un poco sobre la cama pensando que algún animal callejero hubiese entrado por alguna razón al interior del piso, pero el ruido cesó. Prácticamente se dejó caer maldiciendo su suerte por querer conciliar el sueño sin éxito.

-¡Diablos! —exclamó salpicando fastidio.

Su enojo fue mayor al mirar que el reloj de la mesita de noche, burlonamente le decía con sus brillantes números rojos, que apenas habían pasado siete minutos desde que había terminado la llamada con su madre.

Se levantó aventando furiosamente el edredón, revisó la cocinita, el corredor de la entrada y el pequeño baño sin encontrar nada anormal. Un momento. Un movimiento apenas imperceptible en el agua del inodoro coloreada de azul por la pastilla desodorizante. Un movimiento ondulatorio muy leve.

Pudiera ser cualquier cosa en el drenaje, esa sería la explicación al chapoteo. Ratas, algo en la tubería.

Regresó a su habitación, echó un vistazo alrededor, recogió el edredón y se dejó caer sobre la cama. Sintió la calidez de la cobija y lentamente empezó a perder conciencia.

Como una voz lejana que pronuncia un nombre, Luis escuchaba apenas, indeciso de despertar o seguir dormido, poco a poco involuntariamente regresaba de una profunda etapa del sueño, como en un filme en cámara inversa, recobraba la conciencia y de golpe abrió los ojos solo para ver como la criatura ferozmente se abalanzaba hambrienta  hacia él.

Su madre en ese momento despertaba con sobresalto y lo primero que pudo pronunciar fue el nombre de su hijo

-¡Luis!

El reloj mudo, sobre la mesita de noche, con sus números en color rojo, indicaba que apenas habían pasado 10 minutos desde que habían terminado la llamada.

La singular historia de cómo y por qué me enamoré de ti.

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Esto le ocurrió al amigo de un amigo que me lo contó solo por pasar el rato en una lluviosa tarde en el otoño de 2011…

CAPITULO 1

De cómo empezó todo.

La recuerdo caminando con paso tranquilo, con un especial brillo en la mirada, serena, casi aristocrática. Buscaba verme a lo lejos, yo disimulado hice como que no la veía mientras el corazón se me escapaba. Cuando la miré de frente, todo alrededor ya no tuvo color, solo su espléndida sonrisa iluminaba todo el lugar; a las puertas de un pequeño café el destino una vez más iniciaba un nuevo hilo en nuestras vidas. Fue un abrazo nervioso, cálido, pero temeroso de dudas.

La conversación fue de aquí allá, mientras disfrutábamos de un té helado, que en nuestras manos iba ganando grados de temperatura. Quizás las señales eran inequívocas: al rozar su cara con mis dedos ella estalló en una explosión de un rojo inocente. Yo tartamudeé cuando de sus labios se desprendieron dos palabras que fueron como un terremoto por su contundencia “Me gustas” y la marejada fue inevitable.

Tratando de evadir el ataque tan directo, retomamos la conversación con los temas más triviales que puedan haber, mientras ella mordisqueaba un popote, sus ojos no susurraban, ni siquiera hablaban, gritaban con urgencia “bésame”. El mensaje llegó hasta mí y nuevamente una sacudida me recorrió el cuerpo. Aquella tarde del sábado 16 de abril, me armé de valor y cerrando los ojos busqué el camino más corto hasta sus delineados labios. Era su olor, que me embriagó y me hizo sentir vértigo mientras la química se encargaba de la reacción de nuestras bocas juntas, después de eso  la magia del amor hizo el resto.

El lugar era demasiado pequeño para nuestras emociones y tuvimos que salir a buscar dimensión y espacio en el exterior, caminamos hacia un lugar no premeditado, hubo que pedir permiso para tomarnos las manos y caminar a la par. Como dos adolescentes fuimos de aquí para allá.

Hasta ese momento ella me había parecido un personaje extraído de alguna historia fantástica, resultaba una mujer increíble, fuera de su belleza física, el interior detrás de esa pose de diva era sumamente hermoso, una mujer práctica, rebelde, sin tapujos, acostumbrada a decir lo que sentía sin disfraces ni medias tintas, entregada y muy segura de sí.

Solo en mi mente podía existir una mujer tan perfecta para mí; esperaba ese momento en que alguien que no conoces se acerca y te dice “sonríe es una broma, la cámara está allá, saluda” pero no llegó ese momento. La lluvia se empezaba a anunciar coloreando el azul con un color plomizo típico de alguna canción de Serrat. Subimos a su auto. Esa sencillez fue un acierto más para empezar a adorar a esa criatura de lindísimos ojos claros. Me sentí muy cómodo mientras ella apurada me propuso poner música en el estéreo: un tipo de música que no es lo usual que escuche la gente común. El ambiente en el auto se tornó místico. Lo lounge de la música con la presencia de aquel ser de luz me transportó a otra dimensión, a un lugar en donde nunca había estado antes y del que no quería regresar.

Se movía hábilmente entre el tráfico de ese sábado por la tarde, indudablemente supe que es una mujer valiente, paramos en un lugar donde pudimos platicar más íntimamente, ahí en ese instante, en el auto, ella percibió mis miedos, mi tristeza, mi pesar, mis lastres. Me aconsejó, me dio fuerza para enfrentar las cosas que no podía cambiar, pero sobre todo me dio algo que hacía tiempo estaba perdido para mí: la esperanza.

Me despedí de ella esa tarde-noche con la lluvia incipiente como fondo de una escena de una secuencia en donde la tormenta se avecinaba con su fuerza inminente, para dar paso a la serena calma. Me despedí pensando en que no la volvería a ver, como cuando ocurren sucesos sobrenaturales y que difícilmente se puede volver a ser testigo de ellos.

CAPITULO 2

De cómo el amor te invade.

Las siguientes semanas fueron pasajes de risa, muchos besos salpicados de vino tinto y en ocasiones de cerveza y agua salada que no viene del mar. El difícil proceso de volver a creer en el amor pasaba factura para ambos; Ella me impulsaba a liberarme de mis lastres y yo me liberé de ellos con el único fin de hacerla feliz a toda costa. No fue fácil aceptar esa incursión de los sentimientos, esa exploración precavida, como la de los animales que se miran fijamente y se mantienen alertas y al acecho.

La peculiaridad de la relación es que no estaba basada en la cuestión sexual, se mantenía al margen del placer que se experimenta al contacto de una piel. El amor era manifiesto en todo momento, la consideración de un verdadero amor era todo presente entre ambos. Esto daba pie a cimentar una relación basada en la honestidad y en la única verdad que resulta después de amarse.

La personalidad de ella siempre juegó un papel importante; su naturaleza rebelde y de ir en contra de lo establecido es lo que fomentó la variedad en la relación, eso la hace ser única y auténtica. Pocas personas en el mundo tienen estas características en su forma de ser. Yo no me considero tonto, he visto ésto y muchas otras cosas más en ella que me hacen valorarla, tanto como pareja, como ser humano y me inducen a amarla cada día más.

De pronto me despojé de los miedos que me impedían ser feliz y me entregue totalmente a ella y a sentir y experimentar como nunca lo había hecho, un amor honesto e inusual.

Ella es violenta, es suave, es tierna, no piensa en el amor eterno pero si en la entrega total como si el fin del mundo estuviese a la vuelta de la esquina. Es traviesa, alegre, divertida, irreverente, natural y espontánea. Todo junto en una sola persona. Es una mujer intensa.

Esos detalles fueron los que hicieron que me enamorara de ella, aparte de su belleza física, porque realmente es una mujer hermosa, sus características emocionales fueron las que me cautivaron  y caí como un lobo en la trampa de sus ojos. Esa atrapante manera de ser, el olor que la identifica aun cuando no estoy  cerca, la forma en que estalla su risa con mis tonterías, la manera tan sutil que tiene de amarme, porque a pesar de toda esa montaña rusa emocional, ella me ama.

CAPITULO 3

De cómo ella me ha enseñado que la vida te pone pruebas.

Dice un dicho que si las cosas que verdaderamente valen la pena fueran fáciles, cualquiera las haría. Bajo esta norma ha sido esta historia, no ha sido fácil mantener una relación tan intensa, hemos tenido altas y bajas, momentos sumamente brillantes y otros completamente grises; ha habido de todo en estos 254 días que hemos estado juntos. No me arrepiento ni un minuto de ello, cuando está en juego la felicidad haces cualquier cosa por alcanzarla.

Un día tuve un sueño donde Dios me llamaba a presentarme frente a él, yo acudía al llamado, no era una oficina ni un trono de un salón real, era solo un lugar lleno de naturaleza y escuchaba su voz diciéndome: “Tu misión es aceptarla tal cual es, cuidarla y darle todo ese amor del que ella está ávida, te va a costar mucho, pero al final tendrás la recompensa de su amor”.

¿Qué mortal no querría tener el amor de tan singular criatura? No dudé ni un momento en cumplir la misión que Dios me ha encomendado. Hay tal grado de conexión entre ella y yo, que siento cuando ella siente, que puedo adivinar lo que piensa y soy tan de ella como se puede ser. La amo.

No es tan simple ni sencillo, es complejo, enredado, laborioso y lleno de retos. Pero ella vale la pena desde el punto de vista donde se mire, aunque en muchas ocasiones me tenga que volver a diseñar las respuestas a preguntas de las que ya tenía una solución. Es impredecible. Es un alma libre, es el vuelo de una singular ave, es mi unicornio personal, es mitología, no es alguien perfecto pero si se aproxima a lo que siempre he soñado.

Bien vale cualquier prueba que pueda poner la vida, al final como me lo dijo Dios, tendré la recompensa de su amor.

Conclusión

Todo esto ocurrió a partir de que un día navegando en internet, en una página yo mirara una carita feliz.

Dios tiene métodos tan extraños.

Gracias Dios.