A estas horas

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Les comparto una entrada de nuestro autor destacado del cuatrimestre en Salto al reverso, Poetas Nuevos..
Los invito a visitar su blog personal: poetasnuevos.wordpress.com.

SALTO AL REVERSO

Extraño el azul de tu voz, desde ese acento canchero y la forma en que arrastras algunas palabras, hasta el brillo fino de un: ¡¡pero, ché!!

Extraño tus manos acariciando el cielo de mi mirada, tan azul de verte, tan azul de soñarte, tan azul de sorprenderte cuidando mi piel.

Extraño el destello en tu cabello del azul de la luna en días sin estrellas y la panza del firmamento explota en azul intenso y nosotros nos amamos.

Extraño el a contraluz de tu pecho, azul que deshaciéndose en mi boca, una dosis tan tuya como mis manos en tus caderas, agitando el mar.

Extraño que seamos lo escrito a diario entre el jueves, viernes y domingo, en el fondo azul del blog y a veces en un salto al reverso de nuestras vidas.

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Ebriedad

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Quise olvidarte bebiendo una botella entera de amnesia; al otro día tuve una resaca de recuerdos.

El jocho

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Enlace de la imagen: https://bit.ly/2VUPDyD

Todavía estaba indeciso cuando pedí el «jocho» a la señora del carrito —a mí no me gustan—; pero me entretuve con el recuerdo de que Zypza les decía así a los perritos calientes y sonreía y se movía inquieta mientras preparaban el bocadillo. También pedí una soda de dieta, la señora que me despachaba me miraba con sonrisa irónica.

—¿Con todo? —dijo con impaciencia.

—Sí, con todo y un poco más —dije, como ella decía, solo que yo no era tan angelical como Zypza y la señora me lanzó una mirada de esas que hieren de muerte.

Con el bocadillo y bebida en mano, fui dejando la avenida principal para dirigirme a una calle perpendicular a la de la casa de Zypza. Allí había unos escalones que servían de acceso a la puerta de una casa que había quedado a desnivel de la calle. Era un lugar apenas iluminado por una lámpara de mercurio. Un ambiente agradable para sentarse a cenar y escuchar las historias de Zypza. La escuchaba sin perder de vista sus gestos: arrugaba la frente o abría de más los ojos. Todo mientras disfrutaba de su «jochoݟ. Cuando terminaba, pegaba un salto y corría a la esquina para asegurarse de que su madre no estaba buscándola. Era divertido verla hacer eso, —ella era muy divertida—. Regresaba y bebía la soda a pequeños sorbos y me convidaba. Después llegaba el momento más esperado: Zypza me abrazaba y recargaba su cabeza en mi pecho. Ahí se quedaba durante un buen rato; sin hablar, sin moverse, solo sintiendo la cercanía de nuestros cuerpos. Siempre que lo recuerdo me da risa: era un momento de verdad especial impregnado con el olor de la mostaza. Luego me miraba con esa mirada que pretendía explicarme todo, pero no lo hacía.

La última vez que supe de ella me dio un beso, y como lo hacía siempre, corría sin voltear hasta la puerta de su casa. Solo un beso.
Siempre me paro indeciso frente al carrito de la calle principal y pienso en todas esas noches con ella. Aunque se haya ido, no dejo de comprar un «jocho» y una soda de dieta. El «jocho» lo dejo en los escalones. La soda me la bebo a pequeños sorbos junto con su recuerdo.

 

Ahora

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Shadow hand

Hay líneas que en lugar de borrarlas es mejor no escribirlas.

Queda una historia en turno a la espera de canjear su significado.

Así sobrevivo en un cuarto sin ventanas para no ver como va la vida allá afuera sin ti.

Porque lo que hay dentro no alcanza para vida, pero tampoco roza la muerte, ahora.

Y el viento ya no dice nada, la luna ya no alumbra para ambos; todos los días son iguales.

Queda un alfabeto desconectado y una máquina que a veces hace ruido.

La lógica se convirtió en reproche, el tiempo en algo extraño y la distancia se ha hecho enorme, ahora.

El insomnio impera por las noches, mientras que en el día tus luces ciegan la razón.

¿Durante cuánto tiempo debo perseguir al olvido? ¿Cuántas lágrimas se necesitan para agotar el pasado?

Solo hay silencio y no respuestas, ahora.

Ahora hay una aterradora confusión entre el ser y el estar; entre el ir y venir; entre el vivir y morir.

Ya no hay verbos ni adjetivos, solo queda este maldito adverbio: ahora.

Y así es como me siento, perdido en un laberinto oscuro de emociones que mueren y renacen.

Con un pasado qué se niega a morir, un futuro que nunca fue y como único testigo de esta rabiosa soledad, el ahora.

Imagen: Carlos Quijano

Sueños de colores

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sueñoscoloresEn esta tarde lloviznan sueños de colores, déjate colorear, todo se torna bonito. Expectante los vi caer, aquí, allá, livianos, dirigidos por nadie, pero sabiendo su camino. Y se alegran todas las flores, en un mundo de ilusiones. Ilusiones de un llanto que no se lloró nunca, que se funde con la lluvia y se torna en sueños, azules, amarillos. Una lluvia multicolor como el arcoíris de mis sueños, esos que anhelo cumplir a tu lado. Un punto y aparte en nuestra historia. Esta historia tan mía, y tan ausente de ti. Ausente e intangible, pero nuestra por y para siempre. Siempre hemos tratado de construir hombro a hombro en el telar de la vida, la historia más hermosa donde se tejen los sueños y se hilvanan ilusiones. Pero después de tanta espera ese gran sueño es ahora una hermosa realidad. Ya la carga de las ilusiones se me vuelve ajena, añeja. Intento aprender de mis errores y no volver sobre mis pasos. Busco la lógica y la experiencia que me sirven de impermeable y paraguas. Debo salir. Debo hacerlo. Se me terminó la comida. Y se me terminó el vino, todo eso lo puedo soportar, pero tu ausencia, jamás.

He perdido la cuenta de cuantos cigarrillos he fumado. La alacena huele a olvido, la vajilla ya no está completa, la comida es solo un sueño. Caen las gotas, los sueños se fragmentan, aquí, «plaf», allá, «plaf». Aunque esos sueños se destruyeron desde tu partida. Pero al menos tengo la esperanza de que el día de mañana me uniré junto a ti y estaremos juntos por siempre. En esta tarde lloviznan sueños de colores verdes olivos y se escuchan tanquetas anunciando una primavera de rosas rojas. Aunque hasta la misma esperanza me susurra que no lo haga. Que ya no te espere. Y en secreto me dijo un sueño, que debo ser feliz. Junto con ello mis recuerdos salen a flote, puedo jugar con mi memoria y recordar lo mucho que nos quisimos. Es como mi película favorita: la pauso y miro tu sonrisa, tu pelo volátil; miro con mucha atención como deslizo mis dedos por tu cuerpo como reímos y corremos a la orilla del mar. Pero ya solo es mi recuerdo como una película. Entre sueños y recuerdos fragmentados, un atisbo de ilusión se hace presente y te veo en mi lista de mandados entre chocolates y aguardiente. De todas las niñas quinceañeras que esperan al Príncipe azul en su blanco corcel. Solo espero la lluvia de sueños de colores para pedir mi deseo, pero no llega, mientras el príncipe no es ya azul, lo han dejado descolorido de tanto besar princesas equivocadas. Son los sueños de aquellos días que compartimos y que pronto quedarán en el olvido.

Aunque hay algunos sueños, que ni siquiera el olvido se atreve a matar. Cada noche tomo esa pastilla para soñar contigo. Se que ya no te podré tocar y, aunque para mí no sea suficiente, me conformo con verte y cada mañana me despierto con una mochila llena de frustración. Quiero quedarme a vivir allí pegado al vidrio tan frágil como yo, para sentirte cerca, corren mis lágrimas como corren las gotas en el vidrio. Y te alejas, y te acabas. Jugaré con los charcos coloridos de sueños, me atreveré.

Pero lo que nunca acabará será mi esperanza, esa que me grita a los cuatro vientos, que, aunque estemos lejos, de mi mente no te mantengo ausente, porque es más grande el amor que nos tenemos, y juramos en esa tarde que lloviznaban nuestros sueños de colores, que único amor verdadero era el de nosotros, que mi alma y tu alma están fundidas de hierro. Me niego a pensar que tu amor y el mío sean solo una quimera, un zarpazo de felicidad. Lo quiero todo, lo merezco y tú también. ¿Te acuerdas cuando nos besamos en esa tarde cálida de estío? Aún recuerdo tu mano en mi nuca y ahí te amé y supe que no hay nada más que tú y yo. Mojando poco a poco los corazones abatidos, dejando en cada esquina aquellos suspiros que entre beso y beso sellamos antes de partir en el último segundo de aquel minuto perdido que cuelga en esta fría noche. Y llegue tarde para decirte que nada es más lindo que un sin fin de colores, aquel que llena el alma vacía luego de tantas tristezas. Por eso, sueño con ellos y armo mi mas maravilloso mundo, pero eso sí; si estas conmigo.

Y desde entonces, es que comencé a volar… Tan alto que me desprendí de esta tierra. No me sueltes, que caeré sin alas. Sígueme sosteniendo a través de tus labios. Vuela con mis alas que yo me alimento de tu esencia. Permite que el resto del mundo sea nuestro cómplice mientras las estrellas danzan a nuestro alrededor. Una danza que esparce polvo de estrellas, envolviendo al universo en una llovizna de colores, donde cada gota trae un millón de sueños. Limpiando mis lágrimas negras ya mi horizonte se pinta más claro. Me idealizo que estás junto a mí, aunque solo sea mera ilusión: «mi amor platónico».  Y tú sin mí… Ya no habrá mal de amores.

Ahora, de vez en cuando me asomo a la ventana y recuerdo tus palabras; tu voz festiva diciéndome lo bello que sería que cada gota de lluvia fuese un sueño y cada sueño de un color distinto.

Este texto es el resultado de una dinámica propuesta en Facebook. Agradezco a todos los participantes por su valiosa contribución. A continuación los menciono en estricto orden de participación:

Paula Montoya, Aiko Esor, Magaly García, Anauj Zerep, Jeanett L. Ginory, Martha García Álvarez, Roa Soff, Raúl Leiva, Merry Zaragoza, Nanatza Martínez, Magda Bello, Lau Niom, De la Paz Ara, Gäbby Molina. Elvira Estévez, Julio Carlos de Posada, Norma Suárez Necs, María Vadillo, Janeth Funez, Marta Araneda González, Angie Rojas, Ricardo Hamet Pinto Quispe, Gabriela Jasso y Claudia Portu.

¡Muchas gracias por ser parte de esta hermosa comunidad!

In memoriam

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Hoy, un pensamiento se eleva desde lo más profundo del corazón, consecuencia de muchos recuerdos, de risas, de lágrimas, de añoranzas, de juegos y juguetes.

Aunque el llanto traiciona al sentimiento delatándolo sin disimulo, van pasando uno a uno todos esos días; acomete el dolor al caer en la cuenta que ya no volverán.

Sin embargo, es necesario aprender a vivir con esa pena constante; aprender a lidiar con ella hasta el último momento porque no se irá.

Ahora, en cambio, debemos encontrar en cada sitio, en cada lugar todo aquello que quedó de ustedes, porque a través de todo ello sabemos que, aunque se les extrañe, siempre estarán aquí,
de una forma distinta cada día, en cada cosa, en cada situación, en cada evocación de la memoria, en cada apreciación de ustedes.

Hoy hay ausencia, pero no hay olvido.

Hoy hay mucho dolor, pero queda el amor  y está por encima de todo.

 

El cuento de los días nublados

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La comarca se encontraba en total silencio. Los primeros rayos de sol asomaban detrás de las montañas como si quisiesen sujetarse del cielo y así dar paso al astro rey. La actividad empezaba apenas en el interior de las casas. Los habitantes comenzarían sus tareas cotidianas: en el campo, en el mercadillo y en las calles.

Un juglar se aproximaba a la comarca; probaría suerte cantando sus historias en la taberna, y de paso podría hasta ganarse una comida caliente junto con un vaso de vino. En el pueblo que había dejado atrás no le había ido tan bien por lo que su estómago le reclamaba con chistosos ruidos, que ya era tiempo de probar alimento. Así que, con el hambre y su laúd a cuestas, llegó a la comarca por la entrada principal.

Casi nadie le puso atención, si acaso algunos niños que lo miraban curiosamente y les divertía su indumentaria: zapatos de punta, sombrero de pico, pantalones muy ajustados a sus piernas. Tendría que esperar al atardecer para que los hombres, después de las jornadas de trabajo se dispusieran a beber vino en la taberna. Buscó un pajar para tomar una siesta y engañar al hambre.

El sol ya se había puesto cuando despertó. El cielo se pintaba de color ámbar y la temperatura había bajado un poco. «¡El clima ideal para cantar historias!» se dijo así mismo sacudiéndose la paja y tomando con alegría el laúd. Comprobó que sus cuerdas estuvieran afinadas para dar las notas correctas. Estaba dispuesto a impresionar a su audiencia y recibir ovaciones de pie… y comida, mucha comida.

Cruzó la puerta de la taberna y comenzó aclarándose la garganta. Rasgó los primeros acordes para llamar la atención y comenzó su canto:

«¡Ay, de aquel que no ha escuchado

la historia del valiente rey que ha ganado

junto a sus bravos soldados

todas las batallas que ha peleado»

Sin embargo, ninguno de los parroquianos ponía atención a sus coplas. Repitió una y otra vez sin tener éxito. Todos estaban en lo suyo: unos bebiendo, otros charlando, otros jugando un juego de mesa con cartas y monedas.

Se acercó al lugar en donde el tabernero escanciaba vino, sospechosamente ligero.

—Señor, tenga usted muy buena tarde. ¿Sería posible que pudiese adelantarme un sorbo de ese apetitoso vino, un poco de pan y un plato de sopa, apelando a su buen corazón, estimado caballero?

—No.

—Le pagaré con un par de monedas de las muchas que recolectaré con las increíbles e inauditas historias que narraré.

—No.

Pronto se dio cuenta que no lograría sacarle ni un mendrugo al tabernero. Volvió al ataque, esta vez se paró en el centro del salón y pidió al respetable público unos momentos de su tiempo:

«Vengo de muy lejos

he caminado mil caminos

con mis pies con sietecueros

soy alegre catavinos

No creerán lo que he oído

ni tampoco lo que he visto

quiero cantarles a ustedes

a cambio de un buen pisto»

Logró que le hicieran caso solo por cinco segundos. Aquellos hombres no estaban interesados en las historias del juglar. Ya no impresionaban las hazañas de los caballeros en los campos de batalla ni las conquistas de tierras lejanas en nombre del rey. Derrotado, abandonó la taberna. El sol jugaba a esconderse mientras la luna contaba. En su camino encontró una col y le quitó lo marchito, sería todo su alimento durante ese día. Buscó el pajar en donde había tomado la siesta. Dormiría si su estómago dejaba de hacer ruidos chistosos. Acomodó su laúd y le puso su sombrero de pico encima de las clavijas, al menos el instrumento lucía una mejor figura que él. Se recostó en la paja y consideró buscar un nuevo trabajo; lo de ser juglar estaba quedándose atrás. Recostado y con los pies cruzados, meditaba sobre su futuro inmediato. Miró la luz de una farola que se defendía ante los ataques de las mariposas nocturnas e insectos perdidos hasta que se apagó.

La oscuridad era total, solo una despistada luciérnaga brillaba como una estrella de verde luz en un cielo de negro profundo. La siguió con la mirada hasta que se posó en su sombrero de pico. Encendía, se apagaba, encendía, se apagaba. Mientras miraba el juego de luz, el corazón del juglar pegó un salto de liebre cuando escuchó una voz que le preguntaba:

—¿Por qué estás triste, amigo?

El juglar se puso de pie como un azadón cuando se pisa por la hoja. La luz de la luciérnaga había cambiado de verde a azul claro. Se le ocurrió que el hambre le estaba jugando una mala pasada o que la col que había comido estaba envenenada y eran alucinaciones de un moribundo.

—¿Te puedo ayudar? No me gusta ver a la gente triste. Casi siempre, cuando me ven sonríen y los niños quieren jugar conmigo y me persiguen, pero tú… ¿Qué pasa?

—¿Cómo… cómo puedes hablar? —dijo con esfuerzo el juglar.

—¡Por supuesto! Las luciérnagas hablamos o a veces nos comunicamos con señales luminosas, pero casi nadie entiende.

—¡Ja! Estoy enloqueciendo o estoy a punto de morir.

—No te mueras. Conversemos —dijo la luciérnaga emitiendo un rápido destello azul—. Cuéntame el porqué de tu tristeza.

—Bueno, será un acto de confesión antes de morir.

—¡Qué no estás muriendo, tonto!

El juglar quiso seguir con aquel extraño acontecimiento, pensaba que no tenía más que perder, así que comenzó a relatarle a la luciérnaga lo que estaba pasando con su vida en los últimos tiempos.

Cuando terminó, la luciérnaga tomó la palabra.

—Te contaré la historia que escuché que el pez naranja del lago le contó a una libélula en una apacible tarde de otoño.

»Cuenta la historia que, en un reino más allá de las montañas nevadas, cruzando el desierto, había un castillo de bloques de piedra verde que se alzaba imponente en medio de un bosque de árboles de copas frondosas y de todos los tonos de verde. En ese enorme castillo vivía una hermosa princesa. Dice el pez naranja que hechizaba con su belleza a todos los peces del lago cuando se proyectaba su reflejo en la superficie. También cuenta que se movían a la par con los movimientos de ella cuando caminaba por la orilla. El búho que la veía pasear a la sombra de los árboles, giraba su cabeza más de 180 grados cuando la miraba andar. Era una chica hermosa de piel muy blanca y sonrisa perfecta. Un ruiseñor le contó al pez naranja que todas las mañanas, al pararse en una ventana, la veía radiante en el comedor real bebiendo leche de almendras y comiendo chilaquiles con bolíio e iluminando todo con su luz. Eran tantas las historias que se relataban acerca de ella. Como la de los espejos: todos querían reflejar la imagen de la princesa y se ponían celosos uno de otro, mientras ella se arreglaba con un cepillo que gustoso se deslizaba sobre su precioso cabello.

El juglar escuchaba atento imaginando a la princesa. Le parecía una historia fabulosa, pero la luciérnaga aún no terminaba su relato:

»Por las noches se asomaba a la ventana y platicaba con la luna; se llevaban bien cuando la luna estaba llena, aunque se sentía gorda, seguía siendo bella. Con el sol era diferente, él era envidioso. En ocasiones la princesa salía a la terraza del castillo, con su cepillo dorado y su espejo plateado. Se cepillaba y se cepillaba tarareando una canción, mientras el sol la miraba hosco y se ruborizaba y entre más la veía más se irritaba. Un día el sol se dio por vencido. La princesa salió a pasear y era tanto lo que brillaba que el sol derrotado y avergonzado iba y se escondía detrás de las nubes. Entonces, cuando hay días nublados es porque la princesa Montse está brillando.

—¿Ves cómo una buena historia alegra el corazón? ¡Adiós, amigo!

La luciérnaga brilló en azul y voló. El juglar se quedó asombrado. Era una historia fantástica que bien pudiera gustar a su público, pero no en la taberna, sino en la plaza de la comarca. Se quedó dormido imaginando coplas y acordes de su laúd. Cuando despertó, pensó que todo había sido un sueño, no obstante, tomó su instrumento y comenzó a practicar las coplas.

«A la princesa Montse

el viento quiere dar un ronce

y juega en el pasillo

antes de comer

chilaquiles con bolíio

Las mariposas bailan a su alrededor

el búho vigilante la mira

y los espejos celosos en el corredor

ven como el cepillo la acaricia

¡Oh, sol tan envidioso!

te vistes de rojo rijoso

pero cuando la princesa te enfrenta

corres tras las nubes y te das la vuelta

Montse, princesa, sigue con tu brillo

Ilumina feliz el castillo

en el comedor te esperan

los chilaquiles con bolíio»

Los niños escuchaban fascinados las coplas del juglar y al finalizar su acto, una ovación se escuchaba. Aplausos y monedas al por mayor. El juglar se quitaba el sombrero de pico y hacía reverencias a su izquierda, al frente y a la derecha, después hacía un recorrido, niños, mujeres y cualquiera que se detenía a escuchar sus coplas depositaban una moneda. Jamás volvió a tener hambre, todos los días podía comprar pan, vino y sopa, su estómago dejó de hacer ruidos chistosos. Agradecía en silencio a la luciérnaga y cuando había días nublados, recordaba que la princesa Montse estaba brillando.